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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Interpretaciones de la aparición

El hecho de las apariciones de la Virgen de Guadalupe es, en verdad, interesantísimo. Las visiones que se aparecen en los ojos de la imagen, hoy por hoy, se han convertido en un auténtico desafío para la ciencia. Sin embargo, aunque ello a primera vista parezca darle la razón a los devotos guadalupanos, otra explicación de tan extraño fenómeno es la de que la misma entidad -o quien sabe si otra- que hace casi 500 años se le apareció a Juan Diego, sea la que ahora hace que se descubran estas microimágenes. En otras palabras: juegos de los dioses, para manipular sutilmente las vidas de los hombres. Para el investigador Salvador Freixedo, los dioses francamente nos manipulan a su regalado gusto: “Yo creo que siempre lo han hecho. Y lo siguen haciendo de una manera muy inteligente; pero evitan que caigamos en la cuenta de ello. Es posible que esta explicación, para el que la oye por primera vez, sea inadmisible. Pero no es más inadmisible que la explicación que un creyente guadalupano tiene para darle a un chino budista, que en su vida ha oído hablar de una doncella virgen que sin dejar de ser virgen dio a luz a un niño a primera vista normal, pero que resulta que era el único hijo nada menos que del autor de todo el Universo. Esto sí que es aparentemente inadmisible y, sin embargo, unas 600 millones de personas lo admiten sin dudar. El que existan entidades inteligentes no humanas es algo que ha tenido a lo largo de la historia muchísimos más creyentes que el que el hijo de Dios haya nacido de una virgen, en Palestina, y que esa virgen se le haya aparecido en México a un indio llamado Juan Diego. En este fenómeno religioso mexicano hay dos circunstancias específicas: en el siglo XVI, el cambio de culto de la Tonantzin por la Guadalupe (sin que dejase de producirse la afluencia de multitudes), y la aparición de figuras en los ojos de la imagen en pleno siglo XX, que ha venido a dar una inyección de vida a una devoción que, aunque aparentemente pujante todavía, corre el peligro de morir rápidamente, al igual que han muerto rápidamente grandes devociones en los pueblos europeos, una vez que las masas elevaron el nivel de su cultura”.

Por supuesto que para explicar esta aparición, como hemos dicho, hay incontables hipótesis, sin que se haya dejado de advertir que las visiones de la Virgen María han ido cambiando en su apariencia a través de los años, al parecer, adaptándose a las culturas locales donde se manifiesta. La Bella Señora que se apareció en México en 1531 tenía los rasgos oscuros de una doncella mexicana; en cambio, durante sus apariciones en Garabandal, España, entre 1961 y 1965, tenía aspecto de europea. Sin embargo, en ninguno de los casos tenía rasgos semíticos, aspecto que debía tener la María histórica. Esta tendencia indica que las apariciones son engendradas, al menos en parte, por la propia cultura. Este fenómeno no ha pasado inadvertido a los autores católicos. En su historia de la adoración mariana (“Alone of all her Sex”, 1976), Marina Warner describe la alteración en la figura de la Virgen a través de los tiempos, según ha ido cambiando nuestro concepto de su persona. Aún así, no hay dudas de que las apariciones de María Madre de Jesús siguen un modelo bastante preciso. En primer lugar, jamás inspiran temor. También parecen ser reacciones cósmicas a las amenazas contra el estado religioso y social de la época. Su aparición en México apaciguó una inminente revuelta de los naturales contra el sistema político recién establecido en el país. En este aspecto, las apariciones parecen proyectadas por una presencia independiente de nuestras propias mentes.

Naturalmente, podría argumentarse que los tiempos de crisis son los que la Virgen (si aceptamos su existencia espiritual verdadera) escogería para visitar la tierra y ofrecernos su guía. Las profecías cumplidas con precisión con tanta frecuencia, aunque muchas de ellas fueran predichas con mucha anticipación, es otro argumento posible de esgrimir en su favor. No obstante, los cambios en el aspecto físico de la Virgen parecen contradecir la teología tradicional católica, que establece que la Virgen María fue llevada a los cielos en cuerpo y alma. De seguir al pie de la letra esta doctrina, su aspecto físico no debería cambiar de una aparición a otra. Pero aunque las apariciones marianas sean en esencia lo que pretende ser, esto es, apariciones de un ser real que existe en algún nivel espiritual de la realidad y que está preocupado de nuestro bienestar, también es posible que sean sólo proyecciones de imágenes latentes en nuestros cerebros, que se convierten en entes reales temporalmente, en raras ocasiones.

