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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Gabriela Mistral por los poetas




Afirma Octavio Paz:

Gabriela Mistral en Chile fue muy distinta de Huidobro y de Neruda. Se mantuvo aparte tanto de las aventuras estéticas como de las disputas ideológicas de esos años. Su verdadero parentesco lo encuentro en dos poetas mexicanos de su misma generación: Alfonso Reyes y Ramón López Velarde. Fue muy amiga del primero. Con estos tres poetas termina el modernismo hispanoamericano. Se les ha llamado postmodernistas; la denominación es exacta, aunque puede inducir a confusión: no sólo están después del modernismo, sino que fueron y son algo muy diferente. Con ellos aparece el lenguaje de la conversación, cierto prosaísmo aliado al cultivo de las formas tradicionales. No rompieron con el pasado, pero tampoco lo repitieron: exploraron otros caminos. En España no hay nada equivalente. La crítica ha sido injusta con ellos, sobre todo con Alfonso Reyes. Familiar de Góngora y de Lope tanto como de la poesía medieval, Reyes fue asimismo el que siguió de más cerca y con mayor simpatía algunas de las aventuras de la vanguardia. No sólo es un gran prosista, sino un notable poeta: dejó una docena y pico de admirables poemas, un inolvidable divertimento que recuerda y supera a Baltazar del Alcazar ("Minuta") y un gran poema dramático y filosófico cuyo tema es el mismo del teatro griego y del español: el misterio de la libertad ("Ifigenia cruel"). Con menor obra, otros poetas han ganado reputaciones más vastas. Reyes nunca alzó la voz y su discreción lo ha perjudicado.

"A diferencia de López Velarde y de Reyes -sigue Octavio Paz-, en los que la ironía es una nota constante, apenas si hay humor en Gabriela Mistral. Esta es su gran limitación. En cambio, su poesía es más grave que la de Reyes, que con frecuencia se perdía en jugueteos. Huyó también de los juegos de artificio y de la originalidad "a outrance" que tentó a López Velarde. Sobria y apasionada, su voz tiene una tonalidad religiosa, incluso cuando habla de asuntos profanos. En Reyes la religión aparece, cuando aparece, como un vago deísmo heredado de la Ilustración o como una nostalgia, igualmente vaga, de las creencias infantiles. En Gabriela la religión se asocia, como en López Velarde, al erotismo, pero allí termina su parecido.

"Su poesía no tiene la intensidad cruel de la de López Velarde -continúa Paz-, y evita esas expresiones que delatan el carácter ambiguo del placer, la caricia que se vuelve herida. Al mismo tiempo, su religión es más vasta que la de López Velarde y, me atrevo a decirlo, más viril. En Gabriela Mistral hay ecos inconfundibles de la Biblia, una voz que echo de menos en casi toda nuestra poesía moderna. Dije: "voz viril"; agrego ahora: voz de varona, voz de Judith o de Esther. Profunda y poderosa, voz de montaña mujeril. La montaña es terrible porque es tiempo petrificado, inmensa forma quieta en cuyas entrañas duerme y sueña un mundo primordial: agua y metales, piedras y fuego. Lejana e imponente, la montaña de pronto se vuelve maternal y se convierte en colina pacifica. La vemos por la ventana y cada anochecer le contamos nuestras penas y alegrías”, escribe Paz.

El poeta Humberto Díaz-Casanueva, que la conoció en Santiago en 1925, cuando ella regresa de México a Chile por unos meses, la recuerda así: 

—"Al pensar en Gabriela Mistral, siento una extraña similitud entre su verso ascético, especialmente en sus últimos libros, de ritmos graves y quebrados o danzantes, y su enderezada, majestuosa figura, caminando como una profetisa en un templo antiguo, vestida casi de túnicas, sin adornos ni atavíos, absorta en lo más esencial de la tierra. Ella buscó siempre la autenticidad en relación con un nuevo sentido de la existencia, que surgía, no de las torres de marfil, sino de la convivencia con el pueblo y la aproximación casi táctil con las substancias materiales de la naturaleza. Así surgen en ella preocupaciones fundamentales: el niño, la mujer, los indios, o sea los olvidados, todo aquello que constituye el llamado Tercer Mundo, para el cual seguimos pidiendo, cada vez con mayor apremio, justicia social...

