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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Tepoztlan (segunda parte)




Esto puede a simple vista parecer fantasioso, pero las narraciones que hace Ruzo mientras vemos las rocas talladas nos parecen racionales: si uno ve los tallados y le oye explicarlos, es creíble. En la meseta de Marcahuasi, en el Perú, el mismo Ruzo descubrió, a 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, representaciones talladas en pórfido diorítico blanco de dos personajes que llevan escafandras idénticas a la utilizada por la efigie que se encuentra en Tepoztlán. Vemos el material fotográfico y nos parece una excepcional coincidencia. Dice Ruzo: “La mitología y las leyendas de los diversos pueblos del planeta no son sino una sola. Todas provienen de la misma raíz. A medida que avanzan los descubrimientos arqueológicos, nos damos cuenta de que los mitos son falsos sólo en su expresión textual, pero verdaderos en lo que quieren decir. La mitología fue una expresión de todos los conocimientos espirituales, mágicos y físicos de una humanidad desaparecida y que ha llegado incompleta y desfigurada hasta nosotros. La existencia de un continente formado por islas, el cual se hundió en el seno del Atlántico a causa de una terrible catástrofe, ha sido suficientemente probada por múltiples investigadores. Su relación con Tepoztlán, centro del antiquísimo México, país atlante que barrido por olas formidables no desapareció bajo las aguas, es clara; la hallamos incluso en su nombre. Varios científicos mexicanos y otros extranjeros, como Bancroft, han dictaminado que los toltecas comenzaron sus migraciones desde un punto de partida llamado Aztlán o Atlán. Este no puede ser otro que Atlantis o Atlántida. El hogar original de los nahuatlacas era también Aztlán. Los aztecas afirmaban por su parte haber venido originalmente de Aztlán. Su nombre, aztecas, es derivado de Aztlán. En el Popol Vuh de los Mayas se habla asimismo de Aztlán y de que estaba ubicado hacia el Este. Esta leyenda apunta hacia el Oriente, es decir, hacia el Océano Atlántico, como punto de origen de estas razas. Quizá sea por eso que la gran mayoría de los templos prehispánicos, al igual que las iglesias católicas construidas sobre ellos, estén orientados en esa dirección. En Tepoztlán, casi todas las iglesias y capillas están orientadas hacia el Este. Por lo demás, las palabras Atlas y Atlántico no tienen una etimología satisfactoria en ningún lenguaje europeo, no son griegas y no se les puede asociar con ningún idioma conocido del Viejo Mundo. Sin embargo, en el idioma náhuatl, que hablaban los tlahuicas de Tepoztlán, hallamos inmediatamente el radical atl, que significa agua, guerra y la punta de la cabeza. De ahí parten una serie de palabras como atlán -a la orilla o en medio del agua- de donde viene el adjetivo Atlántico. También tenemos atlaca, que quiere decir combatir o agonizar; también significa lanzar o arrojar desde el agua, y en pasado forma la palabra Atlaz. Desde la desaparición de la Atlántida, sus vestigios, como los que encontramos en Tepoztlán, son escasos y se hallan muy erosionados. Por otra parte, las teorías simplistas acerca del origen del hombre civilizado, preconizadas por las universidades que desean hacernos creer que durante cuarenta mil años fuimos "primitivos" y en siete mil años llegamos a la luna, hacen difícil la propagación y la investigación adecuadas de esta fascinante cuestión, que es la respuesta a una pregunta crucial: ¿Está nuestra civilización también destinada a desaparecer?”.

En sus Comentarios, Platón nos habla clara e inequívocamente sobre la historia de la Atlántida, tal y como le fue narrada a su antepasado Solón cuando éste visitó Egipto, 600 años antes de la era cristiana. Los sacerdotes egipcios de Sais hablaron así a Solón: "Ustedes no tienen antigüedad en su historia y no tienen historia de su antigüedad. Y he aquí el porqué de esto: Han habido, y habrán otra vez en el futuro, muchas destrucciones de la humanidad causadas por muchas razones. Los cuerpos celestes cambian sus cursos y causan una gran conflagración en la Tierra que ocurre a intervalos muy grandes de tiempo. Cuando los dioses purgan a la Tierra con un diluvio de agua, sólo permiten que se salven aquellos que carecen de intelecto y educación; así, la humanidad debe comenzar de nuevo como si fueran niños, sin ningún conocimiento de los tiempos pasados".

