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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Oaxaca (segunda parte)


Agua que une mares, lagunas y ríos con extensos litorales, y sus puertos, bahías, puntas, playas bellísimas, barras, cabos que estimularon desde antes que naciera la imaginación de la gente de esta tierra... las bahías, por ejemplo, se arrebatan lo mejor; Puerto Escondido, Puerto Ángel, Salina Cruz, Ventosa y Huatulco. Estuve en Huatulco en 1988, cuando se iniciaba lo que hoy es un importante foco turístico; fui invitado por la Secretaría de Turismo de México, y debo decir que sus aguas son de las más limpias que puedan verse, uno se baña entre peces exóticos y arenas doradas de sol. Otras que presumen con sus entradas al mar son Chacahua con su Punta Galera, o la Bahía de Punta Conejo. Otras más tienen su isla, como la de Tangola. Parajes inolvidables conforman muchos puntos oaxaqueños, tanto que de solo estar allí uno se anima naturalmente, quizás por eso desde siempre el hombre de la región alaba a sus dioses para que le conserven su mundo. He visto, “a la hora en que van muriendo nuestros ojos” ("biá ziyati lú miati" en lengua zapoteca), es decir, al anochecer, cuando está oscureciendo he visto a los oaxaqueños rogar a sus dioses e implorarles que protejan su tierra, tributando a dioses que viven aquí, que habitan en cada recoveco de esta geografía violenta, caótica, agresiva, que cuando Hernán Cortés le explicó al Rey de España, simplemente arrugó una hoja de papel y extendiéndola ante los ojos soberanos le dijo que, de ese modo podía comprenderla mejor.

Converso con el dorador de maderas, maestro Esteban de Robles, un vigoroso defensor de las tradiciones de su pueblo, un hombre sabio de Oaxaca, quien además de preservar un arte único, es un "letrado", el que guarda el conocimiento heredado de sus mayores; lo he conocido en el Barrio de los Artistas donde tiene su taller y enseña a hijos y nietos; de sus manos, como antes de las de sus padres y abuelos, salen esos dorados que desde hace siglos bañan ángeles tallados en finas maderas de la región; él también preserva la técnica del color de la cochinilla, que en sus tonos granates únicos guarda en su fabricación un secreto oculto a los profanos. Natural de San Miguel Sola ("ahora lo nombran Sola de Vega, sin causa posible"), un pueblo situado a ochenta kilómetros al Suroeste de la ciudad de Oaxaca, el maestro Esteban nos dice que "a pesar de los suntuosos templos católicos que comenzaron a levantar los españoles a su Dios y santos; a pesar de que nuestros templos yacían destruidos ocultos por el manto de la vegetación, hundidos en la tierra o utilizadas sus bases para construir los santuarios importados; a pesar de la violencia empleada el antiguo pensamiento siguió vivo en los corazones y en la mente de los oaxaqueños, quienes disimulando hasta donde era posible siguieron practicando sus rituales. El México físico antiguo desapareció, pero la metafísica hasta ahora sobrevivió".

De acuerdo a lo que afirma Pedro Sánchez de Aguilar en su "Informe Contra Idolorum Cultores" (Madrid, 1639), de rigor, todos los indígenas de México estaban expresamente fuera de los usos drásticos de la Inquisición, "como plantas nuevas en la viña del Señor, no se les podía aplicar el mismo rigor por sus aberraciones de la fe". Para juzgar las culpas de sus extraños ritos y superstición era suficiente la justicia eclesiástica ordinaria, "y aún la competencia de ésta se vio atacada por las autoridades civiles", lo que era un reflejo de la pugna que había entre la justicia civil y eclesiástica, especialmente en el siglo XVII; lo que permitió las prácticas antiguas de adoración dando por sentado que eran costumbres paganas que poco amenazaban el crecimiento de la invasión.

