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Pedro Friedeberg

Presentación


Pedro Friedeberg , 1964
 

Pedro Friedeberg cultiva la ironía. Establece una distancia elegante con la memoria y el conocimiento y toma apuntes sobre esoterismos; cábalas y tarots, códigos de navegación y signos de alquimia. Estudia las sabidurías populares y hace nuevos paradigmas filosóficos en los que incluye a Nietzsche y Spinoza.

Friedeberg se siente en familia entre poetas ingleses, tratados de anatomía escritos en la India, y enciclopedias de arquitectura barroca y con toda clase de manjares que apelan a su alma de coleccionista y clasificador, a su gusto por las bizarrías de la mente, las manías intelectuales, los inventores de ficciones y los escenarios poco comunes como aquel bosque artificial habitado por animales mecánicos atribuido a Ludwig de Bavaria, rey preferido por los enamorados del aura decadentista.

Pedro aunque quizá no lo dice y se oculta en el arte como alegre burla, es un personaje asombrado ante el milagro de la multiplicación y variación de las formas. Llena el espacio del plano como como un escriba de la antigüedad, hace de la escritura un elemento visual que produce un mareo elíptico.

Esta sensación surge de dos certezas en contradicción: el espacio finito de una superficie bidimensional y la concepción abierta del artista para quien la pintura es como el aleph de Borges, aquel punto en el espacio en que pueden mirarse en forma simultánea y sucesiva cuanto existe en el universo.

Cuando intenté leer, con ingenuidad, todo lo que dicen los cuadros de Friedeberg me di cuenta que lo que hay que observar en realidad es el espejismo o juego que propone el artista. Hace que el ojo del otro, desde las trampas de la erudición, mire la obra desde todos los planos. Este se descubrirá aguzando esos cristales circulares que nos permiten penetrar en el mundo de lo visible, estirando las cejas y el cuello como garza o cisne para poder mirar o pararse desde ángulos inclasificables.

Cada cuadro de Friedeberg es un proyecto sobre la naturaleza infinita de todas las cosas, llena el vacío del papel con una caligrafía pulcra y negra que avanza con la seducción de sus contenidos. Cuando aparecen las imágenes, palacios y relojes, sillas, maniquíes y serpientes, leones y mandriles en medio del vértigo de laberintos y arabescos hay un perfume de acertijos, barajas mágicas, saberes secretos, juegos, claves, códigos, inciensos, humos y aromas.

Se trata de un arte excéntrico porque está fuera de corrientes, movimientos o tendencias centrales y porque es fiel a sí mismo. Su incorporación de una narrativa simbólica en un contexto onírico señala afinidades con la práctica de la pintura surrealista, pero ocurren muchas cosas mas. La poesía concreta, acercamientos, que Friedeberg practica hace mucho tiempo, a la arquitectura posmoderna que se manifiestan como el injertar un orden clásico sin obligarse a la congruencia del resto de la estructura, o el arte óptico que enfatiza el dibujo y el ritmo de geometrías que aspiran a conformar la compleja composición de la visión.

 


Serenata engordante, 1988
Foto: Técnica mixta sobre madera
75 x 75 cm
 
Sin embargo esta historia del arte no alcanza a definirle. No puede evitar que sus imágenes me sugieran el estilo de vida y las sensaciones de un personaje de la novelística francesa de fin de siglo, descrito por su autor a través de la profunda observación de seres cultos y cosas exquisitas, de placeres cerebrales y sensuales. Abunda en temas tan diversos como teología y perfumería, floricultura e historia del mueble. Su personaje es un ser de múltiples gustos y caprichos, lector de Shopenhauer, amante de la música de iglesia y anfitrión de comidas color de rosa. Decorador y arquitecto transforma según el estado de ánimo, su casa en múltiples escenografías, como aquel largo cuadrángulo, biblioteca insólita, dividida en nichos que sirven como pedestales para la lectura, pintados de colores y en armonía con sus textos favoritos en francés o latín.

Es un arte circular el de Friedeberg, regido por los finos mecanismos de muchos oficios y sabidurías. Pasa por la sensibilidad visual del simbolismo y cierta poética del objeto hace también pensar en un inventor o experto relojero que disimula detrás de su disfraz de cebra que fuma en pipa y que vive ajustando la fina cuerda de su imaginación o los estímulos de una estética que se mece entre el juego y la crítica.

RITA EDER. MAYO, 1990.

 

 

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