Lo único que no cambia en el arquetipo es que siempre se trata de una Bella Señora o joven. El concepto de “arquetipo” fue desarrollado por primera vez por el psicólogo suizo Carl G. Jung (1875-1961). Al estudiar el rico folklore de diversas culturas, Jung quedó sorprendido por el hecho de que muchas sociedades de todos los rincones del mundo hubieran desarrollado símbolos y leyendas similares. Por ejemplo, la mayoría de las corrientes culturales asocian la oscuridad con el mal y la luz con el bien. De modo parecido, suele utilizarse la imagen de un pájaro para simbolizar el alma. Jung llegó a descubrir que el ser humano, sea cual sea el país o el momento histórico que vive, parece compartir inconscientemente un lenguaje simbólico común. Jung llamó a estos símbolos compartidos “arquetipos”, considerando que eran parte de la herencia genética de la humanidad desde el principio de su existencia como género. Relacionado con este concepto de arquetipo existe lo que Jung denominaba “inconsciente colectivo”. Este inconsciente colectivo no se refiere a una supermente con la que todos estamos relacionados a cierto nivel cósmico, ni es tampoco una “conciencia universal”. Por inconsciente colectivo Jung entendía un nivel primitivo de la mente mediante el cual todos “pensamos” de la misma manera utilizando símbolos o arquetipos similares. A partir de este punto de vista, hay quienes piensan que, relacionados con estos arquetipos universales, existen “imágenes” religiosas culturalmente determinadas, que se imitan en sociedades que comparten un mismo antecedente religioso. Así, en la cultura occidental imaginamos invariablemente a la Virgen María como una reina esplendorosa, en verdad, sin una edad precisa, pero siempre bellísima dulce y protectora. Desde aquí, incluso, se ha elaborado una hipótesis acerca de la naturaleza de la aparición que une el concepto de arquetipo determinado culturalmente con la hipótesis mantenida por muchos científicos de que todos los seres humanos estamos unidos mutuamente por medio de la telepatía en un nivel subliminal. Lo que María Sabina llamaba “la esencia que es lo que hace iguales a todos los seres”. 

Otra hipótesis es la llamada “mente grupo”: esto es que una clave para la comprensión de las apariciones de la Virgen puede residir, según lo que hemos visto, en que se producen casi siempre en épocas de crisis social. En tal tiempo de tensión, puede ocurrir alguna forma de comunicación telepática en masa en el inconsciente colectivo de la cultura amenazada, lo que llevaría a la formación de una “mente grupo”, que, a su vez, resulta en una proyección de la Virgen en forma de aparecida: con una forma pensada que no es sino el eco o el resultado de las preocupaciones de la gente que la convocan y proyectan en el mundo real de los cinco sentidos.

Otro aspecto que se ha estudiado es que las apariciones de la Bella Señora son presenciadas casi siempre por personas muy humildes o por niños. Las pruebas experimentales apuntan que los niños podrían poseer unas capacidades paranormales más desarrolladas que los adultos (igual que los humildes que se hacen como niños), y serían, por tanto, más sensibles por naturaleza a las presencias espirituales proyectadas por una “mente grupo”. Esta es la opinión, por ejemplo, del doctor Arthur Guirdham, psiquiatra británico que lleva varios años estudiando el fenómeno. En su libro “Obsesión: Fuerzas psíquicas y diabólicas como causantes de las enfermedades”, apuntan que los niños no tienen inmunidad natural contra las fuerzas espirituales y por ello sintonizan con ellas espontáneamente. Otro científico, el doctor Ernesto Spinelli, de la Universidad de Surrey, en Gran Bretaña, ha recogido incluso evidencias experimentales según las cuales los niños tienen unas notables facultades paranormales, pero que las van perdiendo según se hacen mayores. Spinelli hizo varias pruebas de percepción extrasensorial con grupos de niños y, después de realizar las mismas pruebas a grupos de edades progresivamente mayores, observó, igualmente, un progresivo descenso en sus resultados.

