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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Palabras iniciales




Gabriela Mistral fue una criatura errante. Sirvió a Chile en el extranjero, haciendo mejores los pueblos donde llegó. Aquí se habla de su trabajo en México a partir de 1920, cuando es invitada a integrarse con los maestros de la entonces joven Revolución mexicana. Después escribirá: "Nada de la patria me faltó, y si la patria fuese protección pudorosa, delicadísima, México fuera patria mía también".

Fragmentos de esta investigación acerca de Gabriela Mistral fueron publicados en revista Vogue y UnoMásUno de México. Los escritos de la Nobel chilena dedicados a México aquí incluidos en forma parcial o versión completa, según se presentan, corresponden a una selección de lo que ella escribió del país: el total conforma parte de un caudal inédito aún, que custodia la Biblioteca del Congreso, Washington D.C. Debo agradecer a las personas que accedieron a compartirnos su vivencia dando cauce al material inédito consultado para esta investigación, en especial a su albacea Doris Dana. Con la maestra María Dolores "Lolita" Arriaga, que fue una de sus más cercanas amigas y a quien la Mistral dedica uno de sus Recados, gracias a su ayuda reconstruimos un episodio muy delicado ocurrido en Francia e Italia cuando la Nobel presidía el Instituto Cinematográfico Educativo enviada por la Liga de las Naciones, hoy Naciones Unidas. Al igual que "Lolita" Arriaga, la maestra Palma Guillén, secretaria durante muchos años de la Nobel, nos permitió consultar las referencias en su poder. También agradezco los recuerdos de los escritores chilenos Luis Humberto Casanueva y María Urzúa, que fue su secretaria en Petrópolis, Brasil, donde ocurrió el suceso desgraciado que dejó a la Mistral definitivamente sola. Debo agradecer la disposición siempre atenta del maestro Federico Hernández Serrano, director del Museo de la Ciudad de México, que fue amigo de la Nobel chilena; así como a los escritores Elías Nandino y Juan José Arreola, con quienes viví momentos de buena comunión cuando la recordaban. La maestra Elena Torres, de gentileza enorme, nos compartió cuando la Mistral se integró a trabajar con ellos en la escuela Francisco I. Madero del D.F. El profesor Rubén Vizcaíno Valencia, que ha sido director de Extensión Cultural de la Universidad Autónoma de Baja California Norte, nos rememora cuando en Veracruz durante su juventud fue chofer de la Mistral durante la última estancia de la escritora en México. Asimismo doy gracias a las maestras Emma Godoy y Guadalupe "Pita" Amor, dos de sus amigas que aquí nos comparten sus recuerdos. Debo decir que la maestra Godoy, cuando fui a hablar con ella, me dio copias de diversos recortes periodísticos, incluso algunas escritos “brotados de mi memoria de Gabriela", y que fueron de gran utilidad para rescatar estos sucesos. Con "Pita" Amor, en cambio, tuve diversas oportunidades para que nos compartiera sus recuerdos de una época en que, siendo ella compañera de Pablo Neruda que vivía entonces en México, cuando la Mistral debió ser rescatada desde altamar y decidió permanecer un tiempo en Veracruz, donde llegó a visitarla con Neruda, que fue su discípulo, y la encontraron en compañía de Diego Rivera, Frida Kahlo, Alfonso Reyes, José Vasconcelos... los maestros de México. También aquí hemos intentado rescatar aspectos del quehacer diario de la Mistral que solucionaba problemas de comunidades enteras con su sola firma, no dejando nunca de predicar que la solución a los problemas del mundo estaba en el buen cumplimiento del oficio. Nada más. Ahora este escrito es del lector, para quien, en fin, se ha conjurado. (WVF)

Primera parte

Cuando Gabriela Mistral llega a México a comienzos de la década de 1920, en antiguas fotos rescatadas la vemos rodeada por maestros de la entonces joven Revolución Mexicana de 1910: José Vasconcelos, Antonio Caso, Carlos Pellicer, Palma Guillén, Roberto Montenegro, Alberto Vázquez del Mercado, Francisco del Río, Manuel Gómez Marín, Julio Torri, Pedro Henríquez Ureña... o en la Escuela Francisco I. Madero del D.F. rodeada de las maestras Elena Torres, María Dolores “Lolita” Arriaga, Palma Guillén… con quienes recorrió el país. Se la ve junto al maestro Alfonso Reyes o rodeada por sus alumnos y las gentes de Cuautla de Jiménez en Oaxaca; luego dirá: “En México siempre aprendí más de lo que pude enseñar”. En 1990, en su elogio a la Mistral llamado “El Pan, la Sal y la Piedra”, Octavio Paz escribiría: “La presencia de Gabriela Mistral en la patria de sor Juana Inés de la Cruz fue, más que una coincidencia, una verdadera rima histórica y literaria: son las dos grandes poetisas de nuestras tierras. Mejor dicho de la lengua española.” 

