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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Mi corazón trepida

Mi corazón trepida
¿Dónde está la región en que no hay muerte?
¿No habré de ir allá yo? ¿No he de perecer?

La forma de lo que se ha excavado es la de una pirámide de base cuadrangular, cuyos costados miran a los cuatro rumbos del universo. Cada punto cardinal indica una cara del Templo con un dios creador, un símbolo y un color. El símbolo es una planta específica para cada rumbo, cuya función era la de “sostenedores” del cielo, por lo cual se perdían a la distancia como las ondas del mar retornando de un ombligo imaginario, por el que las fuerzas de los dioses entraban a la Tierra. En el punto de encuentro de esas fuerzas se construyó el santuario, justo donde se encuentra el plano horizontal con el vertical, es decir, en el paso a los niveles superiores o celestes, y a los del inframundo o negros. Todo rodeado por espejos de agua. Digamos que a partir de aquí creció el Imperio Azteca, “el lugar de los que primero poblaron”.

Con pluma deslumbrada, el capitán Hernando de Cortés escribe al emperador Carlos V:

"... y entre estas mezquitas hay una que es la principal, que no hay lengua humana que sepa explicar la grandeza y particularidad de ella, porque es tan grande que dentro del circuito de ella, que es todo cercado de muro muy alto, se podía muy bien hacer una villa de quinientos vecinos; tiene dentro de este circuito, todo a la redonda, muy gentiles aposentos en que hay muy grandes salas y corredores donde se aposentan los religiosos que allí están. Hay bien cuarenta torres muy altas y bien obradas, que la mayor tiene cincuenta escalones para subir al cuerpo de la torre; la más principal es más alta que la torre de la iglesia mayor de Sevilla. Son tan bien labradas, así de cantería como de madera, que no pueden ser mejor hechas ni labradas en ninguna parte, porque toda la cantería de dentro de las capillas donde tienen los ídolos, es de imaginería y zaquizamíes, y el maderamiento es todo de masonería y muy pintado de cosas de monstruos y otras figuras y labores. Todas estas torres son enterramiento de señores, y las capillas que en ellas tienen son dedicadas cada una a su ídolo, a que tienen devoción".

A la llegada de los españoles anchas calzadas colgantes saltaban las calles de agua, enlazando plazas con edificios de piedra pulida entre espléndidos jardines. Y sobresaliendo de toda aquella magnificencia se levantaba el Templo Mayor, que hasta ese momento había ejercido su influencia religiosa desde el Océano Pacífico hasta el Golfo de México, y al norte y al sur. Poco se sabe de sus constructores, excepto que se establecieron en el sitio a comienzos del primer milenio, proviniendo de una llamada tierra de Aztlán, también nombrada Chicomoztoc o lugar de las siete grutas, que se encontraba en mitad del agua. En verdad, no se sabía de su origen más que esto, por las crónicas, pero el sitio había sido tragado por la tierra, junto con la historia de sus constructores. Fray Toribio Benavente, "Motolinía", ha comparado las plagas de Egipto con lo ocurrido en Tenochtitlán. Señala que la séptima plaga es la destrucción de la ciudad y cómo se aprovecha la materia prima proveniente de los templos para la construcción de las primeras iglesias y conventos coloniales. Los dioses son ocultados y enterrados, otros son destruidos y utilizados en los cimientos de los nuevos edificios.

