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Susurros de México

Rulfo, un hombre (segunda parte)




La poeta Guadalupe "Pita" Amor recuerda que le fue presentado el autor Nobel en algún restaurante de la zona rosa:

—Me dijo García Márquez que trabajaba en una agencia de publicidad. Yo arisqué la nariz y estuve a punto de retirarme. No lo hice porque alguien, de inmediato, me informó que el colombiano podía recitar de memoria párrafos completos del "Pedro Páramo". Entonces supe que era uno de los nuestros".

Para el inventor de Macondo, ese fabuloso lugar, la admiración por la obra literaria de Juan Rulfo va aún más lejos:

—En ese tiempo no sólo podía recitar párrafos completos del "Pedro Páramo", podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falla apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada episodio, y no había un sólo rasgo del carácter de un personaje que no conociera a fondo. La obra, sin duda, yo la conocía mejor que el propio autor. A Rulfo, por cierto, yo no lo conocía; lo vi en persona sólo varios años después. Ahora somos amigos".

Recuerda cómo fue que, con el tiempo, y ya instalado en la Ciudad de México, sería guionista de varias de las películas que se han filmado inspiradas en la obra de Rulfo. De la última ("El gallo de oro"), dice:



—Carlos Velo me encomendó la adaptación para el cine de otro relato de Juan Rulfo que era el único que yo no conocía en aquel momento: "El gallo de oro". Eran 16 páginas muy apretadas en un papel de seda que estaba a punto de convertirse en polvo, y escritas con tres máquinas distintas. Aunque no me hubieran dicho de quién era, lo habría sabido de inmediato. El lenguaje no era tan minucioso como el del resto de la obra de Juan Rulfo, y había muy pocos recursos técnicos de los suyos, pero su ángel personal volaba por todo el ámbito de la escritura. Más tarde, el mismo Velo y Carlos Fuentes me invitaron a hacer una revisión crítica de la primera adaptación de "Pedro Páramo" para el cine. Menciono estos dos trabajos -cuyo resultado final estuvo muy lejos de ser bueno- porque ellos me obligaron a profundizar todavía más en el mundo de Rulfo. Carlos Velo había hecho algo sorprendente: había recortado los fragmentos temporales de "Pedro Páramo" y había vuelto a armar el drama en un orden cronológico riguroso. Como simple recurso de trabajo me pareció legítimo, aunque el resultado era un libro distinto: plano y descosido. Pero me fue útil para una comprensión mejor de la carpintería secreta de Rulfo, y muy revelador de su insólita sabiduría".

Es cierto que cuando a García Márquez se le pregunta su impresión sobre la influencia de Rulfo en su propia creación, suele responder que le es imposible referirse al inventor de Comala, ese fabuloso lugar, sin que parezca que se está refiriendo a sí mismo:

—El conocimiento de la obra de Juan Rulfo me dio el camino que buscaba para mis propios libros. Siempre vuelvo a releerlo completo, y siempre vuelvo a ser la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez. No son más de 300 páginas, pero son casi tantas y creo que tan perdurables como las que conocemos de Sófocles. Así es mi admiración por Rulfo..."

Entonces, son Franz Kafka y Juan Rulfo dos incentivadores de la obra de García Márquez: también reconoce entre sus influencias a María Luisa Bombal:

—No leí la obra de la escritora chilena María Luisa Bombal sino mucho después. La encontré, precisamente, buscando las propias lecturas e influencias de Rulfo. Ella y Rulfo son los adelantados de lo que se ha dado en llamar "realismo mágico" en que se me involucra y me halaga porque admiro lo que escribieron ambos. Ella tiene algunos pequeños relatos que son de los más delicados de nuestras letras. Es fácil concluir que las mujeres que cruzan las páginas de "La amortajada" y "La última niebla", sus obras capitales, son mujeres únicas. Difícilmente un hombre puede escribir así. Por su parte, las lecturas de María Luisa Bombal son las mismas que alentaron a Juan Rulfo, en especial autores nórdicos: Knut Hamsum, Halldor K. Laxness... dramaturgos como Ibsen, o sea, grandes escritores como ellos mismos lo eran. Juan Rulfo y María Luisa Bombal fueron pioneros en esta corriente de realidad mágica que he explorado en mi trabajo, y me enorgullece haber aportado algo a la continuidad de este ánimo realmente fantástico que inventaron con su obra, en ambos reducida sin dejar de ser colosal¿. 