El maestro Esteban es dorador de soles, rayos de luz y brillos de lunas, "que desde la construcción del primer santuario católico, fueron incluidos entre los iconos que acompañaban a las imágenes. Así, muchos entraron al comienzo en los templos nuevos porque en ellos podían adorar al mismo Sol y encender candelas a la Luna, como hasta hoy día se practica. La práctica religiosa no-cristiana de la región de San Miguel Sola, donde nací, es semejante en toda Oaxaca, y se basa en la creencia de la existencia de, por lo menos, trece dioses. Si por regla general, en cualquier religión, el conocimiento de la metafísica es esencialmente esotérico y limitado a los sacerdotes, con más razón lo fue en una tradición practicada en las sombras; a partir de la Conquista, era una religión pisoteada, con sus templos violados, sin el esplendor anterior de un culto practicado abiertamente. Antes de la Conquista, cualquiera podía conocer cuando menos los nombres y atributos principales de los dioses mayores, porque ahí estaban sus templos a la vista de todos, oficiando los sacerdotes y asistiendo los fieles, quienes, además, tenían efigies de los mismos dioses en sus casas, y dirigían hacia ellas sus plegarias. Ahora todo esto había desaparecido y con ello la omnipresencia de la religión antigua. Ni siquiera los conocimientos más elementales eran del dominio general; sólo se conservaban como tradición subterránea entre los letrados, quienes indicaban en las consultas cuál de los dioses intervenía en cada caso. Uno recibe el conocimiento de sus padres, por tradición oral, aunque desde siempre existieron escritos que también se han traspasado de unos a otros, y que eran ciertamente sagrados; ahora las cosas han cambiado, porque antes estos escritos sólo era posible rescatarlos en amate escrito a mano por letrados que debían dedicar su vida a ello, ahora muchos de estos escritos han sido traducidos y publicados formalmente en libros, lo que junto a la educación del pueblo, aunque existe aún mucho analfabetismo, permite de alguna manera que el conocimiento esté al alcance de quien desee acceder a él".

Remontándose en los más antiguos de sus mayores, el letrado maestro Esteban afirma las declaraciones de Diego Luis, que aprendió de Diego Yaguila, indio antiguo de San Miguel Sola que no se sabe de quién aprendió. Diego Luis declaró los datos acerca de los trece dioses a Gonzalo de Balsolobre a partir de 1635. "Ahora, yo mismo, Esteban de Robles, declaro estos atributos afirmando como sigue para cada uno de los trece dioses y ofrenda y acto ritual para cada cuál:

1) El primero, Liraaquitzino, que quiere decir el dios Trece. El dios de todos los otros trece dioses. Su ofrenda es el encendido de copal o candelas, siempre en número de trece. Cuando se llevan las candelas a una iglesia, entonces las reparten en todos los altares existentes, al igual que trece pedazos de copal. El trece encierra el concepto de totalidad.

2) El segundo se llama Licuicha Niyoa, que es el Sol; es el dios de los cazadores. Se le ofrendan cantos y letanías. En sacrificio se le ofrendan ayunos y abstinencia sexual.

3) El tercero se llama Coqueelaa, que es el dios de las riquezas; el abogado de la grana. Dios Padre. Su ofrenda es una gallina blanca de la tierra. Se deben emprender los viajes precisamente el día que él gobierna.

4) El cuarto se llama Locucui, que es el dios del maíz y de toda la comida. Se le ofrendan los primeros elotes (choclos) de la milpa, y se le quema copal rociado con sangre de gallina de la tierra. Se le ofrendan ayunos de dietas específicas.

5) El quinto, Leraa Huila nombrado también Coquietaa, es el dios de los muertos. Se le ofrenda en sacrificio de uno a tres pollos negros de la tierra, o de un perrillo que puede ser negro o blanco. 

6) El sexto, que se llama Nohuichana, es la diosa del río o del pescado o de las preñadas y paridas. Es la diosa de la vida. Es invocada en el parto y recibe ofrendas en la muerte con su nombre de Leraa Huila; su ave de sacrificio es una gallina pintada de la tierra. En sacrificio se le ofrecen dietas específicas, abstinencia sexual entre lunas y baño ritual.

7) El séptimo se llama Lexee, que es el dios de los brujos o de los ladrones. Respetado también como causante de los sueños. Se le ofrendan cantos y letanías y una candela de color. En sacrificio se le ofrece un perrillo de color.

8) El octavo se llama Nonachi, que es el dios de las enfermedades. Se le ofrendan cantos y letanías y candelas blancas. Se le ofrenda en sacrificio abstinencia sexual para que actúe en uno a través de esa fuerza extra que se almacena. Se le ofrenda dietas específicas de alimentos de un color generalmente verde o rojo según el mal. El verde limpia y vigoriza. El rojo fortalece y aumenta la sangre. Se le ofrece baño ritual.

