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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Eclipse del 11 de julio de 1991

3. Eclipse del 11 de julio de 1991.
El cortés Pericué Gheghen.
Elogio de Doña Lupita Pintado de Alvarado. 

Estando en esta Ciudad de Cabo San Lucas, se convirtió el día en noche, tal como había sido profetizado por el oráculo Maya como "la profecía del día oscuro". Aún deberán transcurrir entre cien y doscientos años para confirmar las innumerables pruebas científicas que se hicieron. Las encuestas populares indican que solo algunos se interesaron por observar el apagamiento del sol, que la televisión mexicana proyectó en directo al resto del mundo, sin embargo, quienes estuvimos en Baja lo calificamos "una maravilla".

El interés por el eclipse fue mayor entre los niños y los hombres de ciencia. Aunque todas las agencias noticiosas dieron cuenta del hecho: la UPI, por ejemplo, anotó que "la Luna se interpuso al Sol en la Península de Baja California, en las Costas del Pacífico mexicano, primer punto de la tierra americana. La temperatura en Baja California comenzó a descender pero el cielo estaba completamente despejado en las ciudades de La Paz, San José del Cabo y Cabo San Lucas... El cielo oscureció en las ciudades conocidas por sus hermosos atardeceres, las cámaras comenzaron a hacer click, las aves enmudecieron su canto creyendo que había llegado la noche, las gallinas cacarearon y los leones marinos buscaron a gritos a sus parejas..." 

"Es una experiencia mística", dijo Jeff Cole, músico de Atlanta. "Tú sabes que el alineamiento gravitacional va a tener efectos. Esto es pura física". Los científicos estaban emocionados. Jorge Ledesma Vásquez, de la Universidad Autónoma de Baja California, reconoció a la misma agencia UPI que este eclipse dio datos suficientes para mantener ocupados a todos los hombres de ciencia "en los próximos diez años". Según la agencia EFE el eclipse "fue calificado como una maravilla por los centenares de astrónomos que lo observaron en el volcán Mauna Kea, de Hawai". NOTIMEX informó que "científicos mexicanos y estadounidenses lanzaron un cohete con una sonda _el Aztlán Víper III_A_ que analizará efectos del fenómeno". En Santiago de Chile (donde la Luna tapó apenas el tres por ciento del Sol) el astrónomo Herbert Wroblewski, de la Universidad de Chile, dijo que el eclipse, para los científicos que estaban en el área de ocultamiento total tiene enorme importancia, ya que lo que realmente interesa es analizar un apagamiento total. Cuando esto es posible, como experimentaron los científicos que se trasladaron a Baja California ahora, se recaban datos para conocer, por ejemplo, las causas que producen las tormentas y turbulencias en el astro. Es un eclipse total de gran importancia para el desarrollo de la astronomía, física solar o física terrestre. Se aprovecha la oportunidad de estudiar las fluctuaciones de la ionósfera y su efecto en las comunicaciones. También se analiza la corona solar, que se hace visible solamente en estas oportunidades, y la cromósfera solar. Además, es una oportunidad de estudiar el efecto Einstein, que se refiere a la desviación de la luz por efecto de un campo gravitacional poderoso", dijo.

En la historia de la Naturaleza, este eclipse ocupa un sitio de privilegio. Otro fenómeno similar, hace 2406 años, marca el inicio de la ciencia astronómica. Y aún antes, como sabremos, enmarca el instante en que un semejante descubrió que la vida no es en vano. El de ahora duró siete minutos y dejó a oscuras una faja que incluyó Hawai, Centroamérica, Colombia y gran parte de Brasil, siendo esta zona de Los Cabos el sitio en que se centró el fenómeno. Por ser la Península de la Baja California la mayor altura de la columna terrestre Norte_Sur, en la zona de epicentro del ocultamiento solar, fue este el punto afectado. Y se ubicó entre la Longitud 0.100 grados de Greenwich, Meridiano Este 120, y el Paralelo Norte 31 y el Trópico de Cáncer, siendo su triángulo sostenido por el Cerro de la Encantada (3.069 metros) y el Pico Sierra Blanca de Nuevo México (3.659 metros) en dirección al Cerro de Santa Genoveva (2.406 metros), donde se encuentran las aguas del Golfo de California y el Océano Pacífico. Apunta en la ubicación 110_23.7 de la Falla de San Andrés, produciéndose el oscurecimiento álgido sobre esta Ciudad de Cabo San Lucas.

