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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Rulfo, un hombre (tercera parte)

Estaba, entonces, Amado Alonso asistido por Pedro Henríquez Ureña, y allí, en el Instituto de Filología Argentino le prestaban a la Bombal una máquina de escribir en que dio a luz su segunda novela: "La amortajada", en el año 1938. En "La amortajada" recrea una de las preocupaciones existenciales que ha inspirado leyendas fabulosas: ¿es posible recordar después de la muerte? ¿La vida es la continuidad de una muerte previa, inicial? Es ésta una antigua duda filosófica que ha impregnado a la literatura desde siempre, ya que, como se sabe, sólo a la imaginación le ha sido dado tejer sus redes para construir un posible magnífico puente que una las riberas de la esencia y la existencia; entre lo que es y lo que es de verdad. Es "La amortajada" un relato del pensamiento de una mujer encerrada en su féretro, resignada al fin de las cosas humanas, un día en que... Detrás de los ojos envueltos en largas pestañas de la protagonista, el lector descubre la presencia de vida más allá, postulando la Bombal que, naturalmente, una vez rasgado el velo no se desea recobrar lo ya ocurrido (al contrario de Marcel Proust, que soñaba recuperar el tiempo perdido). Para ella la muerte forma parte de la vida, siendo único el tiempo lineal asaltado por los quiebres soberbios de la conciencia. En la obra, las frases musicales forman una trama lírica en el fondo de la muerta, que, raramente, está siendo azotada por una tempestad interior, aunque todo el ambiente es apacible, a media voz, transcurre dentro de ese silencio que posee el cuerpo muerto. Nunca un estallido disonante perturba las evocaciones; la amortajada recuerda sin prisa, ve como si no viera. Es cierto que el recuerdo de sus amores la inunda sobresaltada, como algo de súbito percibido, pero no más.

Piensa la mujer en el féretro: "Deben tener alma los que la sienten dentro de sí bullir y reclamar. Tal vez sean los hombres como las plantas; no todas están llamadas a retoñar y las hay en las arenas que viven sin sed de agua porque carecen de hambrientas raíces".

Esta es toda la trama: una mujer en su catafalco que se asoma a la vida a través de la muerte, eso es todo; sin embargo, la Bombal concibe un soberbio análisis sociológico en su descripción de sutiles y complejas emociones. Transcurre el fascinante relato durante el velatorio y el entierro de la mujer, quien asiste, con lúcido distanciamiento, al cortejo de personas que van inclinándose sobre el ataúd. Su pensamiento lo sabemos a lo largo de un soliloquio que devela hondos y alucinados paisajes de un alma y sus secretas pasiones. La amortajada sabe lo que cruza al interior de quienes ahora se asoman al borde del ataúd, descubriendo tristeza y piedad hacia ella, pero también oscuros y egoístas sentimientos. Esta reconstrucción de la existencia de la heroína, ya roto el hilo que la ataba a lo contingente, ve desde su perspectiva lo que fue y no pudo ser; experimenta la realidad como la gran ficción de la que un día formó parte. La historia transcurre, por tanto, en una doble proyección: la de la visión sicológica y la que expresa aquello que desborda cualquier palabra, de lo que está más allá del lenguaje. Es una realidad bordada con los hilos del ensueño, tejiendo uno de los retratos femeninos más ricos que conocemos, pleno de misterios, cuajado de insinuaciones. La amortajada va sumando los dramáticos hechos con la clarividencia que le permite saber lo que en vida nunca supo de quienes la rodearon, haciendo hincapié la Bombal en la diferencia de posibilidades alrededor del amor que experimentan los sexos, rodeando la atmósfera interna del suceso de continuo hálito secreto, esencialmente femenino. No sabemos nunca qué ha sucedido antes ni atisbamos lo que sucederá, sólo el instante supremo en breves pinceladas que definen el hechizo de un alma enamorada. Ese estado de la mente se manifiesta con mínimo de palabras, entregada la vida entera solo en una alusión. El suyo es el arte de la sugerencia en esta extraña perspectiva desde la cual está narrada la obra, en que trata con cierta graciosa familiaridad a la muerte enfrentada como parte de la vida y, a la vez, como reflejo bizarro: la protagonista está inocentemente ubicada entre ambos reinos, como si cada palabra para designar lo vivo y lo muerto pudiera ser la misma. La fuerza musical del texto arranca de alguien que habla consigo mismo, sin preámbulo, francamente, unida imagen y palabra castellana en su más alto verbo: "Ningún gesto mío consiguió provocar lo que mi muerte logra al fin. Ya vez, la muerte es también un acto de vida", susurra la amortajada en el instante en que su hija, ayer lejana, hoy llora y se abraza a su cuello, intentando alcanzarla o detenerla, acabar esa penosa inmersión en que "descendía lenta, lenta, esquivando flores de hueso".

