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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Tepoztlan




El hombre existe solamente
para que exista el superhombre


Pocos caminos permiten llegar a Tepoztlán. Al pueblo lo rodea un círculo natural de piedras mezcladas con ceniza volcánica que lo hacen casi infranqueable; en sus laderas se ven formaciones de rocas con curiosa fisonomía y profundos barrancos. Situado a una altura de 1790 metros sobre el nivel del mar, en época de lluvias una exuberante vegetación envuelve a la pequeña aldea; durante la sequía, el verde es cubierto por un manto amarillo dibujado con flores de colores. Sin embargo, la moderna autopista México-Cuernavaca hace muy cómodo el acceso al poblado. A sólo 86 kilómetros de Ciudad de México, y a 16 kilómetros de Cuernavaca, en el bello Estado de Morelos se encuentra esta aldea fuera del tiempo, incrustada en las alturas centrales de Mesoamérica esconde su belleza, protegida por indescifrados guardianes tallados en sus montañas de piedra trabajada de tradiciones y leyendas. Tepoztlán es única: en su valle se sitúa la cuna del héroe Tepoztecatl, hijo de Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl, la serpiente emplumada.

 




En 1983 fue mi primera visita a Tepoztlán, invitado por la Editorial KATUN a presentar el libro “La Infinita” de la escritora chilena Eugenia Echeverría; entonces viví la experiencia maravillosa de dirigirme al poblado Tepozteco a viva voz desde el Kiosco de la plaza principal del pueblo, para hablarles de la lejana literatura chilena. No fue cosa fácil capturar la atención de los vecinos presentes, sólo luego de mucho hablar, supe que lo había logrado cuando vi el rostro sonriente de la editora Consuelo Moreno, una de mis mecenas mexicanas. Mi segunda visita a Tepoztlán fue de la mano de mi amiga Morena Monteforte, inmortalizada su historia en la novela “En Donde Acaban los Caminos”, de su padre el destacado escritor guatemalteco Mario Monteforte Toledo, quien luego de ser exiliado de su natal Guatemala, y después de una errancia por países europeos, con su familia eligió México para vivir: Morena, con su bagaje Maya a cuestas se adaptó de inmediato al mundo mágico tepozteco. Publiqué entonces:
Llegamos a su casa con el fotógrafo del staff de VOGUE que me acompaña, Max Clemente, y junto con la caída del sol de la mano de Morena hicimos lo que veníamos a hacer: una visita al Hermano Pedro, sabio nacido y criado en Tepoztlán que tiene la virtud de conocer los secretos de las piedras, las flores “limpiadoras” y su aplicación en el hombre. Le llevamos como ofrenda una candela blanca, azúcar, harina y un kilo de huevos, que aquí como en todo México los huevos de gallina se venden por peso y no por unidad como en el resto de América. Nos recibe con gran amabilidad y nos ofrece entrar a su humilde morada, una casa de madera con piso de tierra cubierto con petates y una espléndida alfombra tejida con hilos vegetales de colores claros, especialmente tonos amarillos, verdes y blanco. Todo muy ordenado. Llama mi atención que el pequeño hijo de Morena, Demián, apenas llegamos se instala muy cómodo en un petate y duerme hasta el final del rito que me acercó al mundo ancestral de Tepoztlán.

Luego de una ceremonia singular el Hermano Pedro coloca un trozo de jade verde casi negro con forma de corazón en el centro de mi cabeza, exactamente en nuestro círculo de agua, “que es un centro energético por el cual nos comunicamos con lo alto. Ahora te vas a comunicar con la Tierra” -dijo. Siempre debo estar de pie, unas tres horas, que transcurren en un instante, mientras el sabio prepara flores y a ratos con un manojo de ellas frota todo mi cuerpo, siempre vestido pero con mis pies descalzos; distingo geranios blancos y siemprevivas amarillas. Luego quema esas flores en el comal del cual brota una suave linea azul de humo del copal que ha agregado. Morena Monteforte me explica que las flores las elige por su función y colores. El Hermano Pedro, a medida que va seleccionando sus manojos va recitando una letanía, como hablando con las flores; rara vez habla con nosotros aunque se expresa perfectamente en español, pero su canto es en lengua tepozteca. Todo transcurre en perfecta armonía. Nadie más acompaña al sabio, quien nos dice: “Esta casa es un templo, porque la tierra entera es un templo. Los templos no son solamente para recitar plegarias y hacer limpias. Su ubicación indica puntos de unión para los cuatro elementos y para las fuerzas de la tierra y el cielo. Son útiles para devolver al hombre común el equilibrio físico, pero existen primordialmente para devolver, al que pretende un camino espiritual, la salud sicológica: la unión en él de las cuatro conciencias, la desaparición de la personalidad, el nacimiento del YO, UNO, la semilla del superhombre que se siembra en nuestros bosques sagrados”. Cuando termina el rito chamánico me es entregado el pequeño corazón de jade que arde de puro calor, lo que nunca aprecié todo el tiempo que estuvo reposado en el centro de mi cabeza: lo tomo casi quemando mis dedos y lo guardo en un pañuelo blanco que me ha regalado Morena para tal propósito.

Ya estábamos preparados para la bienvenida de Tonatiuh a Quetzalcotal. A las cinco de la mañana nos encaminamos a las orillas del valle de Amatlán, donde Tepoztlán es anunciado por el majestuoso Tepozteco y su conjunto de formaciones rocosas con extrañas formas secretas: aquí asistimos a la conmemoración del 150 aniversario del natalicio de Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl. El ambiente mágico lo inicia el curandero mayor del pueblo quien adecua en sus palabras la lejanía cronológica del rito náhuatl, al entendimiento de los contemporáneos popolocas (los que no conocen su origen) reunidos aquí, en la cúspide de la pirámide de Cinteopa, deidad del maíz, semioculta por los años y la maleza. Los cirios blancos encendidos al inicio de la caminata a este lugar, son colocados ceremoniosamente en el altar central, se habla de Dios, del espíritu santo y de la sabiduría de Quetzalcóatl, quien regresará. Hay fervor por apropiarse de este culto náhuatl desde la perspectiva y los sentimientos del mexicano de hoy, despojado de los atavismos del mexican curios. Viene la reflexión luego que se nos indica recibir la energía cósmica con las palmas de las manos apuntando unos instantes sensitivamente a los cuatro puntos cardinales. Pasan los minutos: cinco, diez, veinte, no hay forma de precisarlos pues el tiempo cósmico es el que rige. Caigo en un extraño sopor que me lleva a otros sitios y otras emociones que guardo en mi corazón; la mano del curandero toca mi frente y salgo de mi dormitar al tiempo que miro al Oriente y un rayo de Sol nace entre las montañas, baña el altar y es ocultado instantáneamente por una nube: Tonatiuh (el Sol) ha dado la bienvenida a Quetzalcóatl. 

