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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Oaxaca

Amo una piedra de Oaxaca...
(Gabriela Mistral)


Cuando la escritora chilena Gabriela Mistral visita la zona, escribe: “La ciudad de Oaxaca fue fundada en un valle del que todos tendríamos justa noticia si la América se conociere lo mejor de ella misma, lo único indudable de ella, que es su geografía maravillosa”. Oaxaca es el petróleo refinado, es talabartería, los textiles, la cerámica, el turismo y la Quelaguetza, la orfebrería y los recursos de la minería; es el grafito concentrado, la mica y el hierro, el carbón, oro, plata, cobre, zinc, titanio. Es el maíz y la azúcar, el frijol, el trigo, el arroz y la alfalfa verde, el ajonjolí y el tabaco. Es el café llamado “oro”. Es el papel y hermosas lenguas y dialectos. Es la fruta: aguacate, piña dorada, limón agrio, sandía, guayaba olorosa, melón y papaya. Oaxaca es la tierra del venado y del zanate de oro, el ave misteriosa que habita la curva del encanto.

Y es una expresión furiosa de la tierra: sesenta millones de años atrás, en el llamado período Terciario, el territorio que es Oaxaca estaba cubierto de mar; entonces los océanos del Pacífico y el Golfo de México se encontraban unidos. Cuando llegó la época Cenozoica, brotaron las montañas y se hicieron los valles que hoy configuran la zona. Del mar que fue Oaxaca se sabe algo por los testimonios que rescatan los arqueólogos, fósiles marinos, restos de animales antediluvianos, plantas petrificadas... El hombre oaxaqueño comenzó a reinar en el lugar de un pasado remoto, ubicándose este como uno de los asentamientos humanos prehistóricos de nuestra civilización: es la razón de que su mitología sea maravillosa. Las pruebas científicas verifican que 10.000 años antes de la era actual, ya merodeaban los nómades por la región; 3.000 años antes de nosotros hay restos de una primera cultura organizada, con sus propios mitos a imagen y semejanza de sus sueños. Estos poblados originales conservan aún la personalidad y el carácter que, en tiempos prehispánicos, los hicieron creadores de culturas tan fastuosas como las de Mitla y Monte Albán, que tratamos aparte.

Ahora, para sólo rozar la mitología que nace en Oaxaca no bastaría un libro entero, sin embargo, algo podemos insinuar, por ejemplo, acerca de la creación del hombre según como preservan el mito las poblaciones de Mixtecos y Zapotecas: los dos grupos humanos más antiguos de Oaxaca. Para don Pedro de Atzompa, alfarero en barro negro y limpiador zapoteca, “el aliento y respiración divina que es Pitao creó la Tierra con fuego, piedras y terremotos. Al mismo tiempo hizo al hombre, para que trabajara y lo venerara. Pero el hombre se olvidó de él. Entonces volvió a hablar Pitao, de modo severo, con fuego, piedras y terremotos, hasta que él todo se incendió y comenzó a morir. Aquellos que al huir del fuego se metieron al agua, se convirtieron en peces; los que treparon a las copas de los árboles se hicieron monos; quienes ascendieron a las montañas, volaron vueltos aves antes de alcanzar la cima. Otros, que gatearon despavoridos, se tornaron tlacuaches y los que se arrastraron se volvieron culebras y así, surgieron todos los animales de la creación. Los hombres que se arrepintieron hondamente, sobrevivieron en la Tierra con sus mujeres y procrearon hijos, que son los hombres que trabajan y aman a su dios”.

Para los Mixtecos la creación se hizo de otro modo. Para don Roberto de Juxtlahuaca, hacedor de juguetes de madera y maestro mixteco, “en el principio todo era caos y confusión. No había ni luz, ni días ni años. Imperaba la oscuridad y la tiniebla y el agua inundaba la faz de la Tierra: en su superficie únicamente existían limo y lama. Aparecieron entonces el dios Uno Ciervo, que por sobrenombre tenía el de “culebra de león”, y una bellísima diosa, cuyo nombre era también Uno Ciervo y cuyo sobrenombre era “culebra de tigre”. No teniendo donde reposar, sacaron del agua una gran peña, sobre la que construyeron hermosos palacios. Esta peña estaba en un cerro muy alto, junto al pueblo de Apoala. En el techo de sus suntuosas habitaciones, los dioses tenían una hacha de cobre con el filo hacia arriba: sobre el filo estaba el cielo, paraíso de felicidad y abundancia. Tuvieron dos hijos, uno que se transformaba en águila y que se llamaba “viento de nueve culebras”, y otro que se convertía a su antojo en rara serpiente alada y que tenía por nombre “viento de nueve cavernas”.

