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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

La estrella del norte de México

A partir de aquí, en otro texto (La estrella del norte de México, 1688, de Fray Francisco de Florencia) se lee que, “entonces, Juan Diego vio en medio de aquella claridad una hermosísima señora muy semejante a la que hoy se ve en la imagen en el poncho...” “y hablándole con semblante apacible y halagüeño en idioma mexicano le dijo:

Habla la Virgen: “Hijo mío Juan Diego, a quien amo tiernamente como a pequeñito y delicado, ¿A dónde vas?”

Contesta el indio: “Voy, noble Señora, a la doctrina que los padres de San Francisco nos enseñan en Santiago del Tlaltelolco, y oír la misa de la Virgen, que se canta en su iglesia los sábados.”

Habla la Virgen: “Sabe, hijo, que yo soy María Virgen (ésa cuya misa vas a oír) Madre del verdadero Dios (cuya doctrina vas a aprender y rezar), mi voluntad es que, en este sitio, se me edifique un Templo en que me mostraré piadosa madre contigo y con los tuyos: con mis devotos, y con los que me buscaren para remedio de sus necesidades. Ve al obispo y en nombre mío le dirás lo que has visto y oído; y que yo digo, que es voluntad mía, que él me edifique un Templo en este puesto; y yo con beneficios agradecida te pagaré este cuidado”.

Dice en el Nican Mopohua: “Juan bajó del cerro y emprendió la marcha”... siguiendo por el camino que se convertiría en la futura calzada de los Misterios y que era el único visible para ir a la ciudad de México. “Llegó al palacio del primer obispo de México, el Ilmo. Señor Fray Juan de Zumárraga, pidió audiencia para entregar su mensaje y mediante el intérprete del mismo Zumárraga, el padre Juan González, le dijo: “Que le enviaba la Madre de Dios a quien había visto y hablado aquella madrugada”. El obispo escuchó con admiración; pero, como es natural, no pudo darle entera fe y crédito y después de hacerle muchas preguntas lo despidió diciéndole que volviese de ahí a algunos días...” “Ya de regreso hacia el pueblo donde vivía, o sea, Tulpetlac, que significa “lugar de esteras de espadaña”, sube a la cumbre del cerrillo para poder dar la respuesta de su mensaje; contempla a la Señora que ya lo esperaba y postrándose le dijo...”

Habla el indio: “Niña mía muy querida, mi Reina y altísima Señora, hice lo que me mandaste y, aunque no tuve luego entrada a ver y hablar con el obispo hasta después de mucho tiempo, habiéndole visto le di tu embajada en la forma en que me ordenaste. Oyóme apacible y con atención más, a lo que yo vi y según las preguntas que me hizo, pensé que no me había dado crédito y me dijo que volviese otra vez para inquirir de mi más despacio el negocio a que iba y escudriñarlo de raíz. Presumió que el templo que pides se te labre es mentira mía y no voluntad tuya y así te pido que envíes esto a alguna persona noble y principal digna de respeto a quien deba darse crédito, porque ya ves, Dueña mía, que yo soy un pobre villano, hombre humilde y plebeyo y que no es para mí este negocio a que me envías...”

Habla la Virgen: “Oye, hijo mío, sábete que no me faltan sirvientes a quienes mandar. Agradezco tu cuidado y obediencia; pero conviene que tú, y no otro, sea; por intervención tuya ha de tener efecto mi voluntad y deseo. Y así te ruego, hijo mío, y te ordeno que vuelvas mañana a ver y hablar con el obispo y digas que me labre el templo que le pido y que quien te envía es la Virgen María, Madre del Dios Verdadero”.

Al día siguiente, domingo diez de diciembre, volvió donde el obispo, y después de muchas dificultades pudo hablar con él. Dice la Relación indígena: “Habiendo entrado, humillado en su presencia, le dijo con lágrimas y gemidos cómo por segunda vez había visto a la Madre de Dios en el propio lugar que la vio la vez primera; que le aguardaba con la respuesta del recado que le había dado antes; y que de nuevo le había mandado volver a su presencia a decirle que le edificase un templo en aquel sitio que la había visto y hablado...”

Dice el Nican Mopohua que el obispo lo escuchó con mayor atención; pero que le hizo muchas y diversas preguntas acerca de lo que afirmaba, y al mismo tiempo le dio a entender que no podía fiarse de su sola palabra y que por lo tanto le dijera a la Señora que le diera alguna señal para estar cierto de su voluntad. Luego lo deja ir, pero manda que lo sigan y vigilen sin que se dé cuenta. Luego que Juan Diego llegó a un puente por donde se cruzaba el río al pie del Tepeyac (frente a la actual calzada de Guadalupe), desapareció el indio a la vista de sus seguidores y, aunque lo buscaron con diligencia, no lo hallaron. Dice en “La Estrella del Norte de México” que, luego que llegó a la cumbre del cerrillo encontró en él a la Virgen que ya lo esperaba. Y, habiéndole informado que el obispo pedía “una señal cierta” de sus órdenes, ella responde:

Habla la Virgen: “Hijo mío, mañana me volverás a ver, y yo te daré señal tan bastante, que desempeñes mi embajada, y den a tus palabras entero crédito, con que seas recibido y despachado con aplauso y admiración. Y advierto que no ha de quedar sin premio tu cuidado, ni ha de echarlo en olvido mi gratitud. Aquí te espero mañana; no me olvides.”