Nos dice Morena Monteforte: “La Tierra es un ángel que vuela en el espacio; que tiene como nosotros cuerpo, alma y espíritu; que ha producido sus minerales, sus vegetales, sus animales y sus hombres; y que produce continuamente, en cuerpos de energía, sus superhombres. La esencia de cada una de las humanidades que han pasado produce lentamente, en los siglos, los héroes, los superhombres o los dioses de un Olimpo generados por la Tierra, que solamente intervienen en la historia humana cuando la estupidez de los hombres o los cataclismos cósmicos o telúricos ponen en peligro la evolución del planeta. La única finalidad del hombre de la Tierra es intentar el proceso que puede transformarlo "de ánima viviente en espíritu vivificante". Sólo así será el héroe que podrá contribuir a la integración del superhombre. En todo el planeta las montañas sagradas de cumbre piramidal han sido siempre los templos de la Tierra. Sus masas de roca, homogéneas desde grandes profundidades, se convierten en antenas que condensan las fuerzas telúricas de los cuatro elementos y las fuerzas astrales que reciben por las cumbres. Rodeadas de bosques sagrados, encierran las cavernas en las que surge el agua pura de las tinieblas. Estamos recorriendo los ciento ochenta últimos años de nuestra Edad y de nuestra humanidad: la quinta de la Cronología Tradicional. Este período ha empezado en 1957 y terminará en 2137. Todo lo que ha estado oculto debe salir a la luz. Es la promesa para estos días cuando los templos sagrados están abriendo sus puertas”.

Esos templos eran las montañas sacras que estaban rodeadas por bosques de encinas, de árboles tánicos. En Tepoztlán aparecen todos los elementos de la leyenda: el bosque sagrado, la montaña tallada, los monstruos que la guardan, el héroe que vence todos los peligros para llegar a ella, la tradición que lo acompaña y el tesoro eterno que descubre ese héroe en el corazón de la piedra. El bosque sagrado, en esta región de Tepoztlán es una realidad histórica. Sabemos que se trataba de un bosque de árboles tánicos de una gran antigüedad, pues hay en la comarca fósiles grabados con las pequeñas hojas y ramas de esos árboles. Sabemos también que los españoles encontraron en el valle una industria floreciente: los indígenas curtían los cueros con el tanino de las encinas. El bosque rodeaba las montañas extendiéndose hasta Cuernavaca. Cuando Cortés preguntó por el nombre del lugar que había elegido para su asentamiento, los naturales no se lo dieron. Los invasores traían otra religión. Dar el nombre hubiera sido lo mismo que entregar a sus dioses. Dijeron "Cuauhnahuac", que significa "junto al bosque"; y esta palabra, que afirmaría para siempre la existencia de un extensísimo bosque de treinta kilómetros de diámetro, se fue transformando en "Cuernavaca, en la linde del bosque" sagrado destruido; desapareció con los sacerdotes y las procesiones, pero los dioses quedaron en los ritos nocturnos, en las rocas esculpidas y en el corazón de la sabiduría de vecinos de Tepoztlán que impiden la llegada al Tesoro a quien no debe llegar a él. El Tesoro nunca ha sido encontrado. ¿Cuál es ese tesoro misterioso y secreto, de tanta importancia? Dijo el Hermano Pedro: “El Tesoro es la sangre misma en el cuerpo vivo del hombre. La Tierra es un dios para los griegos y un arcángel para el pensamiento cristiano. Ha creado por sí misma, con la energía que la impulsa alrededor del Sol, sus cuatro reinos: mineral, vegetal, animal y humano, y crea, seguramente, su quinto reino de superhombres o dioses andróginos, en cuerpos de energía pura invisible e incomprensible para los hombres, en cuya imaginación no hubieran aparecido si no existieran”. Tradicionalmente en Tepoztlán la más alta expresión de la evolución de la Tierra es la sangre del ser más importante que ha producido en el mundo físico-químico. Nuestra sangre es la síntesis de la evolución de sus cuatro primeros reinos. Si la sangre del hombre desapareciera, la Tierra tendría que comenzar de nuevo su evolución interrumpida. El Hermano Pedro dijo: “Los dioses no pueden permitir que desaparezca el hombre sobre la Tierra. La única razón de la existencia de las humanidades que han sido y de las que serán es que son siempre el caldo de cultivo en donde nacen los dioses o en donde se produce una calidad de energía para esa finalidad. Una calidad de energía que también pertenece a los otros reinos, que aquí conocemos. El hombre transforma su cuerpo en espíritu, su materia en energía. Es la única forma en que puede terminar el largo camino que va del animal al superhombre. Vamos de animales vivos a espíritus vivos”. Es cierto que también para San Pablo la sangre es espíritu. En Tepoztlán, esta sangre eterna está simbolizada en el jade del corazón de la montaña sagrada Chalchiuhtepetl, llamada familiarmente “Chalchi”. En su interior reposa el chalchíhuitl, la “piedra verde de la vida”. Cuenta la leyenda que el héroe Tepozteco al igual que Quetzalcóatl fue concebido cuando su madre halló en el suelo un chalchíhuitl y guardándolo en su faja quedó preñada. Desde entonces el jade es el símbolo de la fecundidad de la Tierra, la continuación de la simiente humana. El símbolo del renacimiento que se sobrepone a la catástrofe inevitable. Lo que para el planeta es una sacudida necesaria, para los seres que pueblan sus tierras y sus mares es una verdadera hecatombe: puede desaparecer la humanidad y con ella la sangre del hombre. Incluso si la humanidad no desaparece, aunque se salven grupos humanos, la obra del hombre sobre la Tierra queda destruida y una nueva humanidad requiere algunos siglos para reproducirse y volver a establecerse dominando a los animales salvajes y a las fuerzas naturales. 