El 13 de agosto de 1790, un día similar al que alrededor de 300 años antes marcara el fin de Tenochtitlán, es descubierta en la Plaza de Armas (actual Zócalo), la diosa madre, Coatlicue. Poco después, el 17 de diciembre del mismo año, será encontrada la Piedra del Sol. Las obras que originan el resurgimiento de los dioses han sido ordenadas por el virrey Revillagigedo, al tratar de hacer ciertos trabajos de emparejamiento en la plaza y conductos para el agua. De inmediato se ordena el traslado de las piezas y es así como la primera pasa a la universidad, en tanto que la Piedra del Sol estará por varios años a un costado de la Catedral. La universidad estaba controlada entonces por frailes dominicos, quienes deciden volver a enterrar la colosal estatua de Coatlicue en los patios del mismo recinto de estudios. Allí estará durante varios años, hasta que en 1803 el barón Alejandro von Humboldt, solicita verla y recurre al obispo de Monterrey, don Feliciano Marín, para que lo ayude a tal fin. Es así como la diosa vuelve a resucitar para ser vista por Humboldt, luego de lo cual nuevamente es enterrada. No será sino hasta 1821 que finalmente se la sacará a la luz permanentemente. Cuando, luego de mostrar los dibujos que logró de la Coatlicue, se le preguntó a Humboldt en Europa la razón que provocaba esta actitud de esconderla siendo tan bella, él responde: "No quieren oponerla a la juventud mexicana, para aplacar ídolos en esta época independentista". El año 1900 va a corresponder a don Leopoldo Batres realizar el rescate de gran cantidad de objetos ceremoniales, en la calle de Las Escalerillas, detrás de la Catedral, hoy Guatemala. Batres es el primero en creer que el Templo Mayor se encontraba debajo de la Catedral, con su fachada principal orientada hacia el Sur. Sin embargo, sería don Manuel Gamio quien en 1913-14 descubre la esquina Sudoeste del Templo Mayor, en la esquina de Guatemala y Seminario. Años después, en 1933, el arquitecto Emilio Cuevas excava frente a los trabajo de Gamio y encuentra una albarda muy elaborada y parte de una escalera, conjunto que pertenece a una de las últimas plataformas sobre las que se asienta el Templo Mayor. Algunos años más tarde, en 1948, los arqueólogos Hugo Moedano y Elma Estrada Balmori, excavan y amplían las excavaciones de Gamio, encontrando un muro con cabezas de serpientes y cráneos, así como un brasero y una cabeza de serpiente que hoy sabemos marca la mitad del edificio que apunta efectivamente al Sur. En la madrugada del 21 de febrero de 1978, cuando obreros de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro realizaban trabajos en la esquina de las calles Guatemala y Argentina, al excavar dieron con algo duro, limpiaron el lodo que cubría la piedra que les impedía excavar, y descubrieron relieves tallados en ella. Detuvieron el trabajo y al día siguiente dieron aviso al Instituto Nacional de Antropología e Historia: la mítica Coyolxauhqui, la de cascabeles en las mejillas, la diosa decapitada por sus hermanos, había sido encontrada al pie del Templo Mayor, descuartizada, pero íntegra obra de arte del mundo antiguo de América. 

No te acobardes, corazón mío
Gocémonos, amigos, gocémonos
Haya amistad común
Conozcámonos unos a otros.
Nos habremos ido nosotros
Pero nuestra palabra, el tam-tam
el canto vivirá en la tierra.

El director del proyecto de rescate del Templo Mayor es el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, cuyo trabajo de una vida lo ubica hoy en un sitial mundial único, aunque ocupaba desde antes un alto sitial público en México. Ha sido director de Monumentos Prehispánicos, director de la Escuela Nacional de Antropología e Historia y presidente del Consejo de Arqueología de México. Hoy, Matos Moctezuma dedica todo su tiempo al rescate de este centro ceremonial, donde lo conocí en octubre de 1987, cuando se inauguró el Museo del Templo Mayor, época desde la cual me atreví, por decir así, a escribir mis impresiones del sitio. El hombre se muestra muy cordial, y siempre es accesible a conversar con los visitantes en la obra misma. La excavación está ubicada a unos metros del Palacio de Gobierno y a un costado de la Catedral, o sea, en el corazón de la ciudad, su Zócalo. Dice Matos Moctezuma:

—Vale la pena recordar cómo se descubrió el Templo Mayor. Fue en la madrugada del 21 de febrero de 1978. Había un grupo de hombres trabajando, obreros de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro: cavaban para conectar unos cables cuando de repente dieron con una piedra tallada con una serie de elementos escultóricos. Detuvieron su trabajo y dieron aviso al Instituto de Antropología que envió un grupo de compañeros, los que supieron, al ver el monolito de 3.25 metros de diámetro, la magnitud de lo que se había encontrado. Los trabajos de rescate no se han detenido desde entonces.

