Sitios

Antropología e Historia de México

compartir en facebook  compartir en twitter

Susurros de México

El trazo urbano

Así modelado el trazo urbano, el ambiente es espectacular para el visitante, que en cada callejón -y en sus curiosos nombres- parece recibir la confidencia de una inquietud que sobrevive al remoto tiempo de su esplendoroso pasado. Leemos Callejón de la Sangre de Cristo, Callejón de la Bola, del Campanero, del Infierno, del Salto del Mono, de los Pajaritos, de los Perros Muertos, del Caracol, de Gallitos, de los Changos, del Venado, del Tecolote, de la Mula, de las Ánimas, de la Casualidad, del Resbalón, del Maromero, de la Luna, de los Cuatro Vientos, del Terremoto, del Rayo, de Cantaritos, del Vapor, de los Zapateros, de los Imposibles, de Pocitos, de Matavacas, de la Cabecita, de la Cuesta China, de los Cinco Señores, del Espinazo, del Chilito, de la Tenaza, del Ramillete, de la Cervatana... cada uno con su propia historia.

El Callejón del Truco recuerda que alguna vez vivió allí un caballero con fama de apostador. Una noche de lluvia apostó casa y mujer a una sola carta; al verse perdido optó por el suicidio y la calle tomó su historia. La historia del Callejón de la Condesa, es la historia de una mujer noble avergonzada. Nos informa la historia el vecino Pablo del Río, uno de los cronistas de Guanajuato: “El relato a que me referiré es la historia de la noble y linajuda condesa de Valenciana, doña María Ignacia de Obregón de la Barrera, hija de uno de los personajes que más lustre dio a esta tierra: don Antonio de Obregón y Alcocer, quien alcanzó de la gracia real los títulos de vizconde de la Mina y Conde de la Valenciana. Este era un hombre justo; él fue el primero en dar a los mineros participación de las utilidades, acto considerado como uno de los aciertos del orden económico de nuestro tiempo. Es tradicional en esta ciudad de Guanajuato que este noble caballero hizo construir para su familia una de las fincas que se halla al lado del viejo Palacio de Gobierno. La casa, digna de su gloria por todos conceptos, fue edificada por el célebre arquitecto, pintor y grabador celayense don Eduardo Tresguerras, de cuyo prestigio quedan notables monumentos del arte neoclásico que se hallan aquí y en otras poblaciones... Cuéntase que al contraer matrimonio con la condesa de Valenciana, esta casa fastuosa la ocupó el primer conde don Diego de Real, que se había establecido primero con modestos negocios de comercio, pero, hombre de mucha audacia, logró relacionarse con personas acaudaladas de la aristocracia criolla, casándose al fin con doña María Ignacia. Luego, don Diego también logró notoriedad al combatir a las órdenes del general Félix María Calleja; su uniforme y esa bien ganada fama de temerario la aprovechó muy bien en otro terreno distinto: el de las aventuras amorosas, que más de una vez dejaron mal parada su reputación de caballero, provocando en su cónyuge graves consecuencias, que poco a poco la llevaron a perderse. El caso es que la condesa, avergonzada de la conducta de su esposo, optó por encerrarse en la casona a fin de evitar las miradas curiosas; y nunca más la mujer volvió a cruzar la puerta principal de su casa, saliendo sólo a hurtadillas por una puerta falsa que da a la parte posterior de la finca, o sea, al callejón al que la posteridad dio con afecto su nombre, nominándolo desde esa época Callejón de la Condesa.”