 




De Tepoztlán, también hemos conversado al respecto con el investigador mexicano doctor Octavio Barona, quien afirma que no es dudoso que las esculturas gigantescas protegidas por la vegetación sean vestigios de una civilización espléndida: “Con respecto a la cosmogonía de México, un documento mexicano ofrece valiosa información. Se trata del Códice Vaticano, que lleva el nombre de la biblioteca donde se encuentra, no sabemos porqué. Este consiste de cuatro cuadros simbólicos que representan a las cuatro edades del mundo anteriores a la nuestra. Fueron copiados en Cholula de un manuscrito antiquísimo y son acompañados por el comentario de Pedro de los Ríos, un monje dominico que, menos de cincuenta años después de la llegada de Hernán Cortés, se entregó por completo a la investigación de las tradiciones indígenas. Tradicionalmente nosotros sabemos que vivimos el quinto Sol, que terminará como el cuarto: destruido. Diversas leyendas de una misma catástrofe son recurrentes en América. Una simple comparación entre la leyenda que narra el Códice Vaticano y la historia del diluvio contenida en el libro Maya Popol Vuh llevan a una inevitable conclusión: ambas son únicamente dos versiones de un mismo evento. Fernando de Alva Ixtilxóchitl rescata así la leyenda tolteca sobre el diluvio:

"Encontramos en las historias de los toltecas que esta edad fue destruida por tremendos rayos y lluvias que cayeron del cielo, y toda la tierra, incluyendo las montañas más altas, fue cubierta y sumergida por las aguas; aquí, ellos agregaron otras fábulas sobre cómo los hombres se multiplicaron a partir de los pocos que sobrevivieron a la destrucción en un "toptlipetlócali", que significa "cofre cerrado" -termina el doctor Barona.La Cronología Tradicional, según la nombra Daniel Ruzo, ha permitido ubicar la historia de esas humanidades de la época anterior a la historia, como los constructores de Tepoztlán, y de las catástrofes que las hicieron desaparecer de la faz de la Tierra: “Hesíodo, en Grecia, habla de cuatro humanidades y denomina a la nuestra como la quinta. El Calendario Azteca las representa como cinco soles y hace especial énfasis, por la profusión de signos, en el modo en que desaparecieron. También en la Biblia cristiana está consignado el recuerdo de estas cinco humanidades y de los elementos que las destruyeron. La cronología tradicional está basada en la marcha retrógrada del Sol sobre la eclíptica y la división de esta línea en doce partes. Heredaron esa cronología todos los pueblos de nuestra quinta edad que corresponde al quinto Sol, utilizándola hasta ahora. El tiempo de cada edad o humanidad transcurre durante el recorrido del Sol por cuatro sectores zodiacales. Cada humanidad nace, vive y muere dentro de ese tiempo astronómico.