Desde hace algún tiempo los investigadores se preparaban para este eclipse, para estudiar sus efectos en la Tierra, en el mar y el aire. Y para aplicar la tecnología más adelantada de nuestra civilización y verificar aspectos cósmicos; como la distancia a que estamos de nuestra fuente de luz, calor y vida (150 millones de kilómetros) y su tamaño cien veces mayor que el de la Tierra. Este oscurecimiento transitorio de nuestra estrella más cercana, por interposición del Satélite Mayor, de hecho, marca la fuerza objetiva de razonamiento que creó el primer flujo de intereses astronómicos, que se produjo durante otro eclipse total de Sol ocurrido el 28 de mayo del año 585 antes del nacimiento de Jesucristo. Se dice que el punto neurálgico fue, entonces, el área del campo en que guerreaban Medos contra Lidios. Cuando ambos ejércitos antiguos combatían, en medio de la batalla, el Sol se apagó poco a poco sumiéndolos en la oscuridad unos instantes. La crónica asegura que cesaron de luchar de inmediato: tal fue el asombro de los hombres. Cuando ese mundo supo que este fenómeno había sido anunciado por el sabio Tales de Mileto, antes de que ocurriera, comenzó el estudio oficial de los cuerpos celestes y sus evoluciones. 

Un eclipse similar se produjo en la última hora de la tarde del año 33 del calendario greco_romano, siendo, entonces, su punto neurálgico el encuentro de la Península Arábiga con el Mar Mediterráneo. En América, en la corte de la Gran Tenochtitlán, ante el emperador Moctezuma se hacía interpretar la Danza de la Pluma por varias niñas, y entre ellas a la representación de Sihuapille "cuya belleza cegaba a quien la veía", según el códice zapoteco. En los códices, con la imagen de Sihuapille también designan al eclipse total del Sol. La voz "Sihuapille" pertenece al idioma del grupo Otomanque, tronco saviza, familia Zapoteca, que se habla desde hace 4.000 años en regiones del sudoeste de México, y es una voz que encierra un concepto de dignidad y respeto a lo efímero de la naturaleza humana que algún día es eclipsada. 

Se dice que Tales de Mileto, que nació en un puerto de la actual Turquía, luego de este eclipse comenzó a predicar que la Tierra era redonda, idea que apoyaron algunos de sus contemporáneos, como Pitágoras y Anaxímenes. Ellos dedujeron que si a simple vista era redonda la forma del Sol y de la Luna, así debía ser nuestro planeta. Aún debieron pasar 2000 años para que esto se comprobara. Hay mucha gente que teme a los eclipses, y se alarman pensando que trae calamidades consigo. Esto corresponde a cierto sentido trágico de la existencia, y a la asociación de nuestra vida con la luz del día y un eclipse es la sombra de la noche, que tememos. Su cariz misterioso es reflejo de la incógnita de la existencia antes del Gran Soplo, cuando todo estaba cegado a la Luz, o después, cuando naturalmente nos apagamos. Desde siempre el hombre ha combatido la oscuridad usando una sola arma de defensa: encendiendo luz de artificio, como una hoguera o un foco eléctrico. Biológicamente la naturaleza terrenal solo soporta unos pocos días en penumbras, pero más allá se desintegra. O sea, físicamente un eclipse es contrario a la vida, pero es efímero y las horas de la noche o la sombra larga polar las iluminamos con nuestro propio ingenio. Este eclipse del 11 de julio de 1991 equivale al retorno de un mito en la memoria histórica de la humanidad, y nunca antes la ciencia estuvo tan preparada técnicamente para recibirlo. También es nuevo el espíritu de nuestra civilización, que recrea los mitos a imagen y semejanza de sus propios sueños, transmutándolos en el propio perfume del pensamiento de la época.

