Sitios

Antropología e Historia de México

compartir en facebook  compartir en twitter

Susurros de México

Monte Albán

Inscripción a la entrada de la ciudad ceremonial:

Hubo tiempos en que los humanos fueron gigantes,
unos bellos gigantes llamados “binnigulaza.
Algunos de ellos procedían de las nubes,
de las que descendieron en formas de pájaros de armónico canto,
con plumajes en los que se ostentaba la policromía del arcoiris.
Otros gigantes brotaron de las raíces de los árboles, flexibles pero
indomables. Otros más, fuertes y valientes, que nacieron de peñascos y de
fieras. Y hubo quienes simplemente se aparecieron.
Adorables de Pitao, el gran dios gigante creador de todas las cosas,
construyeron en su honor un enorme túmulo del elemento ardiente;
lo llamaron Daniban -cerro sagrado- y en este cerro
quedó enterrado el cuerpo enorme de su legendario caudillo Xozijo.
Enclavada en el corazón mismo del gigante Xozijo,<br(Códice Zapoteca)

A sí mismos, hoy los habitantes de la zona arqueológica de Monte Albán se llaman Gentes de las Nubes: Ben’Zaa en zapoteca, y Ñusabi en lengua mixteca. También los aztecas los designaban en náhuatl como los mixtecatl, “las gentes de las nubes”. Los custodios de Monte Albán son el pueblo de Xoxo, que habita al pie del monte sagrado. Los de Xoxo (o chochos) son orgullosos de su estirpe, que viene de los constructores de Teotihuacán; y no solo por tradición sino por sus títulos escritos que datan de siglos conservados religiosamente. De este pueblo difícilmente se puede establecer la antigüedad, aunque se cree que se establecieron allí en el siglo VII, cuando Monte Albán comenzaba a declinar, convirtiéndose hacia el año 1000 en una ciudad abandonada, con los caseríos Xoxos dispersos a sus pies, como la encontramos actualmente.

María Castora vive en uno de los caseríos alrededor de Monte Albán, ubicado a 10 kilómetros por tierra de la Ciudad de Oaxaca, por la sólida carretera al sitio arqueológico, donde he llegado desde Ciudad de México al aeropuerto en día claro. Me dijeron que ver un ojo abierto de la tierra era necesario antes de ver a María Castora; entendí cuando desde la ventanilla del avión, vimos el cráter del volcán Popocatepéctl, que desde el aire es un perfecto ojo abierto de la tierra. Con este signo providencial de buen auspicio llegamos ante la sabia Castora, quien nos contó de Monte Albán, la tierra de sus mayores. Debo decir que el rostro de esta mujer sabia es de fuertes rasgos, que marcan la luz interna. Es cálida, sin pretensiones. Las únicas joyas que lleva son en sus ropas botones de oro, símbolo de una clase: la de maestra de la antigua casta de escritores que protegen la letra tallada en las piedras de la ciudad sagrada. María Castora, como su madre y antes su abuela, es experta en la antigua escritura y puede citar pasajes determinados de los libros antiguos si lo desea; habla con extrema sencillez, sus respuestas son precisas y relacionadas y siempre disfruta de un rápido intercambio de risas. Pero, y por encima de todo, es ella adepta de poderes milagrosos. He presenciado su destreza en el empleo de las fuerzas ocultas de la Naturaleza: con graciosos gestos de sus manos materializa cosas en un abrir y cerrar de ojos; así multiplica la comida cuando la afluencia de amigos es grande y parece que comer será difícil por todos los que hemos llegado. 

En el hogar de María Castora y su familia, sin premeditarlo, una tarde, mientras la espero para salir, veo en una mesa junto a mí, una caja de gastado cuero café en forma de libro. La tomo y abro como se inicia la lectura de un libro y lo que ven mis ojos consulto aturdido. Veo mi propia imagen saliendo de las páginas; veo la imagen de mi rostro que emerge proyectada de corredores oscuros o en penumbras; allí veía como cada rasgo de mi rostro iba desapareciendo y apareciendo nuevamente en otro sitio, hasta volverse todo como una sola mirada viéndose a sí misma. Lo que tenía en mis manos era la misteriosa superficie de un espejo negro:

—Veo que has entrado en el espejo negro -dijo, repentina, María Castora, al llegar-. Lo tengo enmarcado como libro para protegerlo.

—Nunca había visto uno... -dije, mientras mi vista descubría que la tonalidad en los corredores del libro de espejo negro tomaba un extraño tono azul plateado. 

—Son objetos bastante comunes entre los escritores -la oía decir-. Este perteneció a Malcolm Lowry, quien lo trajo cuando me vino a ver. Aparentemente, llegó a sus manos en Cuernavaca, donde vivía entonces. 

—¿Y qué uso le dan?

—En primera instancia, surte un efecto renovador en nuestras reacciones al color, refresca la visión porque renueva las variaciones tonales. Se descansa mirando al interior de estos espejos negros; son sedantes; algunos los comparan a la Copa de Jamshid, el héroe de Persia, que refleja el mundo entero en un reflejo; Borges le llama "aleph", un punto en el universo donde están todas las cosas. Son diferentes a los espejos comunes, que son inmutables; pero, en un espejo negro mientras más uno se observa, tanto más se proyecta en él el reflejo de nuestro ser original: lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos... -María Castora hablaba serena, cultivada. Por ella supe la historia de esta ciudad sagrada.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

Redes sociales