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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Palabras iniciales (tercera parte)




Quise darles un día algunas indicaciones sobre periodismo infantil; pero vi que poco las necesitaban. Fuera de sus errores de ortografía, ellos saben muy bien lo que deben publicar para que los lectores sigan la vida de la colonia y el tesoro de la simpatía aumente y aumente.

Oí una vez a un orador de doce años explicar a sus compañeros algunas reformas que le parecían necesarias. Visitábamos la escuela los Maestros Misioneros (profesores de indígenas repartidos por todo el país) y yo, que les había invitado en una sesión de su congreso, que presidí, a conocer la maravilla que el entusiasmo y la fe de un hombre estaban haciendo en el jirón más desgraciado de su metrópoli Nos detuvimos a escuchar, y es la verdad que se sacaba más provecho de aquel discurso que de muchos discursos pedagógicos. Trataba el orador de la biblioteca en formación.

Me asombra la facilidad extraordinaria de expresión que tiene este pueblo mexicano, desde la niñez. La dicción aventaja a la de cualquier profesor chileno.

Confieso que cuando les hablo me esfuerzo un poco en pronunciar mejor mi español tan chileno... Ha sido mi mayor alegría oír conversar a los pescadores en el lago de Chapala, a los obreros de cerámica en las fábricas de Puebla, y por todas partes, a los campesinos. Y este encanto de su lenguaje tal vez sea una de las cosas que les ha ganado mi corazón tan profundamente. Porque para mi lo mejor que tiene México en su haber para el futuro, es su masa indígena, esta pasta racial sencillamente maravillosa que son el indio azteca, maya o tolteca.

Vuelvo a la escuela y a mi orador infantil. Hablaba aquel niño sin el énfasis tan común a los escolares que hacen discursos, con la claridad del que conoce muy bien su asunto, y con un acento cordial en el que yo una vez más reconocía la dulzura del pueblo mexicano, la dulzura india que yo he visto en todas las expresiones genuinas de su alma: en las canciones, en el trato de la mujer y del amigo.

La escuela Francisco I. Madero ha triunfado en meses y se ha impuesto enteramente. Pero lo más importante no es su éxito individual; es el haber dado el tipo de la escuela que el país necesita derramar de Estado en Estado.

-Yo quiero -me dice la habilísima colaboradora del maestro Oropeza, señorita Elena Torres-, que se haga en torno de la ciudad una especia de cerco de bien, de redención, que vaya del arrabal hacia el centro, limpiando el ambiente moral de la ciudad. Vea usted: en dos meses se han cerrado cinco pulquerías (lugares de expendio de licores), que infestaban este desgraciado rumbo. Ya tenemos en la escuela un cinematógrafo que atrae a los obreros. Así, lo que estamos haciendo no es sólo enseñar a leer y a escribir, cosa que constituye la labor única a que se creía llamada la escuela primaria, tan mezquina de horizontes generalmente. Como todos los niños del barrio no querrán ser agricultores, me siguen informando, ya hemos formado cursos de pequeños sastres, de tipógrafos y mecanógrafos.

La labor del hombre humilde que me parece salido del Evangelio, ha sido el grano de mostaza de la parábola. Sigámosla. Estoy interesada vivamente en que las cooperativas agrícolas se propaguen, educando a todos, a los grandes también, en esta materia descuidada por nuestros países; el Ministro de Hacienda, señor don Adolfo de la Huerta, ha destinado cien mil pesos mexicanos (cuatrocientos mil chilenos) para la formación de un Banco de Crédito, que servirá a todas las escuelas granjas futuras. Hay que mirar con ojos maravillados este éxito moral y económico.

Y las iniciativas del director Oropeza no se agotan. Ya tiene la escuela una sección de peluquería, atendida por los mismos alumnos, y para su propio servicio: ¡Venían tan revueltas algunas cabecitas de niños del arroyo! El parque estaba ya enteramente limpio e higienizado; pero las calles vecinas, el barrio entero, como he dicho, tenía la suciedad de todos los suburbios.

Los escolares empezaron a servir a sus vecinos. Una comisión de ellos se apersonó al Ayuntamiento para solicitar los carros de aseo urbano, y ellos mismos se han encargado de hacerlo en parte, de dirigirlo en otra.

Estos y otros servicios extraordinarios de los alumnos son recompensados con un bono de desayuno. Ha habido trabajadores exageradamente laboriosos, que llegan a ganar tres bonos al día. Se pensó, por esto, en crear una Liga Protectora Infantil para favorecer a los pequeños del barrio que aún no van a la escuela, y que, por lo mismo, no tienen derecho a recibir la ración de alimento matinal. De este modo objetivo y no con discursos, se combate el egoísmo entre los niños.