Para las ciencias oníricas, soñar un eclipse es indicio de cierta visión dolorosa de la vida dentro de la búsqueda del equilibrio. En las ciencias sicológicas llena una página importante del estudio de la mente humana y la causa de sus actuaciones, llegando algunos a decir que las disfunciones mentales son consecuencia de cierto elemento desestabilizador entre la luz y sombra que recibe el paciente. Para su sicoterapeuta el afectado está ciego a la luz de la realidad y se desenvuelve en un mundo oscuro, desconocido para nosotros. Es esto, justamente lo que ha hecho recomendable el uso de mucha luz en las clínicas siquiátricas, especialmente la terapia de exponer al paciente a la claridad natural que da el aire libre. El eclipse de la luz también inspira actuaciones oscuras en la siquis humana, así hay hombres que se auto_cegaron, como Demócrito de Abdera, que en una plaza pública arrancó sus ojos "para no ver tanta belleza que no deja pensar", y enseguida descubrió el átomo, diciendo que "todo lo vivo está compuesto de partículas indivisibles, demasiado pequeñas para reconocerlas a simple vista, indestructibles y eternas". Es poco verosímil, en verdad, que alguien pueda subsistir en la oscuridad más allá que la de la imaginación. Ya Borges señaló el error de creer que los ciegos no ven: ellos ven un color que puede ser azulado, verdoso o plomizo, nunca la oscuridad total. Otros ciegos ven el color amarillento o el de la niebla, pero no el de la luz: una persona que estuviera obligada a ver siempre el blanco total o el negro total, terminaría por perder la razón. Fisiológicamente es la razón de la necesidad del sueño cada ciertas horas de actividad. Hay pensadores como Herman Hesse, para quienes el hombre encierra una justa medida de luz y sombra, y es dentro de ese equilibrio en el cual debemos intentar vivir. Ciertos gnósticos plantean que la vida del ser humano transcurre como un lento día hacia la noche, irremediablemente. Para Nietzsche los semejantes "viven en la oscuridad soñando el superhombre que nace del eclipse". Para los humanistas el superhombre está ya antes, inmerso en la primera luz, un poco, hasta que debe enfrentarse a la Gran luz cara a cara, la luz alquímica que nombra la unión del día y la noche; la luz alquímica es ni blanca ni negra, solo luz. El conformismo actual religioso plantea que esa Gran luz se ve solo en el instante de la muerte, lo que es ciertamente peligroso como arma de sojuzgación que anula búsqueda del ideal, y por ser algo imposible de comprobar. Las religiones antiguas dicen que el ser aún en medio del eclipse, no deja de estar inmerso en la luz primordial: en cualquier instante de la vida estamos inmersos en luz bienhechora según derivan las escuelas de pensamiento Positivistas. Todas las ciencias de la medicina sicológica y algunas de la física, como las químico_farmacéuticas, derivan de la idea ancestral de que la luz forma parte de nuestros componentes. Sin embargo, solo en el siglo XX se ha descubierto que hay ciertamente un elemento desconocido que abandona el cuerpo al final, y que pesa aproximadamente un 0,1 del peso total: se ha fotografiado y semeja un espectro de luz, ¿se le podrá manejar?. Quién sabe, se estudia. Hay quienes piensan que, francamente, somos manejados por la luz, otros se niegan a creerlo y buscan su propia luz, cualquiera que sea la idea de luz y sombra que se tenga. 

Ahora, voy a recordar para usted, lector, mi amigo, una historia que leí, o quizás oí no sé dónde acá en Baja. El hecho ocurrió el primer día que hubo un eclipse total de Sol, o sea, como ha de suponer esto ocurrió hace muchos años. Tal imprecisión de la fecha no lo es en cuanto al escenario en que se desarrolló el hecho: la California interior, uno de cuyos pasadizos se encuentra en la Sierra de San Lázaro, donde reinaba el altivo Pericué Batur, cuyo nombre era temido a lo largo de la península, en el norte y entre las gentes de este y el otro lado de los mares. Su pueblo amaba todo en el soberano, excepto su desagradable afición a decapitar una veintena de personas por día. 

El encargado de cumplir tan repudiables ordenes del rey, era el hoy recordado Pericué Gheghen, que en ese instante del eclipse primero inflamó de fe su corazón y salvó la cabeza del pueblo, sin, por ello, desobedecer las ordenes superiores. El Verdugo Gheghen se instalaba al pie del patíbulo recitando textos ya antiguos entonces, para desviar la atención del condenado a su espada. De súbito, decapitaba tan violentamente que el muerto apenas alcanzaba a enterarse del trance. Cuando transcurrieron veinte años de practicar su oficio, Gheghen descubrió que no era lo que se dice estrictamente feliz: pese a su trabajo decidido había algo inoportuno que asediaba su conciencia. El creía en la perfección absoluta. Y lograr dar un golpe de espada tan definitivo que la cabeza del condenado, por inercia, no alcanzara a caer de su tronco, lo consideraría perfecto. Quería ser tan rápido en su acción, que la misma naturaleza ni siquiera alcanzara a percibirlo. Siguió otros treinta días ejercitándose vanamente, buscando el golpe preciso. Cuando llegó el día del primer eclipse, Gheghen se levantó intranquilo, menos feliz que otros días, y se dirigió a su trabajo. Cuentan que llegó El Que a Sí Mismo se Inmortalizó (como lo nombran aún) y avanzó cantando versos, y, cuando iba a dejar caer su espada sobre el hombre condenado, en ese preciso instante, todo se oscureció. No vio nada pero se movió limpiamente y ¡oh dioses! En la huida de la luz supo que se había cumplido su sueño: sintió que su espada había traspasado la materia sin alterarla un ápice. Cuando llegó nuevamente la luz, una sonrisa agradecida cambiaba la severidad de su rostro. El condenado, entonces, le rogó que pusiera fin a su martirio de una vez, y que lo decapitara. Entonces, el Pericué Gheghen, con la más espléndida cortesía aprendida en la corte del rey, dijo al muerto:

"_Ya ha sido usted servido. Puede inclinar la cabeza... si lo desea. Pero recomiendo a usted esperar para hacerlo".

Desde ese día, en aquel reino de la California interior, los condenados a muerte por el rey, salían de su decapitamiento muy erguidos: confiaban en tal certero golpe. Lo demás lo dejaban al propio arbitrio de la naturaleza que en poco tiempo restituía sin más las huellas de la espada.

Elogio de Doña Lupita Pintado de Alvarado.

Por razones presentes y pasadas pongo la mira en la Ciudad de Cabo San Lucas, donde a la hora del crepúsculo del amanecer se puede ver los mares llevándoselo todo, poco a poco, silenciosamente. Y hablo del sitio no por inventar cuentos o crear una atmósfera de historia de amor con Luna llena y espejos de agua dorada y la niña y el jovencito y los pájaros trinadores que llevan las historias de amor en lugares lejanos. Hablo de Los Cabos porque recibí una noticia de doña Lupita de Alvarado, quien nació y vivió en el lugar. Y si hablo de una maga vieja y de un mundo secreto y ya casi invisible ahora, es porque también es bueno sacar del pensamiento y traer a lo que uno escribe cuestiones que a veces arrinconamos en los sueños.

Y luego, el escenario es Cabo San Lucas, donde, al decir de doña Lupita "a los vecinos nos convierte en una especie de homenaje a todo aquel que vence la adversidad del look externo y la del otro look, el del alma". Y no es que yo quiera poner a doña Lupita de protagonista, pero necesito remitirme a ella para hablar de Los Cabos, porque en verdad lleva el sitio en las venas, porque ése es el mundo de sus mayores y porque allí conoció el amor, a Roberto Alvarado y sus consecuencias. "Cuando nos conocimos, ya no pudimos separarnos, el Robert, después de salir de la ballena se hizo carbonero, que había aprendido antes por allá de dónde venía, creo que venía del Sur, ni sé de dónde", pero gracias a él que doña Lupita sabía tanto de ballenas y lobas marinas como podía hablar con autoridad de lo que es bueno o malo para producir calor, "pues para algo le sirve a una vivir con el mismo toda la vida".

Quienes viven a la orilla del mar saben mucho del carbón, le llaman pan de la tierra porque da calor cuando el frío arrecia y permite el alimento, la intimidad y da luz a la vida del hombre, y por antiguo y humilde los diarios ni hablan de él. Por esas razones o _a lo mejor_ porque supe de doña Lupita que hablo de ella, sabia en todo acerca de la hechura del carbón en su roce con el fuego, que debe ser alegre, transparente y no debe soltar chispas, "los carbones deben acomodarse de mayor a menor formando una figura, algo así como esos edificios antiguos que dicen que hay en México, las pirámides, se les debe dejar una salida para que el viento que silba no haga arder el carbón muy luego y todo se apure y no se vuelva un puro montón de cenizas. La piel de palma en la base de la pirámide y un poco de tierra seca le cuidan el corazón al fuego, que debe arder lentamente, hasta que se sabe, por el humo, que está listo".

Doña Lupita solía decir que el humo del carbón primerizo señala caminos en el mar, donde escriben las gaviotas sus cantatas marinas y las sirenas tienen su reinado milagroso, del que a veces se escapa un viento que pasa zumbando como un alma en pena por las quebradas península adentro, donde los carboneros van estrellando la noche con sus lentos resplandores que envuelven de tibieza los ranchos de los pescadores, donde no alcanza el artificio y el contenido humano se va afinando pulsándole al olvido y comprendiendo la vida y la muerte entre los tizones ardiendo de la noche. Se casó en 1924, a los 15 años, con Roberto. 