"Estos hermanos -sigue don Roberto-, el águila y la rara serpiente alada hicieron jardines con perfumadas flores, frutos exquisitos, especias y hierbas de olor. Acostumbraban hacer las primeras ofrendas quemando beleño molido -en vez de incienso- en pequeñas vasijas de barro. Viendo que no tenían para su descanso más que ese mínimo vergel, suplicaron a sus padres que las aguas se separaran de la tierra y se distinguiera la luz de la oscuridad. Los hermanos tuvieron esposas que engendraron más dioses, pero continuaban rogando por la claridad y la tierra seca. Así, un día les fue concedida su petición, hubo un gran diluvio, perecieron muchos dioses; más, calmado el diluvio aparecieron el cielo y la tierra, por aliento del Creador De Todas Las Cosas. Los hombres se recuperaron y se pobló la mixteca”.

Es cierto que Oaxaca está formada por plegamientos espectaculares de la corteza terrestre. Tres sierras gigantescas la conforman: la Sierra Madre Oriental, la Sierra Madre del Sur y la Sierra Atravesada, que al conjuntarse integran el bien llamado Nudo Mixteco, con sus muy respetables alturas: enumerando diremos que en territorio del grupo Mixe está el cerro de Zempoaltépetl, con 3.396 metros de elevación. En la sierra de Ixtlán destacan las alturas del Cuajimaloyas (2.814 metros), el cerro del Campanario (2.600 metros), el Malacate (2.500 metros), el Nindá Naxinda (2.900 metros), y otros que no destacan tanto por su altura sino por sus peculiaridades, como el cerro Rabón (1.830 metros), en cuya cima existe una laguna, y el cerro de Los Frailes (2.725 metros), desde cuya cima puede ser contemplado el Pico de Orizaba, con sus 5.580 metros de altura. En la frontera oaxaqueña con Chiapas está el cerro del Baúl (2.028 metros), en Tlaxiaco el Yucamino (2.875 metros) y existen otras alturas notables, como el cerro de la Sirena (3.200 metros), el de Tres Cruces (2.700 metros), el Balcón (2.800 metros), el Gordo (2.680 metros)... caminos que elevan a lo alto y crean y recrean la fábula del hombre de esta parte de América.

A estas alturas de Oaxaca corresponden profundos barrancos, sumideros y grietas insalvables. Así, la tremenda cañada de Cuicatlán- la más grande del Estado -esconde el Cañón de Tomellín que origina el río Atoyac. Descender otro cañón, Ixtlayutla o el de Yucuxina, es trabajo inmenso; espeleólogos de todo el mundo visitan comúnmente la zona para explorar alguna de sus cuevas, por ejemplo, la llamada del Sótano de San Agustín nunca ha sido extensamente estudiada, y como esta varias más, porque Oaxaca, se sabe, esconde algunas de las grutas más profundas de nuestro planeta, que ha creado alrededor de estas bocas de la Tierra toda una cosmología. Por decir, como la que existe sobre la Fortaleza de Guiengola, en el Istmo de Tehuantepec, donde la enorme caverna está habitada por los genios de la cordillera y por las ánimas de los progenitores, y que sirviera de refugio de bravos héroes de la raza. En Guiengola, ídolos multicolores ruedan sin fin, puliendo sus cuerpos de ónix, granito y obsidiana, entre caminos de árboles interiores de frutas al alcance de la mano, deliciosas; transitan calmos y serenos animales salvajes, como eran antes de que comenzaran a huir del hombre. En muchas rocas de la gran gruta, los jeroglíficos van relatando verdades perdidas, dibujadas por quizás qué mano venerable. Sin embargo, nada puede ser extraído de Guiengola, pues quien se atreviera a pensarlo siquiera sería extraviado sin remedio en sus oscuros laberintos. Aquí sabemos que Guiengola es una de las entradas al Reino Interior, que tiene su propio sol y sus propias estrellas y donde viven personas como nosotros.

