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El sentimiento erótico de la vida en Nandino




El sentimiento erótico de la vida en Nandino proviene de algunas antiguas escuelas de oriente: aquellas que usan en su formación los conocimientos del Yoga Tántrico, una sabiduría secreta que busca al Innombrable a través del uso del cuerpo físico. Elías Nandino concibe al Universo como una dualidad: lo que se sueña y lo que se vive, y que tiene su punto de encuentro en una unidad evolutiva. Aunque su posición es de que el hombre es el centro de todo, el espacio de este universo dinámico, reconoce que en verdad sólo somos una mínima parte constitutiva. El ve al hombre como a una rítmica reproducción del latido que anida en el misterio. Este pálpito que corre desde el exterior al interior, esta fuerza que mantiene la continuidad es Aquél que no se nombra: "Dios es eternidad y su presencia abarca desde el cielo a mi conciencia, y El es Todo, y yo parte de su vida". "Dudo mi Dios, y sin embargo creo con los hondos abismos de mi mente: que existe tu poder omnipotente en todo lo invisible y lo que veo" (de "10 sonetos a Dios").

En toda su obra parece flotar una primera conciencia que impone una medida a las cosas, una marcha al Universo: "Todo lo que al nacer pulsa existencia y cumple su destino y se deshace, queda en el aire, como esencia y ritmo del temblor inmortal, que impulsa sin descanso la evolución total del Universo" (de "Círculo eterno"). El delata en sus libros una férrea creencia en la unidad de lo viviente. De tanto ir rodando nuestra soledad un día sobreviene la muerte, y vamos a fundir finalmente nuestra esencia en el gran círculo universal, que es el arribo a nuestra verdadera identidad: "Tierra voraz, oscuro hogar bendito donde el dolor se apaga: yo quiero reposar bajo tus sábanas de secretas ternuras germinales y, así cual la semilla que se oculta en tus húmedas tinieblas, resurge transformada ya en la serena beatitud de un árbol o en el fugaz instante de una rosa, renacer de tu entraña y subir el peldaño que en la escala de vidas mi evolución alcance. Porque vengo de ti, soy lodo en trance, y a fuerza de vivir y de morir, ha de llegar a definir mi esencia para ser en el cosmos vida eterna" (de "Nostalgia de tierra").

En su obra, me conmueve su angustiada referencia a ciertos tormentos que le afligen. Desde sus primeros poemas, desde sus primeras hondas noches, Nandino cuestiona su reino que parece lleno de sombras por la repetida soledad, que en el poeta más que otra cosa es un estado del alma. El es un gran solitario, pero entiéndase, no hablo de soledad física, porque está siempre rodeado de sus discípulos, aquí se trata del hado que aparta del mundo al artista, en un proceso muy delicado que a él atormenta, como a un enfermo de mal íntimo que agobia ansiosamente, que lo hacen retraerse como a las olas el mar, y como el mar, vuelve. Nunca desiste, no cae, a pesar de todo jamás está vencido; en alguna hendidura él encuentra una fuga de claridad, por algún laberinto en su vida se filtra la luz. Entonces, su soledad no es absoluta, la turba su iluminado mundo interior que está ahí, a flor de piel, plagado de referencias táctiles que -en su primera época- incluso desasosiegan. Es porque el seso de su trabajo es íntimamente emotivo, gracias a lo cual rescata para nosotros, tangiblemente, muchas cosas que no podemos tocar. El mismo dice que “la poesía se escribe no con palabras, sino con sueños. Porque los poemas no se escriben, se dibujan”. Por eso, toda su abrumadora visión no es más que la piel de una sábana que molesta "a la solitaria estatua que me alberga". Su canto es también cierta esperanza en trascender; de haber sido y poder ser. Esperanza no-asentada en la fe, sino en las ganas de creer: "Como que ya fui antes de nacer. Como que un día en alguna parte, en otro sitio o quizás en otro mundo tuve existencia en diferente cuerpo, con otro nombre y con la misma angustia" (de "Nocturna palabra"). Le pregunto por las motivaciones que le decidieron en su primera época literaria, y dice:
-Recuerdo que leía los poemas que estaban en los libros de lectura de mis años de infancia. Declamaba versos a instancias de mis maestros para las fiestas de fin de año escolar o para las fiestas patrias. Pero entonces no comprendía por qué ni para qué se escribían poemas. Tenía 14 años cuando terminé el sexto grado. Un condiscípulo me prestó un librito de rimas de Gustavo Adolfo Bécquer: fue la primera vez que entendí y gocé los poemas. A los pocos meses mi hermana consentida enfermó de gravedad y después de una agonía desesperada de cinco días, murió. Yo presencié todo. A su muerte fui a mi recámara, en que había un Cristo de bulto; me puse frente a El y lo interpelé acusándolo de asesino...