Cuatro humanidades han expresado su vida sobre nuestro planeta en cada vuelta del Sol sobre la eclíptica. Después de pasar delante de las doce constelaciones zodiacales, el Sol vuelve a ocupar la misma posición relativa con relación a ellas, dentro del espacio que, a enorme distancia, delimitan. La curva abierta que va trazando el Sol en las espirales de su recorrido por la eclíptica fue dividida tradicionalmente en 27,000 sectores. A cada humanidad correspondían 9,000 sectores. La proyección circular de la eclíptica quedó reducida en 4 por ciento: de 27,000 a 25,920 sectores o "años"; a cada humanidad corresponden 8,640 "años". Medida en años tópicos de 365.2422 días, la marcha eclíptica tiene aproximadamente 25,824 años. Es el número de años completos que dan las cifras que se han estudiado a través de la Kabalah en la Biblia cristiana. El tiempo de cada edad o humanidad es de 8,608 años solares. Estas tres cantidades (27,000, 25,920 y 25,824) y sus terceras partes corresponden a cada humanidad para existir: 9,000, 8,640 y 8,608 años. Si dividimos los 25,824 años que tarda el Sol en completar una vuelta en su eclíptica entre 12, nos da un resultado de 2,152 años. Este es el periodo de tiempo que tarda el Sol en pasar delante de la constelación zodiacal. Si una humanidad desaparece cada 8,608 años, aproximadamente, significa que ocupa un lapso de tiempo igual a cuatro signos del zodíaco. Es decir, existen tres puntos de ruptura en la proyección circular de la eclíptica, los cuales corresponden con el advenimiento de uno de los cuatro elementos: aire, tierra, fuego y agua (éste es el orden de los cuatro soles del Calendario Azteca y de las cuatro humanidades especificadas simbólicamente en la Biblia). Igual, con exactitud no podemos saber cuántas humanidades han sido necesarias para hacer posible la nuestra”.

El doctor Octavio Barona está de acuerdo con estas fechas: “La quinta humanidad es la nuestra. Está bien expresado en la Biblia: de Sem a Phaleg y de Phaleg a Abraham, dos periodos zodiacales, 4,304 años solares; de Abraham a Jesucristo un periodo zodiacal, 2,152 años; y de éste al quinto cataclismo que terminará con nosotros y nuestras obras, el cuarto y último periodo zodiacal de 2,152 años. En total, una edad de 8,608 años solares. Según los aztecas el centro de varios de sus monumentos y pinturas representa el quinto Sol, o sea nuestra quinta edad, rodeado de los cuatro soles anteriores; que terminará, como ellos, en una terrible catástrofe. De acuerdo con el Apocalipsis el aire será el elemento que presidirá nuestro cataclismo, comenzando así un nuevo paso de los cuatro elementos. Este ciclo, por haber comenzado 15 años antes del nacimiento de Jesucristo, finalizará aproximadamente el año 2,137. Esta fecha, según los estudios criptográficos, aparece repetidas veces en la obra profética de Nostradamus, oculta en sus exposiciones cronológicas. Estamos de acuerdo con Daniel Ruzo: se trata siempre del año 2,137 de nuestra era. Los cuatro Yugas indostanos representan, asimismo, las cinco humanidades. Se extienden, como ellas, sobre 20 periodos zodiacales, es decir, sobre el mismo tiempo. Se dividen en Satya Yuga, de ocho periodos zodiacales; Tetra Yuga, de seis periodos; Dwapara Yuga, de cuatro; y Kali Yuga, de dos periodos que terminan con el fin de Pisas en el año 2,137. Veinte periodos zodiacales que cubren 5 milenarios de 9,000 "años" o sectores de la eclíptica; 5 edades de 8,640 "años" de la proyección circular de esa curva o 5 humanidades de 8,608 años solares. Toda esta cronología basada en conocimientos astronómicos, fue heredada de la cuarta humanidad, la humanidad de los atlantes que se hundió en el mar, por hebreos, egipcios, caldeos, indostanos y en América por todas las culturas antiguas de México, Guatemala, Perú, Bolivia y Chile. En todos estos sitios existen esculturas protohistóricas, anteriores al diluvio. Lo que ocurre en Tepoztlán es que son las más numerosas en una área reducida del valle”.

