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La poesía de Nandino

En la poesía de Nandino, "la soledad y el desamparo que vive el hombre de este siglo XX son parte misma de su obra y del amor que él siente por el hombre" (Arturo Molina García en "Elías Nandino, cerca de todo quehacer poético"). Hay en su poesía una búsqueda constante de libertad, un afán de alas, un deseo de trascender del mundo físico y penetrar en otros mundos, en otras realidades del yo-interior. Y no oculta su lucha. Siempre notamos sus recursos idiomáticos y un incesante quehacer para traducir con exactitud de palabras las dubitaciones de su alma. Su literatura "es densa de contenido, de saludables morbideces formales, sin las aristas, a veces excesivas de la poesía castellana de nuestro tiempo. Apegado a los más venerables ritmos del renacimiento, sin rebeldías innecesarias, sin ademanes desorbitados, con entera conciencia de su oficio..." (Octavio Corbalán, en "El centavo").

En "La poesía en México", Salvador Reyes Navares afirma que "Nandino es uno de los poetas más consistentes de México. Más auténticos también. Su larga trayectoria es una amplia curva, que conserva una intacta congruencia interior, sin rupturas consigo mismo, sin vacilaciones en el ritmo. Nandino es poeta vital y -acaso por lo mismo- es también un poeta de la muerte. Poeta de la muerte en el más amplio sentido de esta expresión. Es un hombre corroído por el ansia de inmortalidad, como diría Unamuno, pero provisto además de un gran denuedo interior. Nandino -se le nota- es terriblemente escéptico. Sin embargo, no es un desesperado. Habla de la muerte con la pasión de todo hombre auténtico, pero la asume con una valentía sin alardes. Con una entereza que no llega nunca a ser patética. Que por ello mismo, se aproxima muchas veces al tono clásico. Al tono justo. Al equilibrio irreprochable". En "La poética de Elías Nandino", Alfredo Hurtado afirma que su obra "se remansa en paciente espera de exégesis".

—Maestro Elías, ¿qué opinión le merece la crítica literaria?

—Creo que ante la superabundancia de libros nacionales y extranjeros, es deficiente y hasta imposible. También en muchos parece parcial. En cuanto a mí, la conspiración del silencio siempre me estimuló a trabajar, aunque de tiempo acá soy muy recordado, pero no por esto dejo de advertir que se necesita una crítica justa, especialmente con los escritores jóvenes; desinflar los inflados y ayudar a los que lo merecen. Sabemos que hoy el éxito, las más de las veces, nace de la publicidad, y sabemos que el fracaso de muchos que valen, se debe al silencio de los que los condenan. 

—¿Qué piensa de las técnicas literarias?

—En mis tiempos, la "Retórica" de Campillo era indispensable. Excepto los poemas a mi hermanita, todos los poemas que escribí después eran medidos y con rimas o asonancias. Fue en 1928 en el D.F. cuando el estridentismo estaba en boga, que la Universidad Nacional publicó mi primer libro: "Espiral", en el que me inicié en el verso libre. Sin embargo, después seguí escribiendo tanto verso libre como sonetos. Debo decir que hay poesía que sólo se acomoda en versos rimados y medidos. Yo así lo siento, y por eso en 1970 publiqué "Eternidad del polvo" en décimas y sonetos de ocho sílabas. Sin embargo, ahora, en mi recientemente publicado "Erotismo al rojo blanco" recurro a la poesía libre, porque así era necesario. Yo creo que la preceptiva literaria ayuda a que aprendamos a dominar el lenguaje y a la vez, también, a controlar el poema y a no dispersarnos. Creo que a muchos escritores los auxiliaría la teoría literaria, cuando menos -en un principio- los privaría del derroche de palabras tan abundante, y todavía más, los ayudaría a realizar la parte medular del poema. En mi caso particular, creo que saqué provecho con los sacrificios de la rima, la medida y los acentos, porque me obligaron a la búsqueda del lenguaje preciso, y a resolver en pocas palabras el concepto de cada décima o en cada soneto.

—¿Basándose en qué elementos usted cree que un escritor se hace? ¿Cree usted que a través del tiempo el escritor -en cuanto a "hacedor"- se va transformando?

—Sí. Creo que el escritor puede "transformarse" o "hacerse" a fuerza de trabajo, de escribir y de leer. La lectura no sólo nos enseña, sino a la vez nos descubre. Mas pienso también que es necesario traer ingénitamente un impulso o anhelo natural de crear. Si se tiene éste, todo lo que se aprenda hará crecer la facultad natural. Las universidades pueden enseñar literatura, pero nunca a crear, a poetizar. En el estudio algunos se reconocerán y encontrarán casi instintivamente la facilidad para crear, pero, si la vocación no es innata, resultará con el estudio un buen escritor, pero sin secreto creador y sin el poder de comunicación. Por mi experiencia en el taller literario, he encontrado asistentes que, para inscribirse, me llevan una muestra de lo que han escrito. Esta orientación ya me hace ver si hay imaginación, si hay hondura, entonces yo duplico mi interés por orientarlo. Si el aspirante, a mi entender psicológico, me parece diletante o un curioso por ver lo que puede hacer, también los recibo, examino sus trabajos algún tiempo y casi siempre él mismo deja de asistir. En mis alumnos, mi mejor deseo es hacer que tengan pasión verdadera por lo que hacen, que se vea una positiva entrega de ellos a lo que trabajan, y a la vez una curiosidad y una necesidad de superarse.

—¿Cómo enseña a sus discípulos en el taller literario? 

