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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Llegada al Cañón de Santa Teresa

La gente es muy sencilla y amigable, típica de la sierra, que les gusta que los visiten y que platiquen con ellos. Su actividad principal es el pastoreo de cabras, venta de las mismas y del sabrosísimo queso que elaboran. Aunque sus rebaños son diezmados por el puma. Dice don Refugio: "Es muy cobarde, porque huye de nosotros, pero se lleva muchas chivas. Mucha gente solo viene a ver la Cueva del Ratón; para las otras cuevas somos más de treinta guías y tenemos que esperar nuestro turno, aunque hay guías que no tienen bestias se las prestamos, son viajes muy importantes para nuestra economía".

En el camino pasamos una barranca muy hermosa con formaciones de roqueríos enormes. Después de una hora y media llegamos al Cañón de Santa Teresa, donde son dos horas más de tránsito lento bajando el cañón, por veredas accidentadas y llenas de rocas, con algunos tramos de cuidado a la orilla del precipicio, pero las mulas están acostumbradas a estas jornadas, en un camino que ellas cruzan muy seguras. De repente, al fondo, un manchón verde que contrastaba con el paisaje árido y lleno de distintas variedades de cactáceas. "¡Santa Teresa!", nos indicó don Refugio, ranchito donde viven unas pocas familias que se dedican a cuidar sus huertas, y por el cual toma el nombre el cañón. Allí, aprovechan el agua que corre en el fondo de la barranca, siembran hortalizas y además cuentan con árboles frutales como higo, durazno, limón y ¡maravillosos naranjos! Compré tantas naranjas como podía llevar cargando al anca de la mula. Un poco más adelante descansamos, se le quitó montura y freno a los animales para que pudieran tomar agua libremente. Entonces pudimos ver al fondo de las barrancas que estaba compuesto por piedras características de río, lo que hace suponer que en épocas remotas corría uno por allí, y que en la temporada de lluvias se llegan a formar grandes arroyos; charcas que heredan un riachuelo que corre a lo largo de las barrancas, y que en algunos tramos se hace imperceptible; palmeras erguidas orgullosas a una altura de 12 a 15 metros, y que a medida que seguimos son más abundantes, indicándonos que estamos en un oasis con toda su sensación de frescura en un ambiente árido; las laderas de las barrancas se ven llenas de distintas variedades de cactáceas; algunas creciendo de las paredes verticales formando terrazas en las cuales se aferran otras plantas y arbustos. El cielo es azul profundo y la luz azul se refleja en todo lo que vemos. Al continuar el viaje tardamos una hora en llegar a La Pintada, pero en la ladera opuesta; después de 45 minutos más llegamos a la zona de campamento, cerca del cual se forman pequeños pozos naturales de agua fresca. El calor es intenso, tan desgastante que tomamos una siesta después de la comida, para reparar fuerzas y esperar a que disminuyera un poco la temperatura. En la noche pudimos saber porqué se dice que el lugar es muy frío. Debo confesar que el frío fue que me obligó a probar por primera vez la sopa de "cahuama", una bendita tortuga con veda en ciertas épocas del año, pero estaba calientita, reconfortante, nutritiva, con trozos de carne deshebrados de un sabor tan delicado como el abulón pero levemente grasoso de calorías del mar: pienso que ninguna otra cosa me podía haber quitado el frío y entendí porqué es el plato más común por lo necesario en la noche peninsular extrema.

Muy temprano, la primera caverna que visitamos fue La Pintada, una joya en verdad, como dijo Don Refugio "es la más chula de todas las cuevas". Situada a media hora caminando del campamento, es una oquedad que corre a lo largo de 70 metros por la falda de la barranca, y que, como algunas otras de esta zona, cuenta ya con andadores de madera que facilitan muchísimo ver y admirar las pinturas. Es una verdadera galería de arte rupestre en cuyas paredes se pueden ver figuras humanas con los brazos extendidos con capuchas o penachos, venados, cervatillos, borregos cimarrón, liebres, coyotes, zopilotes, y figuras marinas como peces, tortugas, ballenas y delfines. Los colores predominantes son el rojo y el negro, que utilizaban pintando las figuras de ambos colores por la mitad, ya sea vertical u horizontalmente, hay algunas que están pintadas de un solo color. También utilizaron el blanco y el amarillo pero en menor grado, ya sea como contorno de algunas figuras o para resaltar algo en otras. El tamaño es muy variado, pero llega a haber figuras de más de dos metros de alto. Hay algunas pinturas que no están terminadas, o que son un bosquejo o un contorno definido. Muchas figuras se yuxtaponen. En uno de los murales de esta cueva pareciera como si un grupo de hombres tuvieran acorralados a varios venados y borregos cimarrón. En otros las yuxtaposiciones llegan a tal grado que pareciera como si ninguna parte de la pared estuviera libre de pigmentos, y hay que fijarse muy bien en donde empiezan y donde terminan las figuras, en una mezcla de tamaños, variedades, orientaciones y disposiciones.

