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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Rulfo, un hombre




De rasgos finos y pelo cano, pequeño cuerpo delgado, de figura adusta en el vestir, muy amable, sencillo y trasparente cuando habla, Rulfo es un hombre que hasta los colores se le suben si alguien lo elogia; se sonroja fácilmente, escondiendo la mirada serena detrás de sus anteojos de marco oscuro. En el café El Agora se echa para atrás en el asiento, un rayo de sol toca un vértice de arrugas en su frente, y él toca al sol. En momentos, en la conversación, se envuelve en cierto silencio, ese algo soterrado que mencionamos, que uno debe respetar también guardando silencio. Luego retira los lentes de sus ojos y dice, muy lentamente: "¿Seguro que no quieres que te cuente por qué no escribo más?". Reímos y de él escapan carcajadas que hacen añicos su imagen adusta. Nació el 16 de mayo de 1917; algunos autores ubican su pueblo natal como Sayula, otros dicen que nació en San Gabriel; él mismo dice que nació en San Gabriel, por lo tanto, nació en San Gabriel, "el mismo pueblo que hoy se llama Venustiano Carranza, en Jalisco, al noroeste de esta Ciudad de México, donde llegué a vivir a los 15 años; antes también viví unos años en Guadalajara".

Mientras ordeno esta nota, pienso en que hace unas noches en un bar cercano a la Plaza Washington de la Colonia Juárez, la poetisa Guadalupe Amor me presentó a Juan José Arreola, y estuvieron hablando de Rulfo mucho tiempo. "Pita" Amor dice que como buenos amigos se tienen "admiración mutua", y para ella misma: "los mexicanos tenemos tres escritores: Juan Rulfo, Octavio Paz y Xavier Villaurrutia y no necesitamos más". “Pita” dijo que antes solían reunirse en un café de Dolores, donde dieron nacimiento a la revista "América", de ilustre memoria en la historia de la literatura americana, pues reunió firmas que dan orgullo a las letras de nuestros países: Gabriela Mistral, Octavio Paz, Rosario Castellanos, Juana de Ibarborou, Emilio Carballido, Katherine Ann Porter, Alfonso Reyes... recordó “Pita”: 

—"En "América" Rulfo publicó varios de sus cuentos que luego incluyó en "El llano en llamas", como ser "Talpa" y "La cuesta de las comadres"... yo creo que Juanito es un hombre de gran pureza y honestidad".

Juan José Arreola, esa noche, comentó que Rulfo era de lo más ordenado: "todo en su sitio, los discos de música clásica, los cassettes, las fotos de su estrella de cine, de Dorothy McGuire desde luego... yo nunca he sabido, con toda la sinceridad de que soy capaz, si Juan es tímido o desdeñoso; en nuestra época, todos se pusieron de acuerdo y lo declararon tímido, y yo me sometí a la autoridad. Quizás es excesivamente modesto. Lo que sé es que es un clásico. Y un buen amigo, por supuesto. Además diría que Juan tiene poco sentido del humor, es más bien melancólico".

—"¡Estamos de acuerdo! -afirma Pita-. Yo le di a Juanito mi cura para la melancolía... Elementos necesarios: dos medidas de oro y una de cobre/ dos medidas de hierba de boldo y una de púrpura de Tiro/ la sangre de un maguey y la piel de tres manzanas más el corazón de una azucena. Preparación: tritúrese el oro y el cobre hasta convertirlos en un polvo tan fino como la harina. Mezclar con el boldo y la sangre del maguey. Agregar la púrpura, la flor y la fruta. Tómese al mediodía, todo mezclado con vino para quitar el mal sino. Pero no creo que Juanito se la haya aplicado".

