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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

El sitio del Templo Mayor

Sabemos cómo fue elegido el sitio para construir el Templo Mayor por diversas fuentes, como las crónicas de Diego Durán y Tezozomoc, quienes narran que en el transcurso de su peregrinación para ubicar el sitio, lo primero que hacían los antiguos mexicanos al llegar a un lugar, era levantar un altar para su dios Huitzilopochtli. Esto mismo va a ocurrir cuando llegan al sitio que espera por ellos, el cual identifican por algunas señales que el dios, por boca de los sacerdotes, les ha comunicado. Escribe Durán: "Lo primero que hallaron fue una sabina blanca toda, muy hermosa, al pie de la cual salía aquella fuente. Lo primero que vieron fue que todos los sauces que aquella fuente alrededor tenía, eran blancos, sin tener una sola hoja verde. Todas las cañas de aquel sitio eran blancas, y todas las espadañas alrededor. Empezaron a salir del agua ranas, todas blancas, y pescados, todo blanco, y entre ellos, algunas culebras del agua, blancas y vistosas. Salía esta agua de entre dos peñas grandes, la cual salía tan clara y linda que daba sumo contento".

Más adelante agrega Fray Diego, al referirse a las otras señales: "...andando de una parte en otra, divisaron el tunal, y encima de él, el águila, con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él y el frescor de la mañana, y en las uñas tenía un pájaro muy galano, de plumas muy preciadas y resplandecientes." Allí construyeron el Templo Mayor y alrededor la Ciudad de México, que nace, entonces, de un pueblo del cual no sabemos casi nada. De acuerdo a la historia de las religiones, todo nuevo asentamiento o fundación de ciudad va acompañada de señales y el espacio sagrado "descubierto" se convierte en un área definida que proporciona una fuente inagotable de energía. En cuanto a su relación con el universo, al cual se representa en este espacio sagrado, el investigador Mircea Eliade se ha asombrado al descubrir la similitud que existe entre las diversas religiones al repetirse el simbolismo de cuatro singularidades: "La fundación de la nueva ciudad repite la creación del mundo; en efecto, una vez que el lugar ha sido validado ritualmente, se eleva una cerca en forma de círculo o de cuadrado interrumpida por cuatro puertas, que corresponden a los cuatro puntos cardinales... las ciudades, a semejanza del cosmos, están divididas en cuatro; dicho de otra manera, son una copia del universo".

Asienta el cronista Clavijero que "la fundación de la ciudad y reino de México comenzó por la construcción del santuario de Huitzilopochtli, el que apunta a los cuatro puntos de la tierra." De esta manera el Templo Mayor dio vida y fisonomía propia a Tenochtitlan, que impresionó a los que vieron la ciudad desde lo alto del Templo. Dice Bernal Díaz del Castillo: "Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, los puentes que tenía hechos de trecho a trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra... y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración". Otro cronista, Francisco Hernández, historiador de Felipe II, anotó: "Se podía ver en uno y otro sentido toda la ciudad, el lago, y en él las ciudades y los pueblos a lo lejos, y nada más hermoso podía presentarse a la vista". El mismo Hernán Cortés, anota en su segunda carta de Relación: "Esta gran ciudad está fundada en esta laguna salada, y desde la tierra firme hasta el cuerpo de la dicha ciudad, por cualquiera parte que quisieren entrar a ella, hay dos leguas. Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas". La posición estratégica del sitio dentro de los lagos del Anáhuac y tierras aledañas, permitía a los aztecas defender el corazón de su ciudad que era el Templo Mayor. En el croquis atribuido a Hernán Cortés, en que se ve al Templo de cuyos cuatro lados parten sendas calzadas, es así como esta pirámide de cuatro costados determinó el trazo geométrico de su ciudad al dotarla de cuatro calzadas que arrancaban de sí misma y la comunicaban con el exterior. Es decir que desde lejos, cualquiera que fuera el camino que se siguiera, se veía la enorme mole del gran templo como final del viaje, una pirámide cuya forma omnipresente de construcción mesoamericana resultaba en verdad un cerro de abundancia, por ello la forma piramidal del Templo Mayor, con su base cuadrangular y cuyos costados miran a los "cuatro rumbos del mundo". Eran estas cuatro calzadas: la de Tacuba, hacia el Este; la de Iztapalapa, hacia el Sur, con ramal rumbo a Coyoacán; la de Tepeyac, hacia el Norte; y la cuarta, que terminaba en un embarcadero antes de iniciarse el rumbo a Texcoco. Estas espaciosas avenidas eran las que dividían Tenochtitlan en cuatro sectores que recibían los nombres de Cuepopan (luego San Juan); Atzcualco (luego Santa María); Moyotlan (luego San Sebastián) y Zoquipan (luego San Pablo). Estas cuatro principales arterias, junto con los canales que trazaban los sectores, fueron la base del trazado o distribución de la nueva ciudad, aunque Alonso García Bravo, el alarife de Cortés, apenas si hubo de modificar la estructura prehispanica de este notable producto del ingenio azteca, que hoy cobija a la capital de México contemporáneo. 