He conversado en la Ciudad de México con Fernando Benítez, nuestro ilustre amigo autor de “La ruta de Cortés” y “Los indios de México”, entre otros libros memorables. Nos presentó en 1981, una amiga común: la fotógrafo norteamericana Nadine Markova. Y varias veces he recurrido a él. Le pido que me cuente como se dice a un lector amigo la historia de los cinco soles que tanto he oído nombrar. Dice él: “Hesíodo habla de cinco humanidades y la Piedra del Sol, que está en el Museo de Antropología, las representa grabadas en su monolito, un documento de piedra de veinticuatro toneladas. Otra piedra igual a esta se ha encontrado en Guatemala y una tercera en Bolivia, a orillas del lago Titicaca. El recuerdo de estas cinco humanidades tenía que estar consignado en la Biblia. No es difícil encontrar esas referencias y compararlas con los cinco soles del monumento azteca. Según la Biblia, la humanidad de los Ángeles cae en el cielo, es decir, en el aire: es el fin de la primera humanidad angélica. El primer Sol azteca está representado por Quetzalcóatl, dios del aire. Termina también ese primer sol o primera Edad por un cataclismo del aire: los hombres se convierten en monos. Los Hijos de Dios se unen a las Hijas de los Hombres y caen en la tierra. Termina así la segunda humanidad. El segundo Sol azteca está representado por Tezcatlipoca: la tiniebla de la Tierra es su morada. Es la segunda edad de los gigantes que caen en la Tierra: son devorados por los tigres. El primer versículo de la Biblia que se refiere a los Hijos de Dios se refiere también al pesar de Jehová por haber creado hombres en la Tierra (Génesis VI-6), y decide el Diluvio universal, “pero Noé halló favor a los ojos de Jehová” y continuó la estirpe por un hombre justo y su familia salvados de las aguas que inundaron el mundo. La tercera humanidad vive en el Paraíso. Adán y Eva simbolizan una humanidad. Es la humanidad adánica que termina por una catástrofe de fuego: la espada flamígera que se revuelve a todos lados. El tercer Sol está representado en el monumento mexicano por Tlaloc, dios de los infiernos y de la lluvia de fuego que destruye la tercera edad. La cuarta humanidad es la humanidad de los patriarcas entre Adán y Noé. Termina por un diluvio, un cataclismo del agua. Noé salva la semilla humana. El cuarto Sol, símbolo de la cuarta edad, está representado por la diosa Chalchiuhticue, esposa de Tlaloc y patrona de las aguas. La catástrofe es también para los mexicanos, un diluvio. El agua se derramó al derrumbarse el cielo y destruyó la cuarta edad. Este es el orden de los cuatro soles o edades, es decir de las cuatro últimas humanidades: aire, tierra, fuego y agua. La quinta humanidad es la nuestra. Según los aztecas el centro de su monumento representa el quinto Sol, o sea nuestra quinta edad, rodeado de los cuatro soles anteriores. Terminará, como ellos, por una terrible catástrofe. De acuerdo con el Apocalipsis el aire será el elemento que presidirá nuestro cataclismo comenzando así un nuevo paso de los cuatro elementos. La única explicación para esta identidad de las tradiciones de las cinco últimas humanidades de la Tierra, en México y en la Biblia hebrea, es que los pueblos antiguos de nuestra historia han heredado en todos los continentes fragmentos de la ciencia y de la historia de una humanidad anterior que pereció en el diluvio”.

Afirma el profesor Daniel Ruzo: “La Piedra del Sol, guardada en el Museo de Antropología e Historia de México, es, con la Biblia hebrea y con la gran Pirámide de Egipto, uno de los tres monumentos cronológicos más importantes de la humanidad. Es posible que sea muy anterior a los aztecas. De todas maneras, cincelada por ellos o no, es una copia en piedra de la más antigua cronología legada por la cuarta humanidad a todos los primeros pueblos de la quinta humanidad a la que pertenecemos. La exposición cronológica de la Piedra del Sol nos permite asegurar que los pueblos atlantes, y por lo tanto México, tuvieron la misma cronología de cinco humanidades que encontramos en los documentos de los semnas y los caldeos, los maostanos y los egipcios. Sabemos que esta tradición llegó hasta los griegos y la encontramos en Hesíodo, como dijimos. Las grandes catástrofes que se sucedieron al final del cuarto Sol, Cuarta Edad, o cuarta humanidad, provocaron el hundimiento de las islas del Atlántico. Esas islas unían a los atlantes de México con los del Norte de África y, al otro extremo del Mediterráneo, con los atlantes del Egipto protohistórico. No es extraño que encontremos en todas las etapas de este largo camino, que se prolonga hasta los Cárpatos de Europa y hasta los Andes de Sudamérica, las mismas tradiciones e iguales templos naturales. Los cantos que elevaban al cielo esas multitudes resuenan hasta hoy en el Valle Sagrado de los Faraones y en el Valle Sagrado de Tepoztlán. Los antiguos misterios hacen temblar las montañas de México y las que están sumergidas en el fondo del Atlántico. Así será mientras quede una roca marcada con el sello de esa Edad desaparecida, mientras los dioses egipcios no se borren totalmente en la montaña de Tebas, y mientras la luz del Sol haga girar sobre las rocas del Chalchi la misteriosa mirada de la estatua de piedra de Tepozteco”.

