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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Haciendo una civilización rural




La misión va< a seguir hacia la aldea próxima. Deja atrás de ella, como los misioneros colonizadores que mandó España, creado moralmente un pueblo. No hemos hecho cosa semejante los educadores en toda la América. Queda una indiada dirigiendo una Cooperativa Agrícola, leyendo los cuentos de Tolstoi y las parábolas del Evangelio en la tarde lenta del Anahuac; las mujeres cosen sus vestidos en las máquinas de la escuela, dotada para la comunidad; las plantas de otras zonas se han transportado como en una fábula al huerto doméstico. Es la segunda fundación de México; se vuelve a vivir un tiempo épico y los que tienen la conciencia del momento trabajan como los héroes civilizadores de la mitología; como Hércules y como Eneas. La pulsación más vigorosa del Continente en esta hora es la de México. La ha escuchado con su oído fino ese gran atento de la época que es Romain Rolland.

Todo hombre americano que tiene el sentido de la honra española se siente deudor a esta faena. Existe un verdadero desafío entre las dos culturas del Continente; los regionalistas, satisfechos de su parcela próspera, no saben que la honra común española juega su última suerte en aquella frontera de la raza. Los que hemos visto hablamos con este tono que, no es de profetismo romántico, sino de ansiedad.

La civilización rural que verifica México, está por hacerse en nuestros países. Tenemos una vanidosa cultura urbana, es decir, hemos civilizado a una quinta parte de nuestra población. Olvidamos el analfabetismo campesino y las tierras baldías. El suelo abandonado es una expresión de barbarie; el campo verde revela mejor que una literatura a los pueblos".

Solía decir la Mistral que no iba sino a los pueblos en que podía servir, y en México sirvió (“pero aprendí más de lo que enseñé”, diría). Solía repetir: “Es muy importante ver un rostro humano”, y así como se desempeña en el Distrito Federal, vive no cortas épocas trabajando en Veracruz, Chapala, Cuernavaca, Zacapoaxtla, en el Estado de México, en Michoacán, en Pátzcuaro, reside en Janitzio y en diversos pueblos de Oaxaca, especialmente en Cuautla de Jiménez, donde formó una escuela originalmente al aire libre, que hoy lleva su nombre, en comunión plena con el pueblo Mazateco, quienes, según dice la tradición "vinieron de allá donde las flores", con solo un bagaje de sabiduría acerca del mundo verde, conocimientos que en parte la legendaria curandera María Sabina traspasa en esa época a la comunidad científica internacional.

Igual que María Sabina y los mazatecos, por tradición, Gabriela Mistral amaba al reino vegetal, y conocía extraños secretos del uso de los alimentos verdes, refiriéndose en su obra no pocas veces a herbolaria y el mundo de las plantas. Los niños del Valle del Elqui, desde el seno de su hogar, conocen el peyote que crece en el norte de Chile con la forma de cactus altísimos; y que los mazatecos llaman "angelitos" que brotan allí donde se detuvo a descansar Quetzalcóatl.

Ciertamente, Gabriela se relacionó en el pueblo mazateco directamente con las mujeres de la cofradía del sagrado Corazón de Jesús, formada por las madres del lugar, todas poseedoras de la sabiduría tradicional, a la que accedió. Muchas fulgurantes imágenes de su literatura provendrán de ceremonias antiguas que se preservan en la zona mazateca. En esta Imagen de la Tierra, escribe:
No había visto antes la verdadera imagen de la Tierra. La Tierra tiene la actitud de una mujer con un hijo en los brazos (con sus criaturas en los anchos brazos). Voy conociendo el sentido maternal de las cosas. La montaña que me mira también es madre, y por las tardes la neblina juega como un niño por sus hombros y sus rodillas. Recuerdo ahora una quebrada del valle. Por su lecho profundo iba cantando una corriente que las breñas hacen todavía invisible. Yo soy como la quebrada; siento cantar en mi hondura este menudo arroyo y le he dado mi carne por breña hasta que suba hacia la luz”.