Cuando llegó Juan Diego a su pueblo encontró gravemente enfermo a un tío suyo, Juan Bernardino, con una fiebre maligna que los naturales llamaban “cocoliztli”. Por esta razón no regresó al día siguiente, ya que, preocupado, se le fue el día buscando ayuda entre un médico de los suyos, pero no hubo mejoría del enfermo a pesar de administrarle algunos de los remedios que conocían. Al llegar la noche de ese día once de diciembre, el mismo Juan Bernardino, al verse muy mal, le rogó a su sobrino que fuese muy de madrugada al convento de Santiago Tlaltelolco en busca de un sacerdote para que le administrase los sacramentos porque pensaba que iba a morir. Y salió Juan Diego muy de mañana “en martes doce de diciembre” y al llegar al pie del Tepeyac por donde había de subir a la cumbre de la colina pensó, cándidamente: (en el Nican Mopohua) “si voy por el lado poniente del cerro la Señora me saldrá al encuentro y me reprenderá y además me retrasaré y no podré llevar a tiempo al sacerdote.” Torció el camino y fue a dar por otra vereda hacia el rumbo oriental por la falda del montecillo, pensando que así escaparía de la vista de la Virgen; ya iba a volver la falda del cerro, cuando le salió al paso la Señora, y dijo:

Habla la Virgen (en el Nican Mopohua): “¿Adónde vas, hijo mío, y qué camino es el que has seguido?

Habla el indio: “Niña mía muy amada y Señora mía, Dios te guarde. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás con salud? No tomes disgusto de lo que dijere: sabe, Dueña mía, que está enfermo un siervo tuyo, tío mío, de un accidente grave y mortal... voy deprisa al templo de Tlatelolco a llamar a un sacerdote para que venga a confesarle y olearle; que en fin nacemos todos sujetos a la muerte y después hecha esta diligencia volveré por este lugar a obedecer tu mandato... mañana volveré sin falta”.

Habla la Virgen: “Oye, hijo mío, lo que te digo ahora; no te moleste ni te aflija cosa alguna, ni temas enfermedad ni otro accidente penoso ni dolor. ¿No estoy aquí yo que soy tu madre? ¿No estás debajo de mi sombra y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿Tienes necesidad de otra cosa? No tengas pena ni cuidado alguno de la enfermedad de tu tío que no ha de morir de este achaque y ten por cierto que ya está sano”.

Habla el indio: “Pues envíame, Señora mía, a ver al obispo y dame la señal que dijiste para que me dé el crédito”.

Narra la Relación indígena que la Virgen, entonces, le indica que suba a la cumbre del cerro y que corte las rosas que allí encontrase. Obedeció Juan Diego sin réplica, no obstante que sabía que no había flores en aquel lugar por ser todo peñascos y que no producían cosa alguna; pero además se trataba del mes de diciembre en el cual el frío y las heladas suelen ser más duras en esa región de la entrada del Valle de México. Pero, allí estaban las flores. Y cortó cuantas rosas pudo frescas, olorosas y cubiertas de rocío y las colocó en el hueco de su manta o tilma, que es una especie de capa de fibra de maguey que usaban los indios de baja condición según las costumbres de ellos mismos, y bajando del cerro las llevó a la presencia de la aparición que le esperaba al pie de un árbol llamado “cuazahuatl”, que significa “árbol tela de araña”, el cual no produce frutos y sólo da unas flores blancas a su tiempo; también a este árbol se le llama “palo de muerto”. Se lee que la Señora tocó las flores y las reacomodó en la tilma y dijo enseguida:

Habla la Virgen: “Esta es la señal que has de llevar al obispo y le dirás que vea cuál es mi voluntad y realice mi deseo. Tú no muestres a persona alguna lo que llevas, ni despliegues tu capa, sino en presencia del obispo y dile lo que te mandé hacer ahora y con esto le pondrás ánimo para que ponga por obra mi templo”.

Sigue la narración antigua diciendo que llega Juan Diego con su mensaje al palacio episcopal, suplica a los sirvientes lo introduzcan ante la presencia del obispo, éstos advierten que lleva algo en su ayate e intentan registrarlo. El indio se resiste, alcanzan a ver rosas y quieren tomar alguna de ellas, contemplándolas hermosas. Al introducir su mano, “tienen la sensación de que no son de verdad, sino que están bordadas con arte en la manta”. Dan la noticia al obispo y éste manda que lo traigan a su presencia; el indio con alegría le dice llevar las señas que le había pedido y al desplegar su capa caen al suelo las flores y aparece impresa la imagen de nuestra Señora de Guadalupe en el ayate tal como se ve ahora en su santuario. “Lleno de veneración y admiración cae el obispo de rodillas ante la bellísima imagen... Y, después de levantarse, la toma respetuosamente en sus manos y la lleva al altar de su oratorio. Detuvo aquel día en su casa a Juan Diego y al día siguiente partieron en su compañía para que les señalase el sitio donde quería la Señora Santísima se le edificase el templo. Luego, por orden de Fray Juan acompañaron varios de ellos a Juan Diego hasta la casa de su tío Juan Bernardino en Tulpetlac para cerciorarse del estado de salud de éste, ya que, según el indio, la Señora le había asegurado que su tío sanaría. Efectivamente lo encontraron sano y contó el tío cómo la Santísima Virgen había venido a verlo, lo había consolado y devuelto la salud; pero además dijo que era voluntad de la Santísima Virgen ser llamada Santa María de Guadalupe. Pronto corrió por la ciudad la fama del milagro y acudían a venerar la imagen de Nuestra Señora al palacio episcopal. También se dice que viendo el obispo el gran concurso del pueblo llevó la santa imagen a la Iglesia Mayor y la colocó en el altar mientras a toda prisa se le edificó una ermita de adobe en el lugar señalado por el indio a donde fue trasladada con toda solemnidad y en gran procesión. Entonces comenzó la tradición de los cantos que entonaban los indios con entusiasmo: “La Virgen es de nosotros los indios, nuestra limpia Madre y Señora, la Virgen es de nosotros los indios”.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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