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Antropología e Historia de México

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En nuestros países de América a la Fuerza Femenina universal se la invoca con muchos nombres y títulos, los que varían según los lugares, de acuerdo a particulares hechos o circunstancias. Pero siempre se trata de la Virgen, la Madre de Dios: los diferentes nombres son un magnífico poema de nuestra humanidad.

La evangelización en América se inició con el sello de la virgen María Madre de Jesucristo. Su nombre y su imagen campeaban en la carabela de Cristóbal Colón, la Santa María, que hace cinco siglos arribó al Nuevo Mundo. Nos dice el Deán de la Catedral de Santiago de Chile, Fidel Araneda Bravo, de la Academia Chilena de la Lengua “y Guadalupano de corazón. Ese 12 de octubre, fiesta de la Virgen de España, representó el signo providencial de que la evangelización de América se realizaba bajo la protección de la Madre de Dios. A partir de entonces fueron famosas ciertas apariciones de la Virgen Madre del Cielo en el Viejo Mundo. Pero, estas apariciones comenzaron en América antes de los inicios de la Conquista, cuando se hicieron recurrentes”.

Los cronistas anotan desde la memoria escrita de nuestros países de América, mucho antes de la llegada de los europeos, nuestros incas, mayas, aztecas, pieles rojas, adoraban a una Bella Señora que solía aparecerse, y tallaban en sus piedras y pintaban en sus códices. Se diría que la aparición de la Virgen María Madre de Dios, tenía un camino sembrado. Produciéndose el fenomenal sincretismo esparcido en toda América de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe.

Jesús el Cristo es impensable sin María. De hecho, las más antiguas escuelas literarias, como los Sufis, identifican al Señor de la vida como “Jesús Hijo de María”. Todo en el Cristo es paradoja y su existencia misma se inicia con la afirmación de María, hace dos mil años, de que llevaba en su vientre al propio Hijo de Dios: ante el aparente absurdo y lo imposible, sin embargo, quebró la historia humana. María, en verdad, es quien da el gran fiat de nuestra civilización. Esta afirmación es breve, pero decisiva, como la presencia misma de María en los libros sagrados. Porque su silencio abarca todo. Por ejemplo, el comienzo de las señales de Jesús, la manifestación de Su gloria se inicia por una orden silenciosa que le imparte María, cuando ésta, en un banquete de bodas en Caná de Galilea al que había invitado a su hijo, vio que a sus amigos les faltaba el vino, según narra el evangelista Juan (2:3):

“Cuando faltó el vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”.

Pero Jesús le respondió: “¿Qué tengo que ver contigo mujer?. Todavía no ha llegado mi hora”.

María ni pareció oírlo. Simplemente dijo a los que servían: “Todo cuanto les diga mi hijo, háganlo”. Sucedió que había puestas allí seis tinajas para agua hechas de piedra según lo exigido por los reglamentos de purificación de los judíos; cada una de ellas podía contener dos o tres medidas de líquido. Jesús les dijo: “Llenen de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. Y les dijo: “Saquen un poco ahora y llévenlo al director del banquete.” De modo que lo llevaron. Cuando el director del banquete probó el agua que había sido convertida en vino, pero no sabía de dónde venía, aunque lo sabían los que servían que habían sacado el agua, el director del banquete llamó al novio y le dijo: “Todo otro hombre pone primero el vino excelente, y cuando las gentes están embriagadas, el inferior. Tú has reservado el vino excelente hasta ahora”. Jesús ejecutó esto por orden de María, y fue el principio de sus señales y puso de manifiesto su gloria”.

Por supuesto que resulta ingenuo cualquier texto que hable de una aparición de la Virgen pretendiendo aclarar el misterio de la encarnación divina. La reflexión literaria teológica sólo puede delimitar el contorno conceptual de lo sagrado: su periferia, su contexto, pero nunca su texto. Se ha dicho que la palabra es “la respiración de la inteligencia”, pero es también un instrumento incapaz de expresar las verdades últimas del hombre, simplemente porque nada lo puede hacer. Ni el lenguaje ni el pensamiento pueden develar el misterio de los grandes enigmas, que son territorio de la pura fe. Y en esta zona nuestras palabras yacen raídas: habría que excavar mucho para incluir apenas como describir el nacimiento de una estrella. Una cosa es el mundo y otra cosa es lo sobrenatural, y cada cual con su propia realidad. Una cosa es la ciencia y otra es el milagro. La identificación de la creación y de un Creador es lo natural. Digamos, a la manera de Borges, que si existe un laberinto debe haber un constructor de laberintos. Digamos que si todo obedece a una propia naturaleza, la voluntad del hombre puede manejar a la providencia a través del gesto mágico, esto, si la magia actúa en el hombre. Pero la verdadera actitud religiosa no es jamás mágica, porque nunca impone: solicita. No se identifica con lo sagrado, sino que lo venera. La conciencia religiosa no es, entonces, una actitud operativa sino orante, inclinada a la pura fe en Dios, a la justicia del propósito de Dios. La fe no proviene de una ecuación lógica, por nombrarlo así, no es una mera creencia intelectual: es una percepción íntima del orden divino. Por eso no caben interpretaciones intelectuales en cualquier texto que mencione las apariciones milagrosas de la Virgen.