Particularmente, de las apariciones de la Virgen en México, las opiniones se han dividido en dos puntos de vista contradictorios: el de los que dice que todo fue una invención de los frailes hecha con mejor o peor intención (para acrecentar la fe de los nativos o para acrecentar el número de limosnas), y el de los que creen firmemente que fue una intervención divina, en que existía desde antes en el lugar una devoción a cierta bella señora aquí llamada Tonantzin que existía mucho antes de la llegada de los españoles y su credo. Los primeros no carecen de razones para mantener su posición: es ciertamente sospechosa la actitud antiguadalupana que fue común entre muchos frailes de los primeros tiempos de la Colonia. Dice Salvador Freixedo:

—“Es sospechosa la relativa frialdad de Fray Juan de Zumárraga, si, tal como nos dice la historia, fue un testigo tan directo del milagro. Porque no existe una sola narración atribuida a él respecto de la aparición, ni una sola referencia en sus cartas o informes del suceso acaecido en su obispado. Es sospechoso que el nombre que se le dio a la aparecida fuese precisamente el de la patrona de Cortés en España y de muchos de sus inmediatos colaboradores que eran también extremeños. Da la impresión de que los frailes quisieron envolver sentimentalmente a los gobernantes para obtener de ellos una ayuda económica más decidida para la nueva devoción. Y es raro que las apariciones sucedieron precisamente en el mismo lugar en donde se veneraba a la antigua "Madrecita" Tonatzin. También hay argumentos que se esgrimen en el sentido de que el indio Marcos haya sido el autor de la pintura en la tilma, igual como lo fue de pinturas semejantes, por ejemplo, como la que se encontró, cubierta por otras posteriores, en una de las bóvedas del convento franciscano de Huejotzingo. Sin embargo, creo que todos estos argumentos, sin dejar de tener fuerza en ciertos aspectos relativos del fenómeno, no la tienen para destruir su realidad objetiva. Porque hay que reconocer que los hechos del Tepeyac no siguen pautas que son bastante comunes en las visiones marianas. A Juan Diego la doncella no le pidió sacrificios ni penitencias; ni le metió miedo con predicciones de catástrofes; ni amenazó con que si no cumplía lo que ella pedía Dios castigaría muy duramente a los hombres. En este caso las circunstancias eran diferentes y la visión se acomodó a ellas. Sencillamente fue al grano de lo que buscaba y prescindió de ciertos detalles. En concreto, ya había multitudes de creyentes dispuestos, dado que allí, hemos anotado, desde tiempo no establecido se adoraba a la “madrecita Tonatzin”, y los indios acudían de todas partes a demostrarle su devoción. La doncella que se le apareció a Juan Diego ya tenía medio camino andado y lo único que pretendía era conservar aquellas multitudes en aquel mismo lugar, por eso prescindió de detalles y aceleró sus manifestaciones, contrario a lo que suele suceder, ya que entre una y otra aparición de una misma entidad suelen pasar meses y tener lugar en días fijos o predeterminados. La doncella lo hizo todo en tres días. Llegó de una manera expedita a las autoridades y se acomodó a los gustos de los conquistadores en cuanto al modo de recibir a los peregrinos y al lugar y manera de rendirle culto: no al aire libre o en lo alto de una pirámide, como hacían los aztecas, sino dentro de un templo. Además, por lo que sabemos, a Juan Diego no le fueron dados ningunos poderes especiales (capacidad de curar, de hacer profecías, etc.) ni se manifestaron en él fenómenos paranormales comunes a quienes tienen esta visión (levitación, estigmas, etc.) Juan Diego, tras su fulgurante aparición en la escena de la historia, se eclipsó por completo falleciendo probablemente en 1548: es como si la doncella usara al hombre humilde en lo que él como nadie podía servirle: su simplicidad e ingenuidad; prescindiendo luego de él una vez que las autoridades, viendo los frutos indudables que podían sacarla a la aparición tomaron cartas en el asunto...