 



"Gabriela Mistral, en México, tiene que haber recibido la influencia de la revolución agraria, y haberse convencido que en varios países nuestros el problema agrario resulta de una discriminación racial, a la vez que se enraíza en una terrible desigualdad económica. Vi a Gabriela por primera vez en una institución magisterial denominada "Asociación de Profesores". Yo estudiaba en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile y trabajaba como maestro en una escuela primaria... editábamos revistas, organizábamos exposiciones espontáneas, hacíamos desfiles, íbamos a los sindicatos obreros. A veces nos encarcelaban porque éramos un taladro en la cerrada sociedad burguesa. Gabriela llegó a nuestro lado con gran valentía. Llegó de improviso, tomó asiento en medio de nosotros, y se puso a discutir toda clase de problemas. Vi a una mujer alta, bella, hablando con una voz calmada, rústica, y con un acento que parece había condensado todos los acentos indígenas de América.

"No siempre estuvo de acuerdo con nosotros, pero su sola presencia, su adhesión constituía para nosotros un estímulo; para otros, un escándalo. Pasaron los años y siempre quedó el eco de su visita como una honra y una extensión de nuestro horizonte. Si Vasconcelos realizó una reforma pedagógica y una campaña contra el analfabetismo lanzando millares de libros de Platón y Plutarco a las masas, comenzamos a comprender que la reforma de la educación, siendo fundamental, tenía que conjugarse con la nutrición y la salud del niño, el estímulo a sus vocaciones, la seguridad de que no desertarían de la escuela antes de tiempo, la reforma agraria, la seguridad de encontrar un trabajo, el mejoramiento de niveles de vida de los trabajadores, el afianzamiento de la democracia, el respeto a los derechos humanos, tanto civiles como económicos y sociales", termina Díaz-Casanueva.

Ella siempre reconoció que en su pensamiento social "mucho influyó México". Casi al final de su vida, en una página escribe:
"Hay dos puntos cardinales en la tierra: son Montegrande y el Mayab".

Es decir, la tierra de sus mayores en el valle del Elqui, Chile, y la que ella encontró destinada por derecho propio en México.

Alfonso Reyes, el sobrio ensayista mexicano, en su Elogio a la mujer, dirá que "es un vasto soplo tonificante que anda entre los suelos y los cielos de América, cargada de esencias boscosas, rumores de pájaros y abejas de talleres y campanarios... La serenidad de Gabriela está hecha de terremotos interiores y de aquí que sea más madura".

Ella de Alfonso Reyes escribe, a su vez:
"Desconcertante Alfonso Reyes, hombre salido de nuestra América y en el cual no están los defectos del hombre de nuestros valles: la vehemencia, la intolerancia, la cultura unilateral. Al revés de eso, una cordialidad fabulosa hacia los hombres y las cosas, especie de amistad amorosa del mundo; paralelo con el amor de las criaturas, una riqueza de conocimiento del cual vive ese amor. 

El ojo es el documento... La caricatura de la gordura de Reyes, la pipa de Reyes, la sonrisa de Reyes. Deja lo principal: el ojo húmedo de simpatía que no olvidará nunca quien lo haya visto. 

La conversación, una fiesta. ¿Qué fiesta? La del paisaje de Anahuac que él ha reproducido en una prosa de esmalte: la luz aguda, el aire delgado, las formas vegetales heráldicas. Solidez y finura; antipatía, siempre presente, del exceso. Y la bondad, la bondad circulando por los motivos, suavizando aristas de juicios rotundos. Bondad sin los azúcares de la cortesanía y sin penacho retórico, también como de sangre que corre escondida, pero que se siente, tibia y presente. 