He conversado con el maestro César Macazaga Ordoño, autor, entre otras importantes obras, del "Diccionario de la lengua Náhuatl", y le he preguntado el origen del vocablo "México". Nos dice: "Según Sahagún el vocablo vino de "mexitli", que fueron "los que primero poblaron". Torquemada expresa la misma idea cuando escribe: "los mismos naturales afirman que este nombre (México) lo tomaron del dios principal que ellos trajeron, el cual tenía dos nombres, el uno Huitzilopochtli y el otro Mexitli, y este segundo quiere decir "ombligo del maguey", y así dicen que los primeros mexicanos lo tomaron de su dios, y así en sus principios se llamaron mexitli, y después se llamaron mexica y de este nombre se nombró la ciudad." También el vocablo mexitli puede ser corrupción de mexictli, en cuyo caso estaría compuesto por metl (maguey), que proporciona su elemento fónico me, y xictli, que quiere decir "ombligo", pero también, como dice Clavijero, "se toma metafóricamente por el centro o medio de cualquier cosa". En tal virtud mexiti sería el centro del maguey, precisamente donde se hace el cuenco para extraer el aguamiel." Otro pasaje de Sahagún vuelve a confirmar el vínculo del nombre de México al maguey, emparentado a su vez con Huitzilopochtli, cuando refiere que "caudillo y señor que traían a estas partes los mexicanos, al cual luego después que nación le llamaron cictli, "liebre"; y porque en lugar de cuna lo criaron en una penca grande de maguey, de allí adelante llamóse mecitli, como quien hombre criado en aquella penca de maguey; cuando ya era hombre fue sacerdote de ídolos, que hablaba personalmente con el demonio, por lo cual era tenido en mucho y muy respetado y obedecido de sus vasallos, los cuales tomando su nombre de su sacerdote se llamaron mexica o mexicas, según lo cuentan los antiguos". Al parecer luego se produjo una confusión entre mexitli y mecitli, entre liebre y ombligo del maguey; lo racional, de acuerdo con el pensamiento religioso de los antiguos mexicanos, se nos antoja que es de la expresa relación con el maguey de donde viene México. De igual manera coinciden algunos textos en un caudillo de nombre Mexi o Meci, como en el texto de Durán: "Llamábanlos por otro nombre mecitin, que quiere decir mexicanos, a causa de que el sacerdote y señor que los guiaba, se llamaba Meci, de donde toda la congregación tomó la denominación". En su Tira, Ixtlilxóchitl (II, 28) afirma que el caudillo Ocelopan el segundo, "acordándose de la tierra de sus pasados, acordó de venir a ella, trayendo consigo a todos los de su nación, que ya se llamaban mezitin". Leemos en las Décadas de Herrera: "Llamóse Mexi el caudillo que este linaje llevaba, de donde salió el nombre de México". Clavijero corrobora: "ahora estoy seguro que México es lo mismo que Mexitli o Huitzilopochtli... a causa del santuario que en aquel lugar se le erigió". También hay concordancia en el Códice Ramírez: "Fueron caminando con su arca por donde su ídolo los iba guiando, llevando por caudillo a uno que se llamaba Mexi, del cual toman el nombre de mexicanos; porque de Mexi, con esta partícula ca, componen mexica, que quiere decir la gente de México". Por consiguiente, Méxi-co significa "en el lugar de Mexitli o Mécitl, es decir, donde está su templo, que es precisamente el Templo Mayor de Tenochtitlan".

