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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

El cuerpo azteca y maya

Con un médico y con el pintor Montenegro, conversábamos del cuerpo indio, delgado y fuerte como la varilla del sauce.

—Caminan -me decían-, tal vez sean el hombre que más camina en la tierra, y la marcha les ha dado esta gracia. Miran como un espectáculo grotesco a los grasos funcionarios que suben a duras penas un repecho a caballo. ¡Cómo se ha olvidado el género humano de caminar, Gabriela! La cara cansada con un surco a cada lado de la boca, que es la de otros indios americanos (y la misma española de usted), no aparece entre estas gentes. Aceptan el trabajo manual, sin el exceso bárbaro de un obrero yanqui. El dolor morboso no lo conocen, en medio de la fiesta que son su mañana y su medio día, respirando el bosque de vainilla y el manglar. Para dibujar una teoría humana, de friso antiguo, yo me pongo en un camino al atardecer.

—Son el oriente -les digo-, pero un oriente sin el opio y sin la servidumbre del Mandarín. Son hombres libres que gozan de la vida como de una Navidad permanente, en una tierra sin fango y sin aridez. Yo les veo conservar lo mejor de las razas viejas, dentro de una frescura de infancia. Nacer en la meseta de Anahuac es una gracia de Dios, equivalente a nacer en una colina de Fiesole. Venir de la meseta de Castilla, ya es traer una apretadura de greda dolorosa en el corazón heroico, pero duro.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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