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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Los días




Otro día

—Líbrame, tierra oscura, de mis llaves:/ si pude abrir y refrenar y volver a cerrar el cielo duro,/ doy testimonio de que no fui nada/ de que no fui nadie/ de que no fui... eso es de Pablo Neruda. Fuimos amigos con Pablo, además de otras cosas que no te puedo contar, por recato... sólo te diré que no era sólo superdotado como poeta (ríe)... Cuando venía le gustaba pasar largas temporadas en mi casa de Cuernavaca... decía que todo lo que yo tocaba sufría una transformación. El vivía en el Paseo de la Reforma. Con Neruda pasamos tiempos memorables... algunas tardes también venían Miguel Angel Asturias, León Felipe... nos preocupaba Siqueiros que estaba entonces en la cárcel. Alguien lo había comprometido en una incursión armada a la casa de Trotsky... Pablo escribió luego que no había en el planeta país de mayor profundidad humana que México y su gente.

—¿Eso era en la década de 1930? Ya se veía venir la Segunda Guerra Mundial...

—Así es. Era una época convulsa. Yo era la mujer más bella de México. Bueno, había otras, pero siempre fui la más inteligente. ¡Eso, ni hablar! Soy la primera mujer sobre la tierra que pintó su pelo de color rojo, ¡rojo como el fuego! Me teñí el pelo así cuando hice mi primer viaje a Europa. En Francia todos hablaban de las lenguas de fuego que coronaban mi belleza... en esos días se celebraba en París un encuentro de poetas y a mí me había invitado el "Pen Club" para representar a México... Paul Eluard, Rafael Alberti, Sartre con Simone (ella era "mona"), estaba Picasso y... claro, esa vez fue cuando nos hicimos amigos con Dalí, un encanto. También allí nos conocimos con César (Vallejo), te regalaré un libro suyo... Me moriré en París con aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo/ moriré en París... cuando yo tuve que hablar, llevé una gran capa dorada que cubría hasta mi sombra.

Otro día

—Ay, muchacho, hay días en que me miro en el espejo y te juro que veo a un tamal... es que ya casi-casi no tengo cintura.

—Lo importante es que está bien y no tiene ninguna enfermedad.

—Amigo mío, la vejez es por sí misma una enfermedad, ¡la más cruel! Yo creo que la vejez me ha ido desfigurando horriblemente. Cuando se llega a esta edad una siente un vago cansancio general, también se adquiere un sentimiento de desprecio... yo desprecio antes que nada a este cuerpo que se me cansa, que no me sigue el paso, este cuerpo que no me deja seguir siendo Guadalupe Amor, a mí, ¡yo que soy la más joven del mundo! ¿Cómo pude haber llegado hasta ahora? ¿Cómo pude llegar a esto? ¿Cómo pude llegar a envejecer así? ¿Cómo, si soy infinita?... este cuerpo se me va quedando, se va quebrando irremediablemente, satánicamente... y aún sigue siendo a mí a quien le ocurren las cosas, aún soy yo la que importa, la "otra" Guadalupe, esta reina vieja, esta reina de la nada, es la que camina por las calles de México, despacio, paulatinamente, porque ahora camino cada vez con más lentitud... de repente mecánicamente este cuerpo se detiene para mirar la puerta de una iglesia, y no me deja entrar, sigue y prefiere demorarse comprando un vestido... de mí tengo noticias por el correo o veo mi nombre en un diccionario. La "otra" pinta su cara de colores y viste joyas y ama intensamente, esa es la tragedia: porque a esta edad aún se ama como a los quince años.

Otro día

—El ímpetu vital está como dormido en los vegetales, como muerto en los metales y es como un sueño en los animales. A veces es consciente en los hombres.

—Sabemos que a pesar de todo hay algo, un instinto superior.

—Así es muchacho. A pesar de todo, resistimos, todo lo podemos resistir, y cuando la vida se nos hace insoportable, nos despertamos, o nos pegamos un tiro... yo he pensado en suicidarme, pero no lo he hecho... a no ser que sí me haya "despachado"... y ahora quizás estoy muerta... purgando mis culpas... entonces ¿sí lo hice?, ¡estoy muerta!... ¡no puede ser porque yo estoy aquí hablando con... Waldemar! ¡Ay muchacho! ¡Qué bueno que estés aquí! ¡Dime algo por favor, dime algo rápido, rápido o me voy a deprimir!

—Un día Juanito entró al negocio de un hombre que vendía toda clase de objetos, y le dijo: "Usted, ¿me conoce a mí?". "No", respondió el hombre. "Y usted, ¿me ha visto alguna vez antes?". "No", respondió el hombre. "Y entonces ¿cómo sabe que yo soy yo?"

—(ríe) ¡Otro! Dime otro de Juanito, o me caigo aquí mismo... muerta.

—¿Sabe el de Juanito y el dragón?

—Noo... ¡rápido, dímelo!

—Le pregunto: Dígame "Pita": ¿qué es más maravilloso: que Juanito abra una puerta y vea a un dragón o que Juanito abra la puerta?

—¡Por supuesto que es más maravilloso que Juanito abra la puerta! Ay, gracias joven amigo, estoy salvada. Me has obligado a pensar. (Dice): La aritmética alarmante/ la matemática fría/ la distante geografía/ el álgebra desquiciante/ la alquimia desconcertante/ la glacial filosofía/ la celeste astronomía/ la teología enajenante/ el ajedrez silencioso/ el dominó misterioso/ el deporte de la lumbre/ que es de los juegos la cumbre/ nunca podrán igualar al deporte de pensar.

Otro día

—Todo es lo mismo. Aquí y en cualquier lugar, ¡en todas partes es lo mismo! Porque desde donde tú estés, desde allí parte todo el resto del mundo. Y te lo dice una aventurera vieja. 

—Pero uno se hace ilusiones en los sitios que visita.

—Claro, uno se hace ilusiones que luego se pierden. Mira muchacho, las ilusiones están hechas para ser perdidas, una a una.

—¿Y si no se tienen ilusiones?

—Si no tienes ilusiones: ¡invéntalas! Debes tratar de tener siempre muchas ilusiones para que te puedas dar el lujo de perder una cada día.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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