Cuando se observan con detenimiento los fenómenos naturales -el día y la noche, el cambio de las estaciones, las edades del metal y la rosa- aflora una cierta recóndita convicción del poderío que necesariamente debe mover estas fuerzas, y nace la búsqueda por ser grato a ese poderío, y que nos favorezca. Así, poco a poco hemos venido entendiendo el ritmo propiciatorio, por ejemplo, de ciertas fechas para sembrar, otras para recolectar los frutos tan costosos de arrancar de la tierra; pero además del ritmo, el hombre confía en sus actos de respeto por el dios o los dioses que sean, esperando mejores cosechas y no caer bajo el enojo divino que mata.

Y si a través de nuestra historia enumeramos deidades y les damos nombres poderosos para el logro y para contrarrestar el mal (sea cual sea la idea que se tenga de él); en nuestros dioses nos refugiamos y vincula el hombre íntimamente a ellos su vida, encontrando explicación a muchos misterios y ayuda de lo que no conocemos, de lo indescifrable. Se sabe que el mayor dolor del alma es sentirse abandonada por sus dioses porque el hombre solo sobrevive siendo humilde, por eso inventa seres superiores que le ayuden a interpretar los fenómenos de la Naturaleza; piensa dioses buscando fe y confianza en que vivir no es en vano, para disminuir dignamente los dolores, responder a todo lo que nuestra inteligencia no sabe explicarnos y, muy principalmente, inventamos seres superiores para enfrentar no tan solos el inevitable fin del tiempo que nos toca a cada cual vivir.

Como es común en los más arcaicos núcleos de florecimiento humano, en Oaxaca a los grandes dioses mayores -el Sol, el Agua, la Tierra- complementan su cosmogonía incontables dioses menores, pues en general piensan que todo lo existente lleva en sí esencia de divinidad, y hablan de un dios-tormenta, dios-árbol, dios-rayo, dios-animal, dios-hombre... viéndose en estos caminos dioses humanos y humanos divinizados, en una escala que va de lo pequeñito del ser frente al Universo, hasta el hombre todopoderoso que puede ir a las estrellas y volver a su arbitrio. Y en esta escala oaxaqueña los peldaños son incontables; ocupando sitio seres mágicos con atributos fantásticos, provistos de peculiaridades divinas, capaces de trastornar el orden de las cosas, ocupando sitio adivinos, magos, brujos, hechiceros, chamanes, curadores del mal y del bien, que por misteriosas razones tienen acceso a los secretos de la vida, a esa zona vedada a uno.

El peligro de muerte y la enfermedad son trances en que la magia puede aportar una cierta acción paliativa y, ¿por qué no?, obtener ayuda divina preferentemente si quien la pide está en posibilidades de hacerlo con sus ritos aprendidos en miles de años de transmisión oral. Mientras, además de sembrar y cosechar en el tiempo adecuado, el hombre va aprendiendo otras cosas; sabe, por ejemplo, que hay hierbas que lo alimentan y otras no. Unas plantas serán remedios eficaces, otras brindarán un grato condimento, estas serán de raro efecto en la mente, las de allá son venenosas y las de este lado sirven para que subsistan otras, o permitan la vida de la fauna, también sagrada. Admirado por la destreza del animal, de este trata de lograr su velocidad, de otro su fuerza y de aquel su habilidad para la subsistencia. El aire claro y la niebla espesa, la piedra, el agua, el fuego, los cerros y las montañas, la cañada, cada valle, la gruta, caverna y cueva, el río, la selva, el desierto oaxaqueño cobijan vidas divinas y seres maravillosos, algunos terribles, comprendidos por cada tribu de modo distinto, con explicaciones propias de su origen individual como etnias, de acuerdo a su propia cultura, porque entiéndase, cada uno de los catorce asentamientos tribales de Oaxaca tiene una cultura propia, volviendo en muchas lenguas el pensamiento, la palabra, el canto, música, arte y temor y reverencia a lo desconocido.