Al día siguiente visitamos otras cuatro cavernas. La primera fue la Cueva de la Soledad, ubicada a una hora caminando desde el campamento bordeando la montaña donde se encuentra La Pintada hacia otra barranca; el acceso incluye escalar algo no muy complicado. Don Refugio también la llama la Cueva de las Aguilas, porque en la pared de esta caverna que mide aproximadamente 7 metros de alto por 12 de largo, se encuentran varias figuras de tamaño natural donde se pueden apreciar hombres, mujeres (ya que se distinguen sus senos entre las axilas), venados de grandes cornamentas, cervatillos, y dos hermosas águilas, una pintada de rojo y otra de negro, cuyo plumaje está dibujado en forma uniforme y no en líneas como en las demás cuevas donde también vemos águilas. Esta cueva también se caracteriza, porque en una pequeña oquedad inferior se encuentran pintadas algunas figuras no identificadas, rectangulares, alargadas, algunas de las cuales están cuadriculadas: "Unos gringos han venido dos veces y afirman que es escritura pictográfica semejante a la encontrada en algunas islas de la Polinesia", dice don Refugio.

Después nos guía a la Cueva de las Flechas, que se localiza enfrente de La Pintada. En las demás cuevas se ve que las lanzas o flechas solo atraviesan a venados, cervatillos o borregos cimarrón, con la indicación precisa de dónde clavar el arma para derrumbar al animal y con un sentido artístico que a la vez, parece una celebración del acontecimiento. Aquí en la caverna de Las Flechas, que es posible ver adentrándose hasta unos 25 metros, por las obras de rescate, se encuentra un mural de grandes proporciones con un venado bellísimo al fondo y cuatro figuras humanas con capuchas o penachos, dos de las cuales están atravesadas por flechas en la cabeza, el corazón, el estómago y las partes nobles, en una extraña combinación y por la cual toma el nombre la cueva. En el resto de la cueva se distinguen algunas figuras, la más definida y mejor pintada es un hermoso borrego cimarrón, de quien se rescata toda su majestad.

Por la tarde visitamos la Cueva de los Músicos, en proceso de rescate, ubicada a 45 minutos del campamento pero hacia el lado contrario de las otras cuevas. Es la más pequeña de todas, y falta mucho por hacer en la tarea de rescate: ahora se distingue algo así como dos pentagramas pintados de blanco y una docena de pequeñas figuras pintadas en rojo y no muy definidas en otros colores que se han perdido, se ven hombres y mujeres en posiciones tales como si estuvieran tocando instrumentos musicales, sin ser éstos visibles. También nos parecen personas sentadas y de pie en actitudes gimnásticas propias a los ejercicios de perfeccionamiento espiritual a través de ciertas posiciones del cuerpo. Algunas de estas figuras parecen calcadas de un manual de yoga, pero los estudios recién se inician aquí. Nos dice la maestra Judith: "Su antigüedad es tema de debate, pero no anterior al año 5000 antes de nosotros". También está en proceso de estudio la última que visitamos en este cañón: la Cueva de la Boca de San Julio, que se encuentra a 30 minutos de la anterior pero por otra barranca. En ella se vuelve a admirar la grandeza de las pinturas, y es la única en donde no se distinguen figuras humanas, ya que en sus dimensiones que son de aproximadamente 10 metros de largo por 6 de alto, solo se ven pintados venados, cervatillos, coyotes y liebres de tamaño natural, y varias figuras pequeñas de las mismas variedades, más otras que no se han identificado y cuyo estudio forma parte del proceso de rescate del sitio. Dice la maestra Judith:

"La realidad es que son piezas tan valiosas que debían estar muy bien protegidas y en rescate constante, pero los medios son insuficientes. El arte rupestre que se encuentra en las cordilleras de la península de Baja California Sur, se trata de una manifestación pictórica de los grupos cazadores_recolectores que se establecieron en la región hacia finales del pleistoceno, cuando aparecieron los primeros seres de aspecto humano. Es pintura de estilo naturalista por estar dominada por figuras humanas y por animales pintados. La mayor cantidad de sitios con pintura monumental en toda la península precisamente se concentra en esta área, donde se han desenterrado vestigios importantes de la cultura natural de la zona, para cuyos naturales la piedra fue la herramienta principal que les permitió subsistir en el medio árido de su entorno; con ella elaboraron diversos tipos de objetos con diferentes funciones y formas de tallado. Los investigadores han encontrado que los instrumentos de piedra tenían implicaciones simbólicas relacionadas incluso con la división sexual del trabajo dentro de las tribus, así como de las relaciones sociales que se establecían entre los diferentes grupos de la península, tanto al compartir las técnicas de fabricación como al establecer intercambios mercantiles. Se han encontrado varios fragmentos de escritura pictográfica, que no se ha descifrado, la que incluso servía de adorno a utensilios de su vida diaria. Las cordilleras y sierras que atraviesan la península de Baja California fueron escenario de una intensa actividad cultural desarrollada a partir de una economía basada principalmente, en la caza, la recolección y la pesca, dejando también su memoria escrita en estas pinturas rupestres, estas figuras antropomorfas y zoomorfas localizadas en cientos de abrigos rocosos y piedras. Se trabaja inicialmente la etapa de registro intensivo de los sitios, sobre las cuales no se había desarrollado ningún trabajo de fondo. Aún se sabe muy poco. Es mínimo el conocimiento sobre su cronología, filiación cultural y el papel que jugaron estos sitios en la vida de sus creadores. Además del conocimiento de estas pinturas y murales, el proyecto del INAH debe considerar el desarrollo de una investigación arqueológica en todos los niveles. Ya se han seleccionado cuatro sectores que permitirían una cobertura completa de la diversidad de zonas biogeográficas presentes en la región y que influyeron en los patrones de movilidad y desplazamiento de los grupos humanos. Estos sectores son: Desierto de Vizcaíno, Sierra, Laderas Orientales y Costa del Golfo, donde hay recintos arqueológicos habitacionales con más de 50 estructuras de piedra, brotando de la superficie".

A la mañana siguiente, subiendo las veredas para dejar el cañón de Santa Teresa, nos invadió una extraña sensación, entre nostalgia y alegría, de haber permanecido dos días en un lugar único: donde la naturaleza tiene pocos cambios, donde se comprende que el maravilloso paisaje fue la fuente de inspiración para la elaboración de esas hermosas obras en cuatro mil años de tradición pictórica; donde la mitología de los gigantes parece ser cosa muy posible; donde los amaneceres parecen interminables, cuando el sol ilumina las cimas de las montañas descubriendo poco a poco sus detalles, hasta llegar al fondo de las barrancas sembradas de palmeras, donde el equilibrio ecológico pende de un hilo, de ese hilillo de agua que corre imperceptible por algunos lugares y que le da vida a todo este ecosistema; donde algunas palomas que se oyen rompen el largo silencio con su canto melancólico, y pequeños pájaros que se dejan ver alegran la vista de este paisaje desolado que debemos cruzar, antes de reparar en las flores espectaculares de algunas cactáceas y otros cientos de detalles de esplendor en estas barrancas; donde cerca de la zona de campamento nos salieron a recibir una cantidad muy grande de ranitas, no mayores de 3 centímetros de largo, que nos observaban cada vez que tomábamos agua, como si ellas fueran las guardianes del lugar y a las que se tuviera que pedir permiso para estar allí, y que nos arrullaban con sus cantos al anochecer con una tonada que sonaba afirmativa; en esas noches tan claras, cálidas y donde antes de dormir pudimos contar tantas estrellas fugaces que perdimos la cuenta.

