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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Visita a la Basílica de Nuestra Señora Guadalupe de México

La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México, es el templo que tiene mayor asistencia de fieles en América. A las 14:00 horas un día entre semana podemos ver unas dos mil personas dentro de la nave. Según nos dijo el Abad, en domingo asisten cerca de 100 mil personas: “antes no llegaban a 6 mil, porque las limitaciones de cupo de la antigua Basílica hacía desistir a los devotos. Se abren las puertas durante los 365 días del año, diariamente desde las 6:00 hasta las 20:30 horas”. La nueva Basílica, inaugurada en 1976, es magnífica. En realidad es la cuarta que se construye en el sitio del Tepeyac: hoy se pueden ver en relativo estado la anterior Basílica y restos de los otros dos santuarios primitivos. El magnífico conjunto está justo sobre lo que fue el legendario sitio sagrado de Mesoamérica prehispánica en donde se adoraba a la diosa Madre Tonantzin. Al ver la nueva Basílica cuesta creer que nació a partir de una humilde ermita de tierra con agua y paja”.

El proyecto y construcción se debe a uno de los arquitectos más prominentes de México, Pedro Ramírez Vásquez, que cuenta entre sus obras con edificaciones como las del Museo de la Ciudad de México, el Museo Nacional de Antropología y el de Arte Moderno, el Estadio Azteca y el Congreso de la Unión; en otros países ha realizado, por ejemplo, el Museo de las Civilizaciones Negras de Dakar, Senegal, y el Museo de Nubia, en Egipto. Trabajé con él en la “arquitectura” de uno de sus libros publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, que recopila parte de su memoria profesional. Su disposición es completa para informarnos de lo que considera su "más alto desafío profesional": él mismo nos acompaña a visitar la construcción de la nueva Basílica de Guadalupe. En el Santuario comenzamos preguntándole cómo se inició el plan de la soberbia edificación:

—El Abad había tomado contacto con el entonces presidente Echeverría, a propósito de una posible visita a México del Papa, y de las poco favorables condiciones de la Basílica; se planteó entonces, a fines de 1974, la conveniencia de construir la nueva Basílica. El presidente me llamó y me preguntó si estaba encausando un proyecto al respecto y en qué tiempo estimaba terminar la construcción. La fecha que calculé fue octubre de 1976. La obra se inició a principios de 1975 y se inauguró, efectivamente, el 12 de octubre de 1976. Por supuesto que, dada su magnitud, esta construcción tardará muchos años en terminarse completamente. Inicialmente se inauguró la gran nave, pero las dos capillas interiores, la del Santísimo y la de San José, se terminaron dos años después; de los servicios en siete pisos todavía faltan dos por terminarse; el atrio también está en proceso; a los lados de las puertas centrales hay dos nichos para un par de capillas “Poza” que se complementarán con otro par más en el extremo del atrio...

—Especialmente, ¿qué incentivó la construcción de una nueva Basílica?

—La necesidad de ella. Desde 1971 que se venía comentando que la anterior estaba en peligro: los desplazamientos del subsuelo seguían cada vez más afectando la estabilidad de la Basílica, lo que forzaría a ampliar constantemente la sección de las columnas para evitar que la inclinación llegase a ser peligrosa; esto reduciría cada vez más la capacidad del templo, que era de 3 mil personas, de las cuales sólo mil cabían en la nave central (los demás asistentes se alojaban en las naves laterales para oír misa, pero no podían ver la imagen). En todo caso, la principal preocupación fue el aspecto de la estabilidad de la construcción.

—¿Por qué se eligió este sitio a los pies del cerro?

—Históricamente, la Virgen se aparece en la tilma en el sitio elegido, a los pies del Tepeyac, pues envía a Juan Diego a sacar las rosas del cerro y traerlas donde ella lo esperaba. La Basílica se ubica precisamente allí, en el sitio de las apariciones, según señala la tradición.

—El templo es magnífico, ¿cómo inició su proyecto?

