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Antropología e Historia de México

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Las diosas en los códices del grupo Borgia

La mujer en Mesoamérica


Fig. 1
Foto: Nacimiento de la
Mujer, Vindobonensis, 37

Inmerso en un universo sagrado, el hombre mesoamericano se descubre plenamente como homo religiosus. Las fuerzas sobrehumanas y los poderes representados por sus númenes trascienden todas sus actividades. Las creencias religiosas lo ocupaban todo. Hasta los conjuntos de cualidades, funciones, procesos y conductas se personificaron en sus dioses3.

En este esquema de organización numenístico explicado en la mitología, la mujer aparece en igualdad con el hombre. Cuando Quetzalcoatl viaja al Mictlan en busca de los huesos preciosos para crear al hombre, tanto los de la mujer como los del hombre estaban contiguos; Quetzalcoatl sangró su miembro sobre ellos y gracias a esta penitencia, junto con la de otros dioses, nacen simultáneamente4. Pero el mito no sólo se refiere a la analogía entre los sexos; apunta además al hecho importante y trascendente de que el hombre como creación ocupa un nivel superior, toda vez que su nacimiento ocurre por el sacrificio de los dioses que le participan, por medio de éste su esencia en un fenómeno plenamente hipostático que implica la unión de dos naturalezas: divina y humana. De acuerdo con este punto de vista podría explicarse la concepción del panteón antropomorfo ya que el hombre fue creado a imagen y semejanza de los dioses. Otro mito explica que una vez que los dioses habían creado el fuego y el sol, hicieron luego a un hombre y una mujer llamados Oxomoco y Cipactonal5.

En tal contexto, aparece por cierto, en el Códice Vindobonensis (fig. 1)6 el nacimiento de la mujer primero que el del hombre. La tradición oral mixteca apunta que nacieron en forma de capullo entre las hojas de la ceiba blanca. En su origen estuvieron presentes cinco dioses: el viento negro, el dios de la sabiduría, el sol, el rayo y el de la lluvia, y cada uno de ellos les otorgó poder por partes iguales7.

En cierto sentido, podría decirse que la religión como experiencia personal no establece distinción entre hombres y mujeres. Ambos sexos tienen las mismas oportunidades en la vida sagrada, en el mundo sagrado.

Y, por tanto, si la mujer se formó a imagen y semejanza de la divinidad, este aspecto sagrado tuvo mucho que ver con el comportamiento de la mujer en cuanto que el ideal femenino, y los principales que le atañen estaban plasmados en la concepción de sus deidades. Las mujeres tenían sus propias diosas o patronas que presidían su vida femenina. Las diosas veneradas modelaban la actitud mental de la mujer y determinaban el modo en que cada una debía comportarse en todos los actos de su vida.

De hecho, todos sus órganos, experiencias fisiológicas y sus gestos, tenían amplia significación religiosa; ya que todos los comportamientos humanos fueron instaurados por los dioses en el principio de los tiempos. Ellos fundaron los diversos trabajos, maneras de alimentarse, de hacer el amor, de expresarse8, entre muchas otras actividades.

En este sentido, no se llega a ser verdaderamente mujer -u hombre- salvo imitando a los dioses, viviendo de acuerdo con modelos extrahumanos9 o teo-tipos. Porque el hombre mesoamericano modeló, incluso toda su vida social, a imagen de la concepción del mundo religioso, con iguales principios fundamentales tanto para el mundo real como para el únicamente pensado10.
 
 
Autor: María de los Ángeles Ojeda Díaz, Cecilia Rossell

 

 

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