Pero no sólo la charla coloreada, que el buen americano tiene siempre, sino otras cosas, además: la gravidez del pensamiento en cada rama fina de la frase. Una vida interior que se revela a cada paso, sin que él -que también es un pudoroso de su excelencia interior- lo busque. Detrás de la sonrisa se le descubre la tortura, que podemos llamar unamunesca, del hombre que la introspección sangra cotidianamente. Yo suelo recordar, oyéndolo, "la camisa de mil puntas cruentas" que dijo Rubén. Algo mejor que el ojo goloso de formas del americano. Escardador de su "carne espiritual", entera se la conoce; como él ha palpado el contorno de su naranja de Tabasco, así palpa los contornos de su espíritu. 

Mucho enriquecimiento le ha venido de los tres contactos mayores que se ha dado a si mismo:el inglés, el español y el francés. Cavando en uno solo de esos suelos, por mucha suerte que tuviese en la cava, se le hubiesen quedado perdidos muchos hallazgos. Harto bien le allegaron su Chesterton -que tradujo- su Mallarmé, cuyo ascetismo de belleza admira, su Góngora amado. 

Y sube, sin brinco ambicioso. La "Ifigenia cruel" es lo mejor suyo, aunque tras ella está la estupenda "Visión de Anahuac". Esta Ifigenia andará poco zarandeada en muchos comentarios, que es agua de hondura inefable, y quienes no bajaron con él a la cisterna negra no sabrán gozarla. Y el divulgador que divulga con fácil donosura -una especie de profesor a lo Renan, lo suyo-, la historia de México, la flora de México, la revolución de México. Tendría para lo didáctico, si quisiera ejercerlo, el juicio agudo y la expresión bella. ¿Cómo le envidiaría un geógrafo la descripción de la meseta de Anahuac? Tiene la disertación suya una ceñidura sobria que le da toda la autoridad de lo docente; y para alejarle la antipatía de lo docente, ahí está la gracia, presente. 

¡Y vaya que le sirve a un diplomático el saber decir bien lo suyo en un medio de agudas exigencias mentales, y de dar, deleitando, la historia de su país en una conferencia de la Sorbona! 

Se recuerda la vieja disputa: ¿es mejor que un pueblo dé conjuntos estimables -Suiza, Estados Unidos- o que dé, como una tela preciosa y breve, unos cuantos individuos selectos? México en el pasado ha sido individualista, y se defiende con unos cuantos hombres, aplastando el reparo de que su conjunto humano no es homogéneo: un Nervo, un Vasconcelos, un Alfonso Reyes, un Caso. ¡Y aquella extraordinaria Sor Juana! 

Es menos leído en América que en Europa Alfonso Reyes. Resulta impopular en nuestro continente un hombre que predica la disciplina tenaz, en vez del gozoso desorden, y ni cual importa muchísimo más contornear su alma antes de sacarla al espejo del libro, que anticipar en el libro un alma vaga e inorganizada.

Maestro difícil Alfonso Reyes. Convida a empresas lentas y graves. Cuando nos haya nacido una generación amante de heroísmo en el verdadero sentido de esta palabra, o sea, amante de faena costosa y larga, habrá llegado la hora de Alfonso Reyes en América, su meridiano habrá madurado como un fruto".

La Mistral toma su inspiración de todo aquello que vio, y de las dos construcciones mágicas levantadas a las puertas de nuestra civilización, el Sinaí y el Olimpo. Fue tal como fueron los escritores que hicieron la mitología, que escribieron la Biblia, el Antiguo Testamento, y más precisamente el Libro de Job, que, en especial, la atrae. Por eso el afán de intensidad en sus escritos primeros, cuando todas las expresiones le parecen débiles, cuando busca en nuestra lengua sólo el acento divino; se ríe de los códigos literarios y de la retórica, y cuando nombra a la herida que le produce un amor perdido, dirá: "socarradura larga que hace aullar". Sencillamente inventa cuentos y parábolas maravillosas, inmersos de prestigio antiguo; su poesía tiene la perfección del trabajo que realiza la campesina enfrentada a la vida desde la hora del alba, "bárbara" como a sí misma juzgaba su escritura poética. 

La selección de poemas completos que ella dedicó a México permanece inédita. Algunos publicados son clásicos, como por ejemplo "Himno Matinal": lo escribió cuando llega por primera vez, al inaugurarse la escuela del D.F. que lleva su nombre. La ronda "Meciendo" y la "Canción amarga" las escribió para sus pequeños alumnos de la escuela que inventa para la bella islita de Janitzio. Así como dedicaría al país, al menos, tres de sus poemas más difundidos: "Sol de Trópico", "El Maíz" y "El Ixtlazihuatl".