Pasé lo más crudo de la Revolución de 1910 en mi tierra, Jalisco, en la que entraban tropas revolucionarias un día y al otro los federales. Una vez me salí de la casa del sacerdote donde estábamos escondidos con mi familia y muchas familias más, por temor a los desmanes de los rebeldes y de la soldadesca; yo me dirigí a la plaza con la intención de comprar cañas, cuando al entrar al cuadro del parque me encontré -colgados de las ramas gruesas y tendidas de los tabachines- a más de veinticinco ahorcados, con las lenguas fuera y unas caras de inmóvil desesperación. Por entre los árboles, verdaderamente transido de miedo, me fui por el lado del kiosco justo cuando el capitán daba la orden de "apunten: fuego". Yo vi el brinco que echó un fusilado cuando cayó boca arriba como queriendo volar. El capitán le dio el tiro de gracia. Yo estaba paralizado y, como pude, me fui yendo hasta la bocacalle para irme a la casa del sacerdote que estaba a cuadra y media. Llegué, y mi madre, al verme tan pálido y asustado, me dio un pedazo de azúcar con alcohol y me llevó a descansar a una cama. Así es como conocí la muerte. Aunque la de mi hermanita fue otra cosa: me dolía en cuerpo y alma. Cuando ella murió, muchos días anduve por las orillas del pueblo como queriendo irme...

Un día, al atardecer, me fui al potrero de "Los coyotes", que era de mi padre, y ahí, echado de bruces bajo un tempisque y sobre unas piedras lajas me puse a pensar, saqué un cuaderno de mi mochila y empecé a escribir: "Hermanita te pregunto..." Escribí muchos poemas que no supe al final qué se hicieron. Pasados unos meses tuve una novia, se llamaba Sara, y empecé a escribir mi libro "Canciones". En esos días llegó un amigo mío, Luis Sánchez, que estudiaba en el Seminario y que iba a pasar vacaciones de Semana Santa. Le enseñé los poemas que le había escrito a mi hermanita y los de "Canciones", y me dijo: "¡A como dé lugar, tú tienes que irte a Guadalajara a estudiar preparatoria". Precisamente, a los pocos días, nos fuimos juntos en la diligencia, muy temprano porque el lucero de la mañana ya se despegaba del horizonte; íbamos a la estación "La Vega" a tomar el tren de Ameca que por ahí pasaba rumbo a Guadalajara. Mi equipaje era una maleta con la boca al medio que se cerraba con una larga cinta de zapatos".

