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Antropología e Historia de México

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Susurros de México

Leyendas de Guanajuato


Las leyendas de Guanajuato son incontables, y posiblemente jamás se puedan reunir en un solo volumen por su vastedad: pertenecen a la tradición oral del pueblo; entonces, aquí te cuento, lector, algunas de las que me contaron. Para hacerlo un humanísimo ejercicio, como dice en los libros de antes, te informo a ti quién sea que estás leyendo que tal como me lo contaron te lo cuento.

Una muy popular es aquella que nombran El Minero Horrorizado (informante: Luis Ovaldo Lara, vecino de Guanajuato): “La veracidad de esta historia espero que su buen juicio la considere y pondere. Cuentan que hubo un humilde fraile que por sus virtudes fue muy querido; esto allá en los tiempos en que los frailes cumplían más severamente con las obligaciones de su ministerio. A nuestro fraile lo había tocado la humildad, vestía tosco sayal y gustaba de consolar a los pobres y fortalecer a los débiles, de modo que su caridad se hizo proverbial entre la gente. Dicen que una vez, al cruzar una plaza, tropezó con un minero que gozaba fama de incrédulo, que le dio un manotazo, al tiempo que le decía: 

—“Apuesto a que su excelentísimo fraile no se atreve a devolverme el golpe”. El misionero, con tono bajo, respondió: —"Gracias hijo, no me atrevo. Y que Dios te perdone". Y siguió su camino. Se cuenta que, entonces, el sujeto, a pesar de su embriaguez, pudo darse cuenta con su profundo asombro que el fraile no tocaba con sus pies el suelo, y es que este fraile se deslizaba a cierta altura del camino, él no andaba, volaba tenuemente. El espanto del hombre agresivo cundió de pronto, pues sintió que más de una persona física, el fraile era un espíritu. Lo atribuyó a la confusión de la bebida, pero nunca más, en los días que siguieron, se le pasó el susto. En eso, el minero (que ya había comenzado a mirar con ojos de espanto), sufrió un accidente en su trabajo y, sintiéndose que moría, imploró que le llevaran a un cura, y así lo hicieron: poco después llegaba a su lado un sacerdote:

"—Padre -dijo el minero con voz entrecortada- acúsome de haber faltado a un sacerdote y de haberme burlado de él."

"—Lo sé, hijo, ese soy yo" -respondió el religioso. 

El moribundo se estremeció de terror y así exhaló su último suspiro. Hoy, una de las momias que se conservan en el cementerio civil es la de aquel minero, que conserva la expresión de horror en su cara: puede usted ver, si lo desea, cómo tiene los ojos desmesuradamente abiertos, porque nadie pudo cerrárselos.” 

Otra historia, la de La Mujer en Pena, es una leyenda que se reproduce con extraordinaria frecuencia en toda América. Siempre la aparición es la misma: una mujer de cabellera desordenada que estalla en llanto en mitad de la noche, rompiendo el silencio con una pena tremenda que la aqueja. Desde hace siglos nuestros escritores se han ocupado del tema, y ha pasado a la tradición de América como "La Llorona". Lo curioso es que el motivo que expresa en su queja difiere de lugar en lugar; así es como en Nueva Orleans también escuché la historia, y para la gente del sur de Estados Unidos se trata de una mujer que fue abandonada por su marido marino, quien partió en un barco y nunca más volvió, expresando ella su dolor en ciertas noches marcadas, en que se aparece con su lúgubre llanto caminado a orillas del río Mississippi. En Nueva Orleans también he escuchado una pieza de jazz dedicada a esta alma en pena. En la Ciudad de México cuentan que es la sombra doliente de una viuda que, a la muerte del esposo, y en su desamparo, llora por la angustia de ver a sus hijos sin padre. En Guatemala también suele aparecerse: en la capital guatemalteca dicen que es una casta novia que en vísperas de casarse perdió a su galán y enloqueció buscándolo desde entonces por las calles de la ciudad. En Caracas he oído la historia con referencia a una mujer bellísima que, sin embargo, nunca encontró el amor y llora buscando consuelo. En Bogotá refieren que es una mujer dulce y buena a quien el marido quitó la vida en un arrebato infundado de celos: enloquecida, vuelve del más allá clamando su inocencia por las calles. En Buenos Aires dicen que es una mujer abandonada por su esposo al no poder tener hijos, y llora por las calles del puerto ante una tragedia superior a ella misma. En Santiago de Chile la leyenda de "La Llorona" se anota desde la época de la Colonia, y no difiere mayormente en la historia de la mujer desesperada que recorre las calles en noches de espanto, llorando en ciertas esquinas. Se piensa que es una leyenda importada desde España.

