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Mónica Castillo

La Duplicidad que es un Rostro V


Autorretrato con denominaciones, 1996
 

Supongamos que sustituimos esa figura con cualquier otro objeto-representación. Por decir algo, pongamos en lugar de Modelo para autorretrato II y representación a un globo terráqueo. Es obvio que, inmediatamente, la progresión de la copia a la copia de la copia se establece. El globo terráqueo "a", nos remite al globo terráqueo "b", éste a su vez “a, c, d, e . . . n" y todos a un tiempo a la redondez de la tierra que es su "original". El motivo por el cual esa sucesión interminable no ocurre con Modelo para autorretrato II y representación, es la interposición de la mirada que une los dos rostros para siempre, excluyendo a aquellos "parecidos." ¿Y qué otra cosa distingue a cosa rostro sino la doble condición de ser, a su vez, lo que mira y lo que será mirado, una imagen que percibe imágenes? Le es connatural por decir o así, esa duplicidad. 

Por lo visto, para el rostro tener una imagen no lo pone en el predicamento de estar ante un doble; pareciera, por el contrario, que tener una imagen le resulta necesario, al punto en que asegura su valor de rostro. En 56 autorretratos (1993), Mónica Castillo se pintó una vez cada día entre Julio y Septiembre de 1993, del mismo modo me dijo en aquel entonces como uno se baña y se viste. Ciertamente, la obra demuestra que las mínimas variaciones de la pintura pueden emular la maleabilidad de la apariencia personal. Pero aquí no sólo está en juego que el rostro sea un mecanismo asombrosamente flexible de producción de imágenes, que refuta a quienes (desde policías hasta espectadores) quisieran hacer visible la identidad en la forma del retrato definitivo del sujeto. Sucede que en esta multiplicación pictórica, a diferencia de lo que hubiera sido tomarse una fotografía al día, no hay motivo para creer que Castillo cambió de apariencia en esas ocasiones. Lo que éstas variaciones subrayan no depende de la capacidad para variar de un rostro real, sino de que la pintura de una cara es similar al rostro mismo en sufrir estas variaciones y, sin embargo, seguir siendo capaz de ser el mismo rostro y sostener una interpelación a aquel que lo ve. Basta cruzar miradas con cualquiera de ellos para convocar la expectativa, el reconocimiento, la ambigüedad y presencia de un otro que no es idéntico al rostro pintado a un lado pero es "el mismo". Sólo un rostro tiene esa curiosa condición de ser él mismo porque jamás coincide exactamente consigo mismo. Nuevamente, sus imágenes no lo llevan a una crisis ontológica, sino a confirmarlo como rostro.

 


Currículum, 1997
 
 
Fuente: Catálogo de Mónica Castillo. YO ES UN OTRO por Smart Art Press en colaboración con OMR Gallery sponsored by Cemex and FONCA.

 

 

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