A través de la fusión de lo que es con lo que no es -de lo real con la poesía- se alimenta la literatura de estos pioneros de la esencia misteriosa del mundo, enseñada con expresión tersa, de ceñida transparencia, limpia del frondoso barroquismo de los novelistas anteriores. La suya fue una nueva manera de escribir, con algo de surrealismo y a la vez senda de escape para los impulsos del subconsciente. María Luisa Bombal solía decir una frase: "Recordar el ayer nos hace nacer. Imaginar el mañana nos hace nacer. Nacemos siempre en el presente. Siempre nacemos, jamás envejecemos. 

Siempre nacemos". La conocí en Buenos Aires, y luego la frecuenté no poco tiempo en Santiago. Ella se mostraba paradójica y brillante, de lo más humilde que se puede ser; nada la molestaba; se diría que estaba desde ya resignada a lo que viniera porque nada podría ya ser demasiado. Nadie la vio derrotada. Sucedió que, al igual que ocurrió con Juan Rulfo, el vuelo artístico de su obra la había llevado tan alto que se había quedado sola. Uno en su presencia estaba enfrentado a una mujer en el más alto concepto. Era graciosa, como se espera de una mujer, e ingeniosa: imaginaba divertidas y fenomenales tramas en la vida de quienes la rodeaban, intercalando en la conversación malas palabras chilenas, argentinas y en inglés que decía con la mayor gracia. A su humor, de evidente raíz anglosajona, unía la malicia criolla chilena, utilizando un filo irónico que dolía sin causar daño, sólo en afán de alegría. La recuerdo preferentemente leyendo; era una gran lectora. Al final de su vida estaba ilusionada con la figura de Diego de Almagro; para ella el conquistador de Chile era un héroe romántico que quiso rescatar en su literatura, borroneando una trama en que todo el acontecimiento sucedía la última noche del adelantado: antes del alba, el hombre a punto de morir denunciaba la mítica empresa de las armas de la Conquista. Decía María Luisa de Diego de Almagro:

—"Era un hombre esencialmente bueno, porque leemos en todos los documentos que hacen referencia a él casi pura acción justa; lo que no quiere decir que fue débil o blando. Todo lo contrario; se nos muestra más recio que el más hombre, uniendo a su vigor la necesaria suavidad. Hizo un país sin saber leer ni escribir. Leer y escribir son una cualidad innecesaria para un conquistador".

Cuando hablaba de algún proyecto literario, que siempre los tenía, ella describía con su mano en el aire la idea, haciendo ademanes que querían rescatar de la nada una visión imprecisa, como situándose fuera del tiempo y las cosas, mirando todo desde un cierto futuro. Solía preguntar entonces: "¿Te puedes imaginar cómo sería la soledad de Diego de Almagro adentrándose en Chile, sin encontrar jamás lo que soñó?". Para ella la historia de la Conquista es una historia de grandes soledades, infinitamente repetidas. El caso es que siempre intentaba escribir algo más y nunca dejaba de tener cerca lápiz y papel, aunque para ella fuese una tarea titánica:

—"Yo no sé por qué escribo -decía-. No se puede saber porqué. Poder explicarlo sería como romper la magia; escribir es un aliento de la Tierra, aliento divino, es como un ángel que pasa. Escribir es como el roce del ala de un ángel de Dios que pasa".