En uno de sus famosos "Recados", el dedicado a la maestra María Dolores "Lolita" Arriaga, que, por entonces, trabajó con ella en la Sierra Madre, le dice:

"Lolita Arriaga, de vejez divina,
Luisa Michel, sin humo y barricada,
maestra parecida a pan y aceite
que no saben su nombre y su hermosura,
pero que son los "gozos de la Tierra".
Maestra en tiempo rojo de Vickingos,
con escuela ambulante entre vivacs y rayos,
cargando la pollada de niños en la falda
y sorteando las líneas de fuego con las liebres.
Panadera en aldea sin pan, que tomó Villa,
para que no lloraran los chiquitos, y en otra
aldea del azoro, partera a medianoche,
lavando al desnudito entre los silabarios
O escapando en la noche del saqueo
y el pueblo ardiendo, vuelta salamandra
con el recién nacido colgado de los dientes
y en el pecho terciadas las mujeres.
Provincia y perdón de tus violentos,
cuyas corvas azota Huitzilopochtli, el negro,
porque todos son buenos, alanceados del diablo
que anda a zancadas a medianoche
haciendo locos...
Comadre de las cuatro preñadas estaciones,
que sabes mes de mangos, de mamey
y de caña, mañas de raros árboles,
trucos de injertos vírgenes;
floreal y frutal con la Cibeles madre.
Contadora de "casos" de iguanas y tortugas,
de bosques duros alanceados de faisanes,
de ponientes partidos por cuernos de venados
y del árbol que suda el sudor de la muerte.
Vestida de tus fábulas como jaguar de rosas,
cortándolas de ti por darlas a otros
y tejiéndome a mí el ovillo del sueño
de tu viejo relato innumerable.
Bondad abrahámica de Lola Arriaga,
maestra del Dios del cielo enseñando en Anahuac,
sustento de milagro que me dura en los huesos
y que afirma mis piernas en las siete caídas.
Encuentro tuyo en la tierra de México,
conversación feliz en el patio con hierba,
casa desahogada como su corazón,
y escuela tuya y mía que es nuestro largo abrazo.
Madre mía, sin sueño, velándome dormida
del odio suelto que llegaba hasta la puerta,
como el tigrillo, que hallaba tus ojos,
y que se iba con carrera rota...
Los cuentos que en la Sierra a darme no alcanzaste
me los llevas a un ángulo del cielo.
En un rincón, sin volteadura de alas,
dos viejas blancas como la sal, diciendo a México
con unos ojos tiernos como las tiernas aguas
y con la eternidad del bocado de oro
en nuestra lengua sin polvo del mundo!"

En 1978, en declaraciones a El Sol de México, María Dolores "Lolita" Arriaga, esta maestra de botánica que cultivó la amistad de la Nobel, recuerda así su desempeño en la Revolución:

—La maestra Mistral luego de casi un año trabajando en el Distrito Federal, decidió entonces salir a las misiones. Sus dos compañeras chilenas, que la habían acompañado desde su llegada, volvieron a su país y ella había quedado sola. Fuimos encomendadas para escoltarla quien habla y Palma Guillén, lo que nos fue designado por oficio presidencial. Las instrucciones del entonces presidente Alvaro Obregón indicaban que debíamos servirle de apoyo en cada una de sus tareas. Palma Guillén era desde antes su amiga, las presentó Alfonso Reyes, y yo le fui recomendada por el licenciado José Vasconcelos. No me costó nada acostumbrarme a la maestra Mistral, era una mujer de apostura que sabía lo que quería e iba directo a cumplir su oficio. Sin perder el tiempo. Yo había oído entre los maestros decir que ganaba un sueldo enorme, que se le pagaba en monedas de oro; la verdad es que el sueldo de ella era el mismo de nosotras, que era nuestro sueldo normal de maestras más una asignación de campaña y los viáticos de traslado y cosas que ocupábamos para nuestro trabajo rural. Jamás se preocupaba de juntar sus notas de gastos, yo lo hacia por ella, a quien no le interesaba en lo más mínimo el dinero, era absolutamente desprendida de las cosas materiales. Era humilde porque igual estaba enseñando desde una mesa que trabajando la tierra o diciendo poesías a los niños. Nos trasladábamos a caballo, en carreta tirada por bueyes con nuestros libros, una tienda de campaña, una cocinilla y la máquina para proyectar películas, que ella consideraba el cine como una excelente herramienta de educación. Nos alimentábamos con lo que encontrábamos en el camino. Aunque La maestra era absolutamente desinteresada de la comida: podía alimentarse una semana entera de frutas y verduras. Desde entonces, cuando trabajamos juntas yo tomé a mi cargo la cocina. Donde ella estaba los niños se le acercaban; y los más humildes campesinos esperaban su llegada, porque se habían corrido la voz de que ella era enviada del presidente, pidiéndole toda clase de cosas; siempre atendió a todo el mundo, labor en que la ayudamos desde entonces con Palma, así como cada vez que ella volvió a México.