Nuestra quinta humanidad deberá también cumplir su destino. Quizás si esta vez lograremos estar instalados ya en otra estrella. Es cierto que el cuerpo de la Tierra tiene como el nuestro sus órganos internos y sus órganos de expresión externa. Vemos sus mares y sus ríos, sus desiertos y sus montañas, sus nieves eternas y la vegetación lujuriante de sus trópicos. No vemos su corazón pero conocemos sus volcanes y geysers. No vemos nuestra alma pero la vivimos y la reflejamos en nuestras obras de arte. Lo que llamamos nuestra voluntad de imaginación en la Tierra somos nosotros mismos, su obra más perfecta. Gira sobre sí misma a mil seiscientos sesenta y seis kilómetros por hora y vuela alrededor del Sol a más de ciento cinco mil kilómetros por hora. No podemos saber cual es la velocidad del Sol que la arrastra por la Vía Láctea. En cuanto a nosotros, la Tierra es nuestra madre. Nada más natural que buscar en ella misma nuestros templos, aunque la Tierra misma es el verdadero templo. En ella está la fuerza que nos viene desde el nacimiento para acercarnos a esa perfección natural expresada en la inteligencia humana. La primera diosa de la Tierra es la diosa de la fecundidad. La segunda es la muerte. Aquí nacemos unidos a las dos grandes diosas que se cantan desde los mitos antiguos, son las dos santas mujeres de los mitos cristianos: la fecundidad que le da la vida, y la muerte que, desintegra en la tierra todo lo que pertenece a nuestro mundo, le permite superarlo y, en alguna medida hacerse inmortal al volver a ella. Entre tanto los héroes, nuestros superhombres de las artes, las ciencias, los deportes, en nombre de toda la humanidad realizan su obra a manera de ofrenda al poder humano”, escribí en VOGUE.

"Tepoztlán" es el lugar donde hay mucho hierro o cobre, sus raíces etimológicas provienen de tepozt-tli, "hierro o cobre", y tlan o "abundancia", significando

"lugar donde abunda el hierro o cobre". También de su suelo brota especialmente el jade: el valle está en la ruta del jade. Dominado por dos volcanes piramidales -el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, la mujer dormida-, el valle de Tepoztlán conserva la memoria de reyes muy antiguos y los secretos y templos de una humanidad olvidada que fue barrida por el diluvio. Aquí se dice que el centro del antiquísimo México no desapareció bajo las aguas, y que las expresiones de la alta filosofía y la elevada religión que antes imperaban quedó tallada en las montañas, defendidas de la destrucción conquistadora por un silencio sagrado, con su propia flora y fauna autóctona. La flora está constituida principalmente por bosques de pino encino, y se ven hermosos cañaverales que brotan libres de todas las quebradas, entre los que brotan una inmensa cantidad de flores que otros se han dedicado en describir y enumerar. La fauna la constituyen el venado cola blanca, mapache, zorrillos, ardillas, ratón de los volcanes, puma o león americano, codorniz moctezuma, gallinita del monte, paloma bellotera, urraca azul, jilguero, mulato floricano, primavera roja, víbora de cascabel y víbora ratonera, ranas y lagartijas.

Hoy, a comienzos del siglo XXI, la población tepozteca es de poco más de 30 mil habitantes, que viven principalmente de la floricultura, complementada con actividades agrícolas y artesanales, comercio y servicios que prestan a la extraordinaria cantidad de población flotante, formada principalmente por artistas y bohemios que dan una rara atmósfera al sitio, pues se unen en extraña comunión a los arqueólogos y quienes vienen a descifrar los misterios de Tepoztlan: sitio fabuloso -entre otras cosas- por el conocimiento que del uso de hierbas medicinales mantienen sus habitantes, quienes las cultivan con riguroso cuidado entre las flores y las piedras. También son habituales los investigadores de extraterrestres que ubican en el sitio una confluencia de energías que lo hacen sitio asiduo de fenómenos, así como aquellos que llegan a visitar a sus “limpiadores” y brujos que en Tepoztlán son legendarios. Tepoztlán se conserva hoy como estaba en 1529, cuando asolaron los conquistadores. La familia sigue siendo el núcleo de convivencia a partir del cual se inicia la sociedad tepozteca, que comunalmente esta constituida por ocho grupos o barrios repartidos en el lugar, cada uno con sus propios líderes, castas sacerdotales, astrólogos y obreros. Son frecuentes aquí las celebraciones de festividades religiosas de fuerte tradición indígena, y cada barrio hace dos o tres fiestas anuales, en que destaca la que ofrecen a la deidad protectora del barrio.

La festividad común a los habitantes es su popular carnaval, que se celebra cada año durante tres días (Domingo, lunes y martes previos al miércoles de Ceniza), cuando los mejores bailarines forman el espectacular grupo de Chínelos; hombres vestidos con túnicas de terciopelo bordado en chaquira que llevan magníficas máscaras con barbas de cerda y ojos ricamente pintados. Una de sus danzas, el brinco, la animan con música de tambores, flautas, gritos y silbidos que a uno le transportan a una escena viva de la colonia; otra de sus fiestas es conocida como la de Los Peregrinos de la Santa Cruz, el 3 de mayo, donde sobresalen los bailarines del grupo Los Costeños, provenientes del pueblecito de San Miguel Almaya del Estado de México. Durante la fiesta se llevan a cabo varias ceremonias. Se iza la bandera a hora temprana, hay misa a media mañana y se intercambian presentes entre las gentes de las localidades. Lo que más llama la atención es la danza callejera. Por ser muy fatigoso, el baile corre a cargo de los hombres y niños, que llevan un traje campesino blanco de algodón y un pañuelo o paliacate rojo atado al cuello; la fiesta une a gentes provenientes de toda la región que se intercambian presentes y bailan por las calles ofreciendo al público que aplaude su paso charolas llenas de galletas, tamales, golosinas y un rico licor de flores originario de Tepoztlán que todos reciben con alegría; la celebración culmina con la "quema del castillo", que es un espectacular palacio, homenaje a la ingeniería popular, perfectamente construido con cañas en cuyo interior va depositada la pólvora que se incendiará poco a poco y consumirá todo en llamas: de las cenizas del incendio nace el buen augurio que aleja el mal allegando el bien que todo lo sana. 