Mi intención con el presente escrito es modesta. Se trata básicamente de una introducción al estudio de las apariciones de una Bella Señora llamada Guadalupe en México, a quien se identifica con la Virgen Madre de Dios. Lo que he hecho ha sido, más bien, rozar la existencia del hecho milagroso mediante el estudio de este ejemplo representativo del fenómeno. Mi objetivo general es presentar las bases científicas más que su carga religiosa. Sin embargo, con ello no pretendo en absoluto reducir el significado puramente religioso de tal hecho. Es, digámoslo así, una exploración tímida. Porque aunque este extraño suceso es un hecho real, acontecido en el mundo real, son relativamente pocos los científicos convencionales que se han decidido a estudiarlo. Una de las razones que las apariciones sean poco estudiadas, es que son extremadamente infrecuentes, tanto que, de hecho, la mayor parte de las personas se niegan a creer que existan de verdad, sumado a que nunca han podido enfrentarse a una prueba definitiva de su existencia. Pocos científicos se han atrevido a “naturalizar” lo sobrenatural. Los que se aplican suelen terminar en el ostracismo condenados por sus colegas, ridiculizados por los científicos convencionales. Otros se limitan a mantener en secreto sus investigaciones que, aparentemente, no los ha llevado a verdad alguna. Se diría que la ciencia ha relegado el estudio de las apariciones de la Virgen en brazos de la religión. Sin embargo, la más famosa de todas las apariciones de la Virgen en América, Nuestra Señora de Guadalupe, ha sido suficientemente estudiada por la ciencia oficial. La imagen que quedó visible en el ayate, tilma o manta del campesino mexicano, no pintada sino impresa -por decir así- en las fibras del tejido, es un milagro vivo, que ha soportado el paso del tiempo y los análisis modernos. Una historia de los intentos que se han hecho en casi quinientos años para explicarlo, es una historia de las afirmaciones que lo han consolidado como perfectamente inexplicable. La fecha de la aparición es significativa: sólo diez años antes, Hernán Cortés y sus hombres habían invadido México. La Conquista produjo una confrontación sangrienta entre los españoles y los aztecas, cuyo maravilloso Imperio era cruelmente destrozado bajo el poderío hispano. El jefe del gobierno colonial era Nuño de Guzmán, un militar codicioso y corrupto que explotaba a la vencida población india siempre que podía. Guzmán cargó tanto los impuestos que muchos naturales tuvieron que vender a sus hijos como esclavos para pagar a los recaudadores. Este estado de cosas llevó a frecuentes enfrentamientos públicos entre Guzmán y Fray Juan de Zumárraga, humanitario y benévolo obispo de México, quien se había convertido en un decidido protector de los indios. Aunque Zumárraga acabó ganando su batalla y Guzmán fue reclamado desde España, caído en desgracia, la situación política en 1531 era tan extrema que los nativos mismos estaban divididos entre ellos. Un grupo estaba proyectando una revuelta sangrienta contra el poderío hispano, mientras que otro intentaba mezclarse con los invasores mediante la conversión al cristianismo y la adopción de los usos europeos. Las apariciones de la Virgen de Guadalupe sucedieron en el punto álgido de esa tormentosa época.

Nos dice el XXI Abad del Santuario de Guadalupe en el Tepeyac, monseñor Guillermo Schulenburg P., que, según la narración indígena, se pueden precisar las fechas y horarios en que ocurrieron las apariciones:
Primera aparición: sábado nueve de diciembre de 1531, alrededor de las cinco de la mañana, “antes de esclarecer la aurora”, el indio “oyó un canto dulce y sonoro”... “y alzando la vista al lugar de donde venía ese canto vio una nube blanca y resplandeciente”... “subió a toda prisa la cuestecilla del collado”...

Segunda aparición: el mismo día, tal vez hacia las tres de la tarde y en el mismo lugar o sea, en la cumbre del Tepeyac del lado occidental. Esto se deduce porque según la narración indígena, Juan Diego volvió al pueblo de Tulpetlac al atardecer cuando el sol ya se había puesto.

Tercera aparición: domingo diez de diciembre, pasado el mediodía, cuando regresaba después de haber oído misa en el templo de Santiago Tlaltelolco y asistido a la doctrina cristiana y conversado con el obispo para reiterarle el mensaje de la Virgen.

