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Fotografía en México

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Ambra Polidori

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El hecho, aunque raro, no es excepcional: un psicoanalista es llamado a introducir con un texto una exposición de arte. ¿En qué su capacitación para atender a las formaciones del inconsciente podría habilitarlo para acercarse desde un sitio privilegiado o, por lo menos, original a la obra de arte?


La respuesta tradicional es la de buscar por el lado de la psicología del artista, de su vida, de la consideración de sus obras como si de sueños se tratase. Pero, ¡atención!, por aquí es que se corren los mayores riesgos. 

Primero, porque, ya se sabe, el psicoanalista no interpreta los sueños con un diccionario, no traduce: él, si algo sabe, es que no sabe y que debe dar lugar al saber del otro, de su paciente, en este caso, del artista. Segundo, porque una obra de arte no es un sueño pintado, esculpido o narrado; es un proyecto deliberado de creación de una nueva realidad y su verdad está en el contraste de esta obra con una obra anterior, del mismo o de otro artista; la verdad de una obra no está en una interpretación del inconsciente de su creador sino en la diferencia que particulariza a esta obra con relación a todas las demás producidas en el mismo género. El artista es un creador de diferencias, alguien que, al distinguir, se distingue.


Nada puede así el psicoanalista aportar al conocimiento de la obra o de su génesis. Si intenta hacerlo, sin embargo, acaba por constatar una verdad fecunda: que lo que dice o escribe no se refiere al artista y, sin embargo, se refiere a algo que tiene un fundamento clínico. 

No se trata del inconsciente del artista sino... de su propio inconsciente, de ese del que está ya advertido por su propio análisis. Y, ahora sí, es capaz de aportar algo al conocimiento de los fenómenos estéticos. No en la posición del maestro, del juez o del dueño de la verdad sino en la de testigo, de objeto (sujeto) que es determinado por la propuesta del artista. 

Su mirada puede ser privilegiada en cuanto tome como tema no al otro, al creador, sino a sí mismo, al efecto que sobre su subjetividad ejerce este objeto irrepetible que ha sido puesto delante de sus ojos y que comanda su mirada. Lo que el psicoanalista puede psicoanalizar es su lugar como mosca en la estrategia de la araña que apresa su entendimiento bajo la forma de poema, sonata, cuadro, hoy y aquí, fotografía.


El arte produce los enigmas; el analista (es uno de los que) está llamado a responder. ¿Cómo este objeto, esta composición, repercute en una su subjetividad? Más aún: la subjetividad del espectador, del analista en este caso, no existe antes e independientemente de la obra, si es que ésta es arte en el sentido fuerte de la palabra. El sujeto no es la causa sino el efecto de la expresión artística. Una verdadera obra de arte se reconoce porque después de exponernos a ella somos otros que los que éramos.

 

 

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