A los 33 años, cuando Gabriela Mistral abandona Chile y decide francamente vivir errante, hasta "morir en tierra extraña de muerte callada y extranjera", su poesía ya se había difundido en México. En especial sus rondas y versos, para exaltar las virtudes infantiles, además de esos, sus sentidos sonetos a la muerte como dadora de vida: de inmediato sus raíces le crecían donde llegaba, le brotaban con pasmosa facilidad. Hasta entonces fue una maestra rural del campo chileno empeñada en una lucha quijotesca, única: enseñar las primeras letras a cuantos se pudiera, lo que era, sin ella haberlo palpado, el alma misma que inflamaba ese gran aliento que era entonces la joven revolución mexicana. Así es: al llegar a México se encontró con muchos maestros que practicaban su quehacer solitario del sur.

A comienzos del siglo XX nuestros países de América estaban sumidos en el analfabetismo; sólo a partir de la revolución mexicana se iniciaron las campañas masivas para acabar con el flagelo, hasta entonces enfrentado solo por mentes preclaras como la de Mistral, que en México se inundó de "tremenda hermosura". Volvería muchas veces y nunca dejaría de sentirse encantada en el país, que la acogió de inmediato. A ella en México la conforta esa "sencillez absoluta, una sencillez afectuosa que es la virtud más rara de encontrar... Alabé a Dios y bendije con todo mi corazón a esta tierra ajena que me da semejante paz”. Para ella, México no era un país, era un destino, era un clima y un panorama que la hizo feliz.

Gabriela Mistral nació en la aldea de Montegrande del Valle del Elqui, al norte de Chile, el 7 de abril de 1889. Se convierte en un personaje de la cultura chilena a partir de 1914, cuando le otorgan a sus "Sonetos de la muerte" el Premio Literario de los Juegos Florales de Santiago, que revela sin dudas su presencia colosal. Desde un comienzo ella nombra sin temor a la muerte, en un continente en que los escritores se refieren a ella sólo en susurros. Porque este desenfado, este sentido de familiaridad con que el mexicano trata a la muerte, esta suerte burlona, esta conformación singularísima de los pueblos más antiguos de la tierra, a la Mistral le era también natural. O sea, desde antes, existía en ella ese carácter de confianza con el más allá. Cuando llega escribe Sé que también amaré a la muerte, que pertenece, por derecho propio, a esa cierta intimidad que unió a esta mujer con el alma mágica del pueblo mexicano. Es cuando asegura, y acierta:

"No creo, no, que he de perderme tras la muerte.
¿Por qué me habrías henchido Tú, 
si había de ser vaciada y quedar como las cañas exprimidas?
¿Para qué derramarías la luz cada mañana sobre mis sienes y mi corazón,
si no fueras a recogerme como se recoge el racimo negro,
melificado al Sol, cuando ya media el otoño?
Ni fría ni desmorada me parece, como a los otros, la muerte.
Paréceme más bien un ardor, un tremendo ardor,
que desgaja y desmenuza las carnes,
para despeñarnos caudalosamente el alma.
Duro, ocre, sumo el abrazo de la muerte.
Es Tu amor, es Tu terrible Amor. ¡Oh Dios!”

El lazo afectuoso con México lo inició ella epistolarmente, cuando, a los quince años, le escribe a Amado Alonso y a Alfonso Reyes, a quienes envía sus modestas primeras publicaciones en los periódicos del Valle del Elqui; los escritores de inmediato la apoyan, difundiendo su obra sin obstáculos. En 1922 recibe una invitación para trabajar en el país.

Le escribe el reformador José Vasconcelos:
Si yo siguiera diciéndole todo lo que México siente y todo lo que espera de usted, no terminaría nunca: Usted misma va a mirar otras cosas que tal vez nosotros no hemos visto y usted no se sentirá cohibida para decirnos su pensamiento, porque por encima de sus sentimientos, de su cortesía, están sus deberes de maestra que dice la verdad conforme a su limpio corazón”.

Antes de llegar, ella tenía amigos en el país. Así, luego de ejercer su ministerio en aldeas del norte de Chile y en los poblados más extremos del Sur, luego de una lucha quijotesca por enseñar las primeras letras en los villorrios de la cordillera y de la costa chilena, siendo directora de un liceo de niñas en el propio Santiago, decide dejar todo atrás, y ya no volverá sino en fugaces oportunidades. Explica:
A Chile le sirvo tanto o más fuera que adentro”.