 




"Recorrimos todos los pueblos aledaños al D.F. Se sintió luego inclinada a trabajar en la zona de Oaxaca, en que detectamos la mayor necesidad. En Cuautla de Jiménez fuimos recibidas por María Sabina, a quien yo había conocido antes por el interés que me despertó Gordon Wasson al hacer públicos sus descubrimientos medicinales a partir de informes botánicos proporcionados por la sabia curandera. Entre los mazatecos, que era la tribu de la Sabina Madre, como la nombra la maestra Mistral, tuvimos experiencias maravillosas; nos dieron más de lo que nosotras les enseñábamos; en varios de sus escritos existe esta impresión maravillosa del mundo que le regaló México, donde siempre en su vida tuvo sitio seguro para volver cuando quiso. Incluso ya siendo Premio Nobel, al retornar a trabajar como cónsul de Chile seguimos haciendo lo mismo que practicábamos en nuestras casas de campaña en las selvas y los desiertos: la ayudábamos con su correspondencia. Palma y yo hacíamos una rigurosa lista de las cosas que le pedían y el sitio donde debían ser entregadas; anotábamos los casos y la información necesaria; le pedían desde muchas escuelas nuevas plazas para maestros, intercesión para que el Gobierno construyera nuevas escuelas en sitios perdidos o para hacer de sitios inútiles centros de cultivo, le pedían útiles y muebles para las escuelas, semillas para sembrar y herramientas... siempre agregábamos una lista de los libros que formaban la biblioteca que ideó ella con Vasconcelos, que eran primero cincuenta títulos y que en unos dos años aumentaron a mil autores; repartimos millones de libros... ella con Vasconcelos hizo realidad las bibliotecas ambulantes, y aportó su libro "Lecturas para Mujeres", que la ubicó de inmediato como algo más que una maestra dedicada a su oficio, como todas nosotras; pero nunca nos hizo sentir su enorme poder, simplemente iba ayudando a quien podía con la mayor naturalidad... ella firmaba las solicitudes que le presentábamos con Palma, sin nunca que yo recuerde, haber rechazado una petición de ayuda, y se las enviaba al presidente de turno; fue también amiga de Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, M. Avila Camacho y Miguel Alemán, que era presidente cuando ella enfermó en altamar frente a costas mexicanas y la mandó rescatar en helicóptero, quedándose un tiempo no corto en la residencia presidencial de Mocambo en Veracruz, donde también fuimos encomendadas junto a Palma para acompañarla".

Recuerda la maestra Lolita Arriaga que la Mistral "nunca fue persona de muchas amistades; cuando en París vivió una de las experiencias mayores de su vida, su maternidad que la historia debe respetar, fuimos a acompañarla con Palma. Luego, ella fue con su hijo Yin-Yin al norte de Africa, donde lo conocería su padre, y con Palma regresamos a México. También yo estuve con ella unos meses en Brasil, poco antes de la trágica partida del pequeño Yin Yin en Petrópolis. Cuando, unos años después siendo Nobel regresó a México, era la misma amiga generosa de siempre. El Recado que me envió es un regalo que coronó la amistad más cercana que me dio la vida, sólo una muestra más de la generosidad de mi comadre, porque ella fue la madrina de uno de mis hijos y todos encomendados al arcángel san Gabriel en su homenaje".