El deseo de querer permanecer más tiempo en cada sitio, es una sensación constante en el trayecto; tranquiliza sentir a la vez que ningún tiempo de paso será suficiente para ver lo que ofrece la península. Seguimos, cruzando la Sierra de Santa Lucía nos llevó a Santa Rosalía, que es un pueblo construido al estilo francés debido a la concesión del siglo pasado a ese país de explotar el cobre, pero como ya no hay cobre, no hay franceses. Un atractivo destacable es la iglesia pre construida en Francia por Gustave Eiffel. Es un lugar obligado para aquellos que vienen de Guaymas, Sonora, ya que aquí está el embarcadero del transbordador. Se puede conocer la mina de cobre que está en ruinas y sin embargo preserva la carga energética del mineral. Desde Santa Rosalía, la Transpeninsular enfila por la orilla del Golfo de California, y nos lleva a Mulegé, donde llegamos muy entrada la noche.

Mulegé es un pueblo asentado en las márgenes del río que se une al Estero de Mulegé, donde prácticamente queda escondida entre la vegetación y los palmares, la misión de Santa Rosalía de Mulegé, fundada en 1705 por el religioso jesuita Juan María de Basaldúa. El edificio de lo que fuera la penitenciaría estatal, famosa por carecer de rejas, está ahora convertido en museo, en que se preservan importantes muestras de pinturas rupestres en piedras rescatados en la zona. Es punto de partida para varios lugares, y elegimos ir a visitar las playas de Bahía Concepción, que es un conjunto de playas, en la que se incluyen Santispac, El Coyote, Los Cocos, La Burra, El Requesón, entre otras. Camino al mar atravesamos un desierto de cactáceas como el órgano o cardón, que se utiliza como cicatrizante. Vemos reservas de plantas como la Sávila, Yuca y Pitahaya. Siendo accesibles estas playas exclusivamente en vehículo desde Mulegé, donde viven muchos gringos en sus campers. La bahía de Concepción es un paraíso: se ven aguas cristalinas de diversos colores entre verde y azul un poco frías, pero vale la pena nadar en ellas para sentir la emoción de deslizarse en el agua entre una exuberante vegetación marítima, algas, corales, y peces de todos los colores, que se acercan a uno curiosos.

Saliendo de la bahía se encuentra la cuarta misión Jesuita que empezó a ser construida en 1705 y fue concluida hasta 1766. Seguimos viaje a Rosarito, San Francisquito y Loreto, donde alojamos. La bahía de Loreto es favorita de los grupos ecologistas, de los aficionados al remo y de los que gustan de acampar en plena naturaleza. Hay dos misiones que se pueden visitar: la primera está enclavada en el centro de Loreto y lleva el nombre de esta ciudad; fue iniciada en 1700 por Juan María de Salvatierra; fue dañada primero por un huracán en 1828 y luego por un temblor en 1877, fue reconstruida en 1957, y está en fase de rescate. Junto a ella se encuentra el Museo de las Misiones, que tiene un archivo importante de documentos de la península. La otra misión, San Javier, se encuentra a 38 kilómetros de Loreto y se halla rodeada por la sierra La Giganta, y es una de las misiones mejor conservadas de las Californias.

Muy de mañana estamos cruzando Puerto Escondido, Ligui y atravesamos la sierra de La Giganta, entrando en Baja California Sur, donde la maestra Judith nos indica un sector en los que se están excavando sitios arqueológicos en su fase temprana. Dice ella que con el fin de evitar daños a los parajes naturales y sitios arqueológicos de la península, "como aquí en La Giganta y en todos los sitios en que se encuentran estos vestigios arqueológicos de arte rupestre, los más importantes del norte de México, el centro INAH de Baja ha proyectado un plan de manejo para controlar la afluencia de visitantes, o de arqueólogos improvisados, el cual también permite que los habitantes de la región tengan otra fuente de trabajo, sea como vigilantes o contratados como guías de turistas en las temporadas de mayor visita, como experimentamos en San Francisco. En este proyecto, el INAH del estado es el responsable de proporcionar la capacitación, control y apoyo técnico y legal a dichos guías, cuya labor en especial se requiere entre los meses de octubre y abril, cuando se incrementa la afluencia de visitantes nacionales y extranjeros, muchos investigadores y naturalistas. En la realidad, hay turistas todo el año".