Zapotecas; Mixtecos; Mazatecos; Chinantecos; Mixes; Chatinos; Amuzgos; Cuicatecos; Huaves; Chontales; Triques; Popolocas; Ixcatecas; Chochos; Zoques; Naoas; algunos con origen absolutamente desconocidos, otros con antepasados que se remontan a miles de años, en que ni sus guerras internas ni la evangelización han logrado desterrar totalmente sus dioses, que están vivos, algunos disfrazados con nombres y ropajes cristianos, en una extraña mezcla que, de alguna manera, une el temor del aborigen con los miedos que traían en su mente los europeos. Así, el Pitao, gran dios gigante zapoteca, sobrevive interpolado en el dios cristiano; el Sabi, espíritu mixteco de la lluvia, es también San Marcos, y la Virgen de Guadalupe posee el poder de Tonantzin para los naoatls; es verdad que en Oaxaca es muy difícil distinguir dónde terminan los dioses antiguos y comienzan a actuar los nuevos, lo que hace infranqueable encontrar la definición del territorio “de poder” entre unos y otros.

A ciencia cierta, se desconoce de dónde vinieron los primeros que poblaron Oaxaca; los investigadores deducen diversos orígenes sin ponerse de acuerdo. Hay quienes dicen que fueron Toltecas pero también hay fuertes influencias Olmecas: se supone que llegaron en tiempos cercanos unos y otros, hace milenios. Sin embargo, dice el maestro zapoteca Gabriel López Chiñas, "los investigadores podrán tal vez, encontrar la verdad científica de nuestro origen; pero nosotros los binnizá de Oaxaca vivimos, soñamos y morimos asidos a la verdad poética de nuestra antigua mitología”.

Cuando los españoles llegaron a Oaxaca vieron rasgos de cosas nunca antes vistas: lejanos eran los días en que una de sus ciudades sagradas, la soberbia Monte Albán ya había sido abandonada por sus constructores, los bellos gigantes llamados "binnigulaza": "procedentes de las nubes, se aparecieron en el cerro sagrado Daniban, donde enterraron el cuerpo enorme de su legendario caudillo Xozijo; enclavada en el corazón mismo del gigante enterrado se construyó la magnífica Monte Albán" (Códice Zapoteca). Al inicio de la invasión extranjera se cerró la puerta de Mitla, en zona zapoteca, donde está la entrada y la salida de la eternidad; aunque ya hacía siglos que la ciudad del tiempo había sido tragada por la tierra, y la encontraron los españoles poco menos que como está hoy: semienterrados sus muros de piedra cubiertos de escritura tallada con la historia de Mitla, señalada como una de las ciudades ceremoniales más importantes de América, que albergaba escuelas de botánica y matemáticas, de poesía y medicina; sus astrólogos dejaron escrito en la piedra la forma redonda de la Tierra y un calendario de eventos que se inicia en el pasado olvidado y se pierde en el futuro ignorado. Cuando Gabriela Mistral cruza por el lugar, luego escribe: "...en un relámpago yo supe carne de Mitla ser mi casta".

Ya los pueblos de Oaxaca poca fuerza tenían para combatir entre sí; hacía unos doscientos años que la fortaleza magnífica de Teozapotlán y su constructor Zaachila I, rey de los Zapotecas, se habían establecido como un centro cultural en la región. Su hijo Zaachila II, fallecido, no urdía sagacidades políticas para doblegar a los invencibles Mixes. El legendario 8 Venado de los códices, "Garra de Tigre", unificador de los Mixtecos, había dejado de extender sus dominios por los valles como lo había hecho en los primeros tiempos del año 1000. Zaachila III ya no combatía contra los Aztecas, desde que su hijo heredero de sus glorias Cosiyoesa, había llevado su fidelísimo amor a la hija del Ahuízolt, el rey Azteca. Cuando llegaron los conquistadores, el descendiente legítimo de Cosijoesa, Cosijopü, que significa "Rayo de Aire", fue bautizado "Juan Cortés". Pronto, el primer asentamiento español en Oaxaca: Segura de la Frontera, fue llamado Antequera junto con el nombramiento de Hernán Cortés como marqués del Valle de Oaxaca. El nombre de Antequera fue tomado de su homóloga, la antigua Anticaria, ciudad cercana a Málaga en España. Luego de varias Cédulas, el 25 de abril de 1532 el rey de España expidió el título de Ciudad a la Villa, otorgándole su propio escudo de armas.