—De antemano yo sé que no puedo enseñarles a hacer poesía o narrativa, pero sí puedo provocarles para que aumenten sus intentos por avanzar. Yo nunca les corrijo. Sólo les sugiero. Les marco lo inexpresivo, lo innecesario, los pleonasmos, las cacofonías o los errores de sintaxis. Pero nunca les cambio sentido a su significación, ni jamás me gusta herir su susceptibilidad. Les induzco siempre a que digan algo, a que sus trabajos no sean un elogio al lenguaje o mero preciosismo; que cada verso o renglón diga o se encamine a lo que ellos tratan de expresar. Les hago notar los ripios de metáforas, imágenes, que nada más las incrustan para que luzca el poema, pero que no tienen participación activa. Nunca me gusta hacer lecturas críticas con los demás alumnos hasta que no creo ya medio maduro el trabajo original. Los jóvenes son muy susceptibles y cualquier ironía o burla hacia sus trabajos, los destruye. Por otra parte, las críticas en grupo son nocivas porque cada uno da su opinión sobre un verso o sobre algún párrafo, y luego otro habla de otro verso u otro párrafo y así sucesivamente, de boca en boca es mordisqueado el texto y, si el interesado les hace caso, humillado corrige y se da cuenta de que ya su texto, con tantas mutilaciones, no es su texto; y si no corrige y las deja como las escribió, él mismo ve su trabajo inseguro, defectuoso, y acaba por perderle el interés.

—¿Quién, entonces, debe corregir al alumno?

—Por supuesto que el maestro, la corrección debe hacerla uno, pero leyendo el texto delante del alumno, lejos de los demás; enseñando a cada uno por separado en un momento que se debe buscar. Hay que hacer observaciones, sugerencias, adjetivaciones, pero sin herir lo medular del original. Me preguntaste además sobre la base de qué elementos un escritor se hace. Yo creo que la combinación que puede resultar del "no nacer escritor" y el "hacerse escritor", dará en resumen una literatura falsa, sin autenticidad, fría, quizás bien escrita pero momificada. Además, todos sabemos que el que nace escritor también tiene que hacerse. El que nació ya con el carisma, ahora le toca cultivarlo, acrecerlo, profundizarlo hacia afuera y hacia adentro. Nacer escritor es una responsabilidad que nos da el destino. Por lo mismo hay que cumplirlo, escribir sin descanso como el buen labrador cumple cultivando la tierra”.

Elías Nandino es, en medio de sus tormentos y la noche, un hombre en busca de asidero, de un algo inmediato y redentor, que se hace esperar y lo obliga a apretarse consigo mismo, a refugiarse entre sus propios brazos, que lo obliga a descansar en su propio hombro. La soledad del creador lo acompaña y en silencio testifica su gran amor al mundo que lo circunda, canta a su sincera humanidad, uno de sus principios y el mejor y más alto ejemplo que deja en sus lectores. Su trabajo ha sido modelo dócil y sumiso que, sin embargo, jamás se rinde; como la calma del agua constante que horada la roca, porque desde su rincón, modestamente, descubrió el secreto que abre la puerta que da acceso al Olimpo. Y esto, quizás ni el mismo lo sepa, pues aunque su sabiduría es antigua, está más abocada al cientificismo que lo hace exclamar, como uno de los Karamazov de Dostoievski: "Yo no creo en Dios... pero creeré". Actitud que nos hace percibir una muralla sutil entre su obra y Aquél que no se nombra. Le pregunto qué ha buscado a través de su trabajo, le pregunto si le ha sido revelado el secreto de la poesía, y nos dice:
-¿Qué es poesía?. Ni los mismos poetas saben definirla. Cada uno la siente y la expresa de manera distinta, con preocupaciones diversas o en afanes individuales. Ninguno sabe qué es la poesía, pero separadamente la busca, la intuye, la inventa, sueña... El poeta es un ser extraño que nació en este planeta no sólo para vivir, sino a la vez para indagar por qué y para qué se vive. Su reacción ante lo desconocido es rebelde, no sumisa; anhela, busca desentrañar el misterio. Desde luego, cada poeta trae su preocupación, el aguijón de su duda, la curiosidad mística, avérnica, profética... todos los poetas buscamos por caminos distintos las mismas verdades, el develar los mismos secretos, las realizaciones de las mismas esperanzas, pero todos -te digo "todos"- llegamos a la muerte con las manos vacías. ¿Qué es entonces la poesía?. Es la culminación de esas búsquedas, de estos titubeos, de estas reflexiones hechas durante siglos de siglos. Es, en suma, el conjunto de los gritos muertos de todos los poetas que han buscado la verdad de su origen y la razón de su vida.

—Usted ha afirmado que su poesía es usted.

—Desde luego: mi poesía soy yo. La siento que me nace y me habita como otra fuerza ajena, diferente a mi vida, que me obliga a crearla pensando con mi propio pensamiento. Me la explico como fuerza ingénita, como memoria de especie, como reverberación intuitiva, como un estado naciente y continuado de aventuras lejanas que anhelan despertar en mi memoria. Parece que no vivo mi vida, sino que la recuerdo. Por eso escribo. Porque el hombre tiene la facultad de reproducir las ideas concebidas, y para reproducirlas es necesario retenerlas; ese objeto de reproducirlas es recordar. La memoria es una facultad y el recuerdo un estado, éste en que vivo. Por eso, dice así mi epitafio: "En la soledad obscura de los párpados cerrados de este pozo, están guardados los restos de mi figura. Es todo lo que perdura de mi carne enardecida que, por arder sin medida, expiró, y me dio la suerte de no morir de mi muerte, a mí me mató la vida".
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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