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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Entrevista Vogue 1982 (segunda parte)

—¿Y Pedro Páramo?

—Pedro Páramo murió hace muchos años".

Cuando Juan Preciado entra al pueblo entra al inframundo, donde los niños no existen: "Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos llenando con sus gritos la tarde". En todos los otros pueblos, pero no en éste, donde los muertos viven como vivos:

"Lo que acontece es que se la pasan encerrados. De día no sé qué harán; pero las noches se la pasan en su encierro. Aquí esas horas están llenas de espanto. Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece empiezan a salir, y a nadie le gusta verlas. Son tantas, y nosotros tan poquitos, que ya ni la lucha le hacemos para rezar porque salgan de sus penas. No ajustarían nuestras oraciones para todos. Si acaso les tocaría un pedazo de Padrenuestro".

A quien escucha Juan Preciado es a una mujer, que está muerta, a una mujer incestuosa que vive con su hermano, su amante, y que existe, como todos en Comala, sin la gracia de Dios. El cura pecador no los absolvió, pero su culpa, según ella, es relativa: 

"—Estábamos tan solos aquí, que los únicos éramos nosotros. Y de algún modo había que poblar el pueblo". 

La pareja, humana imagen adámica, da lugar a que la descendencia llegue a la vida en pecado aún antes de nacer: 

"Y esa es la cosa por la que está lleno de ánimas; un puro vagabundear de gente que murió sin perdón".

¿Cómo él no iba a tropezarse con estas ánimas que comen y beben, van a misa, murmuran, riñen, matan, aman?. Todo hundido en el tórrido calor, en el tiempo que no existe, un sitio en el que todo cabe: "Como que se van las voces. Como que se pierde su ruido. Como que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es el sueño". Es 

"la maraña del sueño". Y lo onírico da lugar a que todo se enrede. Afirma uno: 

"Entonces se me heló el alma. Por eso me encontraron muerto". Sentencia otro: 

"Vamos a estar mucho tiempo enterrados". Y otro: "Cuando me senté a morir, ella me rogó que me levantara y siguiera arrastrando la vida..." Toda una incógnita, como los sueños, ¿no es un misterio soñar?

"—La semana venidera irás con el Aldrete. Y le dices que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de la Media Luna.

—Hizo bien sus mediciones. Me consta.

—Pues dile que se equivocó: Que estuvo mal calculado. Derrumba los lienzos si es preciso -dice Pedro Páramo.

—¿Y las leyes? -pregunta Fulgor Sedano.

—¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de hoy en adelante la vamos a hacer nosotros".

El cacique tiene derecho sobre todos, sobre las mujeres por su ley de "pernada", por eso, no es de asombrar que todo Comala se encuentre emparentado con él en una manera promiscua que invade el pueblo como aroma putrefacto... Es la única razón de que los dos hermanos originales no han tenido otro remedio que involucrarse íntimamente, de modo que Pedro Páramo es la legítima causa de la deshonra universal. Como murió hace muchos años es fácil saber que desde pequeño fue pobre; se "arrimó" por ello a su tía Gertrudis. Una vieja clarividente dijo del niño: "le va a ir mal"; también su padre opina que "se malogró". Sin embargo, "de cosa baja que era se alzó a mayor". Su única debilidad, su única pasión, la trama mayor de su vida es, por sobre nada, el amor, el ardor desenfrenado que siente por Susana San Juan, "escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su divina providencia..."

Juan Rulfo ha dicho sólo lo que quiere decir, sin calcular, ni importarle que sea considerado insuficiente. Es cierto que la literatura nace básicamente de un deseo, es el deseo la partida. Y Rulfo ha perdido el deseo. No es imposible, entonces, conjeturar que quizás no conoceremos una nueva obra suya, quizás, y tampoco importa. El ha cumplido; al cabo que la función más alta de un escritor es producir una obra maestra siendo todo lo demás absolutamente sin importancia. Rulfo ya ha creado una obra maestra; ha sido congruente consigo mismo; ahora, quizás, el instante maravilloso del verbo ha pasado en su vida, y tampoco le importa:

—"Hay tantas cosas que suceden y uno no se explica... quizás es porque no tienen, simplemente, explicación. Cuando trabajaba en los caminos, una vez debí atravesar unas montañas guiado por topiles, que así se llama a los guías. Entonces me caí de la mula y se me rompió un diente; me salió mucha sangre; yo quise seguir caminando, pero los guías me lo impidieron, me hicieron a un lado del camino y al ver que yo no tenía intención de quedarme, sencillamente me amarraron y me dejaron allí, solo. Casi era de noche, pero allí me dejaron, en ese camino que atraviesa las montañas. Me dijeron que el alma se me había escapado por la sangre, que tenía que esperar a que amaneciera para que, con luz, el alma me encontrara, porque no podría verme de noche si seguía. Y yo no debía moverme, allí debía esperar, que no querían gente sin alma cruzando esas montañas... hay tantas cosas que suceden y uno no se explica".
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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