Sitios

Antropología e Historia de México

compartir en facebook  compartir en twitter

Susurros de México

Gesta heróica de Guanajuato

Se estipula que el cura Hidalgo y su ejército insurgente, al grito de ¿¡Viva la Virgen de Guadalupe, "convertida en símbolo de la causa, se apoderó en una semana de casi todo el territorio de la Intendencia de Guanajuato, iniciándose el ataque a la Alhóndiga en las primeras horas del atardecer del 28 de septiembre; pronto el edificio estuvo rodeado por completo, el asalto a sus muros, que hoy muestran huellas de la lucha, se produjo de inmediato, y Riaño, en el interior ordenó replegarse cuanto fuera posible. ¿Fue su última orden -dice el cronista Salinas-; porque una bala lo dejó sin vida, produciéndose un total desconcierto entre los que allí estaban. Algunos oficiales españoles querían capitular, otros querían continuar la lucha, ante lo cual los soldados no supieron qué orden seguir... el cuadro de los encerrados en la Alhóndiga de Granaditas debió ser poderoso".

En el exterior, los Insurgentes trataban de derribar la puerta Norte, pero este resistía firme, hasta que ocurrió la intervención del minero Juan Martínez, apodado ¿Pípila¿ (nombre del guajolote o pavo hembra). El "Pípila" fue protagonista de uno de los actos heroicos que se escribió en Guanajuato para las luchas de Independencia que entonces inflamaban toda América. El historiador Carlos M. Bustamante, en su "Cuadro Histórico", narra así el episodio:

"...Hidalgo, convencido de la necesidad de penetrar al interior de Granaditas, nada omitía para conseguirlo. Rodeado de un torbellino de plebe, dirigió la voz a un hombre que la regenteaba y le dijo: -'Pípila', la patria necesita de tu valor, ¿te atreverías a prender fuego a la puerta de la Alhóndiga?"

La empresa era arriesgada, porque era necesario poner el cuerpo al descubierto ante una lluvia segura de balas. Y "Pípila", este lépero comparable con el carbonero que atacó la Bastilla en París, tomó al instante una loza ancha de cuartón, púsola sobre su cabeza afianzándosela con la mano izquierda para que le cubriese el cuerpo, tomó por la derecha un ocote encendido, y a gatas marchó hacia la puerta de la Alhóndiga... en breve las llamas redujeron a escombros la entrada, y todas las ilusiones de salvarse que pudieran tener los encerrados de Granaditas.

En el patio que se eleva al pórtico interior fue la lucha cuerpo a cuerpo. Dice el cronista Salinas que "prácticamente la acción terminó con la muerte del mayor Berzábal, del batallón Realista de Guanajuato, quien, ya de los últimos en pie, se abrazó a sus banderas y continuó combatiendo hasta quedar sin vida". La historia anota que murieron trescientos españoles y unos dos mil Insurgentes que fueron enterrados junto al río de Cata. Luego -sigue el cronista-, "siguió un pillaje en la ciudad que duró dos días¿. Lo acabó Hidalgo ordenando matar a los saqueadores. Dos meses más tarde, el general Calleja y el conde de la Cadena, Manuel de Flon, decididos a recuperar Guanajuato, vencieron la resistencia de varios puestos avanzados Insurgentes: Calleja llegó hasta La Valenciana, mientras Flon dominaba el cerro de San Miguel, donde ahora se levanta una estatua del 'Pípila'. El pueblo, al verse amenazado de nuevo, se llenó de pánico y dirigidos por un minero al que se conoce como 'Platero Lino', después de amedrentar a la guardia, entraron a Granaditas y, de entre los doscientos cuarenta que allí aún se encontraban prisioneros, asesinaron a ciento treinta y ocho, entre españoles y criollos".

En respuesta, la mañana del 25 de noviembre de ese 1810 es para Guanajuato el día que marca un terrible episodio, y de hecho la mayor violencia que se ha cometido contra ciudad alguna en América: todos sus habitantes son condenados a muerte. Calleja ordena a sus soldados entrar por las calles y degollar a cuantos encontrasen en ellas; frente a la iglesia de San Diego los matadores fueron enfrentados por el célebre cura Belamzarán, con un crucifijo en vilo y voz de trueno, ordenando suspender la orden.

En un testimonio de la época, en el Archivo del ayuntamiento, leo que "y los soldados no supieron qué hacer al ver al cura, y los que estaban a su lado no fueron tocados, pero siguieron perdiéndose en los callejones los asesinos." Si "¿por un efecto de humanidad -decía en un bando el general Calleja- mandé esta mañana a mis tropas que suspendieran el xusto castigo que había decretado de llevar a esta ciudad a fuego y sangre y sepultarla bajo sus ruinas, y haré xusticia", y narra otro testigo que "al otro día ordenó llevar a la Alhóndiga a muchos vecinos de Guanajuato y, por orden del conde de la Cadena, se fusiló a treinta de ellos; luego, en los diversos puntos de la ciudad se levantaron horcas, en las que siguieron muriendo vecinos durante los siguientes días, calculándose un número de trescientos..."

Guanajuato fue sumergida en el miedo. Unos meses después, julio de 1811, fueron cortados los hilos de la vida de las primeras voces del Grito de Dolores: Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez. Los cuerpos de los héroes fueron sepultados en la iglesia de San Francisco de Chihuahua y sus cabezas se enviaron a Guanajuato ¿para servir de xusto escarmiento.¿ Llegó la macabra carga el 14 de octubre, y fueron clavadas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga: las cabezas permanecieron ubicadas allí hasta el 28 de marzo de 1821, cuando por orden del jefe revolucionario Anastasio Bustamante, "las calaveras recibieron al fin cristiana sepultura". Hoy, en cada esquina de la Alhóndiga se puede ver una plaquita con el nombre de los héroes.

Por éstos, y otros hechos similares que los cronistas de Guanajuato citan, es que digo que la ciudad está en verdad asentada en la fortaleza esgrimida por sus vecinos, anónimos vencedores de otros días teñidos de oscuridad. Hoy, quien va a Guanajuato ve cómo la luz cubrió hasta sus calles subterráneas, que, de noche, se ven doradas.

En Guanajuato cada piedra tiene una leyenda y los vecinos se deleitan contándolas. Sabemos que las leyendas son narraciones cuyo asunto es histórico, tradicional o inventado en su totalidad por el autor. Es la leyenda uno de los géneros literarios más ricos: pueden cerrar lo épico, lo trágico, la comedia y hasta lo mágico; los que estudian estas cosas del idioma dicen que solo en la leyenda hay libertad para usar todas las formas de nuestro lenguaje, la poesía y la prosa; porque son historias que transcurren en un mundo de múltiples dimensiones, en que el principal está ocupado por la imaginación abriendo caminos insospechados tanto a la realidad como a lo que creemos que es la realidad (que a veces no se acerca ni remotamente a lo Real). En Guanajuato la leyenda impera por encima del tiempo, y nunca se sabe cuándo sucedió el hecho, si es que sucedió, lo que lo hace intemporal como una obra de arte. Es un mundo de anchura y vastedad, por eso el pueblo tiene larga la imaginación sin dejar de estar enclavado en el drama humano: esto es lo que puedo apreciar en sus leyendas y tradiciones; una vitrina que muestra la visión campesina de los dioses que viven en los espacios invisibles, encadenados -por alguna extraña razón- al dolor terreno y a las pasiones nuestras de cada día.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

Redes sociales