Llega a México destinada a cumplir labores educacionales, pero irá, si es posible, más lejos aún: se empapa del país, de las personas, de la naturaleza vegetal; lo transita en trenes de locomotora a vapor, silenciosa, entre los revolucionarios, recorre los campos en carreta tirada por caballos y se va quedando en los pueblos, sube como en peregrinación a las comunidades altas de Oaxaca. No tenía horror al vértigo y cruza el país en los primeros aeroplanos, henchida de luz de la Alta Meseta, plena del color verde de las secretas profundidades del Norte de América.

La Mistral fue una criatura vagabunda, que tiene muchas patrias adoptivas, nunca interesada por crear un hogar definitivo. Así, llega a México tal cual llegaba a un pueblo más, con sobriedad, envuelta en largas vestimentas, con una valija frágil de efectos personales y un baúl repleto de libros, lápices y papeles.

Contribuyó decididamente a la reforma de la educación que implantaba Vasconcelos, y que luego había de extenderse a toda América. Esta experiencia, como lo narra ella, era inédita. Y se entregó a su trabajo por entero. Se le debe, en especial, la redacción de muchas nuevas modalidades, tal como la Ley de Jubilaciones de los Maestros rurales, luego comprendida y adoptada por el resto de nuestros países latinoamericanos.

En magnífica errancia vivirá en una decena de países, a los que retornaba una y otra vez. En cinco visitas, en México vivió poco menos de una década. A comienzos de 1922 escribe (para "El Mercurio" de Santiago de Chile):
"Este paisaje del Valle de México es cosa tan nueva para mis ojos, que me desconcierta, aunque el desconcierto está lleno de maravillamiento. Yo he vivido muchos años en paisajes de montañas; pero de montañas agrias, en ese que yo he llamado paisaje hebreo por la terquedad y la grandeza hosca.

También aquí me ciñe un abrazo de montes; pero, ¡qué diversos! La meseta del Anahuac tiene, como se sabe, una altura media de 1.800 metros sobre el nivel del mar. Sus cumbres, el Popocatépetl, el Iztaccihuatl y el Ajusco se elevan sobre ella, más no dan esa impresión de formidable muro, que es nuestra cordillera en Santiago: están aisladas, y su altura de más de 5.000 metros, queda así muy disminuida, vista desde la meseta. Son cumbres dulcísimas, de una línea depurada, como hecha por la mano de Donatello. Muy dulces. Nos levantan sobre la meseta faldas anchas y poderosas.

Varias líneas de lomajes y cerros velan sus asientos y aparecen solamente las cumbres buriladas contra el azul. Es la palabra, buriladas. El Dios que hizo estas montañas no es el Jehová potente, ni siquiera el Dios cuya mano enérgica amasó Rodin; este es un Dios que hace su tierra con dedo acariciante, y yo he recordado, mirando esta naturaleza, el elogio que Anatole France hiciera del paisaje de Florencia. No me dan la visión de cordillera ni de la gran Sierra que ellas son; me parecen estas montañas obras de arte, en vez de creaciones de la feroz naturaleza.

La que más amo es el Iztaccihuatl, o sea, La Mujer Blanca. Línea a línea, es una mujer tendida y vuelta al cielo. Tiene una elevación como de pierna recogida, y otra menor que simula el pecho. La blancura de su nieve eterna (aquí lo de eterna es verdad) aumenta la visión deleitosa.

Mi casa de Mixcoac (alrededores de México) queda frente a ella. La saludo al abrir mis ventanas como a mi diosa tutelar. Cuando no tiene su espesa superposición de nubes, ¡qué dulces suben de ella las mañanas!

El cielo de México es maravilloso. Generalmente está límpido, en las primeras horas del día; pero mantiene siempre las nubes en los bordes del horizonte, descansando sobre su línea de cumbres.

A medida que avanza el día, el cerco blanco se va subiendo al fin, se estrecha y se oscurece y empieza la lluvia de todas las tardes.

Es una lluvia ligera y breve. Ella es el eco debilitado de tempestades lejanas. Deben ser las tempestades hermosísimas y terribles en la línea de las montañas. Alcanzan al centro del valle sólo sus ecos, sus ecos.

La lluvia cotidiana es una de las bendiciones de Dios para esta tierra. Aunque jamás se siente en la meseta un calor intenso, es necesaria y deliciosa a la par. Hacia las seis o siete de la tarde ya ha cesado, y sube la exhalación de la tierra, en un vaho de frescura. Se hizo la desecación de los lagos que rodean a México. Según algunos, la desecación era natural y solamente se apresuró. La arena que vino a cubrir una gran extensión de terreno, vuela sobre la ciudad en un polvo menudo que esta lluvia aplaca, devolviendo al horizonte la nitidez que tiene y que es para mí el mejor atributo del paisaje. Dije que el cielo era maravilloso. No le he visto aún las tardes ricas de color de que me hablan los mexicanos, y que vienen con el invierno. La hermosura del cielo es para mí la de su infinita extensión y la de sus anchos juegos de nubes.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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