Había oído decir, entonces, que Juan Rulfo era escaso de palabra y gesto, y no es así; lo que sucede es que no sufre en lo más mínimo de complejo de grandiosidad: es excesivamente modesto, "un hombre de pocas palabras", como él se dice, al que le aterran las multitudes, y para él más de dos personas son una multitud. Sin embargo, pienso que maneja bien su modestia; le recuerdo que en Chile en 1972 fue invitado al palacio de La Moneda donde el mismo Presidente Salvador Allende le dijo ser uno de sus lectores. Le digo que enfrentó con muy buen humor el tumulto de personas que querían siempre saludarlo mientras estuvo en Santiago. El solamente comenta que “una noche, pienso que fue la última, estuvimos juntos con María Luisa Bombal, y descubrí que el tiempo no transcurre entre las almas afines; fue un descanso hablar con ella después de tantos años de haberla visto, aunque solíamos escribirnos. La conocí a comienzos de la década de 1940 aquí en el D.F. Llegó María Luisa a realizar un trámite en Migración, donde yo trabajaba entonces, no recuerdo bien, pero supongo que iría por alguna visa; el caso es que yo la atendí y ella debió volver a buscar su documento. Me regaló un ejemplar de "La última niebla" que leí de un tirón, me pareció una novela maravillosa, escrita con toda esa simplicidad que es deseable, y lo comentamos con Efraín Hernández; también hablamos de ella con José Gorostiza, que trabajaba asimismo allí. Unos días después llegó María Luisa por su trámite y preguntó directamente por mí; yo recuerdo perfectamente mi impresión al verla, porque la acompañaba Dolores del Río, que ya era una estrella internacional. Yo era un oscuro empleado y era solicitado por ellas. La burocracia mexicana eso tiene de bueno, que está plagada de sorpresas porque fomenta la amistad. Yo creo que en esa época había publicado un solo cuento que... Dios nos libre, el olvido que ha caído sobre él nunca será suficiente; se llama "La vida no es muy seria en sus cosas" y nunca debí publicarlo... quizás ya había publicado "Nos han dado la tierra", y posiblemente "Macario", no sé... pensé en regalar algún escrito de lo mío a María Luisa, pero no lo hice, me dio vergüenza que ella leyera algo mío, porque ni siquiera pensé en la posibilidad de acercarme a su prosa colosal... sólo mucho después le envié mis libros... esa vez Gorostiza y Efraín quedaron para siempre enamorado de Dolores del Río, y yo de la prosa de María Luisa Bombal. Cuando le envié una copia del “Pedro Páramo”, ella me respondió una carta muy elogiosa junto a un ejemplar de “La Amortajada”, que me pareció una joya, y hasta ahora lo creo así. Ella era naturalmente alegre, la recuerdo esa noche en Santiago, riendo y comentando graciosamente las cosas de la vida... yo no suelo andar riendo por el mundo, pero relaciono a María Luisa con un aspecto alegre de mi vida”.

Es notable que en su trato, Rulfo crea una cierta sensación de melancolía, a ratos, de lejanía, de que se va a otra parte donde nadie podría jamás acompañarlo; pero es algo en él absolutamente natural. María Luisa Bombal, a quien tengo el honor de conocer, también tiene por costumbre esa cierta huida a la distancia, que no molesta al interlocutor. En ambos, cuando alguna cosa les anima, sin embargo, sus ojos se vuelven húmedos. A Rulfo le ocurre cuando habla de sus lecturas de las Crónicas de la Conquista:

"—He leído casi todas las crónicas antiguas, escritos de frailes y viajeros, los epistolarios, las relaciones de la Nueva España; es el estilo del siglo XVI y del siglo de Oro. Me gustan porque están escritas muy sencillamente, es una escritura fresca, espontánea... ahora no se aprecia lo que escribieron los cronistas y relatores de la Conquista, la gente cree que se trata de una antigüalla aburrida, pero conforma quizás lo más valioso de nuestra literatura. Yo creo que de allí arranca lo que se ha dado en llamar el realismo mágico, donde me involucran junto a mi amiga María Luisa Bombal, lo que es un halago si se trata de estar junto a ella. Hay dos cosas que amo: leer una crónica y escuchar música, particularmente la música de la Edad Media, del Renacimiento, y del Barroco. Me gustan los cantos Gregorianos, las misas, los réquiems... tengo tantos discos como libros".

