Sitios

Artes Escénicas en México

compartir en facebook  compartir en twitter

Dolores del Río

Las Apariciones



POR: PATRICIA CARDONA 

"¿Sabes nana, con quien me gustaría bailar el primer vals?
Con un hombre que de sólo mirarme me dominara, uno de esos hombres que no piden jamás por que todo les pertenece, un hombre tan fuerte como los ríos, un hombre que asu lado yo me sintiera pequeñita..." 

En Bugambilia, Dolores del Río pronuncia esta frase de mujer sufrida y devastada. 

Fue uno de los rostros que tuvo para el cine nacioinal. Quizás el que la hizo entrañable para un público necesitado de catarsis continuas. 

También tuvo un rostro de campesina, el que junto a Pedro Armendáriz, consolido la estética de lo mexicano. Flor Silvestre y María Candelaria, a imagen y semejanza de los valores rescatados por Emilio Fernández, froman parte de ese incendio de nacionalidad. 

La mujer despiadada y gruel, la que humilla, es otro rostro: el de Doña Perfecta, anticontexto dela femeneidad sumisa. 

La exòtica, la boquita de corazón el hechizo de los sentidos del cine mudo, fue la Dolores que se vío nacer como estrella en Hollywood. 

Múltiples semblanzas; un solo deseo: perpetuar la belleza femenina hasta congelarla, hasta fundirla con las luces y las cámaras-la magistral de Gabriel Figeroa- para hacer delas facciones - la ceja levantada, la boca entreabierta, la sonrisa trémula-la esencia de su proyección artística. 

No fue difícil. Dolores del Río conoció a fondo el paroxismo de la rigidez social y anímica que heredó de su familia política, acostumbrada a la educación religiosa, a la mezcla de sangres aristocráticas entre calses privilegiadas. Había tomado clases de danza como toda hija de buena casta. Fue un "escape emocional". Pero en ese sentir de relámpagos anímicos que le premitió experimentar movimientos y la música, también descubrió que quería actuar.

 



Fue la esposa del abogado Jaime Martínez del Río, víctima, a su vez, de las buenas costumbres, escritor frustrado, aparado por la alta sociedad, lector insigne frente a la chimenea de su casa, marido ejemplar. Dolores solamente podà adaptarse al tedio de su destino sin otro refugio que la danza. 

A su casa entrará por la puerta el giro de su fortuna. Edwin Carewe, director de cine, es invitado a visitar a la pareja Del Río. Dolores baila tango. Carewe la futuriza en la pantalla. La decisión està hecha, a pesar de la consternación que provocará a toda la familia la posibilidad de que Dolores sea actriz. Pero el terreno es fértil: Dolores siente estallar su vocación y su marido también. Salén rumbo a Hollywood. Ella hará un sueño realidad. El saldrá "para escapar de un medio que no satisfacía sus inquietudes". Es el año 1925. 

La pareja aterriza en el apogeo del cine mudo. Dolores encarna su primer rostro importante, el que la saca de su personalidad primeriza. Es la belleza exótica, la musa de los trópicos, la imagen del sentir latino, la mujer silvestre, fuente de aspavientos espontáneos, animales, inmediatos. La civilización no ha pasado por ella. 

Dolores acepta su rol. su entrada al cine en El Precio de la Gloria de 1926, es un paso importante. Al mismo tiempo ha caído en manos de los publicistas quienes sólo buscan seguir alimentando la consolación de las masas con sueños efímeros, fuegos fatuos. El público añora salirse de la cotidianidad y entrar al avión de la fantasía rimbo a Bagdad, Casablanca, Estambul, Shangai, Zanzíbar, Marruecos, la antigua Roma y demás escaparates del ensueño que se han fabricando con celuloide. 

En esa fábrica Dolores se somete a la atransmutación de su rostro. Impone modas, Se va a construir en una de las principales acciones decorativas de la pantalla. Nadie le exige talente, ni dotes interpretativos. "Es el rostro latino de hollywood, y eso implica devoción y sacrificios, la conciencia incesante de los rasgos-bajo-vigilancia" ( Escenas de pudor y liviandad; Carlos Monsiváis). 

Su magnifica presencia no le premite trascender a otra dimensión. Tampoco Hollywood le permite más. Aunque baile con Fred Astaire en Flying Down to Rio. Nadie le hace caso. Ni siquiera su segundo marido, el director de la MGM, Cedric Gibbons. 

Los estímulos se van agotando y Dolores también. Le piden que intervenga en películas con temas latinos que en México pasan a ser censurados. Si bien en su propio país ya se le ha catalogado como gloria nacional que trascendió las fronteras, la imagen que le impone Hollywood le crea más daño que beneficio. 

-"Mis películas de Hollywood casi me arruinaron. Se me forzó a interpretar personajes glamorosos, lo que yo detestaba"- 

Dolores decide regresar a México cuando las oportunidades ya son nulas, segura de que puede conseguir historias adecuadas, su propio director y camarógrafo. Es el año de 1943.
"Ya en México Dolores se convence de la necesidad de modificar su imagen y por eso acepta la suprema convención: ser la humilde, ignorante indígena descalza. Para convencerla de l proyecto de Flor Silvestre, Emilio Fernández le asegura que si su belleza y a su fama le agregan el espíritu trágico del pueblo mexicano, "téngalo por seguro, Lolita que conquistará Europa"(Escenas del pudor)" 

Diego Rivera, por su parte, le asegura que los europeos están redescubriendo México, siendo que se cataloga como "el país de las fascinaciones". 

Así, de la mujer exótica primitiva del cine mudo, Dolores pasa del melodrama que registra una cámara a pocos centímetros de distacia. "Sonrisas de la tragedia, predisposición al ánimo consternado" 

Cuando filma Doña Perfecta (1950) Dolores Del Río ya es monstruo sagrado del cine nacional. Sólo le resta mostrarse, de ese momento en adelante, como Dolores del Río, por encima de todos los roles y todos los temas. 

Las transfiguraciones de su rostro quedan inmovilizadas en una sola inamgen que es la belleza pura, sin la contaminación de lo natural de la vida anímica anterior. Es el rostro impersonal, como el de las paraciones milagrosas; rostro distante, inabordable, indefinible.
 
Autor: Revista Vertigo/ Manuel Zavala y Alonso

 

 

Redes sociales