Cuarta aparición: martes doce de diciembre, hacia las nueve de la mañana. Efectivamente, salió Juan Diego presuroso a la madrugada de Tulpetlac rumbo a Tlaltelolco; debió, pues, pasar por la falda oriental del Tepeyac más o menos a esa hora. Allí se apareció ante él nuevamente la Virgen “cerca de un manantial de agua luminosa”, o sea frente a la actual capilla del Pocito. Hay una quinta aparición, no a Juan Diego, sino al tío de éste, Juan Bernardino, el cual estaba, muy probablemente, en Tulpetlac. No ha sido posible fijar con exactitud el día ni la hora de dicha aparición.

Afirma monseñor Schulenburg: “El personaje central de los hechos milagrosos del Tepeyac es la misma Santísima Virgen, cuya excelsa dignidad y prerrogativa conocemos por la Teología Católica. Juan Diego fue natural del pueblo de Quautitlán. Se casó con una india llamada María Lucía y cuando acontecieron los hechos milagrosos parece que ambos residían en el pueblo de Tulpetlac. El otro protagonista, Fray Juan de Zumárraga, fue el primer obispo de México, y había nacido en Durango de Viscaya por el año 1468, murió en la ciudad de México en 1548. Entró de franciscano probablemente en el convento del Abrojo, cerca de Valladolid. Era prior de dicho convento cuando llegó allí Carlos V a pasar la Semana Santa: al irse, quiso dejar una cantidad de dinero para el convento y Fray Juan no aceptó, lo que, unido a otros detalles que gustaron al emperador durante su estadía, creó un fuerte lazo de amistado entre ambos. Más tarde, Carlos V (I en España) lo propuso para obispo de México. Amó entrañablemente a los indios y se entregó a protegerlos durante el resto de su vida; introdujo la imprenta a México e intervino en la fundación de colegios y la creación de la Universidad. Además del indio y el obispo, hay que agregar otro personaje: el intérprete de ambos, el sacerdote Juan González, secretario y “lengua” de Zumárraga, que no hablaba náhuatl. Juan González había nacido en Extremadura, y vino a la Nueva España en busca de un tío suyo. Lo alojó en su casa el obispo y ahí le nació la vocación sacerdotal. Era un hombre educado que aprendió rápidamente el náhuatl, se hizo conciliario y llegó a rector de la inédita Universidad. Sin embargo, renunció a sus cargos y títulos y se entregó a la obra evangelizadora: murió rodeado del respeto de todos, casi centenario; según el doctor Angel María Garibay K., dejó escrita una breve relación sobre las apariciones, que entregó a Juan Tovar, y que se ha perdido.”

Al respecto, el texto más antiguo conocido data de 1560, y es la Relación Indígena (Nican Mopohua), atribuida a Antonio Valeriano, natural descendiente de uno de los reyes de Texcoco, y que había estudiado en el colegio Santa Cruz de Tlaltelolco, fundado por los franciscanos en 1535, donde fue discípulo de Fray Bernardino de Zahagún. Totalmente redactado en el idioma antiguo de los mexicanos (excepto una línea que dice textualmente: “la perfecta Virgen Santa María de Guadalupe”, refiriéndose al nombre con el que la aparición quiere ser conocida), el texto fue traducido por Juan Becerra y Tanco quien, mientras se hacía el Proceso Apostólico acerca de las apariciones, lo imprimió en un cuadernillo que posteriormente, en 1675, formó parte de la obra “Felicidad de México en la admirable aparición de la Virgen María Señora de Guadalupe y origen de su milagrosa imagen”. En el prólogo se lee:

“Corriendo el año del nacimiento de Cristo Nuestro Señor de 1531 y del dominio de los españoles en esta ciudad de México y su provincia de la Nueva España cumplidos diez años y casi cuatro meses... Sábado, muy de mañana antes de esclarecer la aurora a nueve días del mes de diciembre, un indio plebeyo y pobre, humilde y sencillo de los recién convertidos a nuestra santa fe católica, el cual en el bautismo se llamó Juan y por sobrenombre Diego... venía del pueblo en el que residía al templo de Santiago el Mayor en el barrio de Tlaltelolco... a oír la misa de la Virgen María. Llegando, pues, al romper el alba al pie de un cerro pequeño que se decía Tepeyacac oyó el indio, en la cumbre del cerrillo y en una ceja de peñascos que se levantaba sobre lo llano a orillas de la laguna, un canto dulce y sonoro que, según dijo, le pareció de muchedumbre y variedad de pajarillos que cantaban juntos con suavidad y armonía respondiéndose a coro los unos a los otros con singular concierto, cuyos ecos reduplicaban y repetían el cerro alto que se sublima sobre el montecillo y alzando la vista al lugar donde a su estimación se formaba el canto, vio en el una nube blanca y resplandeciente y en el contorno de ella un hermoso arco iris de diversos colores que se formaba de los rayos de una luz y claridad excesiva que se mostraba en medio de la nube... habiendo cesado el canto oyó que lo llamaban por su nombre Juan con una voz como de mujer dulce y delicada que salía de los resplandores de aquella nube y que le decía que se acercase. Subió a toda prisa la cuestecilla del collado; habiéndose aproximado...
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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