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Helen Escobedo

"Estar y no estar" (VI)


El Cuadro Hundido (Allá por Amecameca)

Fotografías: Lourdes Grobet y Manuel Zavala y Alonso

 


El Cuadro Hundido (Allá por Amecameca)
 

Damos vuelta a la derecha del corredor y nos encontramos con una sala de casa de clase media, que recuerda de algún modo los dioramas de un "Museo del Hombre". El Cuarto Hundido; allá por Amecameca no está realmente hundido, sino parcialmente sepultado en ceniza volcánica. La sala, sin embargo, no es un escenario de desastre -tampoco lo es, en sentido estricto, "Muerte sin fin"-, más bien parece provisionalmente deshabitado. El subtítulo, con su referencia topográfica, explica la ceniza, pero bien podría obviarse. Los habitantes del Altiplano, cada vez que un desastre natural, económico o social nos acontece, bromeamos sobre la latente posibilidad de que una erupción volcánica remate nuestra condición de "zona de desastre"; el Popocatépetl nos ha cubierto de ceniza un par de veces en el último lustro, pero hasta la fecha ha sido benigno con nosotros. Las ideas que provoca esta obra son ambivalentes: ¿representa un acto de resistencia o uno de resignación? ¿Proclama la entereza de una célula social ante el infortunio o su desvanecimiento? 

 


El Cuadro Hundido (Allá por Amecameca)
 

Katastrophé, latinización del término griego para ruina, definía también, en la teoría musical antigua, el punto de reposo de una cuerda vibrada. La ruina era el antecedente temporal de la quietud. Para el occidente moderno no es natural concebir a la catástrofe como una fase consecuente en los ciclos de generación y regeneración. Incluso para los antiguos griegos y romanos la teoría de los ciclos era aceptada, pero contenía un sentido trágico para la trascendencia de los actos humanos. Toda cuerda, sin embargo, debe aquietar los armónicos que vibran en una nota para permitir la existencia de otros nuevos, de la misma manera que no hay forma sin vacío y sonido sin silencio.

 


El Cuadro Hundido (Allá por Amecameca)
 

Silencio recordado es la instalación de la muestra más desinhibidamente poética; un grupo de cajas de viaje de instrumentos de cuerda, empolvados y tenuemente iluminados, acompañan su soledad con el sonido de una orquesta afinando. Si bien las frecuencias modernas aceptadas para la nota la (A en las escalas griega, anglosajona y germana) son algo distintas a la del monocorde de Pitágoras, es un velado homenaje a una tradición -tantas veces interrumpida como recobrada- que las orquestas realicen su afinación con esa nota; esta afinación es al mismo tiempo un acto práctico como una voluntad, algo eucarística y ritual, que anuncia una disposición de creación colectiva y anuncia también al público el ingreso, durante el concierto, a una forma distinta de vivir el tiempo. Entre la aprobación del concertino a la afinación (que convoca el descendiente del antiguo y divino Aulòs: el oboe) y la entrada del director y los solistas, se encuentra ese silencio expectante y lleno de significados; y en ese momento pensamos, a veces, en las misteriosas fuerzas civilizadoras que reúnen, incluso durante dolorosas guerras y en ciudades prolongadamente sitiadas, a cien instrumentistas y a un grupo de ciudadanos para hacer y escuchar música.

 


El Cuadro Hundido (Allá por Amecameca)
¿Qué necesitan esos instrumentos para conjurar el acto creativo? ¿Dónde están los habitantes del cuarto hundido, los arqueólogos de la excavación, el pintor del piso verde, los apanicados usuarios del aeropuerto, el guerrillero que fuma pipa mientras escribe su bitácora de la selva? Otra vez pienso en Henry James y en uno de sus personajes, Daisy Miller, una joven e independiente turista norteamericana, que una noche de tantas, en el siglo de oro del progreso, ingresa al peligroso Coliseo Romano, y ya no piensa en los ladrones o la peste, obsesionada su mente con los fantasmas imaginados de un imperio que es pasado, que ya siempre es pasado.

 

 

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