El siglo XVI impregnó con su arquitectura religiosa a Tepoztlán. Uno de los edificios más representativos es su Ex-Convento e Iglesia de los Dominicos: en estado de restauración desde hace años, el inmueble dominico hoy cumple funciones muy importantes en el pueblo, se ha convertido en el centro cultural más importante de la región, con un Museo Histórico, un Centro de Documentación y una librería muy bien provista. El conjunto arquitectónico de estilo medieval, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994 por la Organización Mundial para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), se compone de la parroquia, dedicada a la Virgen de la Natividad, el atrio (capilla abierta con sus cuatro capillas posas) y el convento, que es resguardado desde 1939 por el Instituto Nacional de Arqueología e Historia de México (INAH). Hasta ahora se ha reestructurado, limpiado e integrado la pintura mural de la planta baja, destacando el salón De Profundis, se adaptó la cocina como librería, y se limpió el portal de peregrinos. En lo que fuera el claustro alto se recuperó el mirador, se adecuaron las celdas que ocupan el Centro de Documentación y el Museo Histórico, donde se exhibe la historia de la región con piezas y temas que la comunidad recopiló a través de encuestas vecinales. Estructuralmente el inmueble se encuentra en buen estado, se ha atacado la humedad, resanado e impermeabilizado las bóvedas, aplanado las paredes con técnicas antiguas y materiales similares, como la baba de nopal y arcillas de tierra de la zona.

Entre las formas y figuras que se observan en las paredes del Ex-Convento, pintadas en diversas etapas, están los anagramas de la orden dominica y la Virgen María, las imágenes de Fray Domingo de la Anunciación, figuras fantásticas vegetales que son como flores con vida propia y animales plasmados en rojo y negro, e incluso siluetas de soldados dibujadas durante la Revolución. Es un recinto espléndido; en la lectura propia a los muros se sienten los 400 años de su historia, que en Tepoztlán es hablar de ayer. Sin embargo, hasta 1934, cuando el INAH interviene, no existían archivos históricos sobre Tepoztlán, y el equipo multi disciplinario del Ex-Convento ha continuado hasta ahora la tarea de recopilar la historia del pueblo, a través de la memoria oral y la investigación de archivos rescatados, buscando incentivar las investigaciones y crear un acervo sobre la historia, antropología y literatura de la localidad. Se pueden ver materiales donados por la comunidad, reproducciones de textos históricos, artículos y libros rescatados de diversas bibliotecas públicas y particulares acerca de los pueblos del municipio, muebles, trajes de danza, así como fotografías. La biblioteca cuenta con una confortable sala de lectura con vista a las montañas, para que el visitante disfrute de la historia tepozteca. Cerca de 10 mil visitantes, entre grupos escolares y público en general, acuden mensualmente al Museo Histórico, inaugurado en noviembre del año 2000. A través de cinco salas pueden conocer el hábitat y la población; la economía; la vida cotidiana; la religiosidad popular y las fiestas sacras de la comunidad, con la guía de alguno de los promotores culturales, jóvenes de la localidad capacitados para atender visitantes. La ordenada museografía es de Víctor Hugo Jasso, con guión de Marcela Tostado Gutiérrez, escrito en primera persona para que el público se lleve una idea del lugar que visita desde la perspectiva de los tepoztecos.

Desde las puertas del Ex-Convento hasta el zócalo se instala el mercado o tianguis, se realizan las concentraciones políticas o religiosas, los actos culturales y todo cuanto relaciona a los vecinos. Especialmente los días domingo y miércoles, cuando hay mercado, y se ve repleto de campesinos, moradores del pueblo y de sus cercanías. Acuden ahí a vender sus productos del campo, artesanías hechas en piedra y madera, bordados, tejidos y una increíble variedad de frutas. Los artesanos de los alrededores vienen a pie, a caballo o en camiones transportando su mercadería. La gente de la región ofrece sandalias o huaraches de piel finamente curtida y artesanales, también bolsos y otros trabajos manuales en piel. Vemos bellos trabajos en tejido de junco, cestas, abanicos, petates, juguetes muy graciosos y absolutamente inofensivos para los niños. Se ven grandes cestas de semillas y toda clase de productos agrícolas. Otros artesanos ofrecen una gran variedad de caprichosas esculturas hechas a base de raíz de árboles: tienen una marcada similitud con otras que he visto en los pueblos costeros chilenos hechas con corales y raíces de cochayuyo y otras algas marinas; sin embargo, aquí en Tepoztlán no se ve producto alguno del mar. En otro sector del tianguis se amontonan animales diversos como terneros, ovejas, gallinas, pavos e iguanas. Lugar importante ocupan los vendedores de hierbas, que las expenden con finalidades específicas, y siempre con humildad y gentileza inclinados a explicar detalladamente la función y preparado de cada planta. Aprendo de Doña Pamela y su hija Pamela Segunda, expertas en plantas y vecinas del Hermano Pedro: durante varias horas con la mayor dedicación me permiten tomar notas y fotografiar algunas de sus plantas, que son un centenar; vaya en recuerdo de la amabilidad de los pueblos mesoamericanos esta mención escasa a Doña Pamela y Pamela Segunda, sabias tepoztecas.