"La Llorona" de Guanajuato, es cierto, tiene la misma expresión dolorosa, pero difiere en la causa. Así nos la contó doña Blanquita viuda de Berríos, antigua vecina de la ciudad: "Es una mujer aterradora; yo la vi una noche y solo de contarle sufro encrespamiento de nervios. Su cabellera era abundante y vestía de blanco, con su bulto pequeño. Aquí pocos no han escuchado su gemido largo y lastimero, pero no todos la han visto. Yo sí. Se aparece después de las once de la noche, cuando hay pocas almas en los callejones. Yo la vi porque en cuanto sentí su grito, salí a mirarla: ella iba cruzando, fue solo un instante pero llevo muy hondo el impacto que me produjo. Ella era una hija de noble familia, rica y opulenta, con todos los atributos que hacen codiciable a una mujer, porque es muy bella, eso se le ve, a pesar de su pelo desordenado. Cuentan que tenía muchos galanes que rondaban su casa de la calle Hidalgo, a pesar de que sus padres la cuidaban con gran esmero... un día desapareció, solo encontraron colgando una soga hacia la calle que caía desde el balcón de su alcoba. El lecho estaba intacto pero la alcoba vacía. Nunca nadie más supo de ella... hasta que una noche, después de las once, vistiendo su camisón blanco que le llega hasta el suelo, y llevando en brazos un bulto pequeño... la vieron cruzar caminando por Cantarranas hasta la plaza del Hinojo: allí, en el quicio de una puerta, depositó el bulto. Entonces, espantada de su propia acción, lanzó el primer grito desgarrador, hondo y largo, que perfora los oídos de quien la escucha. Así dicen que volvió a tomar el bulto, pero el niño que contenía ya estaba muerto, y ella siguió para siempre perdida por el dolor de haber matado a su propio hijo. Así la gente dice en esta ciudad, y así se lo conté".

En Guanajuato los vecinos suelen saludar a todo el que pasa, son gentes sencillas, amables, y madrugadoras: todo el comercio abre desde muy temprano. Aunque es una ciudad sin prisas, todos parecen conocerse, frecuentarse y convivir con respeto mutuo. En la semana las mujeres acuden al mercado, los hombres a sus trabajos y los ancianos a la iglesia. Nadie, eso sí, deja de unir su qué hacer en un día de fiesta: cada 24 de junio, por ejemplo, el pueblo inicia los festejos en honor de San Juan, que culminarán el primer lunes de julio; esta fiesta tiene su mayor realce en la competencia de regatas, de natación y de clavados en la Presa de la Olla, que culmina con la apertura de sus compuertas, para que las aguas bajen como cascadas hacia el centro del pueblo y entre el jolgorio popular. En ese instante de algarabía, la Banda Municipal irrumpe con el vals “Sobre las olas”, del compositor Guanajuatense Juventino Rosas, musicalizando el cierre de la fiesta.

El patrono de la ciudad es San Ignacio de Loyola, a quien una vez al año -31 de julio- le rinden homenaje en el cerro de la Bufa, en que hay una cueva que custodia en una de sus paredes una imagen pintada del santo; es esta la más típica romería de pueblo, que escala entonces las sinuosas laderas del cerro en el mayor fervor cristiano: luego de la misa de rigor en la boca de la gruta de San Ignacio, todos conviven y comparten alimentos hasta la llegada del crepúsculo de la tarde, en que abandonan el sitio bajando unidos. Otras fiestas importantes en la comunidad son las de la Señora de Nuestros Dolores, Patrona de los mineros, y la que se conmemora Semana Santa, que es una réplica de la llamada Procesión del Silencio que se celebra en partes de España, Sevilla especialmente.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

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