Comenta ella que "un enigma importante para los investigadores fue durante años la ubicación del yacimiento de obsidiana que abasteció a toda la región; a la obsidiana es preferible llamarla roca volcánica, cristal volcánico o mineral, pues había sido encontrada inclusive en los sitios de grandes murales. En el área cercana a los volcanes Tres Vírgenes, como Valle de Azufre, cercano a Santa Rosalía, se consideran posibles yacimientos. Pequeños hallazgos, puntas de lanza y restos de utensilios de obsidiana indican que el yacimiento fue utilizado al menos hace diez mil años. Se han comenzado a excavar en dos sitios murales mayores: Cueva Pintada y Cueva Soledad, además de otros como el sitio 27 en el arroyo Cuesta Blanca, la Cueva de la Laguna y la Cueva del Angel. Además de utensilios de piedra como metates, se están rescatando muestras de textil bien preservado, cordaje de fibra de agave y metates con restos de pintura, artefactos de concha, hueso, madera y asta. Entre los cuatrocientos sitios descubiertos, sobresale la cueva de Santa Teresa, que visitamos en sus 500 metros cuadrados de murales, pero aquí en esta zona hay otros igual de monumentales aún con acceso restringido por estar en proceso de rescate arqueológico. Todas las pinturas muestran el tema recurrente de la caza de animales cada vez más escasos. Hace unos ocho siglos, cuando se extinguieron las especies de caza mayor, los murales perdieron su utilidad de servir como manera didáctica de enseñar la caza de un animal. Hoy son las pinturas rupestres más numerosas y gigantescas que se conocen en el mundo".

El cielo, casi siempre nítido, abierto y azul, permite al sol ensañarse enviando sus rayos de calor que asolan un suelo casi desnudo, muy árido, en donde las formas animales y vegetales han tenido que sufrir un proceso de selección y adaptación para sobrevivir en un medio en el que la lluvia es un fenómeno extraño. Esta singularidad de la Baja california ha creado un mundo vegetal sobrenatural. Hemos visto la mayor profusión de cactus, comunes en el camino, desde los enormes sahuaros y pitahayos, con forma de candelabro y alturas superiores a los 15 metros, hasta los intrincados y agresivos nopales cholla cuyas espinas se descaman haciendo imposible su extracción; pasando por la festiva presencia de los cactos equinoides y biznagas, que me recuerdan a los erizos de mar. Otra planta singular del paisaje es el cirio, un árbol que aquí ha perdido prácticamente sus características de follaje y ramas, quedando solamente el tronco principal con unas pocas hojas y espinas, elevándose en el paisaje como una mano piadosa elevada a lo alto, quizás si clamando por las aguas del cielo. Otras plantas que veo aquí son ágaves y bromelias, y las yucas, que añaden a la roseta de hojas agudas y duras un tronco grueso y retorcido. A las plantas del desierto bajacaliforniano no les gustan los vecinos, crecen abiertas y esparcidas, debido a que casi todas ellas secretan de sus raíces sustancias venenosas que no permiten ni la germinación ni el crecimiento de otros elementos vegetales; de esta forma, cuando llegan las lluvias absorben toda el agua disponible en su rededor inmediato. En toda la Península abundan las plantas medicinales; las indicaciones de Alan Carter nos permitieron descubrir Cacachila, Palo verde, Planta Ardilla, Lomboy, Torote, Ciruelo agrio, Pitahaya agria, Pitahaya dulce, Romerillo, Uña de gato, Cardón, Biznaga, Palo blanco, Palo de arco, Zalate y Jarilla. Hay abundancia de Orégano y Jojoba. Algunas hierbas se han convertido en oportunistas, han aprendido que es más fácil vivir en forma de semilla, y así pasan años, hasta que en una lluvia explotan de vida en una efímera existencia, que viste al desierto de verde y flores, renueva la reserva de semillas que estarán como dormidas hasta despertar después de un tiempo marcado o al ser consumidas por algún animal, que han aprendido a arreglárselas casi sin agua, como el legendario borrego cimarrón, que se las puede arreglar sólo con la humedad que obtiene al mordisquear los cactus para subsistir: también están en peligro de extinción, entre otros el Tejón, Zorrillo pinto, Zorrillo rayado, Coyote, Zorra gris, Puma americano, Gato montés, Babisuri, Venado bora o cola prieta, el Mapache, conejos y liebres. Entre las aves, manejando por la Transpeninsular es común ver los Correcamino, que se atraviesan causando sorpresa y risas su aparición sorpresiva, para desaparecer de inmediato de tan rápidos que son, es muy igual a Vip-Vip, ese que aparece en la televisión siempre perseguido por el coyote. Entre las aves destacan la Codorniz, Paloma serrana y de ala blanca, Chuparrosa, Pájaro carpintero, Golondrina, Cuervo, Torcasa, Censontle, Cardenal... aquí canta la Calandria. Cruzamos Ejido Insurgentes, Villa Constitución, Los Inocentes, El Médano, Rosario de Arriba y estamos muy entrada la noche en La Paz, capital de Baja California Sur. Durante todo el trayecto hemos aspirado en el aire el fino olor singular que aromatiza toda la región, la "Damiana" única en aroma y cualidades que crece con mayor profusión adentrándose en la península, dando origen a que Los Cabos sea llamada también "la tierra perfumada". Ese es el aroma que envuelve la ciudad de La Paz, bautizada así por Sebastián Vizcaíno en 1596, quizá por el cordial recibimiento que le brindaron los habitantes indígenas o tal vez por la tranquilidad de la bahía. Sin embargo, durante mucho tiempo, la aridez de la zona y los problemas de transporte impidieron el establecimiento de los conquistadores. Casi cien años después, los misioneros lograrían doblegar estas dificultades con su esfuerzo y tenacidad. Entre tanto, fueron muchos los aventureros, filibusteros y enviados oficiales que desde sus costas iniciaron la búsqueda de la legendaria Isla de las Amazonas, por aquí en un lugar oculta:

"Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla gobernada por la reina Calafia, muy llegada al paraíso terrenal, la cual fue poblada por mujeres de piel oscura, sin que algún varón entre ellas hubiese"; dice un pasaje de las "Sergas de Esplandián", novela caballeresca escrita por el español Garcí Ordóñez y publicada en 1510. Este antecedente, unido a los rumores que Hernán Cortés escuchó por parte de los habitantes de Cihuatlán, sobre un reino de mujeres solas gobernadas por un reina guerrera, sirvieron para que la península se identificara con esta leyenda, convirtiéndose La Paz en centro de operaciones de los expedicionarios y aventureros. La ciudad está ubicada en una amplia bahía; tiene agua dulce, el paisaje de la región se ve rodeado prácticamente por agua, sin embargo es muy agreste: macizos acantilados de granito y cuarzo, invadidos por violentas efusiones de volcanes dormidos, ponen en evidencia el predominio del reino mineral. Viniendo por la Transpeninsular desde el norte, uno entra en La Paz por la calle de Abasolo y se conecta con la costanera que corre de sur a norte. Excepto el malecón, toda la ciudad es una retícula perfecta.

El malecón de La Paz resulta para los turistas muy atractivo debido a que en él se encuentra gran parte de la infraestructura turística, hoteles y restaurantes, además de que es una Zona Franca, donde se pueden obtener mercancías muy variadas, procedentes de casi cualquier parte del mundo, libres de impuestos. Nos hemos instalado en Los Arcos, justamente en el malecón frente a la bahía. Hay alojamientos para todas las necesidades, como en toda la península; de acuerdo a lo que se busca, hay hoteles en la playa, los más caros, como el Gran Baja, El Presidente y La Posada; otros medianos en el malecón, como Los Arcos, que ofrece la opción de cabañas en una sección, que son cuartos amplios rodeados de jardines. El Perla tiene la cafetería más popular de La Paz. Si se desea quedar varios días, es posible alquilar departamentos o bungalows en los alrededores o en pleno centro de la ciudad. También hay casas de huéspedes como la Hostería del Convento y la Pensión California, que son habitaciones sencillas generalmente con abanico de techo. Como en el resto de las ciudades de la península, también hay zona de trailers y para acampar y un albergue CREA para jóvenes. Para prepararse su propia comida se encuentran fácilmente establecimientos pequeños con todo lo necesario: alimentos frescos, bebidas, latas y comestibles importados de los sitios más exóticos que uno se pueda imaginar. En el malecón se concentra la mayor oferta gastronómica, desde tortas de camarones frescos, preparados a la plancha con aceite de oliva y aguacate (el rey de las tortas está en Alvaro Obregón y Victoria, donde se puede probar también raspados de frutas naturales, como el mango y el tamarindo), hasta platos de todas las regiones de México; hay una variada cocina internacional, especialmente de India y China. Los locales de comida del mar ofrecen a la vista en unos pequeños corrales de cultivo las especies vivas que se pueden degustar. He probado langosta con salsa de tamarindo, almeja chocolata y la machaca, carne deshebrada del pez mantarraya, que es parecida en sabor y textura al pez sierra chileno. Me he hecho adicto a la sopa de aleta de tiburón, que es otra especialidad de la península. El licor de "Damiana" es la bebida tradicional, y su receta es un secreto; sólo se sabe que es obtenido de la planta aromática.

