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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Elias Nandino




"Antes me quemaba sobre los cuerpos ardientes.
Ahora me quemo sobre mis ardientes recuerdos,
y en este infierno en ruinas aún estoy creando mi poesía".

¿Qué significa exactamente el popular término "poesía mexicana"?. ¿Aquella escrita por mexicanos o la poesía que refleja el espíritu, realidad e inspiración del carácter que encierra el nombre "México"?. Un idioma común a las gentes de nuestra América y España hace dudosa tal excusa de mexicanidad. Quizás "El laberinto de la soledad", de Octavio Paz, sea una muy mexicana tentativa de atrapar en un ensayo el espíritu de un pueblo, tan mágicamente retratado en la prosa del maestro Juan Rulfo. Sin embargo una de las características que ubican a ambos escritores frente a la crítica internacional es la personalidad definidísima de sus obras respectivas, que no encuentra paralelo entre sus contemporáneos. O sea, debemos concluir que su diferencia en relación con los otros escritores del país es lo que los hace "tan" mexicanos. Entonces, Rulfo y Paz -cada uno en su línea creativa- le confieren un sello a lo que se escribe en México no por similitud; y la diferencia que es su personalísima visión artística los hermana con los grandes artistas de nuestra época, siempre sumergiéndose en la marea de la cual brota majestuosa nuestra lengua castellana, nuestros propios contemporáneos, que en verdad somos todos los que vivimos no negando la realidad de una tradición ni la inspiración de comportamiento de los pueblos, sino que a través del hálito del artista, afirmar que al arte lo guía un espíritu universal, que en la temática literaria aborda en su inspiración temas que tienen que ver con todos nosotros. 

Y si hay un poeta en México que logró este rescate del hálito, ese poeta es Elías Nandino. Cuya obra "es canto de una conciencia desolada que, en medio de una noche interminable, interroga al dolor del mundo. Y no encuentra sino el eco de su duda." (Según "Poesía en movimiento", ed. Siglo XXI, p.312. Autores: Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis).

Lo que refleja Elías Nandino es el eco de la rica generación de escritores que se inició a fines del siglo XIX en Latinoamérica; aquella generación que insinúa que no hay una poesía venezolana, mexicana o chilena, sino que hay una poesía universal. Una tradición universal y un estilo poético que asevera que nuestras historias literarias nacionales son tan artificiales como nuestras fronteras políticas. Por eso, el trabajo de Rulfo, Paz o Nandino es cómplice de algo más alto, forma parte de una valía más alta: la del arte de escribir en lengua castellana.

Lo primero que me conmovió al conocer la obra de Elías Nandino, fue la sinceridad que recorre cada página. Y eso es lo que uno siente al estar frente al poeta: su carácter sincero, su calidez, y un sentimiento de ternura que envuelve todo lo que está a su alrededor. Le he visto varias veces en la Ciudad de México, donde nos presentó un amigo común, el maestro teatral Xavier Rojas; y dos veces le he visitado allá en Cocula, en los altos de Jalisco, donde vive y enseña a vivir. Porque la vida es el gran tema de su obra. Nandino redime con su poesía la huella de los dolores que en su vida han dejado las tempestades morales. En el prólogo a uno de sus libros, Xavier Villaurrutia lo retrata así:
"Ya lo imagino, el día más pensado, desprenderse de sí mismo y con precauciones infinitas, lúcido y frío, auscultar su propio tronco ardiente, seguir las intermitencias de su corazón, poner al descubierto las capas profundas de la tierra de su cuerpo, y explorar las antiguas cavernas del pecho para extraer, de los complicados repliegues de la red de los nervios, los ligeros pájaros y los seres marinos que el hombre ha ido ocultando en el hombre" (año 1934, fragmento).

Existe en la obra de Nandino una profunda raíz romántica, lo que se advierte en sus esencias constantes: solemnidad, dolor, intimidad, angustia pasional y color. Un romanticismo que en sus primeros años asimila y se enriquece con la incertidumbre que adelanta y retrocede, que desciende y se desvía, que en su madurez se nutre de inquietud y rectifica, para resurgir del cambio de piel con la mirada lúcida y revestido de la más iluminada seriedad. El sabe que el sendero auténtico corre hacia nuestro interior, hombre-adentro, por eso es un verdadero poeta romántico, lo que también delata en su concepción del universo, en su idea de Aquél que no se nombra:
-"Yo creo en Dios más el cerebro duda, porque falta el impulso de la idea, al imponerse la febril tarea de darle forma a la verdad desnuda. En vano acecha y el silencio anuda el espasmo de luz que merodea, porque el semblante que su afán moldea ungido en sombras su contorno escuda. Una crisis de llanto detenido se coagula en mis ojos, y decido matar impulsos y volverme ciego, pero en el fondo de mi propia vida, por dentro, con mi voz enmudecida, converso a solas con el Dios que niego" (en el Soneto 10 de su libro "Naufragio de la duda").

—Maestro Elías, ¿cuál ha sido su principal fuente de inspiración, y con cuál poema suyo se siente ahora más identificado?

—Eros ha sido mi fuente de inspiración. Ya me ocupara de Dios, de los astros, de la vida, de la muerte, del amor, del dolor o de la dicha, en todo yo veía la fiebre de mi lirismo erótico. Un Cristo en la cruz, un San Sebastián herido, el botón de una flor, un moribundo, un potro que corriera libre en el campo o una estrella que me viera desde el cielo, valían para mí según la intensidad que les diera mi erotismo en vilo. Goethe decía: "Cuando escribas algo, hazlo siempre con lo que sepas". Yo lo único que sé de la vida es lo sexual. He nacido con el siglo XX, y ahora casi al final no puedo hacer el amor físico... pero sí lo puedo hacer con la mirada. Me preguntas por un poema que me identifique, y yo creo que toda la obra debe identificar el trabajo de un escritor, pero al parecer lo que queda en la vida son resabios, partes de las cosas, jirones de emociones; tengo un poema llamado "Fue tal mi apego", que dice así:

No me importa
cómo juzguen mi vida
yo traté de vivirla
haciendo estrictamente
lo que ella apetecía.
No hubo deseo
tentación o capricho
que no lo realizara
con eficaz esmero.
Y fuera lo que fuera
al tiempo de cumplirlo
lo transformé en ensueño.
Por ella fui lascivo
y no he dejado puro
ni un poro de mi cuerpo.
Fue tal mi apego
a los desmanes
de su carnal orgía,
que a mis ochenta y dos años
de su infierno en ruinas
aún estoy creando mi poesía.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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