En sí, este Recado a Lolita Arriaga es todo un canto a las cosas que amó Gabriela Mistral de México. Tal cual María Sabina y su Cofradía de Madres del Sagrado Corazón, la Mistral plantada en sus firmes piernas de campesina, fumando impertérrita, hablando con su voz de dejo suave y cálido pero alto, era también, a su manera, una chamana; destinada al tránsito por umbral elevado, más humanista, en que cabe todo; por ello sus textos dedicados a México inspirados en su primera estancia, suman lo mismo un parecer francamente político como la silueta de una figura de la cultura, el maguey o el sol tropical.

En Silueta de la india, escribe:

"La india mexicana tiene una silueta llena de gracia. Muchas veces es bella, pero de otra belleza que aquella que se ha hecho costumbre en nuestros ojos. Su carne, sin el sonrosado de las conchas, tiene la quemadura de la espiga bien laminada de sol. El ojo es de una dulzura ardiente; la mejilla de fino dibujo; la frente, mediana como la de la frente femenina; los labios, ni inexpresivamente delgados ni espesos; el acento dulce y con dejo de pesadumbre: como si tuviese siempre una gota ancha de llanto en la hondura de la garganta. Rara vez es gruesa la india; delgada y ágil, va con el cántaro a la cabeza o contra el costado, o con el niño, pequeño como el cántaro, a la espalda. Como en su compañero, hay en el cuerpo de ella lo acendrado del órgano en una loma.

La línea sencilla y bíblica se la da el rebozo. Angosto, no le abulta el talle con gruesos pliegues, y baja como una agua tranquila por la espalda y las rodillas. Una desflecadura de agua le hace también a los extremos. El fleco, muy bello: por alarde de hermosura, es muy largo y está exquisitamente entretejido.

Casi siempre lo lleva de color azul y jaspeado de blanco: es como el más lindo huevecillo pintado que yo he visto. Otras veces está veteado con pequeñas rayas de color vivo. 

La ciñe bien: se parece esa ceñidura a la que hace en torno del tallo grueso del plátano, la hoja nueva y grande, antes de desplegarse. Lo lleva a veces puesto desde la cabeza. No es la mantilla coqueta de muchos picos, que prende una mariposa oscura sobre los cabellos rubios de la mujer ni es el mantón floreado, que se parece al tapiz espléndido de la tierra tropical; el rebozo se apega sobriamente a la cabeza.

Con el rebozo, la india ata sin dolor, lleva blandamente a su hijo a la espalda. Es la mujer antigua, no emancipada del hijo. Su rebozo lo envuelve como lo envolvió, dentro de su vientre, un tejido delgado y fuerte hecho con su sangre. Lo lleva al mercado del domingo. Mientras ella vocea, el niño juega con los frutos o las baratijas brillantes. Hace con él a cuestas, las jornadas más largas; quiere llevar siempre su carga dichosa. Ella no ha aprendido a liberarse todavía...

La falda es generalmente oscura. Sólo en algunas regiones, en la tierra caliente, tienen la coloración jubilosa de la jícara. Se derrama entonces la falda, cuando la levanta para caminar, en un abanico cegador...

Hay dos siluetas femeninas, que son formas de corolas: la silueta ancha, hecha por la falda de grandes pliegues y la blusa abollonada: es la forma de la rosa abierta; la otra se hace con la falda recta y la blusa simple: es la forma del jazmín, en que dominan el pétalo largo. La india casi siempre tiene esta silueta afinada.

Camina y camina, de la sierra de Puebla o de la huerta de Uruapan hacia las ciudades; va con los pies desnudos, unos pies pequeños que no se han deformado con las marchas. (Para el azteca, el pie grande era signo de raza bárbara).