Vivieron juntos sesenta años y debió ser dura la separación, pero mostró mucha entereza y conformidad con la voluntad de Dios. Se retiró al dormitorio donde yacía el cadáver y después de rezar en alta voz, "se acostó al lado del cuerpo muerto de Roberto acariciándole la cabeza, como si estuviera vivo, besó el crucifijo que le había puesto en el pecho, y durmió con sueño apacible hasta la mañana del día siguiente en que se levantó muy temprano" (todo esto desde una embarcación se le vio hacer por una ventana del dormitorio que daba al mar, sin que ella lo sospechara) "después lavó el cadáver, y le puso el pulcro vestido que llevó a la tumba, lo peinó con mucho esmero y delicadeza, derramando esencias sobre su rostro y cabeza. Depositó besos en la frente helada, y se despidió para siempre". 

Primero doña Lupita se puso rara. Dicen que tuvo que ver con la muerte de su Robert, que luego_luego se puso a hablar cosas extrañas. No es que anduviese queriendo salir de su mente o algo por el estilo, no es que las cosas que decía las dijera por hacerse la interesante, eso lo sabemos porque cerca del mar nadie puede mandárselas de culto, porque ahí se vive con la impresión de la naturaleza en el alma, y el lenguaje pasa a ser casi secundario y lo que vale es el ánimo y los hechos, el camino que se abrió a golpes de hacha entre los roqueríos costinos o las rutas que buscan en sus botes con la naturalidad de los pájaros de agua que desafían a los vientos, y que por ser historia tan de lejos es casi anónima, sólo va quedando escrita en las pizarras del cielo. 

Ahora que el invierno levanta las aguas y las envía al cielo, envueltas en algas, espuma y flor de papa nueva azul como el mar, y la sacada del bote es una odisea porque la marea tira para adentro y hay que tener radar en los brazos para atracar junto con las aguas, que apagan hasta el carbón más ardedor, ahora que recibí la noticia que dice que doña Lupita pudo haber tenido unas conversaciones con San Pedro antes de ir al cielo, o a la tierra, ahora, a unos meses del eclipse famoso, cuando los cantos submarinos de la ballena azul, además de encantar a los científicos, empiezan a ser comprendidos y quizás en un cercano futuro, permitan al hombre comunicarse con estos fantásticos seres; ahora cuando he sabido que doña Lupita se devolvió a la distancia, ahora, procuro en su nombre, como homenaje, demorar un poco este elogio para rescatar palabras, sucesos de la heroica estatura de esta vecina de Los Cabos.

Porque tuvo que ser heroica para volver a instalar la casa en el mismo sitio _a 20 metros del mar_, después que el último maremoto le arrancó hasta los cimientos, cuando vino "la gran ola y botó hasta la cerca que me había hecho el Robert con maderas de jacaranda antes que las flores volaran de sus ojos cerrados". Aunque también doña Lupita era famosa por otras cosas, como su crianza de gallinas castellanas semiacuáticas que empollaban en la arena, y hasta por su manera poética de decir las cosas, de mencionar los hechos y nombrarlos, de aplicar las palabras, no sé bien. Por ejemplo, el pan de la tierra también era el cálido mineral negro; las ballenas "compañeras"; las puertas, doors, y las ventanas eran las guindous; que "el gallo anda gringo y por eso no monta a las gallinas que quedan inconclusas, y olvídese de tener huevos"; la gente que se enfermaba se ponía “intransitable” y las ballenas _felizmente_ habían ayudado a su Robert a cruzar al cielo más abajo de las aguas, porque eran acompañantes de los hombres cuando se devuelven a la distancia. Y después, la música del mar en la noche cuando los tambores de rocas redoblaban contra la costa, y esa falta de ganas, la ausencia del finado, el frío que se le colaba en los huesos, largo, inacabable como el gemido de las lobas que paren en Cabo San Lucas. Zona en que todo es importante y necesario, porque la naturaleza implanta sus poderes y se muere y se nace bajo sus órdenes y nadie se acalambra ni maldice ni jura por un santo nombre en vano. Por eso estas líneas, ahora que los carbones siguen ardiendo en las noches costeras, cuando el mar de Cortés es una canción de peces y de corales rosas, esmeraldas, zafiros, ahora que el eco de sus actos vuela con las gaviotas de Baja, sobre Los Cabos, para conversarle un poco a San Pedro acerca de las aguas mansas y las aguas bravas, del fuego, de la salmuera en los ojos del mar y en los ojos de los hombres, de todas las cosas que ocurren en el sitio. Ahora que ya ni importa si vuelve la ola, ahora que las castellanas quedaron solas en la playa, mientras doña Lupita Pintado de Alvarado seguro guiada por una ballena llegó al sitio donde la esperaba su Robert y están de nuevo en conversando su amor de cada día.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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