Además de lo que se ve en el mercado, el comercio en Tepoztlán tiene otro lugar de referencia: pequeñas tiendas selectas, donde se expenden objetos y artesanías elaboradas en plata, obsidiana y jade. Aquí encontramos una relación constante entre el hombre y la piedra. Se repiten las antiguas tradiciones en las que las piedras son los huesos de la tierra y se convierten en hombres para poblarla. Nos dijo el Hermano Pedro: “Todos los grupos humanos que se salvaron del diluvio salieron de las cavernas de piedra en las que se albergaron, pero esta no es la única razón para la creencia de que los hombres se vuelven piedras y de que la piedra adquiere vida humana o tiene vida en si misma. En lo más hondo de estas tradiciones está la realidad alquímica: la tierra es para nosotros, con sus cuatro elementos, la fuente de la vida. Los minerales no solamente tienen vida sino son bisexuados. El proceso alquímico producido por el alquimista, es, abreviado, el proceso natural de los minerales que, bisexuados, se unen y engendran como los vegetales y los animales, pero en condiciones subterráneas y en un larguísimo plazo, que hacen casi imposible la observación científica del fenómeno. La piedra de vida es siempre el jade en las tradiciones mexicanas”. El jade es, según anota el doctor Gutierre Tibón, “el Chalchihuite, es la piedra verde que se identifica con la diosa del agua viva, Chalchiuhtlicue, "la de la falda de jade"; es obviamente una piedra viva, como el agua que representa. El agua y el Sol hacen crecer la vida en la tierra. El chalchihuite debía calentarse al Sol. Los pochteca (mercaderes-espías) calentaban al Sol todas las cosas preciosas, las quemaban al Sol; el jade especialmente. Estas piedras las usaban las curanderas y brujos, pero también la gente del pueblo las calentaba. En un confesionario, en lengua náhuatl, el cura preguntaba: "¿Posees piedras verdes, o ranas hechas de jade?", para requisarlas. El jade tiene poder, es conductor de energía solar aún cuando el sol no alumbra. En Tepoztlán algunos vecinos tienen colecciones de huesos humanos que en partes se han convertido en jades, estas piedras de vida ya como huesos de la tierra que se transformaron en hombres, ya como jades que llevaban en sí las fuerzas vitales que eternizan los huesos de los antepasados. La creencia de que los hombres se vuelven piedras está muy arraigada entre los vecinos: una roca en forma de falo recuerda a los compadres que cayeron en tentación y fueron petrificados por la divinidad. La creencia de la piedra que adquiere vida persiste en varios grupos indígenas como los tepehuas, que atan los metates para que no se vuelvan tigres, pero siempre es el jade la piedra que tiene una vida más intensa y visible en el reino de Tepoztlán. Los vecinos dicen que la hierba medicinal crece mejor donde están enterrados los jades porque producen una exhalación fresca y húmeda. El jade no solo tiene vida: comunica la vida, representa un papel sagrado en dos concepciones fundamentales del mundo Náhuatl. La primera, la del propio Quetzalcóatl, que nace del trozo de jade que entra en su madre, y también la de su descendiente, el héroe Tepozteco que nace también santificado (si es que se puede decir así) por el jade que preña a su madre al guardarlo en su cinturón. Para que una deidad adquiriera vida se le colocaba un chalchihuite en el corazón, en una cavidad expresamente cincelada para alojar el jade. En Tepoztlán se dice que las esculturas fueron seres vivos hasta que un ladrón sacrílego robó el chalchihuite: hoy los ojos vacíos de las esculturas indican que todo el jade ha sido robado de las figuras talladas.

Apoyado por el tianguis los días miércoles y domingo es cuando el pueblo está colmado de visitantes que van por el día; para quienes desean quedarse existen varias alternativas. Destacan un hotel de estrellas, el Tepoztlán, para el que se pueden hacer reservaciones en cualquier agencia de viajes, y la Posada del Tepozteco, que cuenta también con todo tipo de servicios y tiene el encanto de haber sido construida con piedras. Hay un albergue muy especial: Las Cabañas, ubicada en la parte alta, que tiene el mérito de haber albergado, entre otros, a Pablo Neruda, Oscar Lewis y Diego Rivera, dan excelente servicio y es mas económico. La comida en el pueblo es un referente indispensable en las guías gastronómicas mexicanas; enfrente de la Biblioteca publica, en la calle 5 de mayo, se encuentra el Catarinas, un restaurante vegetariano que ofrece algunos platos preparados con hierbas que sólo se dan en la región, también ofrecen una amplia carta con recetas a base de flores (me hice adicto a las flores de calabaza, un plato exquisito como sea que se prepare). También se han instalado a partir de la década de 1980 algunos restaurantes orientales, como el Lhasa Tibet en la calle J. Guadalupe Rojas, que ofrece varias posibilidades vegetales. Para elegir entre diferentes platillos mexicanos, está el Bistro, a un costado del convento: este local pertenecía a la iglesia , pero desde 1957, cuando se separó la Iglesia del Estado en México, pasó a ser propiedad privada y es así como hoy el atrio se convirtió en un íntimo restaurante, con especialidad en carnes a las brasas, exquisitas aunque menos económico. Bordeando el mercado hay varios lugares en que se puede comer por muy poco dinero, y todos muy limpios: en el María Isabel ofrecen "codornices recién capturadas en el cerro", las que se pueden probar los fines de semana (son algo más sabrosas que el pollo pero mejor son vivas surcando libres los aires).