Camina, cubierta bajo la lluvia y en el día despejado con las trenzas lozanas y oscuras en la luz, atadas en lo alto. A veces se hace, con lanas de color, un glorioso penacho de guacamaya.

Se detiene en medio del campo, y yo la miro. No es el ánfora: sus caderas son finas: es el vaso, un dorado vaso de Guadalajara con la rejilla bien lamida por la llama del horno, por su sol mexicano.

A su lado suele caminar el indio: la sombra del sombrero inmenso cae sobre el hombro de la mujer y la blancura de su traje es un relámpago de luz sobre el campo. Van silenciosos por el paisaje lleno de recogimiento; cruzan de tarde en tarde una palabra de la que recibo la dulzura sin comprender el sentido. 

Habrían sido una raza gozosa: los puso Dios, como a la primera pareja humana, en un jardín: su país bellísimo. Pero cuatrocientos años esclavos les han desteñido la misma gloria de su sol y de sus frutas; les han hecho dura la arcilla de sus caminos, que es suave, sin embargo, como pulpas derramadas...

Y esa mujer que no han alabado los poetas, con su silueta asiática, ha de ser semejante a la Ruth moabita que también labraba y que tenía atezado el rostro de las mil siestas sobre la parva..."

De sus andanzas por el país, la Mistral escribió poemas, crónica, artículos, estudios etnográficos, simples cartas y eruditos ensayos de lo que creía posible de aplicar entre "los que no leen ni escriben, los más desprotegidos”. Sin embargo, es siempre su manera singular de decir las cosas, lo que vio o llamó su atención. Es cierto que las trágicas experiencias sentimentales que tuvo ella en su despertar como mujer, que otros se han ocupado en describir, la inclinaron más a todas las personas que a una en particular, convirtiéndose en una gran luchadora inquieta por la suerte de los desvalidos, los niños y el campesinado. Al iniciarse la década de 1930, ante intelectuales reunidos en Madrid, dijo:

"Yo no soy una artista. Lo que soy es una mujer en la que existe viva el ansia de fundirse en su raza como se ha fundido en mi la religiosidad, como un anhelo lacerante de justicia social". Comenzó a escribir de Reforma Agraria luego de su trabajo entre el campesinado mexicano; un texto suyo de 1928, publicado en Santiago, dice que "el Chile angustiado no puede seguir sirviendo al latifundismo, sino como despreocupación inconcebible o como amparo deliberado de un régimen bárbaro... Yo he mirado siempre como sobrenatural la paciencia campesina en América". Como Maestra misionera, dice públicamente: "Dirijamos toda actividad, como una flecha, hacia ese futuro ineludible, la América española una, unificada por dos cosas estupendas, la lengua que le dio Dios y el dolor que le da el norte".

El principio de la edad contemporánea de la literatura en nuestro continente se ubica al término de la Primera Guerra mundial, cuando el pensamiento de América descubre su relativa independencia de lo que se pensaba en Europa. Dando nacimiento a un intento común de nuestros pueblos (relativo al proceso histórico de las grandes comunidades) de inventar explicaciones y encontrar soluciones adecuadas a su puro entorno. Movimientos obreros inéditos, grandes latifundios, miseria y analfabetismo, la revolución mexicana, el nacionalismo venezolano, el socialismo en Chile y Argentina... los escritores se ven obligados a ponerse como ante un espejo, a intentar extraer, si es posible, del reflejo de si mismos, la verdad. Nuestra civilización en aquella época esperaba de los escritores dispersos por el mundo lo mismo que espera ahora, cierta cantidad fundamental de lógica, y a la Mistral le sobraba cuando llegó al México de 1921, que le brinda un recibimiento que la inflama de ternura. Y se vuelca en la obra de los Maestros Misioneros, trabajando codo a codo con los míticos cofrades de una Orden cuya premisa era la de hoy: "educar al que no sabe, dar al que no tiene". La Orden, brotada del corazón mismo que inflamaba la Revolución mexicana, la aceptó de inmediato, como si, de siempre, contara con ella.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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