Escribe Octavio Paz que, lo de Mistral, "es poesía hecha con las palabras de todos los días pero ungidas por el aceite invisible de lo sobrenatural. Realismo transfigurado, vida diaria transformada en rito y oficio divino. Habla del pan e inmediatamente el pan se vuelve criatura viva, a un tiempo hijo suyo y sustancia material convertida en maná espiritual".

Dice el Nobel de Guatemala Miguel Angel Asturias: "sus manos de mujer fuerte conservaron el movimiento de aquella que formó las primeras letras del verbo hecho espíritu, ante los ojos atónitos del que adivina que detrás de las letras están las constelaciones del poder humano". Asturias conoció a la Mistral en México. También entre los maestros la recuerda con afecto la poeta mayor Guadalupe "Pita" Amor:
"Pablo Neruda me presentó a Gabriela, a quien admiraba y había conocido en su infancia, en el sur. La vi alguna vez en el Distrito federal y en Veracruz durante su última estancia, cuando se la había rescatado en un helicóptero desde altamar. Ella era exactamente, matemáticamente lo contrario de lo que yo soy. Por eso, podíamos conversar durante muchas horas, hablábamos de cosas que hablan las mujeres frente a sus espejos, que son cosas irreproducibles. Hablábamos de cosas ante las cuales los hombres debían guardar silencio. Yo también creo que es una escritora altamente en la verdad, mejor que yo, sin duda, porque tenía esa cualidad tan difícil de alcanzar que es la humildad, claro que yo no tengo por qué ser humilde, bastante hago con ser genial. Gabriela también era genial, Pablo lo decía. Gabriela era genial y humilde, eso la hacía mejor que los otros".

Para "Pita" Amor, la Mistral representaba el espíritu mismo que inflamaba la revolución mexicana de 1910, "porque su interés central era la práctica del oficio. Enseñar que los problemas del mundo se acabarían si cada uno se limitara a cumplir bien su trabajo. Su último viaje a México fue una casualidad, porque viajando en barco a Nueva York sufrió una enfermedad y la rescatamos desde altamar frente a Veracruz. Allí estuvimos a verla con Neruda, que estaba conmigo entonces en Cuernavaca. Nos quedamos con ella en la finca de Mocambo, donde vivió unas semanas, porque ella era así: se iba quedando en los lugares según su inspiración. Cuando decidió seguir a Nueva York, la fuimos a despedir con Alfonso Reyes, Diego (Rivera) y Frida (Kahlo). Estaba ahí José Vasconcelos, quien mantuvo con Gabriela un lazo ritual y matemático, que les permitió trabajar juntos y hacer cosas por los demás, como si estuvieran predestinados. Ella era una celebridad mundial, pero se conservaba como la mujer más normal de la tierra. Al contrario mío, nunca usaba joyas o algún adorno, sin embargo, yo le regalé una rosa roja de seda iluminada artificialmente, que eran una novedad y me la había comprado en la zona rosa, y ella, toda esa última noche, llevó esa flor de seda en sus cabellos. Siempre fue gentil y eso la hacía también mejor que los otros que fuimos sus amigos".

Pablo Neruda recomendaba "entrar con reposo y con ímpetu en su poesía, en su prosa tan rica y tan dura como quebradas rocosas del territorio chileno, plantado de misteriosas maderas, sarmientos encrespados, visitación de pájaros". En la última entrevista concedida por Neruda a Luis Alberto Mansilla, uno de sus biógrafos, declara el poeta que cree que “Los Sonetos de la muerte” de Gabriela Mistral era “lo más desgarrador y profundo escrito en idioma español”.


Fin de la primera de cuatro partes.
(El material fotográfico de “Gabriela Mistral y los maestros de México” fue rescatado durante la investigación realizada para esta investigación, que contó con el apoyo del Fondo de Creación Literaria del Gobierno de Chile, 2001)
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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