Fueron solicitados los servicios del arquitecto Alonso García Bravo para que organizara el trazado urbano en el valle, que incluía, además de la ciudad capital de Oaxaca, las villas de Cuilapan, Etla y Tlapacoyan, que componían el marquesado. García Bravo fue el mismo que había hecho los planos de la Ciudad de México y de Veracruz, por lo que sabía bien de utilizar las construcciones magníficas, templos y asentamientos de los naturales, algunos de varios miles de años, cambiando la fisonomía urbana de Oaxaca, hasta dónde pudo, al gusto español.

Se anuncia el verano en esta mañana olorosa de primavera que ando por las calles de la ciudad de Oaxaca. Mi primera impresión es la de que el mundo ha disminuido de estatura; ningún edificio alcanza altura desmesurada; los sólidos portales de la Plaza Mayor de exuberancia tropical son bajos y profundos, los pilares macizos están hechos para soportar gruesas estructuras, pero las casas del centro no tienen más de dos pisos, de grandes muros y brotando de suelos de roca por los que alguna vez cruzaban fuertes comitivas. Los interiores están plagados de flores que parecen brotar de los exquisitos ventanales de hierro y puertas con motivos labrados que parecen seres vivos de metal brotando de las maderas finas y sólidas. Los contrafuertes exteriores macizos de hierro le prestan a las casas aspectos de fortaleza; hay profusión de metal forjado, se ve aplicado en barandales, rejas, llamadores, bisagras, bocallaves, terminaciones de motivos sencillos pero que se hacen arte por la perfección del trabajo artesanal aplicado. De una pieza curva que sujeta ventanas, veo brotar ramos de hierro que se inclinan hacia abajo, como reverentes para estallar en grandes flores de anchos pétalos, sutiles pistilos, con toda gracia plástica. Al interior son casas coloniales plagadas de espejeantes azulejos y fina cantería. Su portada es simple: un dintel cuadrado entre columnas, y un balcón arriba, también entre columnas, que descansan sobre las de abajo. Todo con gran predominio del muro, del lleno, sobre los vanos. Son casas construidas en plan de defensa contra los terremotos, que no son poco frecuentes aquí.

Dominando este conjunto de edificios bajos, destaca el Templo de Santo Domingo, arrogante, desde sus bóvedas se domina toda la población. El templo y monasterio de Santo Domingo sigue esta construcción, es poco más alto y le han agregado hacia arriba nada más las torres de los campanarios; a su alrededor parece haber ido formándose por agregación de sucesivos edificios; primero un patio, luego otro, luego otro. El claustro principal de Santo Domingo es de las obras coloniales más conocidas de Oaxaca; hay en su centro una fuente que en un tiempo estuvo adornada de columnas; sus corredores están formados por arcos de medio punto que descansan en medias muestras adosadas a pilares; estos pilares por el exterior hacen de contrafuertes y por dentro sobresalen en grandes resaltos rectangulares, en los que hay retratos pintados hoy en restauración. Tiene el claustro bajo bóvedas nervadas y el alto vaídas. El patio llamado de la Torrecilla evoca en sus grandes bloques de piedra el aspecto de un castillo medieval: en dos de sus ángulos hay entradas a pasadizos interiores. La gran escalera que sube al convento está cubierta con una rica bóveda decorada como la del crucero del templo, que en su decoración interior tiene gran magnificencia, está ricamente ornamentado; luego de ver el interior del santuario, uno recuerda la leyenda que habla de que bajo estas piedras bruñidas hay un tesoro oculto; creemos que el tesoro es todo este rico templo de Santo Domingo. He podido ver Oaxaca desde lo más alto del templo; en el extremo de un cerro veo un paseo que domina una estatua del héroe oaxaqueño Benito Juárez, señalando con sus diestra extendida la estación del ferrocarril. Dicen que cuando algún forastero se muestra disgustado de la ciudad, lo llevan ante esa estatua que le señala el camino por donde debe alejarse. El rocío mañanero le da a Oaxaca una coloración verde, es la humedad que acentúa ese color en la piedra antigua. Parece desde lo alto una ciudad toda de jade, muy sólida y vigorosa.