Al igual que Juan Rulfo, ella fue seriamente cuestionada por su obra reducida, que cabe en un tomo. Sucede que cuando se escribe así es imposible poseer la fecundidad de otros autores; la diferencia entre calidad y cantidad es similar a la diferencia entre el que posee el don y el que no lo posee. Esto es así y nada más. Sin embargo, a diferencia de Juan Rulfo (que lo toma con cierto humor), a María Luisa Bombal la angustió al final su apagamiento creador. Decía:

—"Nací con mis libros adentro, pero estoy impedida de crear más. Me asustó esta vida y es como si hubiera alguien cortado mi expresión; porque si bien escribir es un don natural -el sentimiento es espontáneo- la expresión hay que pulirla, y para mí es algo ahora que no alcanzo; todo es enormemente dificultoso cuando escribo, nada me gusta, y al llegar la tarde sólo rompo lo que pude escribir en el día, y nunca es mucho. En la vida me han aplastado las transacciones, los juicios, los bancos; los tratados me aterran y todo es una transacción. Tal vez por eso ya no peleo contra Dios. Perdí la partida con El; sólo pido piedad. Por eso me encanta lo que he podido escribir, porque es tan poco. Mi estilo es serio y estudiado, aunque sencillo y directo; yo no soy retórica. Me asustó la soledad inmensa que envuelve al escritor, no creo que exista oficio más solitario; quizás por eso no escribí más. Me pregunto si alguien verá en la soledad un placer; yo no".

A los treinta años, María Luisa Bombal ya era una autora consagrada internacionalmente, habiendo escrito sobre ella autores como Paul Valéry y Amado Alonso. Su obra desde un comienzo fue traducida a otras lenguas, situándose a partir de 1935 (cuando apareció en Buenos Aires "La última niebla") como un punto y aparte en la literatura hispanoamericana. Es "La última niebla" mezcla frenética de sueño y realidad en el diario de una mujer embrujada de amor, que anota -con extraordinaria sutileza- lo que sus sentidos captan de una realidad presente y a la vez inmaterial: es un diario escrito con la materia de que está hecho el sueño. 

La niebla, presente como elemento atmosférico y utilizada en varios otros sentidos, envuelve las páginas, a pesar de lo cuál la fisonomía de cada personaje y cosa logra siempre rasgar el gran velo; porque cada cosa también vive, el estanque de agua transparente, un carruaje cruzando el camino entre el follaje, todo tiene su lugar, su propio hálito de alguna manera palpable. Todas las criaturas se mueven con alma, aunque parecen perfectamente irreales. Algunos personajes ni siquiera tienen nombre; aparecen un instante quebrando la niebla, se asoman y pasan. Y todos dejan una huella. Lo que vive la protagonista ¿es irreal o concreto? Eso no lo sabemos. La frontera entre la vida y la muerte aparece borrada por la niebla. La niebla confunde el ensueño y la realidad, llegándose a transmutar el elemento níbleo en soledad infinita, esencialmente femenina; ella escribió desde la gran oquedad. La trama es simple: marcada por un matrimonio infeliz, la mujer que escribe el diario huye del mundo real, rumbo a sí misma, a través de un proceso fantástico que al final la obliga a enfrentar la inexorable pérdida de su juventud. Nada más otorga a toda la novela su movimiento interior. El conflicto quiebra en dos a la protagonista: una mitad de ella escribe y la otra mitad busca indefinidamente envuelta en embriaguez inicial que se vuelven puro espejismo brotando de la niebla, que, finalmente, la ha vencido: "Después de todo, ¿por qué la lucha? Fue mi destino; la casa, mi amor y mi aventura, han desaparecido con la niebla". Todo se lo quedó la niebla, el elemento siniestro, la presencia destructiva de la naturaleza atmosférica. La última niebla ha vencido la profundidad, todo ahora es superficial; la vida ha perdido su dimensión; las distancias son ahora sobrehumanas, su amante se alejó más allá de lo posible... Todo es irreal, se ha dividido, acabó. Ya ni siquiera le importa mantener el precario sentido de identidad. La última niebla la rasgó a ella misma. Así cierra fuertemente los ojos... "Daniel me toma del brazo y echa a andar con la mayor naturalidad. Parece no haber dado ninguna importancia al incidente... Tal vez sea mejor, pienso, y lo sigo. Lo sigo para llevar a cabo una infinidad de pequeños menesteres; para cumplir con una infinidad de frivolidades amenas; para llorar por costumbre y sonreír por deber. Lo sigo para vivir correctamente, para morir correctamente, algún día. Alrededor de nosotros, la niebla presta a las cosas un carácter de inmovilidad definitiva".

