Sitios

Antropología e Historia de México

compartir en facebook  compartir en twitter

Susurros de México

Guanajuato

Arrebujada en sus raíces, Guanajuato ha conservado intacto su ancestral señorío. El renombre establecido de esta ciudad que es reliquia de América, nombrada por la UNESCO “Patrimonio Cultural de la Humanidad”, se debe a su espíritu propio, que emana de un cierto dramático destino. La riqueza y la leyenda pasaron por la ciudad y sus huellas se ven fácilmente por todos los rumbos. El merecido prestigio que posee Guanajuato en la historia de México, y su indiscutido derecho a ser reliquia entre las poblaciones que nos legó el pasado americano, fueron ganados en el sacrificio que hicieron sus habitantes en tiempos de angustia de guerra y terribles días de muerte y destrucción.

Ubicada a menos de seis horas por carretera desde la Ciudad de México, Guanajuato se encuentra en un valle estrecho y profundo, donde pasa un río cuyo canto rebota en los enormes cerros que custodian al poblado como en una cajita de música. Impresiona el intenso dominio de la geología sobre el paisaje, cuyas formas y perfiles gigantescos son de escabrosa serranía y barrancos caóticos: llegar al lugar es remontarse al tiempo de alguna arcaica hecatombe telúrica. Aquí se mezclan y confunden los rasgos siderales de las cumbres, un silencio absoluto a ratos y el perfume que emana de la tierra parda de la que brotan los singulares caminos subterráneos que cruzan la ciudad.

La fonética profunda de su nombre -Guanajuato- revela su origen indígena, que escapa de la voz Quanashuato que significa “lugar montuoso de ranas” en lengua de los míticos Tarascos, quienes llegaron a la región en el siglo XVI. En las primeras Crónicas de la conquista se denomina a la ciudad como Quanaxuato, que derivó en la actual Guanajuato, de la cual se sabe muy poco de sus primeros tiempos como población indígena situada en tierra de indios Chichimecas; invadidos luego por Tarascos y Mexicas el asentamiento primitivo de la ciudad según las crónicas estuvo ubicado junto al agua que todavía corre por la cañada de Paxtitlán; hoy, en el límite urbano hacia el Este hay un paisaje de jardín romántico en que viven los únicos seres que vieron pasar la historia verdadera: miles de ranas que llenan con su canto el aire.

Los conquistadores, al mando de Nuño de Guzmán, llegaron a esta región en 1529, ocho años después de la toma de la Gran Tenochtitlán. Don Pablo del Río, uno de los cronistas y antiguo vecino del lugar, es quien nos cuenta la historia de Guanajuato: “Célebre como una de las más ricas e importantes en el renombrado Virreinato de la Nueva España”.

"-Aquí -narra don Pablo- todo lo que había no pasaba de ser una pobre aldea indígena, y después de la ocupación del país por los españoles fue abandonada por sus primitivos moradores. En 1546, de acuerdo con una donación hecha a su favor por el Virrey, tomó posesión del lugar y estableció su residencia Rodrigo Vásquez, soldado de la conquista. Según sabemos, ésta es la primera referencia fidedigna que existe, o sea, al contrario de otras ciudades mexicanas, el origen de Guanajuato es exclusivamente español, y se encuentra en lo que fue la estancia de este soldado que venía con los conquistadores.

-¿Por qué se ubica a Guanajuato como una de las ciudades coloniales más florecientes de América?.

-En su época lo fue, debido a que se descubrieron en la región los cerros argentíferos más ricos del mundo. Y eso fue muy poco tiempo después de la llegada de Rodrigo Vásquez; ocurrió en 1548, cuando unos arrieros se dirigían a Zacatecas encontraron, de modo casual, en los terrenos basálticos del cerro del Cubilete, la primera veta de oro y plata abundante, a la que nombraron “San Bernabé”. Casi enseguida, en 1550, Juan de Rayas descubrió otro yacimiento, que en 1558 llevó al hallazgo de la veta madre, en Mellado y en San Juan de Rayas, y se convirtió a Guanajuato en poseedora de una fabulosa riqueza.

-¿Cómo fue organizándose la explotación mineral?.

-De acuerdo a las fechas de las crónicas, desde 1554 ya se habían establecido por aquí cuatro campamentos o “Reales” para cuidar de las recién encontradas minas. Entre estos Reales, el de mayor importancia fue el de Santa Fe, situado en la falda del Cerro del Cuarto, en terrenos que hoy ocupa la Alhóndiga de Granaditas, en parte, y que puede considerarse el núcleo que dio nacimiento a la ciudad. Durante mucho tiempo el nombre de ese Real sirvió para denominar la población... vea usted... este documento fue escrito en el siglo XVII y reconoce a nuestra ciudad, “Villa de Santa Fe, en el Real y Minas de Xuanashuato”... con derecho a usar blasón en su escudo...

-¿A qué se debe que la ciudad no tenga Actas de Fundación?

-Sí las tuvo -afirma don Pablo-, y se perdieron al extraviarse los archivos que las contenían, fue en 1810, durante las luchas de Independencia. Sin embargo, por otros documentos que existen en el Ayuntamiento sabemos que, para establecer oficialmente la población, fue comisionado por el Virrey, a mediados del siglo XVI, el licenciado Antonio de Lara y Mogrovejo, Oidor de la Real Audiencia de México, quien otorgó con autoridad y facultades suficientes los títulos primitivos" -termina.