—Comencé a ir los sábados y domingos a la Basílica para observar cómo se comportaba el público, cómo actuaba y qué le interesaba. Así, fui testigo de la llegada de varias peregrinaciones, como la de Toluca y Querétaro, que reunían de 15 mil a 30 mil personas. Llegaban fatigados e iban acampando alrededor del santuario. Sólo podían entrar de mil en mil para asistir a una misa frente a la imagen; obviamente, para tal fin necesitaban acampar tres o cuatro días. Inicialmente, pensé en solucionar lo que se podía ofrecer a los peregrinos.

—Estructuralmente, ¿qué propuso en su proyecto?

—Propuse reducir al mínimo la superficie a pilotear, dadas las condiciones del terreno, hasta llegar -hablando en un plano teórico- a estar apoyada en un solo punto, o sea, un sistema constructivo como el que encontramos en una carpa con el mástil del cual cuelga la cubierta.

—Es lo que semeja exteriormente la Basílica.

—Fue lo que se hizo. Por la extendida devoción guadalupana que existe, se requería de un espacio arquitectónico diferente al tradicional. La Basílica no tiene bóvedas de cañón, ni cúpulas, ni naves. Con cierta frecuencia se escuchan opiniones al respecto: “no parece una iglesia, sino carpa o estadio”. Efectivamente, es un estadio, un estadio para rezar, porque eso es lo que plantea la demanda real. Es cierto que no se trata de un espacio religioso formalmente tradicional, pero también es cierto que las bóvedas y las cúpulas no se originaron por un propósito místico, sino simplemente por un accidente constructivo. Por otra parte, ¿cuál fue el primer espacio religioso?, ¿en qué peregrinó Moisés con las Tablas de la Ley de un lado a otro? En una carpa. Entonces, si de tradiciones religiosas se trata, la carpa tiene mayor arraigo y un origen más legítimo que la bóveda. Estos mismos argumentos hube de esgrimir en una reunión de obispos para que aprobaran el proyecto. Por ejemplo, el obispo Sergio Méndez Arceo objetó el proyecto, y me dio oportunidad de hacer pública una reflexión: “Vaya, comenté, ésta es la primera vez que me encuentro con que monseñor es conservador; quien ha tenido y sigue teniendo tantos ideales de cambio dentro de la iglesia, quiere conservar la forma”. Al final lo aprobaron.

—Se dice que hubo oposición de diversos sectores para la construcción.

—Así fue. En muchas ocasiones, cuando se explicaba el proyecto a posibles donantes, patrocinadores o funcionarios, se nos cuestionaba: ¿Por qué una inversión de cientos de millones de pesos para un templo de tal magnitud cuando hacía más falta escuelas, hospitales u otros servicios básicos? Nuestra respuesta siempre fue la misma: no utilizaríamos sino el dinero de la gente que quisiera darlo para este fin. Tanto la Basílica de Guadalupe como la Arena México o el Estadio Azteca son construcciones que pagan aquellos que quieren tales servicios. A través de sus boletos, los aficionados pagan la construcción de una arena de box o un estadio de fútbol, y si no hay objeciones en estos casos, ¿por qué las hay para hacer un templo, si lo van a pagar los fieles? Esto es absolutamente legítimo entre quienes comparten una devoción. El argumento puede parecer primario, pero es real y la respuesta fue extraordinaria.

—¿Qué objetivos se perseguían lograr con la nueva construcción?

—Varios. Uno de los objetivos fundamentales del programa, sin embargo, era reducir la estancia en México de las grandes peregrinaciones y, de ser posible lograr que en una sola misa toda la congregación pudiera alcanzar su propósito. Este objetivo determinó la capacidad interna, de 10 mil personas, y de 30 mil en el atrio, con las puertas de la Basílica abiertas, y pudiendo todos sentir también la presencia de la imagen.

—Arquitectónicamente, ¿ésta es una solución novohispana?

