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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Sencilla exposición

La Directora de la misión les resumía más o menos así el plan, sin discurso de tabladillo:
-Venimos a construirles una escuela. Traemos el fierro y la madera. Uds. nos darán los ladrillos y dos horas diarias de trabajo. Mientras la escuela se levanta, aprenderán Uds. a leer, plantando los árboles o en una capacitada escuela, va a tener una o dos cuadras de tierras fiscales. Haremos el huerto frutal, de donde Uds. sacarán después las especies nuevas para poblar la región. Las mujeres cultivarán con nosotros la hortaliza y el jardín escolar. Cada domingo, almorzaremos en una mesa común. Tienen durante tres meses una enfermera para que les de prácticas de salud; quedará un botiquín en su escuela. Los que quieran aprender otro oficio, ayudarán a ir haciendo el taller de zapatería o de jalones. En la tarde de los sábados, les haremos la lectura comentada; hemos traído una biblioteca formada de obras sencillas.

Los indios interrumpen cortésmente, ofreciendo ayuda. Señalan a los buenos carpinteros que tienen; explican qué árboles desean adquirir; ofrecen maíz y verduras para la comida en comunidad; dan ideas inesperadamente valiosas; dejan caer de pronto una broma. Hay en el grupo la jovialidad india, a la que debo mi alegría nueva. Se presentan unos a los otros: el que sabe algo de medicina natural, el que puede hacer de "monitor", el buen cantero.

Nada de largos preparativos; las empresas de Vasconcelos llevan un imperativo de rapidez, que aviva el ritmo más lento.

Se cortan los adobes o se hace la construcción de paredones. Los indios cantan trabajando, y cuando menos se piensa se está cantando con ellos; hemos entrado en su gozo. Tienen, por excelencia, el don del trabajo dichoso; no aceptan una jornada demasiado larga, que los agote, ni tampoco la faena silenciosa de peones egipcios de las Pirámides...

Oyéndoles hablar mientras trabajan, sabemos cómo viven, qué problemas tienen y hasta las penas amorosas en que andan... A los tres días, yo bromeaba con ellos, que en el comienzo recelaban un poco de mi rostro de cariátide. 

A veces se hacia la escuela en dos semanas. Cuando la techumbre empezaba a cubrir las murallas, la misión tenía su fiesta: un banquete de frutas, la comida india de puras combinaciones con el viejo maíz sagrado, todas las canciones de la comarca y el derramamiento de color vívido en las faldas y los pañuelos de las mujeres.

¡Mi México! El único que está en el corazón; mis indios de palabra sobria y donosa; mis niños de largo ojo oscuro, que me corregían la pronunciación de una palabra azteca; mis mujeres de piel dorada y habla dulcísima; qué decoración antigua, contra la mole blanca del Popocatépetl, la de su vieja danza española, bailada con el cuerpo de la reina Xochilt.

Paralela con la faena de los albañiles, la de los hortelanos. Tierra enorme: cabe la América en ese dorado cuerno de México, que hasta en el dibujo geográfico tiene la gracia; suelo domado por cuatro mil años de cultivo y pintado de color por las gredas más hermosas del mundo.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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