En el archivo del Ayuntamiento, abierto al público, veo donde se cita que el título de Ciudad le fue conferido a Guanajuato por el rey Felipe V en 1741, en consideración decía el rey “a su situación y temperamento tan propicio y saludable”, “a sus buenos y copiosos frutos, y mantenimiento, benigno clima, pureza de aguas y aires”, más “las minas de plata y oro, que hacen de ese Real de Minas de los más útiles de la Nueva España, singular y estimable entre todos los descubiertos y digno de los más distinguidos honores, por su copiosa contribución, y por el lustre de sus principales vecinos y por exceder de cuarenta mil almas de comunión”.

Los primeros habitantes de Guanajuato, estimulados por la riqueza de la tierra que pisaban, dieron pruebas de voluntad y decisión. Pese a los deficientes medios técnicos de que disponían, logran sacar de las profundidades de la Tierra metales que les rendirían prodigiosamente. Pensemos que hasta las primeras décadas de 1900 lo único posible para perforar el suelo, hacer pozos verticales y abrir galerías subterráneas era el empleo de cargas de pólvora, de mazos y de barrenos; así, no es exagerado denominar de titánica la labor de quienes abrieron, por ejemplo, la mina de La Valenciana: pozo vertical acerca del que el barón de Humboldt (quien estuvo en Guanajuato en 1803) escribió que “su rotura hecha en la roca viva es una de las empresas mayores más atrevidas que conoce la historia del laboreo de minas” (en "Ensayo Político de la Nueva España").

La Valenciana, alguna vez, fue la mina que más produjo metales ricos en todo el planeta; su extensión es de unos 16.000 metros y pasa hacia el norte de la ciudad; en ciertas partes atraviesa la pizarra arcillosa, que es la roca más antigua de Guanajuato, en otras, el pórfido que descansa sobre ella. Hay puntos en que los metales aparecen unidos; así se encuentra oro y plata en estado puro, como plata sulfúrea, plata negra prismática y la roja oscura; plomo platero, piritas de cobre y de fierro, plomo carbonatado, cobre gris y cuarzo común, amatista y espato calizo... antes, por el atraso de la técnica minera el procedimiento empleado solo hacía rentable el beneficio de metales que tuvieran alta ley: si ésta bajaba, era mejor negocio dejar la veta y buscar otra nueva; así se cerraron en Guanajuato muchas minas que habían inundado al mundo de oro y plata durante varios siglos.

Así es como hoy el visitante de la ciudad puede ver abandonadas minas que gozaron de gran prestigio, como la de Marfil, como la de Mellado, que parecen ciudades fantasmas. Sus ruinas, que evocan bienestar extraordinario, solo son guaridas de sombras, pura piedra adolorida y mal tratada por el tiempo. Sin embargo, como un eco magnífico aún en La Valenciana queda entera la iglesia de San Cayetano, que es una de las más bellas construcciones de la arquitectura eclesiástica mexicana. Y muy cerca de ella, aunque en peor estado, se ven las paredes ennegrecidas de la casona del Conde De Rul, que, al igual que las paredes de la iglesia, cuentan los vecinos que "se levantaron con mezcla de polvo de plata y vino de España". La que fuera la próspera mina de Marfil hoy espanta con su belleza espectral, donde lo que no se deshizo quedó roto. En el sitio solo se ve una melancólica desolación y la aún en servicio “Presa de los Santos”, que lleva centurias en medio del paisaje inmóvil. 

En la cumbre de un cerro está la que fue la mina de Mellado: menoscabada y en completo abandono; el lugar se extiende en su soledad alrededor de lo que fue un Convento, en cuyo pequeño claustro (o lo que se salvó de él) se respira un aire de piedad arcaica, que es solemne en la tosca iglesia, fuerte, a cuyo alrededor se agrupa el humilde caserío aún habitado por algunas familias, que ayudan a la visión apocalíptica del asolamiento de estos refugios del misterio que rodean la ciudad.

Y si necesitaron férrea voluntad y toda la energía humana para adentrarse en la tierra metalífera, bastó la armonía natural del sitio para que se acomodara la población. Guanajuato está recatadamente escondida en su valle, largo y profundo encajado entre la topografía adusta, en que resaltan los cerros de La Sirena y de La Bufa, coronados de rocas que ocultan a la ciudad y que imposibilitan la construcción de un aeropuerto, por lo que solo se puede acceder por carretera, sin que nadie sospeche lo que va a encontrar al final del camino.

Ninguna señal anuncia la ciudad, simplemente uno se encuentra a la vuelta de un recodo dentro de Guanajuato, avanzando por una de sus calles de mayor movimiento, una de las tres principales, y que por ser horizontales permiten la circulación de vehículos que atraviesan el pueblo de un extremo al otro. Se descubre enseguida que las calles están muy alejadas del trazo que se dio a las ciudades españolas en América, sin dejar por eso de ser una de las ciudades más hispánicas de nuestro continente; pero es que no hay geometría ni coherencia entre una calle y otra, hay más bien un cierto caos donde cada esquina es una sorpresa: entre construcciones y solares de piedra antigua se ven surgir rincones y recovecos más sus famosos callejones laberínticos que guardan leyendas que rescatan la mitología de los vecinos. Solidarios la mayor parte del día, los estrechos callejones, algunos parecen olvidados en su abandono, parecen flotar entre los muros; de señorío criollo, tan bien enraizados en Guanajuato, estos estrechos pasadizos definen y exaltan el carácter urbano singular de esta ciudad, son historia y tradición enlazadas cruzando en todas direcciones, internándose en los barrios, trepando a los cerros y volviendo a bajar, siguiendo retorcidos trazados de acuerdo a las desigualdades del terreno, que a uno lo hacen sentir dentro de un laberinto.
 
Autor: Waldemar Verdugo Fuentes

 

 

Redes sociales