La Bombal creó cuatro cuentos: "El árbol" (1939), "Las islas nuevas" (1939), "Lo Secreto" (1940) y "Trenzas" (1940), y una novela corta: ¿Historia de María Griselda¿ (1946), que finaliza su producción literaria. Están al mismo nivel que sus obras capitales: son relatos magníficos. Recrean su estilo propio y se leen con fruición. Por las páginas aparecen y desaparecen los personajes, los lugares, de similar forma súbita que en sus novelas. Los seres simplemente se revelan en el momento; sin ser presentados son convocados no importando su pasado o la razón de su presencia, y el lector no necesita esta presentación de rigor que es común, no hace falta: tal es la gracia. Cada ser, cada cosa y suceso se justifica sólo en el momento de su aparición, con el solo hálito poético. De allí la justificada altura lírica que es común que la crítica atribuya a los relatos. En una entrevista a la revista "Time", en 1947, Bombal definía su propia literatura como "escapista": "Para mi gusto -decía- ese tipo sórdido de literatura documental que hoy está de moda ha sido tratado con exceso. Por mi parte, prefiero... lo que ustedes llaman "escapement." En otra entrevista a "The american Hispanist", revista literaria de la Universidad de Indiana, USA, declaró: "¿Mi técnica narrativa? Yo la clasificaría tanto de prosa surrealista como de prosa poética. ¿Mis novelas? De la historia de las "penumbras" del corazón, y de nuestro goce de la naturaleza que es misterio y milagro. También a veces de historia de una titubeante, ansiosa búsqueda de lo que llamamos el "más allá". Sí, creo haber insinuado en mis novelas aquel otro medio de expresión: el de dar énfasis y primera importancia no a la mera narrativa de hechos sino a la íntima, secreta historia de las inquietudes y motivos que los provocaran ser o les impidieran ser".

Ella intentaba encontrarse a sí misma en la trama de sus libros y, a la vez, puso en tela de juicio diario enigmas profundos como el origen del cosmos, el porqué de la existencia y el deseo sexual, la felicidad y la intuición aplastante de un mundo presidido por una mentira: la libertad. En sus escritos lo sobrenatural se desborda, sin embargo nunca deja de ser real. Plenas de asombro por lo que existe a su alrededor, las heroínas de la Bombal llegan en su humanidad a tocar regiones de lo oculto para los seres de ficción, descubriendo potencias extrañas en las cosas que disponen del lector hacia fines desconocidos. Al igual que en las obras de Juan Rulfo, sus personajes están en todo momento al acecho de los misterios de la vida y de un posible destino en lo secreto, creando extraordinarias analogías entre el mundo exterior y la vida espiritual, a través de sencillas alianzas entre la atmósfera, los objetos y la sensación que producen. 

Lo que ellos escriben es un espectáculo del mundo cotidiano adentrándose en lo desconocido, un debate entre el misterio de las almas y la pasión que a estas sume la angustia de lo cotidiano. ¿Qué sortilegio tejen para decir así las cosas? Su literatura es una ofrenda milagrosa al verbo; sus extraños ángeles caídos deambulando en lejanas haciendas vegetales o pueblos desiertos abandonadas en los campos de América son perfiles espirituales de la melancolía humana, estructurados en un estilo único: de allí la densidad; no sobra un adjetivo en la velocidad de lo efímero, pura síntesis que cambia al tiempo natural del salto de la conciencia, lo que se piensa y lo que se ve alrededor de sus personajes, nunca se sabe porqué está plasmado en sus relatos la asombrosa discontinuidad del transcurso interior, del hálito vital, de la única duración posible.

En Rulfo y la Bombal podemos citar varias similitudes, pero requerimos de un espacio considerable. Como dice García Márquez, sus lecturas fueron las mismas preferidas: ciertos autores nórdicos, en especial Knut Hansum, Halldor Laxness, Ibsen... y, por supuesto, las Crónicas de la Conquista; la Bombal, anotamos, al final de su vida, escribía un texto sobre el conquistador Diego de Almagro, que era como su canto de cisne y ofrenda a sus lecturas preferidas: las Crónicas de la conquista de Chile. De Rulfo ya oímos acerca de su amor por estos textos antiguos, y algo de ellos influyó en sus creaciones, sin duda, porque los personajes de Rulfo muy bien pueden transcurrir en la atmósfera mágica de la última niebla bombaleana; la amortajada bien podría estar hablando desde su ataúd en algún rincón de Comala. Casi no existe diferencia además en lo sustancial de su visión del más allá con ojo diametralmente opuesto, porque todo es visto por un hombre, porque todo es visto por una mujer; cantan lo mismo pero visto desde uno y otro lado del espejo. Donde se juntan, allí precisamente nace el realismo mágico, cuyos pilares descansan en criaturas que cargan un peso: la culpa ("¿Y qué crees que es la vida Justina, sino un pecado?" dice Susana San Juan, la mujer que amaba Pedro Páramo). Es decir, la estructura de la obra de María Luisa Bombal y Rulfo Rulfo, es similar, esa su forma de decir las cosas es idéntica en su interpretación de la vida y en esa manera que manejan nuestra lengua para decirlo; son un hombre y una mujer que escriben y que llegaron al mismo punto por caminos diametralmente opuestos. Como era la Bombal, Rulfo es persona introvertida, pero cuando se siente a gusto habla sin trabas; platica con cierta indiferencia, como si no tuviera importancia, como si hablara solo para distraerse. Ciertamente sabe que su obra es diferente: "Cuando llegué a la Ciudad de México desde Jalisco, los escritores contemporáneos a mí tenían una cultura muy extensa, yo apenas me iniciaba y ni siquiera intenté captar sus estilos; algunos tenían un estilo maravilloso; jamás pensé en superarlos siquiera, porque sabía que era imposible, entonces, yo seguí una línea contraria: busqué la simplicidad. Ellos buscaban la cultura europea mientras yo apenas intentaba acercarme a la cultura mexicana. Por eso, quizás, acuso una cierta diferencia". Le pregunto si podemos decir que, al igual que ¿La última niebla¿, el ¿Pedro Páramo¿ es la historia de un amor trágico. Y dice:

"—Sí lo podemos decir. Porque Pedro Páramo, en su esencia, es un hombre frustrado por un amor imposible. En lo más íntimo, Pedro Páramo nació de una imagen y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan, a la que soñé a partir de una muchachita que conocí a los 13 años; ella nunca lo supo y no la volví a ver jamás en la vida".

—"La sombra larga y negra... Era una sola sombra. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira, a las que nadie hace caso. Tu cuerpo transparentándose en el agua de la noche. Susana, Susana San Juan..."

De ella se dice que es muy bella pero que "no es una mujer de este mundo". Es "inocente" como todos los que se fugaron de la razón. ¿Cómo, entonces, podría amar a un hombre que es materia bruta?. Cuando ella finalmente reaparece en Comala, viuda de Florencio, y luego de muchos años de ausencia, se muestra alucinada y romántica pero, de hecho, muerta en vida. Su locura se agrava por el asesinato de su padre planeado por el mismísimo Pedro Páramo. Sin embargo, deducimos, la única real tragedia de Susana San Juan es la del amor cortado por la muerte, por eso, primero niega a Dios y luego, ilógicamente, lo afirma, increpándolo:

"Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí. Pero tú te ocupas nada más que de las almas. Y yo lo que quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos. Mi cuerpo liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?".

Pedro Páramo de niño ya soñaba con Susana San Juan. De joven la persigue e idealiza, y cuando de viejo la desposa, ésta ya ha perdido la razón, vive en el pasado; sin embargo, para él, todo está de más, sólo importa su amor que ha arrastrado como una carga, pero que es también lo único que le ha permitido el ensueño:

"Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se me iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento... El aire nos hacía reír, juntaba la mirada de nuestros ojos".

En ese tiempo mítico, el de la niñez, cuando Pedro Páramo y Susana San Juan juegan con el viento, se produce el único momento del relato en que Comala está verdaderamente vivo, recuperados todos sus sentidos por la fuerza del amor. Nada más. Es cierto que es un amor no correspondido: Susana no dice nunca "yo soy Pedro". Replegada en sí misma, inaccesible, mera presencia, Susana aniquila a Páramo. ¿Cuál era el mundo de ella?: "Esa era una de las cosas que Pedro Páramo nunca llegó a saber". El busca saborear su único amor posible; ella ha encontrado en otro el sabor, y lo ha perdido. El es la tierra. Ella es el cielo. El desea lo material y ella sólo escapar de la realidad. Por eso, vive en fuga la mujer, huyendo como el agua... El es el desierto y ella es el mar: ¿acaso no del mar surgió Florencio, desnudo?. El mar, para Susana, representa una purificación y el desborde de la sexualidad, por eso se baña desnuda:

"El mar moja mis tobillos y se va, moja mis rodillas, mis muslos, rodea mi cintura con sus brazos suaves, da vuelta sobre mis senos, se abraza de mi cuello, aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrega a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo..."

Tan distinta ella de él. Y, sin embargo: "El la quería. Estoy por decir que nunca quiso a ninguna mujer como a ésa. Ya se la entregaron sufrida y quizás loca. Tan la quiso que se pasó el resto de sus años aplastado en su equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto. Le perdió interés a todo". 

Había esperado durante treinta largos años a Susana San Juan con la esperanza del amor, y ese amor irrealizado se convierte en odio desenfrenado; se ha roto por dentro y todos son culpables; ya para nadie es posible el perdón:

—"Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre. Y así lo hizo".

Desde entonces Comala se convierte en el pueblo que es, habitado por "gente que murió sin perdón y que no lo conseguirá de ningún modo".

La desolación de la tierra es la desolación de Pedro Páramo, quien es asesinado por Abundio Martínez, reflejo de todo el mal que engendró. El hombre, "...después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras".

Sobre ese montón de piedras, encima del catafalco de una mujer amortajada que piensa, se edificó la más bella escuela literaria del siglo XX, el fantástico realismo mágico.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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