A Elías Nandino se le ubica dentro del grupo de "Contemporáneos". Es el último poeta vivo de esa importante generación literaria. Afirma el crítico literario José Luis Martínez que "Contemporáneos" está caracterizado por su preocupación exclusivamente literaria. Fue su lucha encarnizada ganar en hondura lo que antes se perdía en extensión, es decir, aprender a mirar en el fondo de nosotros mismos para captar los nimios movimientos de nuestra interioridad, sorprendiendo las vivas facetas de la idea, a fin de que el artista pueda llegar, sin escalas en las facultades despiertas, al subconsciente, dejando tranquilo al pensamiento, para que el ensueño se regocije con la campana, rosa, perfume, fiesta de las imágenes... mientras la cimbra desata la jauría de los instintos, por las veredas de la fantasía hipnotizada. "Contemporáneos" logra una sensibilidad afín, gracias al conocimiento de las letras francesas modernas: Marcel Proust, Stéphane Mallarmé, Paul Valèry, Jean Cocteau... fecundando también el espíritu de esta generación la poesía española posterior a Juan Ramón Jiménez, así como el numeroso mensaje de los escritores agrupados en torno a la "Revista de Occidente", espléndido crisol donde se funde, no ya la visión especular y serena de la pura teoría, de la reflexión intelectual, sino el palpitante arco iris de la existencia. El trato con otros autores como Thomas S. Eliot y Jules Supervielle, así como las obras de Rainer M. Rilke, que de una manera tan patética revelaron el descubrimiento de nuestra soledad en el mundo, completan el círculo de lecturas en el que esta generación nutrió sus ensueños. De este mundo interior procede, sin duda, el menosprecio que sintió "Contemporáneos" por las normas de la poética tradicional, que con sus rígidos principios rompía el ritmo constante de las imágenes. Ellos expresaron fielmente "sus visos imaginativos y sensuales, aunque para llegar a ello suprimieran los hitos de las lindes lógicas y los enlaces sintácticos, fuera de los cuales queda la masa informe, pero aromada, musical y luminosa, de la última y primera arcilla, del arjé primordial de la poesía" (Arturo Rivas Sáinz en "Fenomenología de lo poético"). Le pregunto al maestro Nandino cuáles han sido sus lecturas más importantes, y responde:
-Mis lecturas iniciales fueron muy pobres, tal vez las más importantes fueron las que hice de Bécquer, como te comenté. En mi primera época también leía a Manuel M. Flores y al entonces escritor de moda: Amado Nervo. Ya en Guadalajara leí todo lo básico de la literatura mexicana. Cuando conocí a los "Contemporáneos" seguía sus lecturas. La influencia mayor para mi creación, autocrítica y conocimiento de lo poético, lo recibí de Paul Valèry. En un principio mi poesía la basaba en mi gran impulso lírico, que después sofrené al leer a Rimbaud, Baudelaire y los de la Escuela francesa. Hasta 1947, las influencias que yo mismo me descubrí fueron las de Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y la inevitable de Xavier Villaurrutia, con el que fuimos amigos inseparables durante veintiséis años, casi sin dejarnos de ver diariamente. El conmigo se humanizó acompañándome a los hospitales -ya sabes que soy médico-cirujano, y compartiendo muchas veces mis apuros de tiempo para escribir poesía entre las operaciones quirúrgicas. Todo el cuerpo médico del Hospital Juárez le tenía gran admiración y simpatía. Xavier asistía a nuestras comidas mensuales llevadas a cabo en el mismo nosocomio; en una de ellas nos leyó su traducción del "Discurso a los cirujanos" de Valèry. Muchas fueron las veces en que se quedaba a acompañarme en mis guardias quincenales y él, que se desmayaba cuando veía sangre, y también huía de los ciegos porque los consideraba de mal agüero, después de sus frecuentes acercamientos a la verdad del dolor humano, cambió por completo, y se tomaba muy a pecho mis angustias profesionales. Andábamos juntos todos los días. Fuimos compañeros de angustias emocionales y mutuamente nos aconsejábamos. Compartíamos hasta los cuerpos amados. Fue la suya una amistad única, la más grande de mi vida. No fue influencia la nuestra, sino contagio mental. No lo vi morir. Esa vez yo fui a Córdoba donde estaba invitado con Carlos Pellicer, Roberto Montenegro y muchos más. Xavier Villaurrutia también estaba invitado pero no fue. Allá supe la noticia. Como fue el 24 de diciembre al amanecer del 25, no salió en la prensa, y nos enteramos cuando ya lo habían bajado a la tierra...

—¿En el medio literario, usted frecuentaba el trato comunitario o se desenvolvía más bien en forma aislada?

—En mi caso, siempre ha sido necesaria la relación con otros escritores. En Guadalajara hicimos un grupo de cinco o seis que publicamos primero un suplemento que llamamos "La sombra de Nervo", y que después titulamos "Bohemia". Una vez en México D.F., me uní al grupo sin grupo y no me di del todo a las actividades que desarrollaban porque yo estudiaba medicina. No obstante, comía con ellos en reuniones mensuales en Sanborn’s, o asistía a conferencias, teatros, exposiciones... las primeras lecturas de poemas como "Muerte sin fin" y "Nocturno Rosa", se hicieron en mi consultorio de ocho y media a diez, donde a propósito nos reuníamos para escucharnos.

—Usted luego dejó el Distrito Federal...