No da consejos literarios; dice que no podría porque para él, el arte literario "es perfectamente inexplicable". Sin embargo, le escucho decir que "hay que aprender a tachar", y que se debe, antes que nada, “cuidar la velocidad que se quiere lograr”. En los relatos de Rulfo, el conflicto central descansa en el poder aplastante de la vida, incluso más allá a través de la aplastante posibilidad de la inmortalidad. Sus personajes están fundidos a la geografía como se funden las ciudades en la niebla. Pocos de sus protagonistas tienen contornos nítidos, la riqueza de ellos proviene de la más primitiva naturaleza, son seres en la más pura intuición, aterrorizados y, sin embargo, vivos a pesar de sí mismos; tienen formas borrosas, creyentes al extremo en supersticiones, viviendo en pleno ensueño. El color de la obra de Rulfo es el de la hora en que se une el atardecer a los primeros jirones de la noche, donde todo parece milagrosamente vivo. Sus protagonistas se mueven naturalmente en la sombra o en la luz infernal, así furiosos ora doblegados por el amo. A mi parecer, en nuestro idioma castellano, sólo es posible encontrarle paralelo en la obra de María Luisa Bombal, que, entonces, se ubica junto a Juan Rulfo como los pioneros del realismo mágico, la más profunda huella literaria del siglo XX (que brota de un aspecto muy delicado del ser humano) que en sí contiene innumerables autores del pasado y quienes les siguen, con nombres que hoy se estudian.

La habilidad de María Luisa Bombal y Juan Rulfo para entrar en el más allá y moverse en el inframundo con absoluta libertad, es análoga. Es raro otro autor con ese toque mágico, con esa vibración misteriosa, en que lo irreal alterna sobremanera todo lo que roza, y esto sin recurrir a desorden alguno o a intencionado caos: su mérito está, además, precisamente en lograr esta conexión entre lo que es y lo que no es en manera absolutamente lógica y racional, o sea, el de ellos es el prodigio de crear una estructura ordenada del desorden, un mundo que sobrepasa las fronteras de lo racional, conjurado con un poder invisible, con un alma explicada por simples datos reales.

Lo real-y-mágico en literatura rompe con la convención de mantener al tanto al lector. Los protagonistas-narradores no cuentan la historia completa, sino que viven impulsados por el recuerdo incesante o por el estímulo de la circunstancia; muchas acciones quedan ocultas en el pasado de la narración; mucho se obvia o se insinúa fugazmente; sin embargo, lo que ignoran sus personajes, lo que no recuerdan o no consideran importante relatar, ocupa su propio espacio en la historia; son estos vacíos u hoyos negros, si se puede decir así, lo que los hizo novedosos, porque están inventados en forma tal, que, de inmediato se presintió que añadían un nuevo misterio a las letras. El silencio en sus criaturas está poblado de murmullos; es el silencio del deseo y la conciencia de la muerte, de la infinita pretensión humana en el espacio pequeño en que, quieta, se mueve. Son narraciones que no encierran un sentido único sino que se abren constantemente a las interpretaciones del lector. Por esta indeterminación que plantean los vacíos negros es que la crítica ha leído a Juan Rulfo (como a María Luisa Bombal) en formas diferentes, incluso excluyente, en la posibilidad de lecturas que resisten a todas. Es la razón del desconcierto que produjeron al editar sus obras antes de que formalmente se hablara de realismo mágico, cuando la crítica se preguntaba: "¿Dónde ubicar estas obras?". Luego se supo: en todas partes y en ninguna. Pero, al margen de este mecanismo, de lo más interesante, se debe sumar el fatalismo con que los protagonistas de sus historias aceptan su destino, de allí viene que la muerte aletee siempre entre sus páginas, la muerte que ellos ven como desplazada en la memoria, como arrinconada, como lo ineludible, lo sin vuelta que darle. En "Anacleto Morones", uno de los cuentos que forman "El llano en llamas", leemos: 

"Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Y allí la dejé... Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arriba del ombligo y metérsela más arribita..."

