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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Tradiciones españolas adoptadas

Entre las tradiciones que llegaron con España, la más sobresaliente en Guanajuato fue rendir culto a la lengua española en la figura de su más alto practicante, don Miguel de Cervantes Saavedra. No es fácil que toda una tradición cultural, que se enmarca como "El Festival Cervantino", nazca de una simple representación teatral en la Plaza de San Roque, anteriormente cementerio del Templo de san Roque, que data de 1726, donde una cruz con farolas hermana el sitio con la plaza de Córdoba, España. En Guanajuato, ocurrió que a partir de 1953, un grupo formado por estudiantes y vecinos del pueblo se unieron para representar en San Roque unos entremeses cervantinos: pequeñas puestas en escena de obras de teatro del siglo de oro español dirigidas por el profesor Enrique Ruelas Espinoza, director del Teatro Universitario de Guanajuato. Desde esa época las representaciones se han mantenido tradicionalmente y han servido de fuente de inspiración para que a su alrededor se conjunten una vez al año artistas de las más diversas disciplinas.

La historia anota que estas sencillas y nada pretensiosas obras teatrales callejeras, que se muestran en San Roque, al más puro estilo Isabelino, pronto trascendieron las fronteras y fueron llegando espectadores de todos lados, que entusiasmados las contemplan desde palcos y tablones, brotando espontáneamente vivo el espíritu de todos aquellos pioneros que dieron su soplo de talento original al teatro; convirtiéndose con los años en el más importante festival cultural de América. Con antecedentes que se remontan a más de tres mil años, durante algunas dinastías del imperio de China, los encuentros culturales eran comunes durante la Edad Media en Europa, épocas en que se efectuaban concursos de juglares y el mejor de ellos era premiado con una simple flor natural, origen de los actualmente llamados "Juegos Florales" que existen en casi todos nuestros países de América. Hacia el siglo V antes de nosotros se ubica el apogeo de los juegos culturales en Grecia, certámenes en que la religión y el arte se enlazan íntimamente, y sirven como vehículo de expresión de la época. En el siglo XIX nacen en América varios de estos encuentros que unen varias disciplinas artísticas, aunque la religión queda relegada a algo implícito en el arte; es cuando surgen estos festivales que aún se mantienen en Asunción, Córdoba, La Habana, Viña del Mar, Manizales, Sao Paulo, Cartagena, Montreal, New York, Washington, San Francisco... en México, durante las Olimpiadas Deportivas de 1968, paralelamente se realizan las Olimpiadas Culturales, que bajo el lema "lo mejor del arte reunido en México", estimula fuertemente el aspecto organizativo de esta clases de eventos y se piensa en un gran encuentro cultural que sea una aproximación fresca y joven al arte, que posibilite traer a México lo mejor del mundo y mostrar al mundo lo mejor de México. Ya entonces la popularidad de los entremeses cervantinos de la Plaza San Roque eran muy populares, y en 1972 se cristaliza la idea: el "Festival Cervantino", con el principio de "todo espacio vital es espacio teatral" se da inicio a una serie de manifestaciones culturales que se diversifican al punto de encontrarnos hoy con una fiesta artística de dimensiones gigantescas. El hombre a través de su historia conocida, siempre ha seguido la inspiración de ciertos iluminados que le han servido de guía. Pero tenemos a piel la capacidad del olvido. Y sin en Europa se han distraído de Goethe, nuestra América española ha descuidado a Cervantes. Con este festival se vindica la real genialidad de un escritor conocedor íntimo y esencial de nuestra lengua. Muchos críticos han insistido en ver su genio en la capacidad narrativa, en la maestría de que hace gala al trazar la portentosa figura universal del tragicómico Hidalgo de la Mancha. Esto no es precisamente incierto, pero allí no reside totalmente el mérito de Cervantes. No debe olvidarse que un argumento nunca hace completamente genial a un escritor; genial es el mundo (o la realidad) que lo hace posible. Su valor está en la lengua, en el estilo particular de esa lengua que jamás será de los traductores. La preocupación vital de Cervantes, en cuanto a las posibilidades literarias y expresivas de su tiempo, derivó en una sostenida actitud crítica: crítica a la tendencia de la afectación cultista y crítica a la tendencia de las infracciones del habla vulgar. Como manera de relacionarse con Dios a través de la práctica del oficio, el fin último de Miguel de Cervantes era el arte, que también lo es el de este Festival Internacional Cervantino, señal de la cultura del pueblo mexicano, que no olvida que el arte es la fuerza que, sobre el poder, registra para el futuro cuáles son los criterios evolutivos que transita el hombre.

