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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Palabras iniciales (segunda parte)




Como no hay esa muralla épica de nuestra cordillera, que disminuye el horizonte, este cielo mexicano es vastísimo. Las nubes son dilatadas y ligeras y tienen como mayor movilidad, como menor espesura que las de nuestro cielo del Sur. Tejen allá arriba un universo fantástico que yo suelo seguir una tarde entera desde la azotea de mi casa. Son juegos graciosos e infinitos. Es un avance hacia la mitad del cielo, y que termina con esa lluvia de todas las tardes.

No he visto muchas noches despejadas. Al revés de lo que pasa en nuestra zona, estas noches vendrán con el invierno...

Mi fiesta cotidiana es la de la luz de la meseta. En los primeros días fue para mi una especie de éxtasis ardiente que sucedía al éxtasis del mar. Aunque entrecerraba mis ojos la luz por su crudeza, yo la recibía como debieron hacerlo los aztecas, místicamente. Era la compañera de mi infancia, perdida tantos años y que vuelve a jugar conmigo...

El valle en que nací la tiene semejante, y yo le debo mi rica sangre, mi férvido corazón. Mis años de tierra fría fueron un largo castigo para estos ojos, los acostumbrados a beberla y a vivir de ella, como se vive del sustento. La he recuperado aunque sea por un tiempo y dejo que me riegue largamente. No querría perderla ni una sola mañana. Canta en mi pecho y en mis venas. La estoy alabando siempre, con una exaltación que no pueden explicarse las gentes mexicanas que nunca conocieron la tristeza desolada de la tierra austral.

Yo he apreciado aquí en todo su valor la importancia de una temperatura privilegiada. Solía decir en Punta Arenas que su horrible frío era una desventaja moral: me hacía egoísta; vivía yo preocupada de mi estufa y de mi carne entumecida... En La Habana viví cuatro días exclusivamente ocupada de matar el calor, de disminuirlo siquiera, con mala fortuna, por cierto. En México puedo ocuparme de todo y no sólo de mi misma. La actividad no se resiente como piensan algunos por la dulzura del clima; para los pobres que no tienen ninguna forma de felicidad mundana, se me ocurre que este solo clima suavísimo debe serles una forma de dicha. Corrijo, sin embargo, mi pensamiento: los que han nacido aquí no pueden sentir en esto lo extraordinario que yo encuentro, y que llega a producirme ventura.

De la dulzura de las cumbres y del cielo bajan los ojos a la del Valle. Esta palabra valle la adopto sólo por respeto a la geografía oficial. El Anahuac no es lo que nosotros llamamos en Chile un valle. Le sobra extensión para ello: es más bien un llano dilatadísimo, de una línea horizontal casi perfecta.

Es un paisaje suavísimo, como un juego delicado de las arcillas que durante siglos las vertientes de las montañas han ido depositando. En torno de la ciudad de México hay campos, campos extensos, cubiertos de pastos y de árboles aislados, grandes fresnos, graciosos chopos y huejotes (árboles muy parecidos a nuestro esbelto álamo). Todos estos árboles me hacen recordar los de Corot, elegantes y sobrios como figuras humanas.

No es nuestro campo quebrado, con hondonadas donde los matorrales dan una ilusión de grutas sombrías y frescas. La planicie es perfecta y la luz lo baña todo. Los solares rurales están separados unos de otros por líneas extensas de magueyes, la planta característica de la región, la cual merece que yo, mala descriptora siempre, procure sin embargo describirla, porque vale el esfuerzo...

El Maguey parece una exhalación de la tierra, un ancho suspiro, basto como un surco. Todo él está hecho de fuerza en la reciedumbre de las hojas inmensas y de las puntas zarpadas.

Suelo sentir las plantas como emociones de la tierra: las margaritas son sus sueños de inocencia; los jazmines son un agudo deseo de perfección. Los magueyes son versos de fortaleza, estrofas heroicas.

Nacen y viven a flor de tierra, mejilla contra mejilla con el surco; no se elevan rectos como el cirio del órgano; caen hacia los lados para acariciar la gleba con una caricia filial.

