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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Crónica del gran amanecer de Tenochtitlán

De lo azteca no se habla, se susurra. Su estirpe es antigua como la piedra y misteriosa como el tiempo; limitan a lo alto con el canto de los pájaros tempraneros y a lo bajo con el latido del corazón de la tierra”.

Alrededor del siglo V antes de nuestra era se dio en todas partes un florecimiento del pensamiento en el hombre: en Grecia, Solón y Clístenes dictaban las pautas de la democracia; Zaratustra predicaba en Persia, mientras en China Lao Tse sistematizaba todo su concepto filosófico acerca del hacer las cosas como si no se las hiciera. Nacía Confucio y los escritores de la escuela de la Kabalah terminaban de dar forma al Génesis y Apocalipsis bíblicos.

En esa época se estableció un grupo de gentes sobre una colina y áreas aledañas, apenas visibles en las selvas bajas del Norte de Guatemala: los Mayas. Nadie sabe de dónde vinieron ni hacia dónde se fueron. Pero crearon, en forma que aún no hemos llegado a desentrañar, una sorprendente civilización. Se asentaron desde Palenque en México hasta Copán en Honduras. Los ceibos, su árbol sagrado, rodeaban sus palacios y templos. Las ruinas de sus ciudades casi deificadas son hoy una fuente de emociones estéticas: los constructores mayas localizaban y llenaban un espacio por medio de sólidas masas para diferenciarlo del ámbito de la naturaleza y fijar la atención sobre un sitio, o sea, manejaban sus construcciones como si fueran gigantescas esculturas, en las que siempre la escritura era un elemento importante. En los peldaños de las casas y sitios sagrados tallaron la letra en la piedra y nos legaron su memoria. También la escritura jeroglífica les permitió registrar las observaciones astronómicas que hacían, pues del cielo hablan los murmullos de la más profunda raíz maya. Para ellos tiene un marcado interés el planeta Venus: sus máximos brillos y mayores esplendores, sus nodos y ortos helíacos, su apariencia en los cielos de la noche y de la mañana, los tiempos de invisibilidad de la gran estrella y sus resurgimientos, sus tránsitos frente al sol... el calendario maya de 260 días ha tomado como base el periodo sinódico de Venus y el anual del sol, y es un diezmilésimo de día más exacto que el año del calendario gregoriano que utilizamos ahora; los cronistas relatan que se añadía un día cada cuatro años, lo que equivale al año bisiesto actual. De acuerdo a la cronología de los mayas nuestra humanidad es la quinta y cambiará veinticinco años después del crepúsculo de la tarde de este día 16 de agosto del 1987.

Desde las últimas luces de ayer y este amanecer, nuestro planeta inició la última fase de su ciclo de ingreso a un rayo de luz galáctica ocurrido en el año 3113 antes de nuestra era, y que debe finalizar (según las estelas aztecas) el 22 de diciembre del 2012, día del solsticio de invierno del año en que podremos (el 5 de junio) escudriñar el tránsito del planeta Venus frente al sol. Mayas y aztecas marcan el tiempo transcurrido a partir de una fecha mítica correspondiente al 13 de agosto del año 3113 antes de nosotros. 

De lo azteca no se habla, se susurra. Su estirpe es antigua como la piedra y misteriosa como el tiempo, limitan a lo alto con el canto de los pájaros tempraneros y a lo bajo con el latido del corazón de la tierra. Sus súbditos de Teotihuacán fueron encomendados para construir las pirámides al sol y la luna, y el centro de su cultura era Tenochtitlán, y en el centro de la gran Tenochtitlán estaba el Templo Mayor; allí daba audiencia Tlacaelel, el azteca entre los aztecas. Y cuando por órdenes del propio Tlacaelel, la Escuela de los escritores se unió a la de los escultores y astrólogos para tallar la Piedra del Sol, la misma Citlalmina, la mujer dormida, insufló su espíritu a los trabajadores, entre los cuales había mensajeros dedicados a traer las fechas que desde el cielo los dioses susurraban al príncipe Netzahualcóyotl en Xochimilco.