El jefe de la educación primaria, señor Roberto Medellín, lógicamente ha tenido que mirar con respeto afectuoso la personalidad del que era el último de sus subalternos. Envía semanalmente a la escuela Francisco I. Madero, un Orfeón Popular, que está formando otro Infantil, y le manda también maestras de declamación para que en el año próximo la extensión primaria, o sea los espectáculos educadores que así llamamos en Chile, sea atendida enteramente por los alumnos. Ya he hablado en otra ocasión a los lectores de "El Mercurio" del cariño que siente el pueblo mexicano por la música, y he dicho que esta es la raza que canta, no sólo dentro de los Conservatorios, sino derramada por sus campos entre el gozo de los maizales.

Mis dos compañeras chilenas, la escultora Laura Rodig y la maestra normalista Amantina Ruiz, van a la escuela-granja a dar clases de dibujo y de gimnasia, y yo en poco más cumpliré a los niños mi promesa de ir a enseñarles algunas canciones de las escuelas chilenas.

¿Qué serán estos niños en diez años más?, ¿qué los diferenciará de los otros formados en las escuelas primarias? No serán, por cierto, aspirantes a bachilleres, postulantes eternos a empleos, que llenen pasillos de Ministerios, pidiendo con un montón de recomendaciones el puestecito fiscal más mezquinamente remunerado, con tal de ser miseria dorada, pobreza decente. Ni serán tampoco hombres unilaterales, sin la visión de unidad de la vida que caracteriza a los intelectuales: ni pesimistas que se han hinchado de odio y de desaliento por su pequeño fracaso, del cual no tienen la culpa sino sus manos torpes y su mente amodorrada. Serán eso que es para mi lo más grande en medio de las actividades humanas: los hombres de la tierra, sensatos, sobrios y serenos, por el contacto con aquella que es la perenne verdad. Harán una democracia, menos convulsionada y menos discurseadora que la que nos ha nacido en la América Latina, porque, hay que decir mil veces este lugar común: la pequeña propiedad (que ellos exigirán y que conseguirán en México), aplaca las rebeldías, da dignidad a la vida humana y hace el corazón del hombre propicio a las suavidades del espíritu. La pequeña república agraria que estos niños han creado, les irá revelando el régimen económico y los caminos por donde se busca la prosperidad de un país: no tendrán el odio de la riqueza, que sólo cuaja cuando el hombre no tiene nada que defender ni amar bajo el sol porque sea suyo.

No es que me haya lanzado en un río de fantasías; es que palpo, por primera vez en mi vida, lo que significa la pequeña experiencia de los niños sobre los grandes problemas sociales. He visto la fuerza estupenda que tiene la enseñanza económica cuando se hace carne en los hechos y no se da como palabrería gárrula. Ha habido momentos en que la masa de escolares que trabaja en la tierra, por la que trabajaba en la tierra, por la sensatez que ponía en su trabajo, por las intuiciones que alcanzaba, me ha parecido una República de verdad, y me he sentido embriagada de una fe muy grande.

Suelo decirle al maestro Oropeza que hay para felicitarse de la miseria inicial de su colegio, de sus salas desnudas. Porque todo eso lo ha hecho sacar a sus alumnos al Parque, y cambiar el aula techada, por esta aula de Dios que es su cielo mexicano, siempre azul, bajo el cual la lección es más verdad y más belleza, donde la ausencia de la clásica tarima hace al maestro sencillo y espontáneo y la proximidad a la tierra le da vergüenza de gastar diez horas enseñando análisis gramatical.

Sí, mi compañero. Hay que alabar esta vez con San Francisco, a la santa Pobreza, que hace suplir con espíritu los materiales; a la buena Pobreza, que mata la vanidad y da inspiraciones y fervores que usted tal vez no hubiese tenido en un gran colegio con laboratorios y gimnasios. Y hay que alabarle a Ud., como a un caso de milagro entre la masa de los maestros, que se sienten injuriados cuando se les manda a la escuela del suburbio, porque creen que un titulo más o menos decoroso, es una patente para exigir situaciones espléndidas, y esquivar la fusión con el pueblo, del cual somos.

Aunque su escuela sea laica como todas las del país, deje que yo la sienta el tipo de la escuela cristiana: casi nació en un pesebre; el coro de sus niños descalzos ha debido ser el mismo que tuvo un día Jesús. La escuela nueva que sueñan los obreros es esto que usted está haciendo. No creen ya los trabajadores, y yo les acompaño en este escepticismo, en aquella escuela que les enseñó todas las inutilidades y los lanzó a la vida con las manos torpes para todos los oficios; ellos no aman; no pueden amar, al maestro sin sentido de la vida que les robó la riqueza de la sangre en una sala de clase oscura, y que les mató la alegría de vivir al no ponerlos en contacto con la tierra-madre, de la cual emanan el vigor y todas las excelencias, más que de sus lecciones sin entusiasmo. Y digo para terminar: ¿no habrá un gran propietario chileno que entregue a un maestro de verdad, cinco hectáreas de suelo en los arrabales de Santiago, para que se haga una escuela de esta índole? Aunque he hecho mal la interrogación: el éxito que cuento empieza en el maestro, y acaba en el rico generoso."