También las fiestas y el Tianguis son ocasión propicia para que circulen las noticias mano a mano en panfletos rigurosos. En uno de los que llegó a mi se lee un llamado “Manifiesto de Tepoztlán”, anunciando una conferencia del investigador peruano Daniel Ruzo en el Kiosco de la Plaza. El escrito anuncia que se pretende “reunir espiritualmente a los seres humanos que están ya convencidos: de que una humanidad, tan importante como la nuestra, fue raída de la faz de la tierra por un desplazamiento de las aguas del planeta; de la necesidad de ubicar los bosques sagrados, las montañas sagradas y las cavernas subterráneas, donde esa humanidad utilizó las fuerzas cósmicas y telúricas para devolver a los hombres el equilibrio físico y sicológico; de la necesidad de descubrir y habilitar esas cavernas, que hicieron posible durante el cataclismo de Noé la salvación de algunos grupos humanos escogidos y entrenados para realizar una misión: la salvación en ellos de la simiente humana; de la necesidad de salvar los mitos, las leyendas, los conjuntos simbólicos, las nociones del tesoro y las concepciones de los libros sagrados: la revelación tradicional, que heredamos y debemos entregar a una nueva humanidad; de que ese acervo es indispensable en cada humanidad para la salvación del héroe: el hombre que llega a ser superhombre: Se reunirán así, aunque no lleguen a conocerse nunca, todos aquellos que consideran con angustia el futuro y que buscan, en la más antigua sabiduría y en las profecías, la salud y la salvación para pequeños grupos humanos en el mundo físico. Contribuirán también a la preparación sicológica de los elegidos. Solamente esta unión para tan altos fines puede dar sentido a nuestras vidas ante catástrofes cíclicas inevitables".

El ufólogo de Tepoztlán José María Vásquez afirma también: “El hombre existe solamente para que exista el superhombre. Las mitologías, los libros sagrados, los cuentos mágicos y las leyendas de los pueblos, afirman en todos los idiomas, en los últimos cincuenta siglos, la existencia real del superhombre. El hombre es el animal más evolucionado del mundo físico visible en el planeta que habita. Y hasta hay quienes creen en verdad que es el rey de la creación. Con mayor modestia, hay quienes afirman que la vida antropomorfa no es única, porque los reinos de la tierra existen porque son etapas de la evolución de la vida en el mundo físico visible; son los cuatro reinos de la creación: mineral, vegetal, animal y humano. Tenemos que aceptar no solamente humanidades anteriores en nuestro planeta sino millones de humanidades en el Universo sin que sea necesario que se parezcan a nosotros. El reino humano se desarrollaría en cada astro, en un periodo de su historia, de acuerdo con su gravedad, su presión, su temperatura, su atmósfera y sus elementos. Estará condicionado ese reino inteligente al astro que le da vida y a los astros que lo rodean. Entre una humanidad y otra puede haber mayor diferencia que la que hay entre una hormiga y un elefante. Sus cuerpos pueden ser de metales o de gases, o de materia desconocida para nosotros, pero no de pura energía, aunque exista energía en todos ellos. Existiría un quinto reino de superhombres con nuestra forma humana en cuerpos de energía, invisibles para nosotros pero viviendo entre nosotros así como en todas las otras estrellas habitadas. Son nuestros dobles, los otros del mundo bizarro. Sus finalidades nos sobrepasan como sobrepasan las nuestras la comprensión de los animales que nos rodean. Este mundo que existe de superhombres, en cuerpos de pura energía, invisibles para nosotros, son mejores por no estar limitados a un cuerpo físico. Su conciencia, su amor y su alegría, hacen imposible nuestra relación con ellos. Intervienen solamente para que se cumpla el destino de la Tierra, cuando las convulsiones cíclicas de nuestro planeta destruyen una humanidad. Deben velar para que pase la sangre del hombre de una Edad a otra. Dentro del reino humanoide tenemos que aceptar la posibilidad de tantas especies de seres superiores al hombre común como hay especies diferentes en nuestro reino animal. Fue necesaria la evolución mineral para hacer posible la evolución vegetal y ésta fue indispensable para la evolución animal sin la que el hombre no podría tener los maravillosos órganos que nos integran. Por eso, aquí en Tepoztlán nos parece posible que puede ocurrir esta transmutación en nuestro reino humano común. De él tiene que nacer el otro reino: el reino de los dioses. Repitamos: el hombre existe solamente para que exista el superhombre. El que nos espera al otro lado de la muerte. Mejor que nosotros, con una clase finalizada. El superhombre del que han hablado todas las religiones y todas las mitologías porque vive al lado de nosotros. He ahí la humanidad de superhombres que va formando nuestra Tierra en el curso de milenios. Todas nuestras humanidades han sido, son y serán la base para el superhombre. El progreso de las humanidades es muy lento sobre el planeta. La finalidad humana no es progresar en el mundo físico: es la conquista de una conciencia unificada y de una posibilidad mínima de amor verdadero. La unión de la conciencia y del amor le da a nuestra humanidad su razón eterna. En el fondo de nosotros mismos, y es lo que nos da la razón de ser, sabemos que existe la certeza de que podemos contribuir a la formación de los dioses. La leyenda misma que se preserva en Tepoztlán, superando las posibilidades del hombre de la Tierra en su proyección más allá, es una afirmación del superhombre. En la mitología hay dos categorías de dioses: los que podemos llamar universales, anteriores a la Tierra, y los que están íntimamente relacionados con la vida del planeta. Estos son los dioses de la Tierra que tienen un lugar ideal en el Cielo, otro junto a los hombres y un tercero en la civilización subterránea de la que muy pocos saben. Todos están sujetos en cierto modo a los dioses universales. La mitología ha sido una síntesis de la ciencia y un velo transparente de la existencia real de un hombre mejor; a pesar de nuestra vida efímera, nos une a la inmortalidad de la Tierra esta afirmación del superhombre. Esa es una singularidad de las fiestas religiosas y carnavalescas de la aldea: todo canta a la grandeza del hombre, a la inmortalidad del Tepozteco que cada uno llevamos dentro”. 

En todas sus fiestas aflora el sincretismo de las costumbres anteriores unidas a las condiciones que comenzaron a imperar luego de la Conquista, y lo hacen en una forma dual de ver el mundo, extraña mezcla de hechizos y electricidad, de brujería y ciencia; en Tepoztlán todo permanece, aunque disfrazado, las cosas se hablan de boca a oreja para preservar en silencio los mitos y leyendas y evitar que muera la región en la memoria de las gentes, quienes dicen que todo nuestro planeta tiene una única tradición heredada de las humanidades anteriores a la nuestra, cuyos vestigios han quedado según las voces de la imaginación colectiva en los terrenos altos, cuya geografía preservó de las aguas. Y recién, después de muchos siglos, se va levantando el vapor que las cubría despejando noticias sobre esos míticos antepasados que emergen de un mundo mágicamente olvidado. Así, su estado de ánimo es de canto de bienvenida a una raza de jade que despierta a la vida.