—No tan luego. Lo dejé en 1972, y creo que dejarlo sí me sirvió. Y si salí de la capital fue porque ya no soportaba los grupos literarios; el maximato de los "dizque" grandes. Además ya me había cansado la conspiración del silencio. Y por mi edad -tenía 72 años- ya estaba muy minada mi habilidad y agilidad quirúrgicas. O sea, me ahogaba mi realidad y estaba perdiendo el anhelo de escribir. Al llegar a mi pueblo, Cocula, tuve un gran período de reflexión; escribí mi libro "Cerca de lo lejos" y tuve una especie de paz mental. Después de una vida borrascosa, entré a una resignada paz sexual, de recuperación poética, de perdón a mí mismo. Cuando estaba en ese estado nirvánico, fui invitado nuevamente a Guadalajara para dirigir el taller de literatura de Bellas Artes. Antes ya me habían llamado para imponerme en la capital la medalla "Netzahualcoyotl" y para ofrecer unos recitales que fueron filmados. Luego estuve en la "Casa del Lago" de Chapultepec y en la "Sala Manuel M. Ponce" del Palacio de Bellas Artes; en 1979 recibí algunos otros premios, y en seguida vino la invitación para ir a Cuba al "Carifesta" (Encuentro Anual Internacional de Poetas), con la representación de México, y por último mi participación en el Festival Internacional de Poesía, en Morelia... todo me llegó sin buscarlo. En realidad me sorprendió el interés que mi trabajo despertó. ¿Por qué esa recuperación? Yo no he pedido nada, no he movido un dedo para hacerme propaganda, y espontáneamente ahora me invitan para dar recitales en universidades de Estados Unidos y en otros países; me han concedido el Premio Nacional de Literatura... si no hubiera decidido dejar el D.F. quizás ya hasta me hubiera muerto de fastidio o de cansancio de la vida; pero todo cambió, soy feliz con mi taller de literatura, con mis alumnos que me rejuvenecen y que, enseñándoles, me enseñan juventud. He cumplido 83 años el pasado 19 de abril, ya entré a los 84. Mi salud buena en apariencia en la realidad se derrumba: ya me falla la audición, ya se me empiezan a apagar los ojos, pero nada me alarma. Mi larga reflexión sobre la muerte me ha convencido de la necesidad de morir ya que el hombre se completa hasta que se muere. Por supuesto, yo soy un gallo de pelea y espero morir en el ruedo.

—Usted ha conjugado su amor entre lo científico y el arte. ¿Cómo se dio en su vida esta simbiosis?

—Hacer la simbiosis de la medicina y la poesía me fue muy fácil. Es innumerable la cantidad de médicos que aquí y en todo el mundo han sido buenos médicos y buenos poetas. Están la medicina y la poesía completamente vinculadas porque las dos se ocupan de los seres humanos, tanto en lo corporal como en lo mental. Estos vínculos han aumentado con el psicoanálisis que ya las lleva hasta el campo espiritual y el onírico. Decir en cuál de las dos carreras he triunfado, me es sumamente difícil. Si la cirugía, que por mi edad no ejerzo, pudo durante el tiempo que la trabajé, hacerme vivir con holgura, en cambio, la poesía, que me ha sido imposible abandonar, me ha retribuido otros beneficios, porque ya todo el mundo sabe que no apoya la economía de nadie; en todo caso, el triunfo que podría tener como poeta, será efectivo, o no será, sólo hasta después de mi muerte...

Además yo no creo en la inmortalidad del poeta, pero sí en la de la poesía. Es debido a esto que el poeta tiene la obligación de trabajar en una actividad diferente al cultivo de las letras, para cubrir las necesidades de su vida y, a la vez, robarle sus horas de descanso, las más que pueda, para darlas a su creación poética. Claro, no se puede ser un vago ni evadir responsabilidades por la poesía. Muy al contrario: el cumplimiento de nuestros deberes nos dará la satisfacción y la euforia necesaria para trabajar nuestros poemas, ya que la poesía se piensa y se acumula en el pensamiento durante las fatigas de nuestras ocupaciones.

Mi acervo íntimo creció en los hospitales, en el "Juárez" y en casi once años de trabajar como jefe del Servicio Médico Quirúrgico de la Penitenciaría del Distrito Federal, la famosa "Lecumberri", donde vi el infierno en vida; la promiscuidad más horrenda la conocí en ella y tuve que curar sus estragos. En "Lecumberri" pasaban los hechos más extraños que el honor del criminal sella con el silencio. Todo eso está en mi poesía, y con ella mi propia vida. Ahora, a esta edad, todo ha cambiado; mi poesía es el reflejo de lo que vivo ahora: una existencia reflexiva y apaciguadora".

Así es que el estilo en la obra de Elías Nandino es producto, a la manera de Rilke, del trabajo, la jerarquía y el oficio. Su literatura es el producto de largos cuidados y copiosa multitud de intentos, reanudaciones, eliminaciones y preferencias. En su misma poesía encontramos el ideal estético que desea:

Quiero letras de luz, agua de lluvia,
desnudeces de flor,
para este anhelo de querer decir
lo nunca dicho,
lo que siento y vivo
más allá de mi cuerpo y en mi cuerpo.

Casi en la cima o en la sima acaso
pretendo todavía
encontrar mi palabra más palabra,
la más sencilla, la de roce de agua,
la que pronuncia el aire
cuando aspira el aroma de los bosques,
la que dicen los ríos al ir de viaje
al seno de los mares,
o la que apenas nace,
en el instante mismo
de las miradas que al pasar se miran.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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