—Los resultados de las primeras excavaciones, ¿están de acuerdo con los datos históricos que se tenían?

—Esa ha sido una de las sorpresas agradables, por decirlo así; al poder comprobar que la información que teníamos era bastante correcta. Teníamos antes que basarnos en antiguos documentos, pictografías y crónicas de los siglos XVI y XVII. Especialmente sabíamos por los relatos escritos por algunos soldados como Bernal del Castillo, Tapia y Hernán Cortés mismo, así como por crónicas de algunos frailes en que sobresalían las descripciones de Bernardino de Sahagún, Diego Durán, Motolinía y Torquemada. Otro grupo de antecedentes lo conforman las crónicas de los propios escritores indígenas, como Tezozomoc, Ixtlilxochitl y Chimalpahin. En lengua nahua, que hablaban los aztecas, se conservan otros manuscritos de los que se han hecho traducciones, como los “Anales de Cuauhtitlan” y la “Leyenda de los soles”, que constituyen el llamado Códice Chimalpopoca. Teníamos también el Códice Mendocino. Y la llamada Tira de la Peregrinación, el Códice Mexicano y el Borgia... una serie de antiguos documentos que describían lo que era el Templo Mayor, su significación. Y lo que hemos encontrado en estas primeras excavaciones está de acuerdo, por ejemplo, con la ubicación que tenían ciertas esculturas.

—¿En qué estado de conservación se encuentra la estructura del sitio?

—Creíamos que todo iba a estar más afectado, más destruido, pero no. Para nuestra fortuna es posible situar las diversas etapas constructivas, su arquitectura, todo en condiciones bastante buenas, inclusive con sus pilares recubiertos de estuco, pigmentos de colores, ofrendas con multitud de objetos de uso común;, el Chacmol, una deidad asociada al agua y la fertilidad de la tierra, policromado frente a la entrada del adoratorio de Tlaloc, la piedra de sacrificios frente a la entrada del adoratorio de Huitzilopoxtli, esculturas intactas... La mayor sorpresa ha sido el buen estado en que va floreciendo de la tierra el Templo Mayor.

—Desde que usted asumió las tareas de rescate. ¿Cuál ha sido el plan que se ha seguido? ¿Cómo se realizan los trabajos?

—Desde el comienzo se ha realizado la investigación en tres fases. La primero ha consistido en la recopilación de la mayor información que existía acerca del Templo, comparando las fuentes escritas con la evidencia arqueológica. La segunda fase es la excavación misma que solo en su primera etapa duró cinco años, y nos permitió rescatar más de siete mil objetos arqueológicos. La tercera fase es la conjunción de las dos anteriores: la interpretación de los hallazgos, su relación con las fuentes históricas y su confrontación con los planteamientos iniciales.

—De acuerdo a la identidad del centro ceremonial, ¿qué se ha establecido acerca de la organización religiosa que aquí imperaba?

—Lo prioritario fue establecer el simbolismo del Templo mismo, ya que de ello dependían otros aspectos, por ejemplo, para explicar la presencia de determinados dioses, su relación con el mito y este, a su vez, con la cosmogonía que tenían del universo. De esto se derivó, por religión comparada, que el lugar, en sí, representa el ombligo, el centro fundamental del pensamiento de sus constructores. Ellos concebían un plano vertical: arriba el cielo y abajo el inframundo. Así como un plano horizontal, en que está el mundo del hombre, que es el Templo Mayor.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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