Los pioneros del realismo mágico tienen una visión del mundo que siente la muerte como realidad cotidiana. El hacha de la muerte está por todas partes. Juegan con la muerte a las escondidas, la ignoran y se ríen de ella, pero la temen. Rulfo dice que en el "Pedro Páramo" todos los personajes están muertos: "La historia comienza narrándola un muerto que le cuenta a otro muerto, es un diálogo entre muertos en un pueblo muerto". ¿Y no es, acaso, "La amortajada" el pensamiento de una mujer dentro de su catafalco?. Una muerta que habla para quien la Bombal determina inmovilidad absoluta, total resignación al sino: "Lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar, morir".

Este aspecto del realismo mágico es cierto que, al margen del folklore, denuncia esa forma del ser marginado del siglo XX, que vive con extremada cortesía y como mirando su propia muerte. Vive así en forma pura y directa, campeando el mito en su mundo. Pero, digámoslo, no se trata aquí del pensamiento abstracto que atribuye fuerzas sobrenaturales a los fenómenos físicos y que inventa prodigios. No. Los personajes de la literatura del realismo mágico viven naturalmente los prodigios, sin intentar explicárselos a ellos mismos ni explicárnoslo a nosotros, los lectores. Simplemente son seres que viven en estado de magia. Quizás sea ésta una de las razones de que ninguno de los personajes que frecuentan las páginas de Rulfo y la Bombal nos sean antipáticos; hay en ellos una ingenua humanidad, tan auténtica, que duele ver cómo se destruyen a sí mismos, ignorantes de cualquier esperanza, porque parece que ninguna posible salvación está aún al alcance de ellos. Hay una imagen, al respecto, en uno de los cuentos de "El llano en llamas" (en "¿No oyes ladrar los perros?") donde Rulfo relata cómo un macho anciano lleva a su hijo a cuestas para salvarle la vida; lo lleva atado a un cinto que afirma desde su frente, sobre sus hombros, con gran esfuerzo, mientras en el trayecto lo recrimina:

—"Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, cuando se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que tiene usted de mí, la parte que a mí me tocaba la ha maldecido. He dicho: "¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!" Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente..."



La visión de Rulfo es la de quien piensa que el presente anula cualquier esperanza posible que se soñó en el pasado. Para Rulfo el tiempo presente es trágico, es un gran desencantado, al igual que lo es la Bombal, a su manera, por supuesto, sin embargo, en momento alguno cortan la posibilidad de lo mágico en la vida, como ese rayo de luz que penetra en lo más profundo de la oscuridad, haciéndose único, vivísimo. El trabajo de ambos escritores, asimismo, evidencia una de las teorías que en el ámbito de la cultura tiene mayor solidez: la que sostiene que sólo lo auténticamente nacional puede ser universal; y sólo lo que alcanza valor universal puede expresar lo nacional. La obra de Rulfo transcurre en el México más profundo, que es el México rural. La obra de la Bombal, a su vez, transcurre en los campos del sur de Chile, en lo más recóndito del país, ya camino a la Antártida. Usaron ambos elementos atmosféricos sumamente propios para marcar la disociación de la vida: Rulfo el calor y la Bombal pura niebla. Es posible que los jóvenes aprendan hoy más de estos libros que en muchos de los textos de historia. En pocos casos puede verse con exactitud que la creación artística no es sólo la expresión de una necesidad humana, sino también el rescate mismo de la vida enfrentada a la naturaleza más primitiva. Un rescate que los creadores del realismo mágico lograron con prosa sencilla, clara, directa; una prosa que no se anda por las ramas sino que va de frente a la raíz; incluso utilizando palabras, formas y giros incorrectos que usa el pueblo, pero legítimamente al servicio de la expresión.