—Es la llamada Capilla Abierta, típica del siglo XVI. Así, al centro del edificio se abrió una capilla para oficiar frente al atrio (cuando vino por primera vez el Papa Juan Pablo II, el atrio cubrió toda su capacidad). Al tener una cubierta cuya altura va de menos a más para apoyarse en el mástil, se obtiene, al mismo tiempo, una circulación natural del aire viciado, pues la parte más alta es una linternilla abierta para que la ventilación sea constante y totalmente libre. Desde el punto de vista constructivo, la estructura funciona como tiro natural porque el aire caliente tiende a subir y el aire de menor temperatura entra por las puertas abiertas. Precisamente, con la primera visita del Papa comprobamos la efectividad de estos servicios: a pesar del lleno total, no hubo calor, ni mala ventilación, ni desmayados. La linternilla en la parte más alta tiene también la suficiente profundidad como para evitar que se cuele el agua cuando llueve, sin dejar de cumplir su función de ventilar. Un problema que colapsó la antigua Basílica fue la humedad. Fulcanelli, en su libro sobre las catedrales, dice que cuando se quiere ocultar algo hay que dejarlo a la vista, así nadie se fijará. Hay muchas cosas de la construcción que deben regirse por esta tesis. Todo mundo se preocupa por tratar de evitar la humedad; lo que hay que hacer es darle salida al agua, no sólo tratar de que no entre. Si el agua drena, se acabó la humedad.

—Funcionalmente, ¿qué guió la forma que se le dio a la Basílica?

—Primero que nada, que en el mástil se podía ubicar el elemento central de devoción: la imagen de la Virgen en el ayate, quedando visible a todos.

—Entonces, ¿se podría decir que la construcción obedece, primero que nada, a la exaltación de la imagen?

—Por supuesto. Fue el mayor reto: mostrar la imagen en el ayate de Nuestra Señora de Guadalupe para que la vieran con claridad los devotos. Si bien la imagen es muy pequeña, éstos se sienten profundamente incentivados, buscan ser “vistos” por la imagen de la Virgen. Para que pudieran verla de cerca, lo que antes era imposible, se pensó en una pasarela atrás del altar. De esta manera, la peregrinación cruza junto a la imagen sin interrumpir la misa. Mientras el resto de la gente asiste al acto litúrgico, miles de personas pueden encontrarse frente a los ojos de la Virgen.

—¿Por qué tiene vidrio la imagen? ¿No es conveniente evitar el reflejo?

—Todos los que participamos en la obra nos oponíamos al vidrio; incluso el Abad, en su natural postura de sacerdote, afirmaba que la Virgen se protege sola, pero las autoridades y los miembros del Patronato Guadalupano insistieron en ponerlo, pero aún no hay todavía vidrio antirreflejante en ese tamaño.

—En cuanto a la imagen, ¿qué otros aspectos especiales se atendieron?

—Hubo varios. Por ejemplo, el cubículo que la protege cuenta con un sistema de seguridad, una especie de caja que la resguarda y, al mismo tiempo, permite verla o estudiarla de cerca. Recientemente, un grupo de técnicos de la NASA hizo un estudio sobre el ayate, para el cual tomaron fotografías con todo tipo de equipos y el sistema de seguridad funcionó a la perfección.

—¿En qué consiste este sistema de seguridad?

—Consiste en lo siguiente: al abrirse una puerta por la parte posterior, la imagen gira. Se puede quitar el cristal para verla directamente. En caso de incendio, actúa como caja de protección: la imagen gira automáticamente y queda encerrada, perfectamente protegida.

—A usted, ¿qué impresión le ha producido la imagen en el ayate?

—Lo primero que me impresionó fue la belleza de Nuestra Señora. Irradia una fuerza monumental. Yo he sido en mi vida, más bien, un hombre escéptico; pero el estar junto a la imagen, verla muy de cerca, produjo en mí una sensación de profundo misterio y recogimiento. No lo podría explicar, pero tiene más fuerza que ninguna cosa que yo haya visto antes. Cuando llegó el momento de instalarla en su sitio definitivo, acompañando al Abad, tuve oportunidad de tocarla, pero no me atreví. Todas las personas, técnicos y obreros que estaban allí cayeron de rodillas, y yo, simplemente, también me arrodillé. Razonablemente, no tiene explicación su perdurabilidad, y esta maravilla salta a la vista. No podría explicar lo que me produjo, pero es algo que escapa a la razón”.