Le he preguntado al maestro Macazaga Ordoño su conclusión acerca del lugar de origen de quienes construyeron el Templo, y se limita a los antecedentes escritos que existen, como el del cronista indígena Cristóbal del Castillo, quien afirma que los mexicanos emigraron de la laguna de Aztlan-Chicomóztoc porque ahí "mucho los afligían, mucho los esclavizaban..." Por ello pidieron a su dios que los llevara a "un sitio bueno y plácido". Su dios Huitzilopochtli no se hizo esperar y les dijo que ya conocía donde "se cría todo cuanto será necesario a vosotros, que nada falta"... donde hay "mucho lugar florido, que nada se está necesitando, que todo allí en el sitio se da." El nuevo lugar es referido en la crónica de Cristóbal del Castillo como Xochitlalpan, "donde (está) la tierra florida", y Tonacatlalpan, "donde (está) la tierra de los mantenimientos". Es decir, el numen promete llevarlos a un lugar de abundancia que ya conocía, pero que hubieron de hallar al fin de muchas jornadas y esfuerzos en los lagos del Anáhuac. Ahora bien, para saber de dónde venían los aztecas (de Aztlan), debemos intentar ubicarnos por el lugar donde ellos ubicaban el nacimiento de Huitzilopochtli: el llamado Coatépetl o cerro de las mazorcas, que es un lugar de abundancia. La raíz coat significa literalmente serpiente, aunque su significado metafórico es mazorca. Es decir que el mito del lugar de nacimiento del dios es un sitio de mucho maíz, la base de la alimentación mexicana; donde los cosechadores de la mazorca se convierten luego en innumerables dioses y deidades, entre los cuales ubica un principal sitio Coyolxauhqui también llamada Chicomecóatl, diosa del maíz. No sabemos, en verdad, de dónde exactamente venían, pero resulta obvio decir que eran un pueblo culto: ellos sabían que la tierra era redonda. Desde el momento que grabaron el orden de nuestro Sistema solar en la piedra circular..." 

Es cierto que la escritura que se ve en los grandes monolitos que brotan del Templo, encierra un lenguaje de imágenes universales, plagado de trazos y concepciones que son más signos que retrato. En sí, cada piedra del Templo tiene magistralmente integrados los elementos iconográficos con la magia rítmica del movimiento, en que la ornamentación y el simbolismo son una misma cosa, una invocación constante al espíritu primordial, por eso, las formas de sus dioses, lejos de constituir un fin en sí, son jeroglíficos de conceptos y datos que ahora esperan ser descifrados.

¡Que nadie se entristezca aquí,
amigos nuestros!
Así somos: un breve instante
Solo un corto tiempo somos
Y se ha de poner tierra
entre aquí y allá
¿Aún allí hay placer?
Goza, digo yo aquí
No dos veces se vive.

Cuando nos acercamos a la cara Sur que cierra el cercado de cuarenta mil metros que se han podido excavar, el maestro Matos Moctezuma nos hace pasar por una escalera interior al espléndido edificio en que ya está acondicionado el Museo del Templo Mayor, abierto al público: hay una muestra permanente de hallazgos, cafetería, una librería y varias salas. Salimos del lugar utilizando lo que fue un colector de aguas descubierto a fines del siglo XIX y que ahora se ha adecuado con barandas para el paso de los visitantes entre las ruinas. Le comento que por alguno de estos escalones debe haber cruzado Hernán Cortés, marcando a cada paso el fin del Imperio Azteca. Y Matos Moctezuma dice: ¿Fue por aquí, debió caminar por estos escalones, que son los que hemos excavado hasta ahora correspondientes a la época de la Conquista; estaban cubiertos por las dos últimas estructuras. Por estos detalles se dice que está aquí el mito vivo¿.

Se sabe que no cualquiera puede escribir de arte tratándose de América precolombina, que lleva intrínsecamente expresiones simbólicas generadas por su pensamiento religioso; sin embargo sólo anotaremos que, en efecto, el arte que vemos en el Templo Mayor es un medio para representaciones de los dioses y de otras cosas sagradas, con expresión de símbolos. De aquí que las obras artísticas, más que ofrecer motivos decorativos, aparecen tachonadas con elementos de significación mítica, labrados de trazos y concepciones que son más signos que cosas. Lo que sugiere retratos es escaso, porque aquí todo sugiere y avasalla a las cualidades plásticas naturalistas y realistas, dando la apariencia de que las esculturas están separadas del mundo en que vivimos. 

Anotemos que la talla de la piedra de Coyolxauhqui, de 3.25 metros de diámetro, la diosa descuartizada, parece algo sobrehumano con esa actitud de arrobamiento y entrega al destino que la eterniza al alejarla del mundo terrenal, transformándola en un concepto; en el relieve se integran magistralmente la magia del movimiento con los elementos iconográficos, cada uno con su significado propio. En el Templo la ornamentación y el simbolismo son una misma cosa, una invocación viva del espíritu; son obras de arte religioso elaboradas con sabiduría y respeto al oficio, tallas de manos artesanas que obedecen a una causa sagrada. En ocasiones, como en el monolito de Coyolxauhqui ("la mujer preciosa" como la nombraban cuando les concedía abundante cosecha de maíz), en su forma pétrea podemos hablar de un arte ultrasimbólico, porque la inusitada desnudez de la diosa sirvió al genial escultor de la Escuela de Citlalmina, más que para destacar características antropomórficas, para ataviarla con signos de carácter sagrado. 