Otra vez en Tepoztlán, viviendo la hospitalidad de amigos como el pintor mexicano Fabián Margolis, los Fritszche o la maestra Luisa Armendariz, por un cruce de caminos conocí mejor al investigador peruano Daniel Ruzo, a quien había oído antes hablar desde el Kiosco. Luego publiqué en VOGUE:
Abogado recibido en la Universidad de San Marcos de Lima, “miembro de la masonería”, poeta, teósofo, especialista en criptografía y en el profeta provenzal Miguel Nostradamus, Daniel Ruzo ha sido alcalde de Miraflores y es una personalidad en Perú, respaldado por varios reconocimientos internacionales recibidos por sus investigaciones. En unas pocas horas de conversación, apenas podemos enterarnos de sus varias décadas de investigaciones sobre prehistoria, toponimia, geología, cronología, religiones comparadas, simbología y muchas otras disciplinas, que le han llevado a dar conferencias en La Sorbona de París y en la Academia Nacional de Ciencias de México acerca de su mayor desafío: probar sin lugar a dudas que una humanidad tan importante como la nuestra fue borrada de la tierra por un desplazamiento de las aguas del planeta; en la necesidad de ubicar los bosques sagrados, las montañas sagradas y las cavernas subterráneas, donde esa humanidad utilizó las fuerzas cósmicas y telúricas para devolver a los hombres el equilibrio físico y sicológico, y que hicieron posible durante el cataclismo de Noé la salvación de algunos grupos humanos, en búsqueda de esos restos es que está en México, donde pudimos conversar con él. Ruzo repite varias veces la frase de Copérnico: "No exijo que mi tesis se considere verdadera, ni siquiera verosímil, sólo pido que sea considerada como hipótesis". 

Es verdad que después de conocer a Ruzo y su discurso y luego de ver Tepoztlán, admirar las imponentes formas de los cerros de toba basáltica que rodean todo con sus figuras cercanamente insinuantes, uno medita necesariamente observando estas rocas y tallados y piensa en un mundo perdido bajo las formas ocultas. La hipótesis de Ruzo, cada día más aceptada a nivel científico, trae a la realidad actual de México un pasado mágico de una humanidad desaparecida que en Tepoztlán parece vivir a flor de tierra. Nos dice el investigador peruano: “Tepoztlán es punto de convergencia de fuerzas electromagnéticas que parten de ambos polos terrestres. Estas fuerzas producen reacciones químicas tangibles en los organismos vivos y afectan a los seres humanos en diferentes formas, dependiendo de muchos factores. En la actualidad diversas agrupaciones ocultistas se reúnen regularmente en el poblado, atraídos, literalmente, por la energía que se concentra en este lugar. Pero la realidad del valle va más allá del puro esoterismo, la fantasía y los contactos extraterrestres. La posibilidad de que seamos descendientes de las razas atlantes que se salvaron de una catástrofe de proporciones gigantescas se hace aquí más tangible a medida que avanza el tiempo. Los hallazgos arqueológicos en todo el mundo parecen confirmar lo que la mitología de los pueblos antiguos, desde los egipcios a los mayas, ha insinuado a través de siglos de comunicación ininterrumpida. El hecho de que la historia de la Atlántida fuese por miles de años considerada como una fábula no prueba nada. Existen aquellos que no creen en nada a causa de su suprema ignorancia, al igual que existe el escepticismo que nace de la inteligencia. Aquellos que se encuentran más cerca del pasado no son siempre los que están mejor informados sobre ese mismo pasado. Durante mil años se creyó que las leyendas de las ciudades enterradas de Pompeya y Herculano eran mitos: se les nombraba como "las ciudades fabulosas". Durante mil años el mundo civilizado ignoró los relatos de Herodoto sobre las maravillas de las civilizaciones del Nilo y de Caldea. El fue apodado "el padre de los mentirosos". Incluso Plutarco se rió de él. Hoy, su detallada información sobre Egipto y el Asia Menor es apreciada por todos los geógrafos. Mientras mejor se le entiende, más acertado lo hallamos. Hubo un tiempo en el que se dudó de la veracidad de la expedición enviada por el faraón Neko para circunnavegar África. Hoy sabemos que los navegantes egipcios cruzaron el Ecuador y se anticiparon 2100 años a Vasco de Gama en su descubrimiento del Cabo de Buena Esperanza. Por último, hay que recordar que las pinturas rupestres, incluyendo las de las cuevas de Altamira, fueron negadas durante muchos años, como se ha negado la realidad de estos cerros que cobijan a Tepoztlán y su apariencia casi irreal, que ocultan en su seno un profundo misterio que siente quien puede llegar al lugar, porque a Tepoztlán no todos pueden llegar. Las leyendas de este lugar son corroboradas por la toponimia. Las primeras fueron tergiversadas o acalladas para ocultarlas de los conquistadores españoles; pero muchos de los nombres que aún sobreviven en la región son testimonio de la enorme importancia que las montañas sagradas habían tenido y continúan teniendo para los tepoztecos”.