Carece el maguey de ese tallo inferior, espiritualización de la planta, que le hace más criatura del aire que del suelo y que le da la idealidad que pone el largo cuello en la mujer. ¡Es toda la planta como una copa dura y potente, donde puede caber el rocío que baja sobre toda la llanura en una noche!

El ardor no le deja cuajarse aquel verde joven, matiz de enternecimiento, que tienen las hierbas. Su color es un amoratado que en los atardeceres se adensa. Dominan entonces en el paisaje mexicano esta mancha morada de los plantíos de magueyes y ese como derramamiento de violetas de las montañas lejanas.

El maguey es para el indio como la palmera para el árabe, fuentes de dones innumerables. Sus hojas inmensas pueden hacer la techumbre de su casa; sus fibras le dan dos formas de servicio; el hilo duro con que teje esa red de color de miel que el indio lleva sobre la espalda y que entrega las jarcias más recias, y esa otra hebra delicada que es la seda artificial.

Da, además, con la herida que puede hacerse en su corazón, el aguamiel, que cuaja en una azúcar cándida...

Este es, simplificadísimo, el paisaje del Valle de México: suma suavidad y también suma sobriedad. Hay que salir de la meseta, según me aseguran, para encontrar el paisaje agrio y exuberante".

Octavio Paz, Premio Nobel de México, en "El Pan, la Sal y la Piedra", dice:
"Hoy se lee poco a Gabriela Mistral, su obra no padece en el purgatorio de la literatura, sino en su limbo. Este olvido es un signo, uno más, de la frágil memoria histórica de los hispanoamericanos. La poesía de Gabriela Mistral es un manantial que brota entre rocas adustas en un alto paisaje frío, pero calentado por un sol poderoso; olvidarla es olvidar una de nuestras fuentes. Más que una falta de cultura, es un pecado espiritual. Pero las quejas y las imprecaciones son vanas. Recordar, solamente que, entre los escritores hispanoamericanos que vivieron en México en los primeros años de la década de 1920, invitados por José Vasconcelos, entonces Ministro de Educación de la joven revolución mexicana, Gabriela Mistral fue la figura más destacada. La otra gran figura, Haya de la Torre, pertenece al mundo de la política. La presencia de Gabriela Mistral en la patria de sor Juana Inés de la Cruz fue, más que una coincidencia, una verdadera rima histórica y literaria: son las dos grandes poetisas de nuestras tierras. Mejor dicho de la lengua española, pues Santa Teresa es notable por su prosa y Rosalía Castro es, sobre todo, una poetisa gallega”, termina Paz.

La Mistral ya instalada trabajando en México, contribuyó decididamente a la reforma de la educación que implantaba José Vasconcelos, y que luego había de extenderse a toda América; esta experiencia, como lo narra ella en "El Mercurio", era inédita. Luego de conocer la Escuela Francisco I. Madero, escribe:
"Empiezo a dar mis impresiones de la enseñanza en México con la más pobre de todas las escuelas, con la que encontré más desnuda en mi primera visita, y a la que he visto crecer bajo mis ojos, en dos meses, por una de esas maravillas que sólo hace el espíritu, que no podrá hacer nunca sino el espíritu.

Para llegar hasta ella el automóvil me hizo atravesar el barrio (o rumbo, como aquí se dice) más abandonado y feo de la gran ciudad; puro arrabal, casas de obreros y de trabajadores, semejantes a aquellas otras en que nosotros arrojamos a morir a nuestro pueblo obrero. Al entrar en la escuela mi primer pensamiento fue mezquino: "¿Para qué traerán a ver un colegio tan pobre a una extranjera?" Porque es de estilo en estos casos en muchas partes, mostrar a los visitantes los grandes colegios de parquets brillantes y de aulas decoradas.