La maestra Elena Torres, recuerda que cuando Gabriela Mistral fue invitada a conocer el trabajo que se estaba realizando en la Escuela Francisco I. Madero, "simplemente se quedó trabajando. Ella eligió, justamente, nuestra escuelita para iniciar su labor. Todos esperaban que iba a trabajar desde un escritorio, pero no, se dedicó a enseñar a los niños a labrar la tierra, a escribir su propio diario con noticias que les interesaba, a enfrentar las enormes dificultades de sacar adelante el trabajo con un mínimo de recursos. Nos ayudó, especialmente, porque siendo ella una figura pública, los medios noticiosos y las autoridades tuvieron gran interés en ver cuáles eran los afanes educacionales de la maestra extranjera. Para nosotros, su cercanía representó un desafío enormemente beneficioso. Digamos que luego de su paso por nuestra escuelita, el trabajo que realizábamos se extendió rápidamente a todas las escuelas públicas del país. Su desempeño en México no fue fácil, pero ella terminó imponiendo su amor al oficio que la hizo célebre".

En México, Gabriela se dedicó de lleno a trabajar: a ella se debe el sistema básico de enseñanza de las primeras letras en comunidades del campo y marginales, hoy extendido a toda América; así como la creación de la Escuela Nocturna para los trabajadores y la organización de escuelas ambulantes, que ideara Vasconcelos con tanto acierto. En varios de sus escritos, que publica en Santiago a partir de 1922, comenta la reforma educacional misionera creada al alero de la Revolución mexicana. Debemos anotar que algunos de sus textos a México conforman parte especialísima y muy delicada de su obra capital. Toca los más diversos temas y en especial estos referidos a la reforma educacional, que por sí solos pueden ser contenidos en un volumen aparte. Aquí solo podemos trabajar con una breve selección. La Mistral escribe en Las misiones rurales:
"La secretaría de Agricultura de México publica un semanario popular, "La Tierra", que es repartido gratuitamente a los campesinos y a las escuelas. Su tiraje es de cien mil ejemplares; consta de veinte páginas llenas de divulgación agrícola. Publica, además, un Boletín mensual, destinado a las personas de mayor cultura, sobre las mismas materias. Mensualmente también, edita cinco folletos de especialización, acerca del cultivo científico de las plantas textiles, forrajeras, de tinte, etc.

Diariamente la Secretaria lanza una hoja, que yo leo todas las mañanas, sobre la dotación de ejidos a los pueblos. El ejido, como se sabe, es la propiedad rural del indio. Tiene su origen en disposiciones reales que dispusieron la entrega de predios a los naturales. La independencia, aunque parezca ironía, fue poco a poco anulando la justicia que hacían los Virreyes mismos... Mestizos audaces, hallaron medios "legales" de expropiar estas tierras. El Gobierno del Presidente Obregón ha restaurado la justicia colonial.

Día a día el Ministerio de Agricultura informa, pues, sobre qué pueblo, del lejano Yucatán, de California o Tehuantepec, ha recibido en una masa de ciento o quinientos campesinos, la devolución de su suelo. La misma cotidiana circular enumera las cooperativas agrícolas que se forman en cada aldea.

Aparte de esta propaganda activísima, considerándola teórica, la misma Secretaría acaba de crear las llamadas Misiones rurales.

Las misiones rurales son el éxito más evidente de la obra de Vasconcelos y lo más sabio de su organización.

¡Curiosa composición de misiones! Los profesores son una parte solamente: la faena educativa es un trabajo humano amplio, que debe abrirse a los hombres de las diversas actividades. Como una sala cerrada, el problema educacional se ha viciado de puro especialísimo, de contar con los hombres unilaterales de un solo oficio. Vasconcelos habló muchas veces del "envenenamiento pedagógico", de la debilidad que comienza en el organismo nutrido por el alimento único...

Son, pues, las misiones de una hermosa heterogeneidad: la Directora, una enfermera, tres maestros primarios, cuatro carpinteros, algunos albañiles, un agrónomo, una modista, una profesora de economía doméstica, el especialista de una pequeña industria... van a fijarse en los pueblos indígenas durante dos meses. Enseñan a los indios a hacer sus casas con procedimientos modernos; les demuestran las excelencias del cultivo intenso del suelo; viven, comen, en común con ellos y les obligan a aceptar la mesa, el servicio, la comida española; los instruyen en medicina casera y les enseñan a leer en el plazo anotado.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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