La estructura de la historia en cortas ráfagas que lleva a la heroína a la "inmovilidad definitiva", es la misma estructura que usaría Juan Rulfo, y hace pensar en Pedro Páramo, estático, obsesionado por la tragedia del amor, dejando que su pueblo de Comala perezca arrasado por el tiempo; es la tragedia del amor insatisfecho. Una idea antigua exaltada en un idioma moderno, sin que ello signifique sacrificio alguno de nuestra lengua. Por el contrario; la entereza de Rulfo y la Bombal radica en manejar una idea precisa de los que buscan lograr, moviendo en una sola armonía todo su mundo creado según la idea original: a partir del verbo. La Bombal introduce en castellano la llamada "corriente de la conciencia", esa forma que se dio en el inglés naturalmente, pero desconocida en nuestro idioma, de lo más difícil; antes de "La última niebla" se pensó que la estructura del castellano impedía acercarse a esta corriente. Pero no, ella se ubicó de inmediato con su pequeño mundo admirable, donde un paso más y el lenguaje pudo disolverse en la nada. En la nada literaria, por supuesto. "La última niebla" es vista de ordinario como la obra que señala con nitidez el momento de cambio en la estructura de la novela contemporánea en América. Ubican los críticos al año 1935 como el momento en que se inicia propiamente en nuestra literatura la estructura de la novela mágica, entonces, comienza con María Luisa Bombal y finaliza con Juan Rulfo, en 1955 (cuando aparece "Pedro Páramo"). A partir de allí surge propiamente tal el "realismo mágico" que marca el nacimiento (como es lo común que haya cada cierto tiempo en la historia de la literatura universal) de toda una Escuela, y que ha de tener en Gabriel García Márquez su más claro exponente. Súmese a la Bombal el ser pionera entre las escritoras en nuestra lengua que se atreve a presentar abiertamente una entrega amorosa con un desconocido, amparada bajo una técnica narrativa propia, velando la realidad sin que ésta deje de fluir animada de excepcional fuerza lírica. Es éste real estado mítico de los sueños en que suspende a su heroína, justamente, la base del realismo mágico; ese elemento casi milagroso que funde la realidad con su transmutación ideal, de tal forma que hace imposible aislar lo que cabe de ficción y lo que tiene de concreto. ¿Cómo dio María Luisa Bombal vida a su primera novela? Radicaba en Buenos Aires; antes había estado mucho tiempo en París, donde se había licenciado en letras en La Sorbone, y ahora vivía en la casa de Pablo Neruda: 

—"En la calle Corrientes. En la cocina de la casa de Neruda escribí "La última niebla"; era una cocina preciosa, blanquísima, con luz espléndida y una mesa muy cómoda. Con él nos peleábamos el sitio para escribir", solía recordar. De esos días, decía que sólo le interesaba conocer el dominio del verbo para tomar de él un lado preciso que le sirviera para armar sus frases: "descartaba varias palabras, hasta encontrar aquella que contenía todos los requisitos. Con Neruda nos habíamos prometido nunca ser retóricos, es decir que avanzaba dos páginas un día y al otro dudaba de una de ellas. Era implacable con mi prosa entonces y siempre seguí así, porque se escribe para decir algo, y para decirlo con poesía. Y no se puede escribir nada sin ritmo. Mi ritmo, pienso, lo aprendí de mis lecturas y de mi propia intuición. Entonces yo admiraba a los mismos autores que admiro ahora: los nórdicos; quizás de ellos hay algo en mi primera novela, porque un escritor es también todos los escritores que ha leído. En aquella época yo sabía que tenía que ser lógica, y al mismo tiempo poética".

Es esos días el Instituto de Filología Argentino era dirigido por Amado Alonso, que hace el prólogo de "La última niebla". Dice el maestro español: "Lo que a mí, que no soy crítico de oficio, me ha movido a llamar la atención sobre la aparición de una novelista de calidad no común, es haber visto que en este primer libro de María Luisa Bombal hay una creación de verdadero rango poético. No es que aluda con esto al lirismo como exaltación sentimental que en verdad es como el elemento respirable de esta historia; aludo a una construcción de sentido poético, de la cual la atmósfera lírica no es más que la necesaria emanación y la cual se supeditan servilmente todos los factores de realización artística..."
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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