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Arte en México

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Mónica Castillo

La Duplicidad que es un Rostro


Autorretrato anatómico,1994

 

Por Cuauhtémoc Medina

"Retrato" deriva de "traer" que a su vez proviene del Latín trahere "arrastrar o tirar de algo". "Retratar" en tanto re-traer la cosa pareciera ser un mero sinónimo de "re-presentar". Cierto es que en tiempos pasados "retratar" podía abarcar cualquier clase de escena u objeto. Si la palabra ha quedado exclusivamente destinada a referir la reproducción mimética de un rostro de un individuo real" quizá sea porque de todos los géneros representativos en el retrato el referente parece siempre listo a opacar cualquier otra significación. Alguien es arrastrado contra su naturaleza o su voluntad hasta hacerlo comparecer ante nosotros. Se le obliga a venir incluso cuando ya está muerto. Este sucedáneo de la relación personal es quizá o que constituye la fenomenología del retrato en Occidente. Como afirma Richard Brilliante es difícil ver un retrato sin acabar pensando en la persona que representa aunque se trate de la obra de un artista importante:

El poder inmanente de una imagen retratística interfiere con su comprensión como algo distinto de la imagen de la persona real.... La aproximación del artista al arte del retrato . . . puede ser casi infinitamente variada en tanto que la obra provea un nombre y un acceso razonable al tema, suficiente para traer a la mente a la persona retratada. 

Pareciera que no hubiera alternativa posible a ese uso cultural. Que sea tan fácil olvidarla condición de "imagen" en un retrato no sólo lo vuelve particularmente emotivo; lo presta admirablemente a un ejercicio de poder. 

Aun así cuando en 1993 Mónica Castillo concentró su trabajo en hacer y rehacer su propia efigie, fue para obligar al retrato a actuar contra esa que pareciera su lógica inmanente. Se trataba de impedir que el espectador viera las obras de arte como una manifestación y revelación del yo de la artista. Castillo quería que no obstante mostrar su rostro, estas obras no pudieran asumirse como hitos biográficos, revelaciones personales y menos aun como pruebas de un sufrimiento y/o pasión. Si tales lecturas fueran repetidas en el autorretrato, habría esperanza de evacuarlas también de otros géneros. Habría de llegar el punto en que rodeados de las copias de Mónica Castillo reconociéramos que no eran acerca de ella, ni nos acercaban a ella. Querer retratarse pues hasta que el espectador se retractara.

La tarea quedó definida como una "desidentificación". Los retratos tendrían que abrir un espacio de diferencia entre la imagen y su referente, desgajar lo igualado mediante una diversidad de operaciones visuales, técnicas y conceptuales. Ello tendría un doble efecto: garantizar para las obras una autonomía como objetos de reflexión y contemplación, pero también poner a la artista a salvo de las "comparaciones" que tomar las decisiones estéticas de su trabajo como si fueran indiscreciones sobre su personalidad. Castillo actuaba contra la tendencia de aplicar la lectura banal del autorretrato a todo lo que ella o sus contemporáneos pudieran realizar, y éste no era un mero capricho surgido del hipercriticismo del arte contemporáneo.

 


Autorretrato de piel,1994
 
A la generación de Castillo le tocó vérselas con la mitología con que el arte mexicano y latinoamericano fue relanzado a nivel internacional durante los años ochenta, más precisamente con la serie de prejuicios exotistas y sentimentaloides que le atribuían el poder de transformar los traumas históricos en valor iniciático, gracias a la exhibición de las cicatrices personales de sus artistas. Bastará traer a la memoria el modo en que Alberto Ruy Sánchez, entre otros muchos afirmaba que el tiempo del arte de los años ochenta en México era una "herida" que prometía "un regreso a los fundamentos rituales de la expresión plástica" mediante las "figuras doloridas" de muy variados "itinerarios personales". Esa insistencia en el trauma individual tenía un propósito. La expectativa de espiritualidad trascendental era proclamada jurando sobre el signo "revelador" del sufrimiento íntimo, enarbolado como epifanía de profundidad. 

La tensión de la vida profunda hace sangrar el cuerpo parecen decirnos sus obras a veces incluso con una extraña sonrisa. El yo dolorido deseante melancólico o en sangrante desafío es una de las vertientes notables del nuevo arte.
 
 
Fuente: Catálogo de Mónica Castillo. YO ES UN OTRO por Smart Art Press en colaboración con OMR Gallery sponsored by Cemex and FONCA.

 

 

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