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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Puebla de los Angeles (segunda parte)

En verdad, un prodigio que salta a la vista es la arquitectura misma de esta iglesia principal de América. El Altar de los Reyes que ocupa la cabecera en forma de cruz de las naves del Templo, es del siglo XVII y una de las más altas expresiones del arte barroco novo-hispano que se conservan intactas. Todo el conjunto es monumental, columnas dóricas y salomónicas en alabastro y oro se erigen entre ángeles, que en diversas interpretaciones cuidan el Altar Mayor: dentro del ciprés hay un nicho de cristal en forma hexagonal donde se conserva una pequeña escultura ricamente vestida, que, se me dice, es la Virgen de la Defensa, protectora de Puebla y que, según la crónica, rescató para la ciudad la célebre “monja-Alférez”, que la trasladó desde Santiago de Chile en el siglo XVII. La imagen fue llevada originalmente a Puebla en los comienzos de la Conquista, y la trajo desde España el primer grupo de religiosas de la Orden de María que llegaron a América. Un tiempo después llegó a Puebla el almirante Pedro Porter, en viaje a conquistar las Californias, empresa difícil y arriesgada que decidió al Obispo dar la imagen en calidad de préstamo para que protegiera a la Armada.

—Al regreso de tal empresa -narra el cronista- en el puerto de Acapulco, el almirante se encontró con la orden de transportar al virrey Luis Henríquez de Guzmán, que iba a Perú, por lo que la imagen siguió viaje al Callao. En Perú se encontró Pedro Porter con su nombramiento de Almirante de la Capitanía General de Santiago, y la Señora de la Defensa siguió viaje a Chile, donde se la custodió varias décadas”.

Se encontraba entonces viviendo en Santiago de Chile una inquieta mujer española, Catalina de Erauso y Pérez Celarraga, que tuvo destacada actuación en la época colonial. En su juventud perteneció a la Orden de María, pero luego se hizo alférez y sólo abandonó la milicia para traer a Puebla de vuelta la escultura, según ordenaba en su testamento el almirante Porter. La monja Alférez logró retornar a México y su preciada carga fue recibida con vítores, declarándose desde entonces a la Virgen de la Defensa como protectora de Puebla. Una placa alusiva narra sobre Catalina de Erauso, que “el año 1650, haciendo el camino a Veracruz, de vuelta a España, le dio el mal de la muerte. Le cogió la agonía muy a prisa y de modo ejemplar rindió su alma a Dios, después de haber andado más de cincuenta años por el mundo. Se le hizo un suntuoso funeral y, por prodigio de mujeres, sus restos descansan en la Catedral de esta Puebla de los Ángeles”.

En el estado de Puebla se encuentran muchas caras de México: se conjuga un pasado histórico fabuloso y un espíritu profundamente religioso, en que ha germinado el fruto de la hispanidad conjugado con las concepciones cósmicas y mitológicas indígenas. Hay un progreso incansable en sus industrias básicas: el turismo, la industria mediana y grande, el campo y la ganadería. Este es un Estado pequeño en extensión, apenas 33.902 kilómetros cuadrados, con una densidad poblacional de unos 100 habitantes por kilómetro cuadrado en este año 1990. Geográficamente está casi al centro del país; técnicamente se le ubica en la porción sudoeste del altiplano mexicano, con una altitud sobre el nivel del mar de 2.229 metros. Una característica de Puebla es que está regada por importantes aguas: unos veinte ríos la cruzan en diversos sentidos, como el vital Atoyac que atraviesa todo el valle poblano, y luego se convierte en el bravo Balsas; al norte, las cuencas de los ríos Pantepec y Vinazco, el Nautla, San Marcos, Necaxa y Yololo o Calvario. presas importantes como la de Necaxa, Tenango, Mazatepec y Avila Camacho; al norte lagos como el Epatlán y San Felipe; cuencas y manantiales de aguas minerales como el San Lorenzo, Tehuacán y Garci Crespo, de aguas sulfurosas y termales como los de Villa Juárez, Tlacomulco y Tomatlán... está protegida por grandes alturas: al norte se encuentra la Sierra Madre Oriental, con cerros y peñones de más de 3.000 metros de altura; al oriente se ve el Pico de Orizaba, que es el volcán más alto de México (5.747 metros), también conocido como Citaltépetl o Cerro de La Estrella. Al este se encuentra la Sierra Nevada, con volcanes míticos de México, como el Popocatépetl y el Iztaccihúatl, donde en sus faldas tuvo su hogar la escritora chilena Gabriela Mistral, quien se refiere a la zona en varios de sus escritos. En un poema canta al Volcán diciendo:

"El Ixtlazihuatl mi mañana vierte;
se alza mi casa bajo su mirada,
que aquí a sus pies me reclinó la suerte
y en su luz hablo como alucinada.
Te doy mi amor, montaña mexicana,
como una virgen tú eres deleitosa;
sube de ti hecha gracia la mañana,
pétalo a pétalo abre como rosa.
El Ixtlazihuatl con su curva humana
endulza el cielo, el paisaje afina.
Toda dulzura de su dorso mana;
el valle en ella tierno se reclina.
Está tendida en la ebriedad del cielo
con laxitud de ensueño y de reposo,
tienen en un pico un ímpetu de anhelo
hacia el azul supremo que es su esposo.
Y los vapores que alza de sus lomas
tejen su sueño que es maravilloso,
cual la doncella y como la paloma
su pecho es casto, pero se halla ansioso.
Mas tú la andina, la de greña oscura,
mi Cordillera, la Judith tremenda,
hiciste mi alma cual la zarpa dura
y la empapaste en tu sangrienta venda.
Y yo te llevo cual tu criatura,
te llevo aquí en mi corazón tajeado,
que me crié en tus pechos de amargura,
¡y derramé mi vida en tus costados!”

En otro escrito de Gabriela Mistral que data de 1923, cuando iba en su práctica de maestra de pueblo en pueblo de México, con la costumbre esa suya de nombrar las cosas y contarlas, en Puebla escribe "Una Puerta Colonial", donde compara las manos del olvidado artesano carpintero con las manos de un sacerdote:

"En la Catedral de Puebla, una de las más nobles de América, yo me he detenido largamente delante de una puerta lateral inmensa, y que está labrada en esa madera de alerce, eterna como el mármol. La madera será siempre materia más humanizada que las piedras valiosas de construcción. El mármol labrado por mano de hombre es como si no retuviera nada de ella, como si se libertara soberbia, de su modelador. Y es que el mármol es el material divino por excelencia y no quiere guardar la huella miserable, la presión de las yemas y de las palmas humanas que estuvieron sobre él. El roble, el pino, el cedro, la encina, son materiales del hogar, cosa íntima y dulce; ellos recuerdan la silla, la mesa, el lecho; no fueron creados para existir al aire libre, como los mármoles, los ónices, los alabastros, sino para exhalarse en la casa de los hombres, en la penumbra tibia y sufriente del hogar.

"He quedado mucho tiempo delante de esta puerta de Iglesia. Tendrá ocho o diez metros de alto y cinco de ancho: la hicieron para que dejara pasar anchamente las multitudes. Tiene una barnizadura sombría, que fraterniza con las piedras tristes, con las piedras austeras y anchas de la Catedral toda, con las naves heladas, con las figuras dolorosas de los altares. Fue tallada totalmente, de extremo a extremo, y la hizo el artífice con una suavidad y una delicadeza que hace olvidar el leño y pensar en los materiales más dóciles: las plasticinas, los encajes. Cien, mil, figuras enlazadas: motivos florales y humanos, hojas que se enlazan, semblantes seráficos, ni rígidos, ni blandamente graciosos, porque la rigidez no es cosa del misticismo católico y la gracia es siempre sensual.

"Mirando esta obra inmensa hecha para los siglos, como todo lo que hacían las generaciones anteriores a nosotros, pienso en el tiempo que fue necesario para entregarla. Quiero imaginar a un solo obrero, porque el trabajo individual ennoblece más la obra que el de un grupo, el de una muchedumbre. ¡Qué lentamente iría avanzando ese obrero nobilísimo! Tal vez comenzó la puerta en un día de esta primavera mexicana, luminosa hasta el resplandor; tal vez la madera que le entregaron tenía la fragancia vegetal de que está traspasado el trópico. Fue pasando la primavera, vino el otoño y la dulzura de éste solía poner languidez en la mano del artífice; llegó el invierno, y la obra continuaba, y la mano seguía sobre la obra como soldada por esa forma intensa de amor que es la faena artística, en la cual el hombre se abraza a la materia por una especie de entrega mística, o como el esposo a la esposa.