La más famosa de las arterias de Guanajuato es el Callejón del Beso; su historia nos la dice el vecino Andrés Juárez: "Esta es una leyenda de lo más sorprendente por su sabor a amor y muerte. Se cuenta que Doña Carmen era hija única de un padre intransigente. Un día, en un templo cercano al hogar de la doncella, reconoció el amor en la persona de don Luis, que se le presentó primero ofreciendo de su mano a la de ella el agua bendita. Ella se dejó cortejar, pero fue descubierta y encerrada en su casa, con la amenaza de encerrarla en un convento y, lo peor de todo, casarla en España con un rico y viejo noble que la pretendía, esperando así su padre apoyar su menguada fortuna. La bella y sumisa criatura tenía una dama de compañía: Doña Brígida, y juntas lloraron e imploraron, pero inflexiblemente debería seguir encerrada, y decidieron que la joven escribiría una misiva que la mujer llevó a don Luis. Este se hizo mil y una conjeturas, y luego de analizar una y otra, decidió que adquiriría la casa del frente de la mansión de su amada, y lo hizo: compró la casa contigua a precio altísimo, pero ésta daba a un estrecho callejón, tan estrecho que era posible asomarse a la ventana y tocar la pared de ella. Así fue como los amantes se encontraban de balcón a balcón. Se dice que solo unos instantes habían transcurrido del último fatal encuentro, cuando del fondo de la habitación se escuchó cómo el padre de la joven castigaba a Doña Brígida, quien intentó impedir que el hombre descubriera a los amantes; el padre furioso, con una daga se abalanzó sobre su hija y, de un solo golpe la clavó en el corazón enamorado; don Luis enmudeció de espanto... los labios de doña Carmen permanecían aferrados a los suyos y así quedaron mucho tiempo, hasta que vinieron por el cuerpo inerte. Es por esto que a esta pasada entre las dos casas se llama Callejón del Beso.”

En Guanajuato las tradiciones locales forman parte del carácter esencial que allí se respira, y corren las historias -inventadas o no- de boca en boca. Nadie se puede preciar de haber visitado la ciudad si no pasó al menos toda una noche de conversa con los vecinos, que las leyendas aquí forman parte del mundo íntimo de sus gentes, y, aún cuando parecen increíbles, narran sucesos que en verdad ocurrieron, o al menos así es como uno lo escucha. Es la razón de que, por ejemplo, las “casas encantadas” abundan, y la tradición local narran que por la mayoría de las habitaciones, corredores y jardines de la mayoría de sus construcciones aún vagan fantasmas de los primeros moradores, quienes de esta forma vigilan tesoros ocultos o preservan historias de amor y muerte. Por eso puede repetirse que Guanajuato es un bien raro tesoro de arte virreinal, guardado en un estuche de montañas.

En su arquitectura civil domina el barroquismo del siglo XVIII, que supo sacar gran partido de las piedras de colores que abundan en la región. Excelentes por su solidez y estética, se conservan una apreciable cantidad de construcciones levantadas para servir de habitación a los que recibieron beneficio de las minas de oro y plata. Casonas de ancho zaguán que recuerdan idos esplendores: entre las más antiguas vemos la que fue residencia del marqués de Rayas; tiene finos trabajos de madera labrada alrededor del patio y una bella cortada de piedra tallada en el piso alto (data del siglo XVII). Otras casas interesantes de visitar son la del marqués de San Clemente, la del conde de Pérez Gálvez y, especialmente el verdadero palacio que construyó el arquitecto neoclásico mexicano Francisco Eduardo de Tresguerras: la hizo para don Diego de Rul, regidor de la ciudad entonces y coronel de las milicias provinciales, dueño de La Valenciana, vizconde De las Tetillas y conde de la Casa Rul; fue anfitrión del barón de Humboldt, quien luego escribiría de la casa en que se hospedó en Guanajuato que “podría servir de adorno en las mejores calles de París y de Nápoles, su fachada tiene columnas jónicas y su arquitectura es sencilla y distinguida por la gran pureza de su estilo”. Hoy los vecinos cuentan que los espíritus -incluido el del mismo Humboldt- junto con la llegada de las sombras, emergen del silencio y espantan a cuanto intruso ose rescatar el gran tesoro que en algún sitio de la casa está sepultado, y que se hace visible solo de noche...

Católico por excelencia, el pueblo de Guanajuato ha levantado a través de su historia magníficos templos: verdaderas joyas destinadas además a preservar la memoria histórica de la ciudad. En 1555 se bendice la primera capilla, junto al Hospital para la población indígena. La capilla pionera sirvió luego como oratorio del colegio de la Compañía: la Orden Jesuita se estableció en México junto con los protagonistas de la Conquista. De acuerdo a los cronistas, en 1585 ya estaba en pie la primera iglesia parroquial llamada “de los Hospitales”.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

Redes sociales