Pero el pensamiento maligno desapareció en cuanto yo llegué al primer patio. Una multitud de niños, de pobrecitos, desarrapados, hacia labores de huerto: regaban, removían la tierra, desmalezaban, entre un rumor jubiloso de colmena de octubre. Fui acercándome desorientada primero. Una hora después mi estado de alma era un respeto y un fervor religioso por lo que estaba viendo. Tenía delante de mí realizada en tierra mexicana la escuela que soñó León Tolstoi y que ha hecho Tagore en la India: la racional escuela primaria agrícola, que debiera formar el ochenta por ciento de los colegios en nuestros países, sueño mío ella desde hace quince años.

El maestro que me guiaba iba apoyándose en su azadón. Le pregunté de qué Escuela Normal tenía título, para rastrear la fuente de un espíritu extraordinario en el gremio pedagógico, por su sentido práctico. Supe que salió de una Normal, a poco de haber entrado, lleno de desencanto. Ha sido un bien. Las Normales suelen entregar excelentes educadores. Yo cuento entre mis amigos de Chile y México algunos de ellos; pero son excepciones, tardías, distanciadísimas excepciones; la regla es que caracteriza a estos colegios una congestión libresca, que dan a sus alumnos una vanidad intelectual enorme que puede verse en el hecho de que el normalista chileno considera una injuria que se le dé un nombramiento de escuela rural y, si llega a ésta, vive al margen de la población campesina, desdeñando a ese pueblo del cual viene siempre, y al cual está destinado.

Caracteriza a los estudiantes de pedagogía el concepto un poco infantil de que el aprendizaje de las biografías de todos los maestros de verdad, los Pestalozzi, los Froebel, significan alguna adquisición efectiva, siendo que lo único necesario es que la lectura de estas biografías los encienda de apostolado y les dé el espíritu heroico que ha sido el de esos hombres, y sin el cual una cultura -pedagógica, filosófica, científica en general- no les servirá sino para ser lucida en un discurso de aniversario...

—¿Cómo hizo usted esta escuela, compañero? -fui preguntándole.
Estábamos sentados delante de una mesa rústica y yo compartía la comida frugal del hombre tolstoiano.
Y fue contándome la formación de su Escuela Granja, con la sencillez con que nuestros campesinos cuentan la poda de sus árboles.

—Este terreno -empezó diciéndome-, formaba el parque "Francisco Madero", enteramente abandonado y que si de algo servía, era de sitio de bacanales populares en los días festivos, de borracheras y riñas de la infeliz población aglomerada en torno.

La Sección de Desayunos Escolares que sostiene el Gobierno, enviaba aquí diariamente a su jefe, señorita Elena Torres, para hacer el reparto en la Escuela Primaria que daba al parque. Fue suya la idea de solicitar el gran terreno baldío a la autoridad y destinar las dos hectáreas a una Escuela-Granja, que sería el primer ensayo de esta índole hecho en la enseñanza primaria de México.

Se obtuvo la concesión. Afortunadamente, mis jefes me dejaron en entera libertad de acción; no se me fijaron programas; no se me ataron las manos con reglamentos.
Un día empecé a cultivar una parcela en el centro del terreno, y dije a los niños solamente que hicieran lo que yo fuera haciendo.
Ellos verificaron el reparto del suelo en pequeñas secciones y se las distribuyeron. No les di lecciones previas de agricultura, porque no creo en la enseñanza teórica, sino como cosa paralela con la práctica y a veces como posterior a ella.

Se fue poblando la tierra eriaza y fea de las pequeñas manchas verdes de hortaliza. Había que ver con qué ardor trabajaban mis pequeñitos agricultores, siempre con mi vigilancia, pero sin mi ayuda, para enardecerlos de esfuerzos. No he querido matarles la alegría ingenua de que descubran ellos, de que se sientan menudos creadores...

Vino la cosecha. La hizo cada uno por separado en su parcela.

Yo envié algunos niños a invitar al Ministro de Educación para que la viera. Y aquí comienzan las numerosas incidencias gratas que han ido levantando la escuelita pobre, creándole el prestigio y la simpatía.

Los niños pedían inútilmente una entrevista con el atareado funcionario. Cuando el señor Vasconcelos supo de qué se trataba, los hizo pasar, entre el asombro consiguiente de los empleados subalternos. Vino a la escuela, vio la cosecha y desenterró algunos betabeles (remolachas). Y este hombre, que tiene un ojo tan agudo para mirar lo que en la enseñanza es corteza pintada y muerta y lo que es verdad viva, tuvo una mañana de alegría y comprendió lo que de allí iba a nacer.