La Basílica de la Virgen Guadalupe en el Tepeyac, en verdad, es espectacular. Dice el arquitecto Ramírez Vásquez que, en un principio, se pensó trasladar el antiguo altar completo, porque se suponía que el colapso del antiguo templo iba a ser total, que habría necesidad de demolerlo y era, por lo tanto, conveniente que se rescatara el altar completo. Pero se demostró que el antiguo templo era totalmente salvable a pesar de los daños que tenía. La tradición y su contribución al paisaje urbano hacía imperativo conservarlo completo, para que de esta manera permaneciera como testimonio de la tercera Basílica junto con los restos de las dos construcciones anteriores. Le pregunto si, al proyectar la nueva Basílica, alguna vez pensó en que iba a competir, por decir así, con la antigua construcción. Dice:

—“Nunca lo pensé así, siempre comprendí y respeté la antigua Basílica. En su momento, sin duda cumplió su función. Además, con el paso del tiempo se había incorporado al paisaje urbano, a la tradición guadalupana y, por ello, era imperativo conservarla.

—Formalmente, ¿se buscó alguna afinidad entre una y otra construcción?

—Sí la buscamos, por ejemplo en lo que respecta al color de los materiales. Al concreto se le agregó la misma cantera con que había sido construida la anterior. La incorporación del tezontle en la capilla abierta del centro obedece también a la intención de tener continuidad de materiales, pero con un tratamiento diferente al de la vieja Basílica.

—¿Se sigue asentando actualmente el antiguo templo?

—Sí. Se trabaja para fijarlo y nivelarlo después.

—El sistema de cimentación de la nueva construcción, ¿cómo se logró?

—Por pilotes de control. Porque el problema de hundimiento se puede, generalmente, resolver en una construcción de este tamaño, pero a un costo muy alto y no siempre el presupuesto lo permite, así es que hemos utilizado pilotes de control de 20 toneladas de carga cada uno por si llegan a ser necesarios, aunque, de cualquier manera, estamos apoyados a 52 metros, directamente sobre la capa resistente.

—¿Cómo se ha satisfecho la excesiva demanda de oficios religiosos por la afluencia de creyentes?

—Era obvio que no se podían efectuar en un solo altar. Llegamos a una solución que no presenta iglesia alguna en el mundo: las capillas-palco. En el área frente al altar, en el medio círculo del entrepiso, se localizan siete capillas, cada una con su propio altar y con capacidad para cerca de 300 personas. Puede haber ocho oficios religiosos simultáneamente frente a la imagen. Vitrales de cristal de plomo indican la circulación a las capillas-palco; el diseño de José Luis Benllieure consta de volúmenes hacia dentro y hacia fuera para lograr mayores reflejos del cristal; también Benllieure definió la gama de colores. Hay un nivel abajo del que corresponde a los oficiantes; este sitio permite a los fotógrafos enfocar el presbiterio desde cualquier punto que se coloquen. Para captar el altar es suficiente con utilizar un lente tipo zoom. En las capillas altas también está previsto un paso para los respectivos sacerdotes y oficiantes, así como para los fotógrafos y camarógrafos, de tal manera que la circulación del público es aparte.

—¿Cuál es la capacidad del órgano?

—De 3 mil voces. Se realizaron amplios estudios de acústica gracias a los cuales se dotó a la Basílica de un perfecto sistema de sonido. Cada recinto tiene micrófonos con una determinada zona de captación; así por ejemplo, el área de predicación tiene una zona de captación más reducida que la del coro. Todo el sonido se controla desde una caseta que dispone de un magnífico equipo operado por dos técnicos y un supervisor. El control es tan bueno que permite modular a gusto las voces.

—Los detalles debieron ser innumerables.

—Hubo que resolver en la marcha, y lo seguimos haciendo. El piso de mármol, por ejemplo. El despiezo parece rectangular, pero de hecho es radial hacia el centro de la Basílica. Hacia los extremos tiene un ancho de 50 centímetros, en el centro llega gradualmente a los 48 centímetros; esto implicó delinear pieza por pieza. Cada uno de los candiles tiene un plafón que ahora está pintado, pero que tendrá un vitral con rosas en relieve, como si fuese una lluvia de flores, rescatando la tradición de cómo nos fue legada la tilma con la imagen. Aquí todo obedece a un simbolismo; por decir, las escalinatas establecen los diversos niveles de los oficiantes.

—Se aprecia una gran cantidad de materiales diversos usados.

