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Arte en México

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Juan Soriano

Sala III


Retrato de Lupe Marín, 1961
Oleo /tela. 125 x 150 cm.
Foto: Colección Carlos García Ponce
 

Entre 1961 y 1962, Soriano dedica una serie de retratos elaborados en torno a una modelo única: Lupe Marín. En ellos devela su admiración por la que fuera musa de tantos pintores, especialmente de Diego Rivera, quien la hizo un símbolo de la tierra y el agua en sus murales. En esta serie, el artista se aleja de su propia tradición retratística, resumiendo en estos cuadros todo un periodo de libertad. Sus trazos delinean una mujer estilizada, a veces rígida, a veces suavizada, creada con colores que oscilan de la brillantez a la opacidad. El esquematismo de sus rostros evocan a las esquemáticas representaciones prehispánicas y sus manos son una danza en movimiento.

 


Retrato de Lupe Marín, 1962
Oleo /tela. 170.5 x 75.5 cm.
Foto: Colección Andres Blainstein
 

Lupe Marín es "feroz, suntuosa, original -dice Soriano-. El libre albedrío es su ley; su don es la belleza, la he visto transformar su cólera en belleza."

Años más tarde, después de esa explosión abstraccionista, Soriano vuelve a lo figurativo pero ahora con un mayor realismo. Su obra adquiere entonces una gran calidez, resultado de una mirada contemplativa. 

Flores, aves, gatos, perros, caballos, jarrones, sillas, mesas, floreros, puertas y ventanas son los elementos inspiradores, todos ellos ordenados en espacios de fondos indefinidos.

 


Retrato de Marek Keller, 1976
Oleo /tela. 60 x 73 cm.
Foto: Colección Marek Keller
 

La presencia humana, característica de su primer periodo, disminuye considerablemente. En cambio, los esqueletos, presentes desde sus primeros lienzos, aparecen frecuentemente con flores o en movimiento como una satírica evocación de vida.

Los retratos de esta época, muestran una gran melancolía, en donde los personajes se sitúan en ambientes abiertos, como paisajes desolados, bosques de árboles sin hojas, playas desiertas o ventanales que llevan al infinito, como lo hace en el Retrato de Marek Keller de 1976. En estas obras resalta la difuminación del color, en donde predominan el amarillo vivo, las gamas del verde o los azules. De esta forma, desaparecieron los colores violentos del mar de su juventud para transformarse en otros más apacibles y reconfortantes.

 


La muerte enjaulada, 1983
Acuarela /papel. 106 x 75 cm.
Foto: Colección Galería Grupo Arte Contemporaneo
 
Juan Soriano muestra a través de su desarrollo como artista que su obra es el resultado de una experiencia de vida, y él mismo expresa: "Siento que la obra que he hecho está ligada con lo que he vivido; con mi vida cotidiana, con la gente con quien tuve la suerte de vivir, y no con la historia del arte".

 

 

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