Desde el dormitorio que he ocupado cada vez que me alojo con los Fritszche veo perfectamente el tercer macizo de montañas, formadas por el Cerro de la Luz, en el que hay una pequeña pirámide, por sus estribaciones hacia el Norte, y por el Cerro del Viento, o de los Vientos, el más occidental. Delante de este cerro se levanta la estatua protohistórica del personaje principal de toda la comarca, Tepoztecatl o Tepozteco. Es una enorme roca, aparentemente de sesenta metros de altura, tallada totalmente por tres lados y unida al Cerro del Viento por el lado posterior. Siempre se ha titulado esta roca el Cerro del Hombre, o del Gigante, pero los vecinos se refieren al cerro como “la estatua de Tepozteco”. Entre ellos hay estudiosos que se ocupan de los símbolos que decoran las enormes superficies de su manto, y de la cabeza magnífica con las diferentes miradas que esta enorme escultura presenta según la hora del día y que acreditan el arte incomparable de los escultores que la tallaron para perpetuar el cerro "del hombre que bajó del cielo"; el es el "hijo del Dios del Viento" que ha bajado a la tierra. Es Tepozteco el hijo de Quetzalcoatl. Tiene seis fisonomías diferentes y se ha conservado durante más de diez mil años a pesar de bárbaros, el tiempo y de los elementos. Los escultores hicieron un trabajo tan perfecto que nadie puede negar que se trata de una obra humana de excepcional calidad. También cambian los símbolos tallados en el manto excepcional que lo cubre según las diferentes luces de las horas del día y de los meses del año. Uno piensa que la presencia enorme nos viene de una humanidad desaparecida que dominaba el espacio, tallaba las montañas y las decoraba con esculturas. Las miradas de Tepozteco, producidas una después de otra por las diferentes posiciones del Sol en el transcurso del día, se pasean por el Chalchi, cerro precioso. 

La base de la leyenda de Tepozteco, tejida en los últimos siglos sobre recuerdos incompletos de su realidad mitológica, es la siguiente: El hombre purificado nace siempre de una virgen. Después, resucita de entre los muertos. La repiten los pobladores de hoy: todas las notas aquí reunidas corren de boca en boca y siempre conservé la forma lo más textual posible. Igual no incluyo bibliografía porque ocuparía más páginas que el texto. La leyenda más difundida del nacimiento de Tepozteco la hemos indicado: este nace de una virgen, su madre encontró en el campo una minúscula piedra de Jade que guardó en su faja y con esto quedó embarazada. Después de la llegada de los españoles se une el mito del héroe a la tradición cristiana. Tepozteco protege a Tepoztlán siempre que lo celebren a él y a la Virgen de la Natividad en las fiestas anuales. Es el hijo de la Virgen, Patrona de Tepoztlán, hoy la Virgen de la Natividad. Vuelve así el mito a sus orígenes: la Virgen Madre es el símbolo de la fecundidad y del agua de las tinieblas. Sin intervención masculina da vida al héroe. Es la matriz del segundo nacimiento. La madre virgen y sus dos hermanas, princesas, estaban al cuidado de una anciana. Para evitar la deshonra pensaron matar al niño; lo arrojaron a un maguey, pero las espinas no le hicieron daño; a un hormiguero, pero las hormigas lo adornaron con flores; a una fuente, pero no se ahogó. Lo abandonaron. Un pescador lo encontró y lo llevó a casa de su señora. Ellos fueron sus abuelos. El pescador hizo para él un arco y una flecha y el niño traía aves para alimentar a sus protectores. Cuando vio que otros niños tenían huaraches (sandalias) pidió unas a su abuelo, quien le hizo un par de piel de conejo. Como las sandalias son dos esto une a Tepozteco con Ometochtli, "dos conejo", que es a la vez el nombre del dios que se venera cerca del cerro de la Luz, vecino a Tepozteco, y a la fecha náhuatl dos conejo. 