Muchos nombres antiguos en Tepoztlán deben haberse perdido cuando llegaron los españoles. El nombre es una realidad mágica. Si se tiene el nombre se puede evocar al personaje o a su montaña. Es seguro que no dieron a los españoles los nombres verdaderos. Fue un primer paso para que cayeran en el olvido. Sin embargo, un trabajo muy importante sobre la toponimia de las tres montañas principales ha sido realizado por la señora M. Schróder y sus colaboradores. Hemos podido apreciarlo debido a la gentileza del vecino profesor José Aranda Oliveros, en un mural que decora el edificio que habita, en el que hace algún tiempo funcionó un colegio. Se presentan allí, en círculo, alrededor del plano de Tepoztlán, veintiocho símbolos de otros tantos "cerros". Al pie de ellos vienen veintisiete nombres, en el orden siguiente:

1.-Cuauhnectepetl, cerro de la Miel.
2.-San Pedro.
3.-Chalchiuhtepetl (el famoso Chalchi), cerro Precioso.
4.-Hueytlatengo.
5.-Tequezcontitia, Siete Hoyadas.
6.-Tequimilpa.
7.-Tzematzin, Hombre y Mujer, Dos Cuates, roca doble.
8.-El Platanar.
9.-Tlamintepetl, Fin de la Sierra.
10.-Atlaxomulco.
11.-Yohualtecatl, cerro de la Noche.
12.-Chicheo.
13.-Huilotepetl, cerro de la Paloma.
14.-Otiayotepetl, cerro de las Muchas Veredas, de los Otates.
15.-Meztitlán.
16.-Tzinacantemoyan.
17.-Chicuacemac, cerro de las Seis Manos.
18.-Temazatitlán.
19.-Malinalapan, cerro Verboso, de las Cascadas.
20.-Tlahuiltepetl, cerro de la Luz.
21.-Yehecatepetl, cerro del Aire.
22.-Tepoztecatl-Itzacuatl, casa del Tepoztecatl.
23.-Axitlán.
24.-Ocelotepetl, cerro del Tigre.
25.-Tlacatepetl, cerro del Gigante, estatua del Tepozteco.
26.-Cuachiauacán.
27.-Cuayahualoitzin, cerro de la Cabeza Redonda.

Es verdad que en la aldea es un asombro ver las esculturas protohistóricas que adornan los cerros del valle, y que poseen una particularidad: sólo pueden ser distinguidas desde un punto exacto, a cierta hora del día y en determinados momentos del año. Sus perfiles se conforman con el juego de las luces y las sombras. Nos dijo Daniel Ruzo que así es generalmente en todo el planeta en las construcciones rescatadas de sitios arqueológicos donde existieron civilizaciones. La mejor época para fotografiar Tepoztlán tiene lugar en diciembre y enero. Desde el kilómetro 68 de la carretera que une a Cuernavaca con la ciudad de México, se aprecia el cerro más importante de los tres conjuntos de montañas que cercan a Tepoztlán: el Chalchiuhtepetl, el Cerro del Tesoro. Nos dijo Ruzo: “Desde la carretera el Chalchi muestra su cumbre de forma piramidal, casi idéntica a la de la Montaña Occidental que está protegiendo las tumbas de los faraones egipcios en el Valle de los Reyes. En todo el planeta las montañas sagradas de cumbre piramidal han sido siempre los templos de la Tierra. Sus masas de roca, homogéneas desde grandes profundidades, se convierten en antenas que condensan las fuerzas telúricas de los cuatro elementos y las fuerzas astrales que reciben por las cumbres. En su interior encierran la caverna en la que surge el agua pura de las tinieblas que ayuda a los hombres a recuperar la salud física, como en Lourdes, y el equilibrio sicológico. Estas cavernas estaban preparadas para proteger la vida de un grupo de parejas escogidas cuando un cataclismo amenazaba al planeta, y guardaban las semillas y los animales domésticos necesarios para que una nueva humanidad pudiera perpetuarse en un planeta devastado. Ese es el tesoro que alberga el Chalchi en su caverna: Un plano secreto y un sistema de mitos y leyendas oculta la entrada de su caverna. El mismo sistema conduce al que ha sido señalado para esa misión, al fin de una edad o humanidad, cuando la apertura del templo es necesaria. Según la leyenda, Quetzalcóatl, quien dio sus primeros pasos en Magdalena Amatlán, pequeño poblado de la municipalidad de Tepoztlán, bajó al infra mundo convertido en perro para sacar los huesos viejos de la Tierra y así repoblar al mundo. El mito del nacimiento de este rey-dios tiene mucha semejanza con el del nacimiento de Tepoztécatl, deidad principal de Tepoztlán, y el de Huitzilopochtli, el dios como oscuro espejo humeante: todos nacen en forma andrógina, de una madre virgen. Para acrecentar el misterio del Chalchi, ciertas fotografías lo muestran como la efigie de un gigante apretando entre sus poderosos brazos al perro de tres cabezas: es el Can Cerbero, el guardián de las puertas del infra mundo que se deja ver a la hora del atardecer”.

Otro de los cerros importantes de Tepoztlán, es el Tlacatépetl, roca de sesenta metros de altura conocida como el Cerro del Hombre. Su masa imponente ha sido tallada por desconocidos artistas en la roca natural, así como la base en que se asienta plagada de escritura sin descifrar hasta ahora. Atrás de este cerro, a la izquierda del observador, está el Cerro de los Vientos, conocido también como Cerro del Ocelote. El cerro mayor, a la derecha del observador de la estatua, es el Cerro de la Luz. Dice Ruzo: “Este nombre nos hace relacionar a Tepozteco, cuya estatua forma el Tlacatépetl, con Quetzalcóatl: ambos son dioses del viento y ambos se inmortalizan en la luz reflejada del lucero de la mañana. Su estatua cambia cuatro veces de expresión en las diferentes horas del día y una gran parte del año está cubierta de vegetación. Una buena foto depende del punto de mira y de la perfecta iluminación solar, en los meses secos del año. Todo esto ha contribuido a preservar su secreto durante los últimos cinco siglos. Toda la leyenda de Tepozteco, rey de los atlantes anteriores al diluvio, está viva en las rocas circundantes. El artista protohistórico que esculpió su efigie, esculpió muy cerca de él, a su derecha, el cofre del tesoro de que habla la leyenda y a la comitiva que lo transportaba. El hombre de su guardia que porta el cofre va uniformado con una escafandra que le permitía seguramente viajar por los aires, a grandes alturas. Cerca de este último, a más altura, se aprecia claramente la forma de un platillo volador del que acaba de desembarcar”.
 
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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