"No debe haber sido muy joven el artista, porque el joven trabaja con cierta violencia, con cierto ardor que no es propicio a las obras exquisitamente largas. Prefiero imaginarlo un hombre maduro, ya apaciguado en muchas labores análogas. Tenía esa mano un poco blanda, pero no laxa, que está como traspasada de la belleza que ha ido creando a través de la vida y que es toda espíritu de haberse pasado sobre las obras maestras. Estas manos de artistas envejecido son hermanas, por su color amarillento, y su delgadez, de las manos del viejo sacerdote, que han sentido cuarenta años el roce del cáliz y la patena. Voy creando el semblante de ojos ardorosos; voy haciendo el cuerpo encorvado que trabajaba la puerta colonial. El, como todos los constructores del mundo, pasó como una sombra frente a su propia obra, que tiene también de mística su anónimo. El nombre del artista no se halla ni insinuado en un hueco; es menos glorioso que la hoja de acanto o de oliva, glorificadas en la talladura. Durante cien años pasaron bajo esa puerta de Catedral, los duros conquistadores. Ella se abría dulcemente para dejarlos penetrar el templo, donde rezaban aquel encendido Padre Nuestro de los guerreros, más lleno de voluntad que de emoción, más quemante de ímpetu que de rendimiento religioso.

"Años después, la puerta colonial vio pasar a los hombres y a las mujeres de la Colonia, de alma ya domada, de pasos velados, hasta ser imperceptibles, y cuya plegaria había cobrado un poco de esa monotonía que se vuelve la costumbre religiosa, la misa diaria. Y ve pasar ahora a las nuevas gentes, violentas de otra manera, con ese apresuramiento de nuestros días, febriles de afanes numerosos, que nos ha creado la avidez material. Y verá pasar todavía a las que vengan después de nosotros, que ojalá tengan al cruzaría otra forma de religiosidad ardiente, en cuyos ojos ojalá se haya mudado la brasa de nuestra codicia _quemadura de ojo de milano_ por el ardor delicado de una nueva fe acendrada y dulce.

Palpo con unción esta puerta bajo la cual cruzaron los millares de muertos de una raza enorme, que es la mía, ennoblecida por el dolor que venían a apaciguar en las naves silenciosas. Y beso en una de las flores, labradas, al artífice desaparecido, al hombre que dejó tras de sí algo que yo no he de dejar: la obra perdurable, sobre la cual cien años son apenas una veladura del esmalte..."

Puebla de los Angeles es toda obra perdurable, como anota la Mistral; es hermosa artesanía, cuyos artistas arrancan de antiguos asentamientos en la región de grupos como el Otomí, Zacapoaxtlas y Aztecas, los cuales sobreviven al hombre hispánico y su propia herencia, que incluye varias joyas arquitectónicas particularmente religiosas, como, la Catedral que visitamos; así como el Palacio Episcopal, la Casa de los Muñecos del siglo XVIII, la Casa del Alfeñique (hoy Museo del Estado), el Barrio del Artista, de rico sabor bohemio, la Universidad, la Biblioteca Palafoxiana, que es un centro de preservación histórica de documentos de interés para toda América, y otros más pintorescos, como el Callejón de los Sapos, un rincón de leyenda; la Plaza Principal es el corazón de la ciudad y del Estado de Puebla; en piedra se aprecia el escudo oficial que le fue concedido a Puebla por Cédula Real de 1538: se ve una ciudad con cinco torres de oro asentada sobre un campo verde; y dos ángeles uno de cada parte vestidos de blanco, realzados de púrpura y oro asidos a la dicha ciudad, encima de la cual se ve a la mano derecha una letra, la K, y a mano izquierda otra letra, la V, ambas letras de oro simbolizan juntas "Karlos Quinto". En la parte baja de dicha ciudad, bajo el campo verde se ve un río de agua en campo celeste y una orla en torno de dicho escudo, con letras de oro en campo colorado en que se lee:

ANGELIS SUIS DEUS
MANDAVIT DE TE UT
CUSTODIAN TE IN OMNIBUS
VIIS TUIS.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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