Hoy era una de esas fechas, y ha sucedido un raro fenómeno astrológico: el alineamiento de Venus, Marte y Mercurio, que coincidieron en su posición respecto al Sol y estuvieron en su más aparente cercanía a Régulo, la más brillante estrella de la constelación de Leo. Esta conjunción múltiple no ocurría desde hace más de 20 mil años, según registran también los aztecas y mayas y otros pueblos de la antigüedad como los Hopis, que se desarrollaron en lo que actualmente es la región sudoccidental de Estados Unidos. Estos pueblos sabios de antes han presagiado la posición que hoy tienen las estrellas como símbolos de extraños acaeceres. Los Hopis dicen que la humanidad tiene ahora un plazo de 25 años para renovar las prácticas de purificación que permitirán a la gente alcanzar el estado de ánimo apropiado para ser partícipe de una mejor civilización, una vez que en el 2012 la Tierra haya salido del rayo de luz y comience su nuevo ciclo.

Ahora, en la Gran Tenochtitlán este amanecer fue celebrado con ofrendas al Templo Mayor. Hacia el norte, en la mítica Teotihuacán y a las faldas de la pirámide del sol hubo cantos sostenidos. Y la convergencia armónica también se celebró en el sur, allá en Macchu-Picchu. Y más allá en la Isla de Pascua donde seguramente el hombre-pájaro salió de los reinos subterráneos y anduvo haciéndole punta a la luz. Con los que se reunieron en las pirámides de Egipto y las gentes de Colorado debe dar el total de 144 mil personas que debían hoy recibir la nueva Era.

Aquí, en las afueras del Templo Mayor hubo discursos sobre la paz y la armonía entre los hombres, llegaron los sopladores de caracolas y se cantó en olvidadas lenguas mirando a un lugar en las estrellas. Se rodeó el Templo Mayor con incensarios que envolvieron el aire de copal, los hombres nos adornamos con ropas blancas y las mujeres traían puestas sus sandalias de sándalo que perfumaban la tierra que pisaban.

OFRENDA A LAS PUERTAS DEL TEMPLO MAYOR.

No en verdad, de veras, no en verdad
Nada tendrá su culminación
Nada ha de perecer en la Tierra
Hemos venido a hacer cantos
A conocernos unos a otros
Al sitio de los tambores.
(Fragmento de escritura en piedra del Templo)

El mítico centro ceremonial llamado Templo Mayor fue descubierto, por casualidad, en 1978. Ahora, los arqueólogos siguen excavando y sacando a la luz una ciudadela enterrada en pleno centro de la ciudad de México. En el Templo Mayor el panteón de dioses prehispánicos estaba presidido por Tlaloc, dios de la vida simbolizada en el agua, a la izquierda. Y a la derecha por el dios de la muerte, Huitchilopotztli, simbolizado con la guerra. Al centro, rigiendo la cosmogonía de los antiguos mexicanos, está Coyolxauhqui, la Coatlicue, la tierra, la sabia, el maíz, la fertilidad agrícola. Fray Diego Durán narra que “esta diosa lloraba algunas veces por la noche, deseando comer corazones de hombres, y no se quería callar, en tanto que no se le daban, ni quería dar fruto si no era regada con sangre de hombres”.

De acuerdo con la crónica de Andrés de Tapia, soldado de Hernán Cortés que vio el Templo Mayor antes de ser arrasado, sabemos que fuera del santuario “tenían ídolos con unas culebras gordas de oro ceñidos, y por collares cada uno con diez o doce corazones de hombre, hechos de oro, y por rostro una máscara de oro y ojos de espejo...” Quinientos años después, de lo que se ha rescatado del centro ceremonial, lo primero que llama la atención es la imaginería fantástica con que se expresa cada idea. Piedras de forma zoomorfa, ídolos y rocas con bordes tallados al filo de obsidiana, entre la escritura jeroglífica que envuelve los altares y cada columna. El sitio ya se puede apreciar cruzando los puentes metálicos que se han alzado a sus orillas, y, se ve cómo cada visitante que cruza habla en voz baja. El impacto es inmediato.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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