Por lo demás -sigue Freixedo-, como hemos dicho, es válido insistir en que el nombre que se le dio a la aparición es un arreglo posterior y forzado. La palabra “de Guadalupe”, aparte de no significar nada para el pobre Juan Diego, era impronunciable para él que no hablaba castellano, ya que en el idioma nahuátl no se usa ni el sonido “g” suave ni la “d”. Por lo tanto no es lógico que, como se afirma en el Nican Mopohua, la aparición hubiese usado el castellano única y precisamente en el momento en que le estaba diciendo algo tan importante como el nombre con el que quería ser llamada. Según los que han estudiado este problema lingüístico, son varias las palabras que la aparición pudo haber usado: “Tecuatalupe”, “Tecuatlallope”, “Tecoatlaxopeuh”, “Coatlaxopeuh”... cualquiera de ellas que el ingenuo indio pronunció ante los frailes, a estos seguramente les sonó enseguida como otra palabra muy conocida y también relacionada con la Virgen María: “Guadalupe”. Cuando Fray Juan de Zumárraga, desconocedor del nahuátl, repitió la palabra “Guadalupe”, incapaz de repetir lo que el indio pronunciaba, Juan Diego muy probablemente asintió con humildad repitiendo su palabra nahuátl mientras el obispo repetía la suya árabe. Y no es extraño que la Virgen quería decir “Guadalupe”, pero que la torpeza del pobre indio no era capaz de repetir la palabra correctamente. El colonialismo religioso ha pensado y hecho cosas mucho peores. Indudablemente, para muchos indios al comienzo de la Colonia, la palabra “Guadalupe”, o la intermedia “Cuatlaxupe”, les sonaba a “Coatlaxopeuh” que ellos comprendían muy bien (“quien aplasta la serpiente”). Y si a esto añadimos que los predicadores de la ermita primitiva y del santuario que pronto se construyó en el Tepeyac, le llamaban “Tonantzin” a la Virgen María, la transición se hizo de una manera insensible y completamente natural. El famoso Fray Bernardino de Zahagún, enemigo de la devoción guadalupana, escribía en son de protesta:

“(los mexicanos) Tienen tres o cuatro lugares donde solían hacer muy solemnes sacrificios y que venían hasta ellos desde muy lejanas tierras. Uno está aquí en la ciudad de México sobre un montecillo que llaman Tepeyac... hoy Nuestra Señora de Guadalupe. Allí tenían un templo dedicado a la madre de los dioses que llamaban Tonantzin, que quiere decir “nuestra madrecita”... Y ahora que está allí la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe siguen llamándole (los indios) Tonatzin pues los predicadores, a Nuestra Señora la Madre de Dios la llaman Tonantzin. y desde muy lejos vienen ahora como antes a visitar a esta Tonatzin”.