A los pioneros del realismo mágico se les ha criticado desde diversos ángulos; mucho es noticia de aspectos parciales, otro tanto más es apoteósico. Al Rulfo escritor se le ha abordado, aludido, definido, descrito, pero quien lo toca tiene la sensación de iniciar un camino cuya dirección no lleva a ninguna parte: tan amplio es. Como escritor, no es místico, porque sus personajes no encuentran más destino o redención que penar eternamente en el infierno de sus páginas. En este sentido es un mago de la Tierra, melancólico, pero de la Tierra. La diversidad de interpretaciones que se han hecho de sus obras, va desde complicadas estructuras lingüísticas a análisis sociológicos, pasando por relaciones mitológicas y del alma y juegos con el tiempo. En "Pedro Páramo" escribe: 

"El padre Rentería se acordará muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir"; logrando una de las frases insuperables de misterio por un manejo del tiempo inusual. Digamos que este juego con el tiempo no es meramente casual, sino que obedece a la acumulación desordenada de la memoria, al sentido de sobrevivencia, a la lucha sin fin; con este plan matemáticamente caótico; entonces, Rulfo logra crear, en primer lugar, una naturaleza viva, que implica en sí un conflicto existencial. ¿De dónde proviene esta técnica novedosa del tiempo detenido? Rulfo nos dijo: "Eso fue un experimento. Tal vez con influencia de autores nórdicos, en esa época los leía mucho". Sabemos que el sentido del tiempo es una inhibición para impedir que todo suceda de una vez, pero en Comala esto deja de tener sentido, y las acciones se suceden alternativa y simultáneamente. Todo se repite, todo se inicia nuevamente, de manera circular, porque, de alguna manera, es siempre hoy; leemos lo que está ocurriendo en el momento porque los personajes están condenados a la vida eterna. ¿De dónde sacó Rulfo el lenguaje para tal prodigio? Le pregunté, y él dijo: "Tal vez lo oí cuando era chico pero después lo olvidé, y tuve que imaginar cómo era por mera intuición. Di con un realismo que no existe, con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron".

Nadie más escribe así, quizás por eso Juan Rulfo, como María Luisa Bombal, no tienen discípulos: simplemente crearon una Escuela que los estudia y que hoy influye en la literatura universal, aunque pocos han logrado apenas el brillo que refleja su hermosa prosa, la belleza de sus palabras sólo es posible compararla a la inmensa humildad de sus personas. Es el realismo mágico una forma literaria que permitió expresarse a una mente masculina y a una mente femenina trizadas por la melancolía. Algunos de sus héroes ni siquiera tienen nombre, y pueden ser, desde luego, el narrador, el ser creado, el escritor mismo, un ente... están plagados de largos silencios sin que el lector deje nunca de presentir que algo hay allí, envuelto en una soledad evidente (la misma que envuelve a la gente de campo), quizás resabio de que, ambos perdieron a su padre a edad temprana y fueron hijos de familias de hacendados empobrecidos: esto se refleja en sus literaturas, plagadas de seres agónicos crucificados en la Tierra. En fin, es la de ellos una literatura desesperanzada, producto de una época (el siglo XX) en que la vida no es muy seria en sus cosas. Son pocas las páginas de sus libros, pero en ellos la palabra "poco" no se debe entender en su sentido cotidiano; "poco" aplicado a Juan Rulfo y María Luisa Bombal, adquiere un significado distinto, refleja la idea de excelsitud, de lo escaso por singular; digamos que ellos lograron conocer el tamaño de la perfección. 

1981, en Vogue.

El maestro Juan Rulfo tuvo en México palabras de recuerdo para María Luisa Bombal, que se ha devuelto a la distancia hace unos días. Recordó su último encuentro, en 1972, en la Sociedad de Escritores de Chile, donde estaba ella, que había retornado a su país luego de una larga permanencia en el extranjero, y fueron ambos homenajeados una noche marcada: "Cuando nos vimos ella me traía un ramo de flores chilenas, y yo le di un beso. Recordamos cómo nos habíamos conocido, y le agradecí su apreciación de mi obra; le dije que sus páginas habían inspirado varias calles de Comala y dijo sentirse honrada. Era una mujer encantadora y muy alegre, fue curioso, parecía que el tiempo no había pasado; ¿por qué será que el cuerpo siempre envejece antes que la mente? Pareciera que el cuerpo no tiene otra función que recordarle a la mente que ya basta... esa noche bebimos mucho vino chileno, y nos reímos. Ahora, me he enterado de la muerte de María Luisa, y digo que sigue viva en el corazón de sus amigos, eso, ¡ni hablar!"