El monolito de la Coatlicue, que brotó de la tierra junto a la Piedra del Sol, representa a una mujer cuya cara es una culebra que se enreda al cuerpo; su falda tiene un tejido de culebras, tiene muchas manos y está adornada con calaveras. Según el Códice Florentino, siendo Coatlicue sacerdotisa del Templo de Coatepec, estaba barriendo un día y se encontró unas plumas tiradas que guardó en su falda. Cuando las buscó, ya no estaban allí y después resultó que estaba embarazada. Al saberlos, sus 400 hijos varones y una hija, Coyolxauhqui, se pusieron celosos e intentaron matarla, pero cuando lo iban a hacer, entonces nació Huitzilopochtli, vistió sus atavíos; tomó su escudo de plumas de águila; cogió su lanza y sus dardos azules de turquesa; se pintó franjas diagonales en el rostro con "pintura de niño"; sobre su cabeza colocó plumas finas y sus orejeras; y sus dos piernas y sus brazos iban pintados de azul, y así ataviado mató a los 400 hermanos; luego Coyolxauhqui fue herida con una serpiente hecha de teas, la xiuhcóatl, cortándole la cabeza, que quedó abandonada en la ladera de Coatepetl: el cuerpo se fue rodando, cayeron sus manos, sus piernas y Colyolxauhqui quedó descuartizada. La xiuhcóatl era una arma tremenda de Huitzilopochtli, representada en forma de dardos en los monolitos, por traducción sería una "serpiente cometa", una arma "que maneja luz celestial". En 1904 el antropólogo Eduardo Seler identifica a esta serpiente de luz solar con el calor, el fuego que hace posible la génesis agrícola y la madurez de los frutos. Según Tezozomoc, después que Huitzilopochtli "mató, degolló y le sacó el corazón" a Coyolxauhqui, preside el Templo Mayor como dios de la guerra, de los tributos y de los sacrificios; en una cúspide, en ubicación paralela con Tlaloc, dios del agua y la agricultura. Anotemos que el monolito de la Coyolxauhqui, de excepcional belleza, fue rescatada de la tierra en el mismo lugar que citan Sahagún y Torquemada, ubicada en un lugar privilegiado del Templo Mayor, relacionada en devoción con las otras dos deidades más altas, "en medio, un peldaño más bajo se ubicaba el disco de piedra que se mantenía en una mesa o plataforma, al mismo nivel de Coatlicue". El monolito de Tlaloc, la lluvia, apareció de la tierra un año después de la Coatlicue, en las excavaciones de la calle Guatemala, el 17 de diciembre de 1791. Según Sahagún, "la piedra o Cuauhxicalli de Tlaloc representa a la vida, porque es dios de los mantenimientos y dador de ellos, señor del mundo verde, las gomas, las verduras y las yerbas olorosas y virtuosas". Torquemada también dice de Tlaloc, "que en nuestro lenguaje quiere decir señor de la vida." Entonces, Huitzilopochtli, Tlaloc y Coyolxauhqui-Coatlicue constituyen en lo fundamental el corazón del templo Mayor, son la raíz espiritual y artística de la fervorosa ciudad de Tenochtitlan, centro de culto a la vida y a la muerte.

Todas las formas de los dioses en el Templo, lejos de constituir un fin en sí, son jeroglíficos de conceptos; lo que induce a que mientras más descubrimos el sentido de su lenguaje, la talla nos parece más perfecta. Aquí los artistas prehispánicos supieron combinar el arte con las potencialidades expresivas de su mitología. Gracias a la eficacia con que lograron expresar su pensamiento, podemos conocer hoy aspectos de su vida que nos han dejado escrita en esculturas monumentales, en pequeñas piezas de oro, jade, obsidiana y alabastro, en la escritura de los bajorrelieves tallados profundamente sobre piedras duras, capaces de resistir un fuerte pulimento. 

En América, ¿nos sentimos hoy de alguna manera ligados a ese mundo que va brotando de la tierra misma en pleno centro de la más poblada de nuestras ciudades? Hasta su lengua para los mismos mexicanos es extraña; cuanto más sus creencias, sus pensamientos, su cultura. Cuando uno está en el sitio le parece increíble una mentalidad que ubica su templo encima de otro que hoy sabemos era magnífico; destruyendo casi por completo la civilización natural al sitio. Sus adelantos científicos, su música y su poesía fueron enterradas y quinientos años después hemos tenido que comenzar de cero para rescatar algo de cuando la ciudad era la más fastuosa de América. No solamente vencieron los conquistadores; asesinaron una civilización. Hoy, mientras brotan del suelo los antiguos dioses y maneras, mientras los pensamientos surgen aquí y allá, cuando conocemos algo más cada día de sus creencias, al mismo tiempo, uno se pregunta si hay tiempo aún de rescatar y utilizar sus altares para comunicarnos con nuestra memoria histórica, o si es demasiado tarde y fuimos desterrados definitivamente del Templo Mayor.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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