—Se debe a las donaciones diversas que nos llegaron a medida que avanzábamos en la construcción. En la capilla del Santísimo hay una pintura mural de Pedro Medina Guzmán; el tabernáculo fue diseñado por Ernesto Paulsen; la estructura de la cubierta tiene peraltes en acero de 1,60 metros, y la madera del plafón es canadiense, pues la donaron guadalupanos de ese país. Es que no sólo recibimos aportes en efectivo, sino en materiales diversos, lo que nos complicó muchísimo. Por ejemplo, nos llegaban donativos de cierto número de metros de mármol verde o de mosaico marmoleado y era imposible combinar estos materiales sin que la obra perdiera unidad. Ante esta situación, propusimos hacer trueques y respetar así los materiales especificados. Tuvimos también aporte de mano de obra; por decir, en los últimos meses nos llegó una agrupación de carpinteros dispuestos a trabajar gratuitamente durante un mes, quienes, incluso, trajeron sus propios bancos y herramientas. Fue muy difícil aprovechar esta generosidad, pero fue también imposible rechazarla, porque, con razón, los carpinteros podían ofenderse, así que los incorporamos en la fabricación de bancas.

—Sin embargo, en el conjunto de soluciones internas se ve un gran acierto de unidad.

—Así esperamos. La unidad, no obstante la diversidad de funciones, se debe a la calidad y criterio de diseño de Javier García Lascurain con el asesoramiento de Fray Gabriel Chávez de la Mora en los aspectos litúrgicos y del Abad en los operativos. Por ejemplo, en el cuarto piso se encuentra la sala de Cabildos. Como se sabe, los canónigos que forman el cabildo o cuerpo colegiado guadalupano asesora al Abad para que, juntos, determinen la marcha de la Basílica. Esta sala es el centro de la autoridad del templo, y se comunica por unas escaleras con las oficinas del Abad; existe además una pequeña sala de juntas y un salón de descanso para los canónigos, quienes actualmente son 14, aunque pueden llegar a sumar 18. En este piso se ubican los vestidores de los canónigos y, al fondo, un espacio para guardar las vestiduras antiguas. Las oficinas del Abad incluyen áreas para secretarias, la oficina privada del arcipreste, una cocina y los servicios normales. La sacristía, por su parte, es muy amplia, está provista de muebles suficientes para guardar las vestimentas de uso litúrgico de hasta 400 sacerdotes para las misas concelebradas. En el sexto piso están las habitaciones de los sacerdotes, el séptimo funciona ahora como taller de dibujo, el octavo es un mirador y arriba, al lado de la cruz, hay un tinaco con 20 mil litros de agua para el sistema contra incendios. En el corazón del mástil se concentra la mitad de la carga de la cubierta de acero colgada. En el quinto piso se halla la sala de lectura para 32 personas, más los cubículos y dos depósitos de libros, el sitio para la bibliotecaria, el fichero, un salón para reunir al personal de la Basílica o dictar conferencias, un anexo destinado al recalentamiento de alimentos y otro para almacenar muebles... sin embargo, muchas áreas de tipo administrativo general se han conservado en la vieja Basílica; aquí solamente se encuentra la parte operativa del templo nuevo.

—¿Qué solución se dio a las criptas?

—En un principio se pensó tener no solamente urnas para cenizas, sino también entierros de cuerpo entero porque hay familias que así lo prefieren. Sin embargo, por acertadas disposiciones sanitarias, se desechó esta posibilidad y todo el espacio se destinó a las urnas, 12 mil en total, con una disposición prácticamente concéntrica frente a la capilla para ceremonias, exactamente bajo el nivel de la nave principal y del atrio. Las ceremonias de depósito de cenizas -casi a diario- se realizan sin interrumpir los cultos normales puesto que hay dos ingresos independientes entre sí desde la nave.

—En cuanto al área circundante de la Basílica, ¿qué medidas se han tomado?