A Juan Rulfo en Chile lo leemos desde niños. Influyó la apreciación de sus libros que enseñó a los chilenos María Luisa Bombal, y a partir de la década de 1960 entra en los programas de estudios de las escuelas públicas, hasta ahora. En la literatura de Chile a María Luisa Bombal sólo se la compara con Gabriela Mistral, en la perfección de su oficio. Logró ella una de las más altas expresiones de la escritura en lengua española, según pienso, encontrando en el resto de América sólo semejanza en la obra de Juan Rulfo: ambos indican el trazo pionero del llamado "realismo mágico", que es un camino abierto por escritores latinoamericanos que cruza el siglo XX. No hay otra corriente más sólida. Surge como válvula de escape de la imaginería latinoamericana inspirada en nuestros áridos desiertos del norte y las ocultas selvas más profundas del sur. Extremadamente rigurosos en el uso de nuestra lengua española, su sabiduría formal arranca de los tiempos en que los escritores narraban con números. El personaje es esa voz real que habla dentro de nosotros, de la que nos insinúa una posible forma en todas las cosas que sabemos, envuelta, sin embargo, en una atmósfera fantástica de pura soledad en ciudades fantasmas y de hombres aparecidos, de puro calor o niebla, islas nuevas y mujeres con alas mutiladas. Escritores que de acuerdo al juicio de Gabriel García Márquez, inspiraron su propia creación.

El autor de "Cien años de Soledad" es un hombre absolutamente cordial. Su modestia natural es lo primero que delata en Gabriel García Márquez a un genio. Acercarse a él es de lo más sencillo. Vive desde hace décadas en la Ciudad de México y, que se sepa, jamás se ha negado a conversar con nadie. En lo personal, y sin premeditación alguna, he intercambiado con él diálogos fugaces en diversas oportunidades, en el Museo Carrillo Gil, en Bellas Artes, en la Sala Netzahualcóyotl... siempre se le ve igual, dispuesto al semejante, sobriamente vestido, generalmente de blanco o con saco oscuro y camisa y pantalón blanco de textura indígena: es posible que nunca se haya puesto una corbata con agrado. Me pidieron una nota acerca de García Márquez porque estaba de candidato al Premio Nobel. Osé llamarlo por teléfono y preguntarle sobre su postulación. El, gentilmente, dijo: "No soy dado a las abstracciones. Mejor hablemos de otra cosa". Lo ganó. Le he preguntado cómo se inició en la literatura, y dijo:

—Una noche, a finales de la década de 1940 un amigo me prestó "La metamorfosis" de Franz Kafka. Llegué a mi pensión y comencé a leer. Por poco el primer renglón no me hizo caer cama abajo: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto". No imaginaba que fuera lícito escribir así. Si lo hubiese sabido antes, me habría puesto antes a escribir también yo. Así, pues, comencé entonces a escribir, en 1947. Años después, otra impresión igual, decisiva en mi vida literaria, me ocurrió en México, donde alguien, un día, me dijo: "¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda!". Esa "vaina" era un libro de Juan Rulfo: "Pedro Páramo". Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Desde la noche tremenda en que leí "La metamorfosis" en una lúgubre pensión de Bogotá, casi diez años antes, nunca había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí "El llano en llamas", y el asombro permaneció intacto. Mucho después, en la antesala de un consultorio, encontré una revista médica con otra obra maestra: "La herencia de Matilde Arcángel". El resto de aquel año no pude leer a ningún autor fuera de Rulfo, porque todos me parecían menores..."
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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