Yo dejé que cada uno de los niños se fuera al mercado con su liviana cosecha. Volvieron descontentos a contarme que los revendedores les habían pagado muy mal las legumbres, les habían dicho que no les convenía perder tiempo en adquirir lotes tan insignificantes.

Dedujeron ellos mismos que necesitaban asociarse y encomendar a uno solo la venta total. Dedujeron, además, que no toda la semilla empleada había sido de buena calidad y que deberían comprarla selecta. El mismo día se fundó la cooperativa para adquirir semilla y se nombró el encargado de la venta. Se crearon también un Banco minúsculo y una Caja de Ahorros. Las utilidades se distribuirían de este modo: un tercio para el agricultor; un tercio para la adquisición de útiles y otro para la Caja de Ahorros, hasta capitalizar cinco pesos (veinte pesos chilenos), con lo cual adquiriría un traje cada uno de los pobrecitos campesinos.

Cuando después de tres cosechas varios niños pudieron comprar calzado y ropa, y los efectos de la organización, fueron apreciados por ellos mismos sin necesidad de que se les hiciese una lección sobre el asunto, el entusiasmo fue tal que tuve a mi alrededor un clamoreo de peticiones de tierra y la escuela aumentó su matrícula espléndidamente.

Les dije que había de conseguir esa tierra con ellos, dando a conocer la escuela: irían ellos a cada uno de los periódicos y traerían a los reporteros a ver lo conseguido y no a oír disertaciones interesadas... Se buscaría la ayuda de los Jefes del Ministerio, en ausencia del licenciado Vasconcelos. Se traería aquí a los miembros de las sociedades agronómicas. Les aseguré, que todo vendría, desde las herramientas hasta los terrenos. Y es que conozco a mi raza. Sé que todo está en convencerla con la visión directa del bien que se hace y que hay un descontento muy grande hacia la vieja escuela primaria, que se nos hizo retórica y perdió el sentido de la realidad, descontento que sólo espera ver surgir una cosa diferente y verdadera para reemplazar lo que ha fracasado.

Hasta aquí llegó mi primera conversación con el maestro Arturo Oropeza. Ya empezaba la campaña de la prensa. Cada día yo iba leyendo uno y otro artículo y sentía un placer muy grande por la comprensión de este pueblo hacia el oscuro maestro del arrabal...

El coronel Rojas llega un día en busca de los niños a ofrecerles el terreno colindante: cinco hectáreas casi baldías, donde pastaban unos cuantos caballos. Fue enorme el asombro de los campesinitos. Ya no tendrían la parcela de diez metros, que recorrían varias veces en la mañana con su azadón y sus manos... Pero ahora se necesitaban tantos útiles de labranza y tanta semilla, que el Banco Cooperativo iría a la quiebra.

El Ministro de Agricultura, señor don Ramón De Negri, vino a sacarlos de la confusión: fue el segundo Rey Mago. Su Ministerio ha entregado a la Escuela Francisco I. Madero una dotación completa de maquinaria agrícola, vacas para un establo que ya se construye, gusanos de seda, colmenas y algunos técnicos que guíen a los niños.

Una visita de los profesores norteamericanos que hacían en este tiempo curso de español en la Universidad de México, significó a la Escuela el pequeño capital para la adquisición de una imprenta. Como todo organismo espiritual, necesitaba este la palabra múltiple para la propaganda. Empezó a publicarse "El Niño Agricultor". Quincenalmente aparece la publicación de la cual tengo a mucha honra ser colaboradora, y que los chicos vocean en las calles. Toda la vida de la escuela se cuenta allí; las experiencias de los campesinos, como se siembran y se cultivan las parcelas, breves y graciosas monografías de plantas, el movimiento de fondos, las visitas que se reciben, hasta los fracasos de los agricultores que riegan mal... Está desde el editorial minúsculo hasta la diminuta crónica, escrita por los muchachos.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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