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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Teotihuacan

2 de septiembre de 1987

La Ciudad de México es una ciudad misteriosa, surcada por pasajes escondidos y ventanas ante muros que suben al espacio en expresivo silencio, animada por súbitas revelaciones que nos sugieren otras perspectivas, otro modo de conocer el lugar. No de adelantarse en lo que existe en nuestro habitual espacio, sino elevar la mirada y el cuerpo hacia lo alto, hacia las buhardillas y las torres de la ciudad, hacia sus azoteas. Allí en esa área que tiene mucho de sacro y donde lo humano es más abiertamente humano -por una cuestión de espacio- se manifiesta todo más intensamente.

Descansan en las azoteas algunas mujeres dormidas como esperando ser cazadas por un ángel; entre los cordones de un tendedero se eleva el brazo de un pintor y el cielo lo aprieta, se vuelve viajero, azul. En avenida Madero, antes de llegar al Zócalo, se yergue un edificio que termina en una de esas azoteas, que corona una torre que hospeda un estudio desde cuyas ventanas se observa un mar de tejados y cúpulas. Allí las cosas cobran una singular resonancia. Sitio, diremos mágico, en que pasan la mayor parte del día María Guadalupe y Juan Letelier. El es pintor y ella escultora. Para verlos subí en un ascensor antiguo, de reja. Desde el último piso seguí ascendiendo, ahora por una escalera estrecha de mármol blanco de Africa inquietante, parece no tener fin. Varias puertas se suceden, siempre hacia arriba. Cada vuelta en caracol va dejando ventanas estrechas llenas de luz que de repente descubren un trozo celeste de cielo o un ángulo de cúpula pálida, de un extraño, lejano aire babilónico. Me detengo ante la más empinada puerta; el sol, cercano, nos ampara. Veo el estudio: anaqueles con libros, palmas, pinturas, trabajos a medio esculpir, ventanas luminosas. Juan se acerca, sonriente, lo traen gruesos anteojos a través de los que brilla la sonrisa franca de su mirada. Atrás, María Guadalupe resplandece en su propia luz.

—Vivimos en esta torre hace siete años -dice-. La mirada proyectada desde arriba de la ciudad es distinta de la mirada dirigida desde abajo. De día vemos cómo hacen el amor las palomas en los tejados. Nos distraen súbitas detonaciones al atardecer: son todos los pájaros que en un escándalo de alas huyen de otros habitantes de los tejados: los perros guardianes.

Cuando se está enlazado a la luz de lo alto siempre viene un momentáneo silencio, cómplice de algo más oculto. El horizonte de tejados se extiende hasta el horizonte del cielo, claro, gris, cierto. Varias cúpulas se dilatan en clásicos estilos, únicos. Veo el Templo Mayor: Juan y María me enseñan que debo apuntar hacia el Templo con las palmas de mis manos abiertas; oramos como ofrenda a todos los dioses. Una familia de gorriones dibuja en el aire su escritura secreta.

María Guadalupe narra una experiencia que tuvo relacionada con una especie de sed de lo absoluto: -Divisé, sentada en esa ventana (el lector imagine que ella indica la central) cómo el paisaje de los tejados seguía una línea en el espacio, una línea siempre lejana, inalcanzable. Pensé que nunca podría agotar esa distancia ya metafísica, por más que se multiplicaran mis experiencias. Entonces me abatió una tristeza tan intensa que anduve queriendo irme... pero, al mirar hacia abajo vi en un patio de adoquines a cuatro mujeres de negro alrededor de una mesa redonda y blanca, igual que el pañuelo en la cabeza de una de ellas, que en ese instante supremo levantó la mirada y, así fue, en esa mirada me reconocí a mi misma; la mujer del pañuelo blanco era yo: María Guadalupe, que estaba con las otras mujeres de negro alrededor de la mesa circular y blanca. Eso me detuvo. Supe que debía ahondar mis experiencias pues cuando uno vive en azoteas, como Juan y yo, sabemos que nunca concluye el misterio, el asombro de vivir... desde aquí alcanzamos a ver la Pirámide del Sol que alumbra los dioses de Teotihuacán cuando amanece". Sus ojos miran la distancia de tejados y la baña una luz que poco a poco destilará el crepúsculo allá abajo sobre la calle Madero. Lentamente desciendo la escalera de laberintos, salgo y me interno en las calles. Mañana, al amanecer, ellos guiarán mi primera visita a Teotihuacán. Juan me ha indicado ciertas cosas necesarias: en estas horas solo beberé agua fresca. Nos acompañará nuestro amigo el maestro Andrés Bello Gómez, que sabe del copal, candelas y sonidos. Seguramente María Guadalupe irá envuelta en ese resplandor dorado que le nace de sí misma.

LA CIUDAD DE LOS DIOSES
Cuando aún no brillaba el Sol
y ningún amanecer había despuntado
cuando reinaba la oscuridad
entre los dioses se dijeron:
¡encarnar el sol! ¡traer el amanecer!
Y celebraron allá en Teotihuacán...”
(códices)

Su pasado se hundió en el tiempo. El origen de las Pirámides de Teotihuacán es un misterio: según la mitología azteca, los dioses se reunieron en Teotihuacán para dar nacimiento al quinto sol, después de que el cuarto había muerto. Cuando en el año 1215 llegaron los antiguos mexicanos al centro del país, luego de cientos de años de peregrinar desde la legendaria tierra de Aztlán, en esa época Teotihuacán ya era una ciudad abandonada. Envuelta en la tradición oral de los grupos humanos que vivían en sus inmediaciones, estaba como hoy la vemos, desierta, y fue campo propicio para la rica imaginación del cosmos azteca, que dio nombre a cada edificación, calle y recoveco de acuerdo a su propia interpretación, unida a lo que decían los habitantes del valle; es lo que creemos de la civilización teotihuacana; única entre las demás culturas del mundo antiguo.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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