Las playas de La Paz, como la de Coromuel, El Caimancito, El Tesoro, Eréndira, Pichilingue, Balandra y El Tecolote, son todas bellísimas de blanca y suave arena en que se mezclan los cálidos paisajes del desierto con curiosas formaciones de rocas, cuyas bases son mucho más pequeñas que sus cumbres, y una agua tan tranquila y verde que pareciera ser de jade. Las especies del mar que rodean la Baja California Sur son muy variadas; las más comunes son el Tiburón, la Cabrilla, el Guachinango, Pargo, Sierra, Bonito, Garropa, Coral negro, Peto, Mero, Barrilete, Calamar, Ostión, Pez martillo, Langosta, Camarón de bahía, Pierna, Pargo rojo, Jurel, Pargo coconaco, Huajo, la Tortuga... atraen a los turistas especialmente el pez Dorado, el Marlín y el Pez espada. El mar se ve cruzado por gaviotas, pelícanos grises, tijeretas, toldillos, zarapicos y albatros. En estas aguas hay grandes colonias de coral, algunas variedades únicas, que en profusión permiten la existencia de colonias abundantes de ostras perleras, que incluye variedades como la perla lágrima y la perla negra. Hay en la zona legendarias historias de hombres que hicieron inmensas fortunas en perlas. En las colonias de coral vive una curiosa especie de delfín, que sólo aquí habita, de tamaño muy pequeño, el llamado cochito o vaquita.

En la última mitad del siglo XVI y parte del XVII caracterizó a La Paz ser refugio de los piratas ingleses. Las historias fantásticas de la reina Calafia perduraron e incluso ciento cincuenta años después de las expediciones pioneras, los mapas de Baja la seguían representando como una isla llamada California en honor a Calafia. De acuerdo con la citada novela medieval, ejércitos de mujeres valerosas, ataviadas con doradas armaduras, impidieron a los hombres establecerse en el lugar. Existiera o no este ejército de amazonas, la "isla" resultó tan poco acogedora como la que habitaban las imaginarias enemigas de "Esplandián". Así, durante un siglo, los únicos europeos que se refugiaron en la península fueron los piratas. Entre ellos, Francis Drake, un grande de los corsarios, emboscaba a los buques provenientes de países de Oriente, como el galeón de Manila, que en su ruta tocaba las costas bajacalifornianas para incrementar su rico cargamento con muchas perlas, despertando la codicia de los bucaneros, que se escondían luego en las ensenadas y bahías de Los Cabos. Drake, a bordo de su barco el Golden Hind, hostilizaba además los buques mercantes de la Corona española; también se había encomendado la misión de encontrar el mítico "Estrecho de Anián", que facilitaría el paso entre el Pacífico y el Atlántico. Otro que utilizó La Paz como refugio fue el pirata Thomas Cavendish, quien esperando la nave del célebre marino y explorador español Sebastián Vizcaíno, emboscado en las cercanías de Cabo San Lucas, no lo pudo atacar debido a una espesa niebla que se levantó del mar y ocultó la nave científica. También el legendario pirata Cromwell ha quedado inmortalizado en la Paz, debido a que el viento fresco que permitía antiguamente la entrada de los galeones al puerto, y que ahora lo refresca durante las tardes del verano, ha sido bautizado con una palabra que es una corrupción de su nombre: el "Coromuel".
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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