Continúa diciendo Salvador Freixedo: “El templo de Tonantzin fue demolido concienzudamente por uno de los capitanes de Cortés llamado Gonzalo de Sandoval. Y, muy probablemente, las piedras de que están hechos los muros del santuario en lo alto del cerro, son las mismas de que estaba hecho el santuario de Tonantzin. Otra de las sutiles estrategias usadas por la aparición para ayudar a que el nuevo culto fuese admitido, fueron los adornos pictóricos (en caso de ser éstos originales, y no añadidos, como piensan algunos) conque se apareció la imagen y hasta las características fisiológicas y raciales de ésta. Me refiero en primer lugar a los rayos del sol que la circundan, a la luna que está bajo sus pies y a las estrellas que adornan su manto. Para los frailes españoles del siglo XVI, la imagen de la Virgen sobre una media luna y rodeada de rayos de sol, no sólo tenía connotaciones bíblicas y tradicionales en toda la iconografía española (“Una gran señal apareció en el cielo: Una mujer vestida del sol y con la luna a sus pies”, Apocalipsis 12,1), sino que también las tenía patrióticas: la Virgen acababa de liberar a España de los musulmanes simbolizados por la media luna. Y también estos símbolos tenían significado para los indios de la Nueva España. Francisco J. Perea (en “450 años a la sombra del Tepeyac”) explica este atractivo: “La mentalidad religiosa-astronómica-agrícola del azteca, ve en el sol la razón de ser de todo lo que tiene vida y en la luna y las estrellas, patrones de la tiniebla nocturna, sus clásicos rivales. La imagen de la Señora Celestial... armoniza con estos elementos: el sol le forma un marco de fondo. La luna le sirve de escabel a sus pies y las estrellas se le someten adornando su manto. Las razas indígenas acostumbradas a transmitir sus mensajes por medio de pinturas, pudieron aceptar con más facilidad la fe cristiana encerrada en el múltiple simbolismo de esa imagen, que la que les llegaba en forma de ideas y principios”. En párrafos posteriores, J. Perea habla de “otra serie de elementos, con toda seguridad intencionados, que sin duda tuvieron que producir también un efecto positivo en el ánimo de los aborígenes.” Se refiere a los rasgos faciales “que eran de una jovencita indígena o mestiza” y nos describe en concreto cómo sus ojos, labios y cabellera se acomodaban en todo a los de las mujeres nativas. Seguramente siglos atrás un buen día, un indígena que andaba por aquellos parajes, posiblemente apacentando algún ganado, vio en lo alto del cerrito llamado Tepeyac una luz que poco a poco fue convirtiéndose en una imagen fantasmagórica; la imagen le diría llamarse “Tonantzin”, le pediría que hiciese allí un altar a donde viniese la gente a adorarla, porque ella iba a proteger a todos los que lo hiciesen, y así, poco a poco, habría ido creciendo la devoción por la Madrecita Tonantzin. Cuando los españoles llegaron ésta devoción tenía ya siglos. Pero la Tonantzin, pese a ser una diosa, no quería (o no podía) oponerse a la “evolución de los tiempos”. Y lo mismo que siglos atrás había irrumpido en la historia de los indios de aquella religión, en el siglo XVI bajo otra apariencia que se acomodaba a las creencias de los conquistadores, volvió a intervenir en la historia, “ayudando a la causa” de los recién llegados. Se destruía a sí misma aparentemente, pero sólo para poder perpetuarse. Su nuevo aspecto o su nueva forma de manifestarse tiene sólo una importancia secundaria, aunque los testigos o los beneficiados por la aparición le den a ésta una gran importancia y la entronquen con sus creencias sagradas. Más que beneficiarios de la aparición deberíamos llamarles víctimas de ella. Porque las apariciones de este tipo, lejos de contener en sí una enseñanza o un mensaje coherente, no son sino inyecciones de vida para mitos que mueren o el comienzo de mitos nuevos (entendiéndose la palabra “mito” no como sinónimo de cosa irreal, sino como hecho histórico muy deformado por la mente humana y por el paso del tiempo). Y el presunto bien que les hacen a los pueblos a la larga es más perjudicial que beneficioso, pues les cierra las mentes, poniéndolas en gran parte a su servicio, y les impide progresar y evolucionar en una línea auténticamente humana. Y en no pocas ocasiones los ha puesto a pelear con otros pueblos que han tenido otras apariciones diferentes. Esta es, ni más ni menos, la historia de las religiones de los pueblos del mundo”.

En todo caso, la imagen de la Virgen Guadalupe aparecida en el Tepeyac es la más espléndida de cuantas imágenes nos vienen del mundo antiguo de América, la con mayor número de adeptos. Genéricamente, solo tiene dos explicaciones. Una es que fue diseñada por una Inteligencia que desconocemos, que existe fuera del ámbito de la vida humana y, sin embargo, influye en nuestro orden natural. Más sencillamente, la una lo adjudica a Dios: explicando la historia básica de la aparición, y no el modo de operar particular mediante el cual se produjo ésta. Ciertas alteraciones químicas, algún cambio constitucional puede haber afectado las fibras del ayate de Juan Diego de modo tal que no se degrade: legítima preocupación de la ciencia. Asimismo, cualquier explicación puramente religiosa o científica obvia la maravilla psicológica. Es interesante que la imagen sea una mujer natural del Nuevo Mundo envuelta en señales del Viejo Mundo, relacionado con la mente de los testigos que la observaron por primera vez y, por supuesto, con la corriente culturalmente magnífica de la época en que se apareció.

Esto nos lleva a la segunda y última explicación genérica de la aparición: es posible que el aire que nos envuelve y en el que respiramos como los peces el agua, de alguna manera, por emociones fuertes de las personas, se forme lo que se nombra “cianotipo”, o pintura psíquica, que influye dentro de las estructuras. Cierta realidad psíquica inherente a la raza humana, que actúa bajo condiciones adecuadas, con capacidad para irrumpir en el mundo material. El retrato impreso en la tilma se explicaría, entonces, como lo que se llama “forma pensada”. Un efecto psíquico con fuerza real. Una irrupción psíquica posible a emociones especialmente fuertes, como las que se vivían en México en 1531, cuando el pueblo de uno de los más altos imperios de la antigua América fue arrasado. Por lo demás, Juan Diego y Fray Juan pudieron haber estado, pues, en el lugar y el momento adecuado.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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