Se dice que en las inmediaciones vivía un gigante, Xochicalcatl, al que alimentaban sacrificando ancianos. El niño dijo a su abuelo: "yo iré en tu lugar a enfrentar el Xochicalcatl". El anciano respondió: "eres muy tierno y no puedes satisfacer su hambre; yo estoy viejo y debo morir luchando". El niño seguía con su idea: "pasaré a través de esta montaña y así veré si puedo pasar a través de las entrañas del gigante". Fue capaz de pasar de un lado a otro de la montaña Cuicuizacatlán. Llegado el momento, el niño indicó a su abuelo que se escondiera para que lo llevaran a él en su lugar y que observara el cielo hacia Cuernavaca: “Aparecerá una nube y si se conserva blanca indicará que estoy vivo pero si se vuelve negra indicará que estoy muerto”. Los soldados se llevaron al niño que iba recogiendo piedras diminutas de jade, cuchillitos pequeños muy filudos. Le preguntaban para qué eran y contestaba: "para jugar". 

Cuando lo vio el gigante dijo: "tu no me satisfaces ni para un bocado"; así no lo hizo hervir como lo hacía habitualmente con los ancianos y se lo tragó de un solo bocado. Y el niño se metió vivo en el gigante. Cuidó mucho de que no lo mordiera al pasar. Una vez dentro comenzó a cortarle al gigante los intestinos con sus piedritas filosas de jade. Con el dolor el gigante pidió más alimento y mientras iban a buscarlo el gigante murió y el niño salió de su estómago: encontraron al gigante protector muerto y con el estómago abierto. Los soldados corrieron en persecución del niño que había partido en dirección a Cuernavaca. Los abuelos, viendo la nube blanca, se regocijaron porque el niño no había muerto. La tradición de la vida de Tepozteco requeriría un libro entero. Luego de una vida plagada de historias heroicas, retorna a Tepoztlán. Trae un cofre que oculta el tesoro escondido y reposa en su forma tallada en la montaña misma tepozteca. La leyenda no era exactamente, hace quinientos años, a la llegada de los españoles, lo que fue en los lejanos orígenes; pero había conservado muchos datos importantes. La versión más moderna pretende hacer de la leyenda una historia posible. Olvida que solamente los cuentos fabulosos, con hazañas imposibles, pueden llegar a nosotros trasmitidos de boca a oreja, atravesando cientos de siglos, para entregarnos su realidad mítica, mucho más "científica" de lo que podían imaginar los antropólogos del siglo XX.

La noche cae sobre Tepoztlán. Minuto a minuto el familiar Chalchi se convierte en una sombra inerte que va cubriendo al tranquilo poblado. Sólo nos resta soñar con la caverna iniciática que oculta el cerro en sus profundidades... la aventura y la búsqueda continuarán por la ruta interior. Esta noche dormiré en la misma cama donde durmió Pablo Neruda, quizás su hálito profético de poeta aún permanece en los sitios donde estuvo y tendré un sueño plagado de imágenes que capaz me acerquen más al alma secreta de Tepoztlán. Antes de dormir tomo mi pequeña piedra de jade verde con forma de corazón, está siempre caliente a pesar de haber transcurrido muchos días desde que me fue asignada, y entonces mi corazón de jade lo uno a mi propio corazón de hombre, y así me duermo.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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