Conversamos con el cronista Erasto León Zurita, autor de "Oaxaca, rostro antiguo", quien dice que la llegada de los españoles cambió marcadamente la fisonomía de la zona: "Ansiosos por estrenar sus casas, los vecinos, de acuerdo a su rango fueron haciendo construcciones, utilizando en muchos casos las piedras y materiales y hasta el mismo sitio de los templos antiguos, de las ciudades ceremoniales, de los sitios conquistados, que fueron aniquilados entregando sus bienes a los conquistadores, quienes fueron sumándoles una serie de productos de su tierra, con los cuales aminorar la nostalgia. Junto al trigo se trajeron la cebada, el arroz, la avena. Se sorprendieron con el tomate, el jitomate, el cilantro y el chile (ají), sólo que les escaldaba la boca y entonces lo complementaron con azafrán, anís, perejil, laurel, con los que pudieron guisar sus alcachofas, sus puercos y sus garbanzos. A la papa, el cacao, el camote americanos, les agregaron los rábanos, la zanahoria, el café, la lechuga y una extensa variedad de frutas como la calabaza, las sandías, los melones, los higos, la fresa, el plátano, la naranja y, claro, la uva. Alguien estimó conveniente utilizar el arado, junto con los que lo jalaban. Bueyes, caballos, asnos entraron a la faena. Hombre y animal aportaron una imagen nueva. Toros y vacas hacían más nutritiva la dieta.

"Pero no bastaban los animales de carga y a lomo de indígena se hacía igual toda la labor pesada. El maltrato sumado a las enfermedades que también trajeron, hasta causar epidemias devastadoras en ciertos tiempos, hicieron insuficiente la fuerza indígena. Los negros africanos importados llegaron a ocupar el más bajo escalón de la pirámide social. Pero, pronto se inició el mestizaje. Surgieron españoles, criollos, mestizos, mulatos y negros que hicieron más confusa la situación social indígena. La explotación para extraer los metales de las minas en Oaxaca fue una de las más crueles practicadas en América; la ambición española se había visto exacerbada desde que Moctezuma les había dicho que gran parte del oro Azteca provenía de la Chinantla oaxaqueña, de tal manera que esperaban que las montañas fueran de oro puro, con un poquito de tierra encima. Cuando descubrieron unas buenas vetas en Santa Catarina Mártir, en 1580, se desató una fiebre que duró un tiempo, pero la mano de obra de negros e indígenas resultaba cada vez más dificultosa, cuando los mineros no huían del mal trato y la rudeza de la labor, morían por cientos. Se anota que entre 1616 y 1620 hubo un hundimiento en la mina que mató a toda una cuadrilla de indígenas. Como quiera que fuese algo se extraía, entre otras cosas, hierro, que proporcionaba el material para la demanda creciente de herrajes que durante la Colonia se utilizaron en grandes cantidades, incentivando una estupenda capacidad para trabajarlos que hasta hoy se conserva. Otra actividad que alcanzó renombre fue el cultivo de la seda; en el siglo XVIII Tehuantepec sorprendió a todos con su delicada "seda de Vinuesa". En los tintes para tejidos, los naturales aportaron el color grana de la cochinilla, un insecto parásito cuyo cultivo se da en el nopal, y cuyo proceso para obtener el tinte sin igual de brillantes tonos que van del rojo encendido al violeta y firmeza sin igual hasta hoy es un secreto de la región. De tejidos artesanales también había toda una tradición prehispánica; mantas de Jamiltepec o Villa Alta viajaban en los barcos que salían del Nuevo Mundo; lo mismo mantas de algodón, que sarapes, huipiles y otros tejidos cuyos beneficios casi nunca llegaban a sus originales manufactureros. En honor de la verdad, hay que decir que mucho de lo que se hizo desde un principio para acabar con el mal trato al indígena fue obra de los evangelizadores, que los defendieron y les enseñaron las sinuosidades de la nueva cultura. Los frailes llegaron junto a la espada de la conquista. Algunos malhumorados, excesivamente celosos de su religión, que intentaban meter a como fuera, destruyendo sin piedad templos y creencias. No así otros, de alma, sensibilidad y conciencia más profundas. Mención entre estos últimos merecen fray Gonzalo Lucero y fray Bernardino de Minaya, que arribaron a tierra oaxaqueña en 1528; se dedicaron con paciencia a ayudar a los indígenas brindándoles junto con la evangelización el conocimiento del uso de varias herramientas. Luego del 21 de junio de 1535, cuando el Papa Paulo III expidió una bula aprobando el obispado de Oaxaca, el tercero en América, el primer obispo Francisco López de Zárate, de inmediato se impresionó con la cantera de mármol verde y le temblaron las manos para utilizar el material en la construcción de templos e iglesias. Entonces se iniciaron los colosos arquitectónicos que ahora se admiran, y que en Oaxaca, entre los más antiguos, destacan las iglesias de Yanhuitlán, Teposcula (1550), y la capilla de Cuilapan, fundada en 1555. Otros de arquitectura religiosa española son la iglesia de Tlacochahuaya y los conventos de Santo Domingo y Santa Catarina. En 1576 los jesuitas fundaron el colegio de San Juan, el más antiguo de Oaxaca, al que le sucedió el de San Borja. El obispo Angel Maldonado informaba que en los albores del siglo XVIII había en Oaxaca cuatrocientas escuelas, con la virtud de ser bilingües. Un monumento excepcional es también la Biblioteca de Santo Domingo, formada desde los inicios de la Conquista, hasta conformar el formidable acervo de la Biblioteca del Estado, hoy patrimonio de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Se dice que este acervo bibliográfico es hoy uno de los más ricos de América, porque preserva Crónicas de quienes vivieron la Conquista y otros documentos que lograron rescatarse de los vencidos, como la mayor cantidad de Códices indígenas que existen, donde se rescata la tradición de uno de los asentamientos humanos míticos de nuestro continente".