9) El noveno, Locio, es el dios de los rayos que envía el agua para que se den las sementeras. De él depende el éxito de la cosecha. También se le ofrendan los primeros elotes de la cosecha. Su ave de sacrificio es una gallina negra de la tierra.

10) El décimo es Xonatzi Huilia, que es la mujer del dios de los muertos, a quien se sacrifica por los enfermos y por los muertos. Se le ofrendan cantos y letanías. Se le sacrifican gallinas de la tierra. Se le ofrenda abstinencia sexual.

11) El undécimo es Cosana, que hizo los montes, árboles y piedras, que está en las honduras del agua, a quien se encienden candelas y quema copal antes de pescar. También se le nombra Nosanaguela, por ser un dios relacionado con el mar; se le ofrendan cantos y baño ritual.

12) El duodécimo es Leraa Queche, que es el dios de las medicinas, de la sabiduría del mundo verde, las plantas, árboles y seres de la naturaleza vegetal. Se le ofrenda una gallina en sacrificio y petición. Se le ofrendan dietas específicas y baño ritual.

13) El decimotercero es Liraa Cuee, el dios de los antepasados. Se le ofrendan los primeros chiles (o ajíes), elotes y el anís, candelas blancas o de colores y cánticos de agradecimiento por la vida. Se le ofrendan dietas específicas, abstinencia sexual entre soles y baño ritual.

Es así como ahora en esta ciudad capital de Oaxaca, yo mismo, Esteban de Robles, natural de San Miguel Sola, declaro estos atributos afirmando como es para cada uno de nuestros trece dioses".

Desde la llegada de los españoles, el culto que se rindió a todos estos dioses forzosamente, dijimos, tuvo que ser discreto para no despertar mayores sospechas ante los ojos de los sacerdotes y personas cristianas; desde entonces abiertamente sólo se limitó a ofrenda de candelas en las iglesias cristianas, y en la intimidad familiar al sacrificio de aves de la tierra y perrillos, ayunos con dietas específicas, abstinencia sexual, baños rituales, uso de aromas en que destaca el copal, y otras prácticas que se han preservado por escrito desde el siglo XVII. El sincretismo religioso con el nuevo culto, el maestro Esteban lo explica así: "Como una parte del culto indígena pagano consistía en llevar candelas a la iglesia cristiana, esto pronto dio pábulo a una curiosa identificación entre los dioses antiguos con las efigies de los santos católicos. Se dio por entendido que las velas que debían llevarse a la diosa Nohuichana se pusieran en el altar de la Virgen, especificándose en este caso, que en el de la Virgen del Rosario. La ofrenda al dios Coquielaa se ubica frente a la efigie de San Juan. En algunas comunidades el Santo Cristo recibe velas destinadas a Nosanaqueya. San Simón es identificado entre los brujos con Lexee, a quien encienden sus candelas. En los pueblos pescadores de la costa oaxaqueña de inmediato se identificó al dios Nosanaguela con San Pedro, quien recibe sus ofrendas. Esta identificación, en cambio, no se da en otras prácticas que se conservan desde la antigüedad, que se conservan sin variación, como los baños rituales que deben ser hechos con agua pura, que no está contaminada con ningún elemento y que debe ser trasvasijada para agregar con el movimiento oxígeno al líquido antes de ser utilizado como ofrenda. El nuevo día indígena comienza a la puesta del Sol, por eso para los ayunos rituales que se ofrecen a todos los dioses, se cuentan las 24 horas de víspera a víspera. La víspera indígena es la hora de la oración, el canto y la letanía. Las penitencias, los baños rituales, en cambio, son siempre al amanecer al salir el lucero", -termina el maestro dorador Esteban de Robles.