Debo decir que he asistido varias veces al Festival Internacional Cervantino, cubriendo para "Vogue" y otros medios de comunicación, invitado por el Gobierno del Estado de Guanajuato; y puedo decir que no existe un lugar igual donde sea posible empaparse del arte mundial. Cubrí por primera vez el evento en 1981; entre numerosas exposiciones de escultura moderna, pintura y muestras de cine-arte, ese año vimos a la Orquesta Mozarteum de Salzburgo; el pianista Rudolf Serkin; la New York Philarmonic; los ballets de Stuttgart, con la danzarina Marcia Haydé, y el de Australia; las orquestas filarmónicas de la Ciudad de México, Guadalajara y Jalapa; el Ballet Teatro del Espacio, la Compañía Nacional de Teatro; Gilda Any Romo. Entrevisté aquella vez a Leonard Bernstein, que llegó dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Viena; conversé con el violinista Yehudi Menuhin, con el cantante francés Gilbert Becaud y la bailarina norteamericana Martha Graham; ese año todos ellos invitados con su arte al Festival.

El legendario violinista neoyorquino Yehudi Menuhin, hijo de inmigrados rusos, se encantó con Guanajuato. Lo acompañamos a recorrer sus calles y en el Pasaje de los Arcos, frente al marco de entrada a una casa con sabor recoleto que en su frente ostenta un antiguo escudo de armas; el del barón de Humboldt, que vivió allí unos meses en el año 1803, Menuhin dijo: "Humboldt viajaba con un sentido: recorría el mundo adquiriendo conocimientos botánicos, científicos, cartográficos, que luego aplicaba en su estudio al volver de sus viajes. Yo tampoco he ido distraídamente por el mundo tocando el violín, mientras todo arde Cuando vuelvo de mis viajes a la Academia en Gstaad, entrego lo que he aprendido a mis alumnos, que son prodigiosos. He ensayando unas horas para mi actuación de mañana y lo que he siento aquí en Guanajuato es esa energía de la tierra que le sube a uno desde los pies." 

Para Menuhin, su violín era "un arma de reconciliación consigo mismo y con los demás". Le enseñaron a tocar el violín desde los cinco años, cuando inició sus estudios musicales con maestros notables como Louis Persinger, Georges Enesco y Adolf Busch. Luego, su amistad con artistas igualmente excepcionales como Casals, Toscanini y Schabel, le permitieron adquirir los conocimientos. La calidad excepcional de su arte se unió a un extenso trabajo en favor de los más desposeídos, que también lo ubica como un destacado humanista. Realizó constantes presentaciones, especialmente en los países donde el hambre arrecia, como en India, cuyas ganancias las destinó al "Fondo para la Hambruna", que le ha valió, entre otros, el Premio de la Paz Jawaharlal Nehru de ese país. Ocupó la presidencia del Consejo Musical Internacional de la UNESCO, y la dirección del Fondo Internacional para Ayuda Mutua de Músicos. Publiqué entonces: 

"Con el maestro Menuhin conversamos una primera vez en el marco excepcional de la antiquísima Iglesia de la Compañía. Me cita a las ocho de la mañana, y cuando llego a esa hora, Menuhin ya ha desayunado, el color plateado de su cabello resalta con el elegante traje oscuro que viste; se muestra cordial y animado. Dice que partamos enseguida al lugar en que deberá actuar al medio día: el atrio de la Compañía. Nos dirigimos a la iglesia junto a otras personas que forman su comitiva, todos ellos son también sus discípulos. Menuhin inspecciona cada rincón del lugar, es bellísimo el sitio y sus gestos son de gran complacencia por lo que ve; prueba el sonido y confirma que todo estará en orden para su concierto. Alrededor de las 10:30 su inspección ha terminado, imparte algunas órdenes finales y dice que nos ubiquemos en una de las bancas finales del recinto sagrado. Allí conversamos sin que nadie nos interrumpiera nunca, hasta una hora después, cuando comenzó a llegar el público. En un momento, le pregunto acerca de lo que ha intentado lograr en su vida consagrándose a la música:

-He intentado robarle a la vida la ilusión de ser feliz. A mi manera lo he conseguido. También he intentado crear utopías, porque si bien la música parece normal y razonable, también es utópica. Creo que lo normal y lo no-razonable deben estar balanceados, debe existir un equilibrio a pesar de todo. A veces pareciera que lo irrazonable, que la violencia es lo lógico, que la agresión sea lo normal; y en estos casos es cuando la música cumple una de sus funciones esenciales, que es crear armonías. Mi deseo, mi aspiración es conseguir que mi trabajo de músico logre, en su medida, un mayor entendimiento entre la gente y las culturas del mundo.

-Su trabajo humanista es enorme, ¿difícil?

-No ha sido fácil, pero nada es fácil en la vida, siempre debemos cargar con el peso de la historia en nuestros hombros; en los de cada uno de nosotros, sea cual sea el trabajo que uno desempeña en la sociedad, a favor de ella. Y así debe ser. Yo, cada vez que tomo mi violín pienso que no soy yo quien lo toca, no soy yo solo, soy todos aquellos que antes de mí tocaron un violín. Y si estoy tocando en un concierto a beneficio de algo, pienso concretamente en que estoy siendo útil viéndolo concretamente. Es una cierta idea de continuidad, es un compromiso, un lazo con todos aquellos anteriores a mí. En su oficio, cada persona es como la suma de todos los oficiantes anteriores. Es algo como el sonido intenso que emana de los viejos muros de este templo; aquí el sonido refleja huellas de muchas épocas, igual que el hombre cuando está en el atardecer de su vida, que es además todos los sonidos que escuchó. Cuando hablo con alguien, a veces, noto qué vida ha llevado por el sonido de su voz, por los sonidos de sus movimientos.

-Creo que existe una escuela que estudia la influencia del sonido en la vida humana...

-Oh sí, y es un conocimiento muy antiguo. Incluso se llega a determinar ciertas enfermedades con el solo estudio de la voz, y su curación a través de la música. Los animales son muy perceptivos en esto, generalmente no se acercan cuando dos personas discuten, porque reconocen los sonidos agresivos de sus voces, o agreden directamente: el sonido violento enoja a los animales, que normalmente se calman con música. Algunos animales también nos deleitan con su canto, como los pájaros, y otros con sus extraños sonidos que emiten; aquí sentimos anoche el canto de las ranas, que es ciertamente muy armónico y, por lo tanto, estimulan beneficiosamente a quien los oye.

-Hay muy poca difusión respecto a esta característica musical.

-No la hay, y este conocimiento tiende a perderse, aunque por fortuna aún hay personas que se interesan en averiguarlo; yo quisiera escribir algo al respecto y es posible que lo haga. Hay algunas clínicas médicas que usan música en sus programas de terapia, pero no sé exactamente en qué se apoyan teóricamente: supongo que son ramificaciones de la Escuela antigua. Yo, por costumbre, siempre he pensado que la música es como un buen médico.

-¿Cómo nace la música?

-Nace del orden que se da a los sonidos naturales que nos acompañan desde siempre; del orden que dimos para identificar los sonidos que percibimos como seres humanos, y además del sonido del silencio que percibe nuestro oído interior. En esta iglesia, entre estos muros hay un vacío que aparta del sonido, y que es también, a su vez, un sonido. Aquí en esta iglesia de Guanajuato se puede oír el sonido del silencio, ¿verdad?. Aquí hay una acústica única. Se dice en Europa que los que construyeron las catedrales estudiaban muy bien esta música que emana del silencio. Debió ser un conocimiento común a todos los antiguos constructores de templos. Este sonido del silencio en que estamos envueltos es también para mí la música".
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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