Los indígenas oaxaqueños, como en general el natural de nuestra América, es un hombre limpio que rinde desde que nace culto al uso del agua, por simple higiene y por sabiduría acerca de los poderes ocultos de la leche de la naturaleza. Ellos piensan que de los cerros nace el agua; en las zonas istmeñas oaxaqueñas y del valle nombran dani, al accidente geográfico que permite al agua escapar del corazón del cerro; así encuentra explicación a los muchos ríos que cruzan la zona, y los acueductos y canales que siguieron utilizando los españoles, muchos de los cuales están aún en uso. 

Al poderoso río Mixteco, que reúne las aguas de varias otras fuentes, se le ve desembocar en el Atoyac, para dignarse tributario del Mezcala, parte oriental del famoso Balsas. Al Atoyac muchos ríos le dan vida, como el Etla, el Tlacolula, el Salado y el Miahuatlán, hasta que se convierte en río Verde, y recibiendo otras aguas cruza la Sierra Madre del Sur. Por Pinotepa y Jamiltepec siete arroyos refulgen como plateados listones, entre ellos el Tierra Colorada, el Tecoyames y el de la Arena. Dieciséis corrientes se conjuntan en la Sierra al mar, formando una filigrana entre el Verde y el Tehuantepec, contenido en la Presa Benito Juárez desde donde se le da paso a Bahía Ventosa. Desde la Sierra Atravesada, los ríos Juchitán y Ostuta son guiados hasta los espejos de plata que son las lagunas Superior y Oriental. Impetuosas a la vertiente del Golfo llegan las corrientes bravías del Papaloapan y Coatzacoalcos, que son como mares por el ímpetu líquido que encierran. Tanta agua, sin embargo, no es suficiente, porque no llega a las tierras altas coatzaqueñas, que padecen sed, por lo que la agricultura allí no es favorable. Como tampoco lo es tanta cordillera que, no siempre, vuelve difícil la vida porque cansa al final la neblina perpetua, como al Principio. El mar de Oaxaca sí que nunca cansa, por eso tal reverencia a él, tanto respeto y temor: Nizataopani, el mar es para los zapotecas un inmenso ser vivo que se enfurece cuando algo rojo se le acerca, que es bueno pero de mal genio, por lo tanto, si se camina junto a él, hay que hacerlo con cuidado para que no envíe la ola brava que arrebata al hombre de su entorno, ahogándolo.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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