He estado muchas horas en el mercado de Oaxaca: semeja lo más igual a los "tianguis" que describen los cronistas en sus Relaciones de la Nueva España. Es casi imposible enumerar todo lo que se vende, porque en los fines de semana, especialmente el día Sábado, llegan con sus mercancías de todos los puntos, y es enorme la variedad de comidas, son muchos los artefactos, baratijas, adornos y obras de arte auténtico en los más variados materiales, la piedra, la madera, la tela, y las lanas bordadas, el inefable hierro trabajado sin igual en las más diversas formas y para todas las utilidades posibles de imaginar. Son dos cuerpos de edificación; en el primero, el más grande, venden propiamente comestibles en un ambiente agradable; se ven flores bellísimas siempre frescas alrededor de la pila del centro, y en los costados ropa, sarapes de brillante colorido, barillería y del otro lado numerosos artefactos de jarca: hamacas, morrales, redes, cinchos, anqueras y todo lo necesario para el hombre de campo y sus animales. El otro edificio es principalmente para cosas del hogar, como loza: negra, que es la preferida, loza de color natural, loza vidriada, verde o color de vino, o fina loza policromada como la de Talavera. Campanitas negras de sonido metálico, candeleros para altares, braserillos de tres pies para quemar copal, ollas de greda roja y negra de todas formas y tamaño, redondas, ovoides, fusiformes. Jardineras agujereadas, para colgarlas del techo de los corredores en todas las formas y tamaños; juguetes estrafalarios, monos negros con un gesto perpetuo, elefantes prehistóricos, manatíes y tortugas entre globos de cristal llenos de agua teñida o custodiando formas religiosas. Se venden legiones de santos de barro, toda una procesión con sus imágenes, figuras pequeñitas y medianas, pintadas a lo vivo, con fuertes colores, con intenso sabor popular. Junto a los puestos de loza están los de cestos y canastas; una infinita variedad, las más finas con su tapa, están hechas de otate y de carrizo para resistir golpes; hay petates y esteras de palma bellísimas que dobladas hacen un pequeño bulto y extendidas cubren hasta tres y cuatro metros. Escobas y abanicos de palma, también cintas y sombreros, toda clase de ellos. En otro lado venden los hierros: la mayor variedad de formas y utilidades posibles. Por otro lado venden la leña; por otro el maíz en rubios montones apilado... abundan los vendedores de tejate, una bebida refrescante de los más variados sabores, y los neveros (he probado exquisitos helados de flor de calabaza, de maguey y otras plantas que son únicos de Oaxaca). 

Un interés principal del mercado son las indias vendedoras, que vienen desde pueblos remotos del Estado, cada una con sus ropas y productos autóctonos; el mercado es su meca y su emporio: llegan con uno o dos días de anticipación, venden la mercancía que han traído de sus pueblos y compran lo que les falta. Si les queda dinero, permanecen el domingo en la ciudad, invaden los bancos del jardín interior oyendo embelesadas la música de las bandas que ahí se reúnen; en la tarde del domingo se van para volver la próxima semana; sin abandonar la población antes de haber orado con fervor junto al altar del cercano templo de la Virgen de la Soledad, sin antes haber frotado sus piernas con el polvillo que suelta la roca incrustada a la derecha de la entrada del templo, para tener fuerzas durante la caminata de regreso. Sentadas con las piernas cruzadas a la manera de sus ídolos antiguos, parecen esculturas monolíticas: las de la Sierra son morenas y serias, muy propias; las de la Mixteca son claras y de facciones muy agradables; las de Yalala se dice que son aristocráticas como ninguna, tienen su fina cabellera trenzada con cordones de algodón negro y encima una especie de tocado blanco que les cae sobre la espalda, de vestiduras blanquísimas, con su andar lento y majestuoso por ese tocado tan alto que llevan con gran prestancia. Me dicen que por las cercanías de las fiestas de Etla, se ven muchas Tehuanas, que envueltas en sus ropas bellísimas son las más atractivas y alegres. Casi todas las oaxaqueñas llevan cubierta la cabeza; hacen una especie de turbante con el rebozo y hasta las más humildes cubren su cabellera, enrollada en cintas negras, con la misma jícara o calabaza pintada en que beben y comen. Muchas amamantan sus niños. Las mujeres herbolarias son las más populares y tienen gran importancia en Oaxaca, porque alivian las enfermedades del pueblo con sus conocimientos de plantas cultivadas por ellas y sus mayores desde hace miles de años. El día Sábado es formidable. Los que han llegado tarde se instalan con sus productos en las calles adyacentes; un hombre se acerca corriendo a una campana que cuelga en el centro del mercado y da tres campanadas que se oyen en todo el recinto: es para llamar a la policía: algún ladrón o una pendencia, aunque debemos anotar que el sitio es seguro para el turista, que encuentra aquí artefactos inimaginables y alimentos únicos. Son las comidas de cada país como la ficha antropológica integral del pueblo, como su marca integral, colectiva, historia del cuerpo y del alma, y uno siempre termina en el ambiente del mercado preparado para servir platos de la región.

