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Antropología e Historia de México

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El movimiento muralista mexicano

Siglo XIX: se siembra la semilla


La muerte de Marat, 1875
Foto: Santiago Rebull


Durante más de tres décadas el general Porfirio Díaz permaneció en la silla presidencial de México, primero como gobernante electo legalmente, y luego basándose en transformaciones constitucionales y en fraudes electorales. Su periodo de gobierno es, además del más largo que ha tenido México desde que se declaró independiente, uno de los más polémicos y contrastantes en la historia mexicana.

Hay una gran cantidad de factores que nos llevan a pensar que durante el mandato de Díaz, México creció maravillosamente. Por ejemplo, las líneas férreas comenzaron a cruzar el territorio y se extendieron hacia zonas muy apartadas de la capital, logrando un vertiginoso desarrollo en la comunicación interestatal; de las minas se empezaron a extraer cantidades increíbles de oro, plata, cobre, zinc, plomo, a tal grado que México alcanzó los primeros lugares de extracción mineral de todo el mundo. La producción agrícola tuvo también una rápida carrera ascendente: tan sólo el café, que en 1887 tenía una producción de 12 mil toneladas, alcanzó las 26,000 para 1905.

 


Los hacendados de
Bocas, 1896
Foto: Antonio
Becerra Díaz


Durante la última década del siglo XIX, según Enrique Florescano, el presidente Díaz gobernaba un vasto país poblado por trece millones y medio de habitantes, de los cuales, unos sesenta mil eran extranjeros a los que se les había invitado para que invirtieran su capital en México. La llegada de fuertes cantidades de dinero impulsó el desarrollo de las riquezas naturales del país, que luego de guerras civiles e intervenciones extranjeras se había deteriorado considerablemente.

En realidad, aunque en otros países se hablaba de un México próspero y feliz, la mayor parte de sus habitantes vivían en la pobreza extrema, endeudados por generaciones en las haciendas donde trabajaban, o explotados por los dueños (norteamericanos, ingleses, franceses) de las minas y fábricas.

Para México el Porfiriato fue tan benéfico como maligno: el desarrollo tecnológico y mercantil, el crecimiento de la producción minera e industrial, y los avances en materia de comunicación contrastan drásticamente con el hundimiento de la población indígena en una situación semejante a la esclavitud y con una represión cuya magnitud la representa una frase dicha por el mismo Díaz, cuando uno de sus generales le preguntó lo que debía hacer con algunos sublevados capturados: "¡Mátalos en caliente!".

 


La hacienda de Colón, 1857-58
Foto: Eugenio Landesio

La introducción de capital extranjero trajo consigo elementos culturales que influyeron en México de manera definitiva, aunque en las inversiones participaron Estados Unidos, Inglaterra y en una muy pequeña cantidad Alemania, fue Francia el país que nos deslumbró culturalmente. Durante el Porfiriato desde la moda en el vestido hasta la arquitectura y el arte pictórico, todas las costumbres y las actividades artística se basaban en modelos franceses. En su Historia General del Arte Mexicano, Raquel Tibol nos cuenta que el arte pictórico se desarrolló en tres ámbitos: "el cauce oficial -protegido y auspiciado por el gobierno-, el correspondiente a la oposición política, y el cauce popular." Con respecto al primero, la misma autora nos comenta: "El gobierno aplicó a la producción artística un criterio idéntico que a la producción industrial: se contrataron artistas y se importaron los materiales para sus creaciones".

El destino de los pintores tenía pocas opciones: o bien, renunciaban a la pasión del pincel, o se resignaban a continuar las normas que la Academia, totalmente afrancesada, imponía. Algunos se aventuraron a un leve destello indigenista, también vigilado por la Academia. La mayoría, menciona Tibol, hacía un "viaje más o menos prolongado a cualquier país europeo" para, según la autora, "ampararse en las sensiblerías de la gente acaudalada".

 

 

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