—Se logró coordinar varias acciones gubernamentales: se reubicó el mercado de la Villa, el espacio frente al templo se convirtió en parque público y, así, se dejó libre el eje longitudinal del atrio con el templo en un extremo y la delegación política en el otro. Por otra parte, un patronato privado ya reestructuró la parte del cerro y la del templo de El Pocito primitivo. El nivel que se dio al atrio permite resolver el área comercial y los estacionamientos; abajo del atrio hay dos pisos de estacionamiento para 800 automóviles, y para el personal de la Basílica hay otro, con capacidad para 200 automóviles. Este último se ubica en la parte trasera, donde estará el baptisterio, actualmente en construcción. Ahora, el ámbito está definido con el cambio de nivel y la jardinera, que debe desarrollarse poco a poco; los árboles son más pequeños, pero habrán de limitar el espacio; hay otros elementos, como rejas y las astabanderas, que contribuyen a definir el área. Delimitarla es también fundamental desde el punto de vista de la legislación mexicana: según se establece, todos los actos de culto público deben estar debidamente enmarcados en su correspondiente espacio, no puede practicarse el culto fuera de los límites del atrio.

—¿De qué material es la cubierta de la Basílica?

—De cobre. Esta es una zona de mucho polvo, y el agua de lluvia produce un efecto limpiador estupendo. La teja de cobre va asentada en un mortero armado e impermeabilizado, bajo el cual hay una capa libre para la filtración. Esta se toma en un canal perimetral que desagua en una cisterna también perimetral y alojada entre las travesaños circulares. El agua de lluvia se capta y se inyecta, o sea, vuelve al subsuelo, algo muy necesario en esta zona. La capa de cobre da mayor escurrimiento al agua porque, aún cuando digan que hay impermeabilizantes mágicos, la mejor manera de evitar las goteras es dando salida al agua, drenando. La cruz que remata la cubierta iba a ser de mármol blanco, pero por lo pronto se hizo de concreto, al igual que la letra “M” de María”.

Hemos ido a ver la imagen de Nuestra Señora Guadalupe en la tilma, confundidos entre una hebra interminable de peregrinos. Antes de llegar a ella, bajo sus pies de acuerdo a como está construido el sitio que la protege, se divisa la imagen desde antes detrás de un vidrio enmarcado en bronce y oro: es un lienzo de colores malva, gris-lila, azul desvaído y un atractivo color damasco con visos dorados. La primera impresión es que no existe relación alguna entre ésta y otras imágenes de vírgenes que hemos visto en América, en el Cuzco o en Guatemala: no es quiteña, porque su rostro no es de criolla aristocrática; ni es bizantina, a pesar de su chatez de icono; tampoco es española. Representa a una jovencita de más o menos quince años, bien proporcionada, ya que la figura total es igual a ocho rostros y medio, que es la medida clásica. La túnica es sonrosada y tiene labores color de oro que había visto en códices. Dichas labores representan flores más o menos delineadas; la capa o manto de la Virgen es de color entre azul y verde y está tachonada de estrellas. Dicho manto es muy largo y el ángel-niño que aparece a los pies recoge la capa y túnica al estilo de los pajes bizantinos.

El rostro de la Virgen Guadalupe del Tepeyac es todo dulce melancolía sin desesperación: es como la tristeza resignada sin ser trágica. Sus grandes párpados me recordaron algunas estatuas de Buda. Los ojos se ven avellanados y siempre miran al espectador, de donde sea que se la vea. El color del rostro es un sutil grisáceo-dorado, con labios levemente anaranjados. Una suave demarcación bajo el mentón le da salud al rostro que se ve fresco permanente. En todo caso, es sumamente agraciada. Su cabello negro y partido sobre la frente, tan negro como las cejas y las pestañas, la hace visión de una mujer netamente indígena, en el más alto concepto. La nariz helénica y la boca de labios gruesos que no sonríen sin ser hosca, es comparable a la sonrisa de las madres cuando amamantan, que se hacen obra viva de arte. Sus manos juntas en posición de orar son bellísimas a pesar de cierta tosquedad en los dedos: el meñique levemente separado. Todo el contorno es perfecto. En la pintura mexicana de la época no hay cuadros comparables. Relación cero. Este perfil tres cuartos con la cabeza levemente inclinada habría sido del gusto de Leonardo da Vinci. Es notable que no lleve al Niño Dios. Está sola. Y verla así, sola en el centro exacto de tan formidable templo hecho a partir de ella, que anuncia su influencia religiosa a toda América, es otra sensación que da qué pensar.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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