Probando los sabores de Oaxaca se sabe más que todo lo que dicen los libros. Para comprobar la riqueza basta ver en este mercado la variedad de comestibles para comprobarlo. Las clases de quesos son inacabables; los quesillos de tiras angostas, trenzados, son riquísimos. Hay una infinidad de panes entre los cuales me pareció muy sabroso uno muy fino al que llaman resobado, mantecoso, salado, ideal para la comida. Fuimos invitados a comer tamales oaxaqueños, que en Chile se emparientan con las criollas humitas de maíz, pero rellenas, que se envuelven en dos hojas de plátano cruzadas que se van abriendo como un libro; que cuando termina de abrirse brota el suculento tamal, no duro como suele ser el de la Ciudad de México, sino pastoso, abundante de salsa y pollo. También fuimos invitados a probar la cumbre de la comida oaxaqueña, el famoso mole, que tiene varias formas de preparación; el que he probado es negro como el carbón, de sabor menos complicado que el mole de Puebla, pero igual de exquisito al paladar. Son los de Oaxaca unos sabores en los que la vida parece regocijarse y suavizar un poco sus contornos. 

También llamó mi atención esa forma inconfundible que utilizan los oaxaqueños para decir las cosas; su modo de hablar es especial en un país del mundo en que cada provincia, cada región, cada pueblo tiene su propio dialecto y habla de manera distinta. En Oaxaca el acento del citadino no sólo es peculiar, no sólo la ll se pronuncia suave y larga, como g francesa, sino las palabras varían en su ubicación, su construcción de las frases es diferente sin cambiar el significado. A veces son muy castizos o rescatan sonidos que vienen de su pasado olvidado. Utilizan el verbo por sí solo como una afirmación.

—¿Tiene usted libretas de notas? -pregunto a una vendedora de cosas construidas con el bello papel amate, y ella simplemente contesta:

—Tengo. Otras veces, la construcción da a la frase un sonido exótico:

—¿Cómo ha usted estado? ¿Ha usted estado bien?

Algunas palabras son alteradas en su significación por parecer más lógicas al pueblo. Así, en vez de limonero, dicen limonar; en vez de manzano, dicen manzanar; en vez de naranjo, naranjal. La alteración consiste otras veces en la morfología de la palabra para darle mejor concordancia, como el siguiente piropo muy usado en el mercado:

—Adiós preciosa, encantosa, pantorrilluda, ¿me quiere?

Otra peculiaridad consiste en reunir palabras que por su índole no se traen, como los verbos con las interjecciones:

—¡Mire, ah...!, que resulta de una simpleza extraordinaria. En este caso el verbo es por sí solo una interjección y su efecto queda destruido al usarlo con la interjección ah, indefinida, como escapada de un profundo pasado.

Oaxaca, en plena Selva Madre del Sur mexicano, luce orgullosa el título de “Patrimonio Cultural de la Humanidad”. Caminar por sus calles y mercados, hablar con sus gentes es transitar por los recovecos del más antiguo pasado de América. Por eso, Oaxaca es muchas cosas: es la vida como un ritual perpetuo; es la Madre Sierra; es la quinta parte de México con sus 95.364 kilómetros cuadrados y sus más de dos millones de vecinos; es la legendaria María Sabina y las flores sagradas... Oaxaca es el universo gastronómico, y es musical, como el viento que mueve el follaje de las cañadas, como la brisa aromática que trae el eco rítmico de las olas de su costa; así es el corazón de Oaxaca: musical y henchido de ternura -que una cosa va con la otra-, porque no en vano están los dos mil y tantos versos de “La Llorona” para comprobarlo:

<brSi mueres, muero contigo (Llorona)
si vives, te sigo amando;
es cierto lo que te digo
(¡Ay de mi Llorona!):
puedes publicarlo en bando...
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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