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El cine de Ignacio López Tarso

Nota biográfica


La familia López López
 

Cuando me preguntan que dónde nací, yo siempre digo que soy norteño, y como tengo la facha, me lo creen. Y es que, en efecto, Ignacio López López (el Tarso como apellido artístico vendría después, por razones obvias), nació en el norte, pero del Distrito Federal, en la Villa de Guadalupe, el 15 de enero de 1925 en una casa de la calle de Moctezuma que apenas recuerda-y eso sólo a partir de fotografías- porque sus padres, Alfonso López Bermúdez e Ignacia López Herrera, lo llevaron desde muy pequeño a vivir a Veracruz, puerto al que don Alfonso, que trabajaba en el ramo de la justicia militar, fue trasladado.

El tiempo de residencia de la familia en Veracruz fue relativamente corto-de dos o tres años-debido a que el padre de lgnacio perdió su puesto y todos sus derechos tras verse involucrado en la rebelión escobarista: «el general Escobar, que era jefe de operaciones militares de la zona, fue el último que se levantó en armas contra el gobierno constituido y él metió a mi padre en el asunto. Andaban en el monte, de alzados. Durante un tiempo, un mes o dos, no supimos nada de mi papá y luego nos enteramos que habían derrotado a Escobal, que habían agarrado a su gente y fusilado a muchos en la sierra. Mi mamá estaba angustiadísima, entonces un día llegó a la casa un tipo todo mugroso, embadurnado con aceite de máquina, y toca la puerta. En cuanto fue a abrir la nana, el hombre le dio un empujón y se metió. Yo empecé a chillar. Total, que era mi papá que se había logrado escapar.» El padre de Ignacio, no mucho tiempo después del incidente, obtuvo un trabajo en la Administración de Correos. La familia se trasladó entonces a Hermosillo y después, a la pequeña población de Navojoa, en Sonora. De este periodo, Ignacio recuerda su primer viaje en avión: «a mi papá lo mandaban a recoger el correo que llegaba en un avioncito con una cabina que parecía como hecha a martillazos, dos ruedas adelante y una ruedita atrás, y una sola hélice. Un día, el piloto nos idio una vuelta sobre Hermosillo». La familia se estableció finalmente en Guadalajara, en el barrio de Analco, lugar en el que nacieron Alfonso y Marta, hermanos de lgnacio, y donde éste cursó sus estudios de primaria, en el Colegio Jalisco: «Me acuerdo que hacía grandes caminatas desde mi casa ¡qué bárbaro! hasta la avenida Hidalgo donde estaba el Jalisco, que era un buen colegio, muy bonito, con unos patios preciosos, grandes salones, muy buenas canchas...» Durante los últimos años de la primaria, Ignacio ingresó a un colegio de monjas, frente a la casa familiar, por el Jardín de Analco. Como parte de los juegos que inventaba con su palomilla de amigos, tuvo contacto con sus primeros atuendos teatrales: «los niños del barrio de Analco y los de San Sebastián habíamos dado en que éramos enemigos y hacíamos como pequeños ejércitos. Ibamos al mercado de San Juan de Dios, por Semana Santa o algo así, porque vendían unos cascos romanos de cartón muy bonitos, unas espaditas cortas de madera y unos escudos. Entonces nos armábamos y peleábamos contra los de San Sebastián. Me encantaba el disfraz, y las batallas campales eran formidables». 

También de esta época, el actor recuerda su primera experiencia como espcctador, cuando la carpa Tayita visitó el Jardín de Analco y él quedó fascillado por la atmósfera teatral: «yo nunca había ido al teatro ni sabía qué era. Me llevaron mis papás y yo, sentado entre los dos, me olvidé totalmente de dónde estaha y de quién era. Hasta que terminó, bajó el telón y la gente empezó a aplaudir, volví a recuperar la noción del tiempo...» Luego, don Alfonso, su padre, fue trasladado a Valle de Bravo como administrador de correos y jefe de la Oficina General de Hacienda: «era entonces un pueblo chiquito, muy bonito, pero todavía no existía el lago, había sólo un río que atravesaba el valle» . Fue ahí que Ignacio cursó la secundaria y, hacia el final, aceptó la invitación del padre Eduardo Ferrusca, director de la escuela, a ingresar al Seminario Menor en Temazcaltzingo. Sus padres, como buenos católicos-«de iglesia los domingos, de confesión y todo eso»-, recibieron la idea en cantados. «El padre Ferrusca me pintó la cosa muy bonita. Me dijo «te va a encantar, a lo mejor luego resulta que tienes vocación. Como tus papás no están en buena situación económica, así vas a poder seguir estudiando con muy buenos maestros y después de que termines te vienes al Seminario Mayor de Tlalpan, donde ya vas a andar con tu sotana». Además, yo veía a los seminaristas que llegaban allá de vacaciones, con sus sotanas, sus fajas azules y sus bonetes con borla, se veían muy elegantes y cantaban padrísimo, y dije «Sí, sí me voy». Ya en el seminario, el joven lgnacio cursó «un año de previo, dos años de latín, un año de griego y empecé humanidades». Eran los años de la Guerra Cristera y a veces había que disfrazar el seminario de colegio laico y esconder los santos y las sotanas. La estancia en el Seminario Menor es recordada por Ignacio como un periodo divertido en el que él y sus amigos hacían toda clase de diabluras, jugaban futbol y durante el cual, además, él fue uno de los mejores estudiantes «los últimos años me dieron una beca y ya hasta las sotanas me las daba el Seminario». En el Seminario, también recibió su primera invitación a participar en un grupo de teatro; la memoria desu experiencia como espectador en la carpa de Analco lo hizo aceptar de inmediato, «porque, además, me daba ciertos privilegios, como no tener que hacer el servicio de la capilla, que me chocaba. El grupo lo dirigía el padre Mardonio Guadarrama y hacíamos obras para el pueblo, a beneficio del serninario; me acuerdo de una que pusimos con mucho exito, "Lázaro el mudo ó el Pastor de Florencia", se llamaba. Me encantó la cosa y siempre que podía le entraba a representaciones y lecturas. También me gustaha mucho el orfeón, aprendí canto gregoriano y fui parte del coro.» Aún cuando la disciplina en el seminario era estricta- «eran levantadas temprano, muchas horas de estudio, muchas horas de capilla, pero también había tiempo para el juego, para divertirse»-la formación fue para el una base muy importante. Cuando regresaba durante las vacaciones a Valle de Bravo con la familia, «me hacían todos grandes fiestas.

 


Con el uniforme del 
Colegio Jalisco y su 
hermana Martha
 

El cura del pueblo, el padre Albarrán, era tenido como santo, decían que de tanta concentración se elevaba en la oración, que se pasaba horas y horas en una postura-yo creo que se dormía-y que levitaba. Era una figura muy interesante, y cuando yo llegaba de vacaciones me nombraba su secretario particulal preferido y me presentaba como el próximo sacerdote. La gente ya me veía con mucho respeto». Ignacio concluyó sus estudios en el Seminario Menor e ingresó al Seminario Mayor, en Tlalpan, donde lo escogieron como lector oficial, «cosa que me gustó mucho y me sirvió enormemente más adelante; mientras los compañeros comían, yo leía historias diferentes cada día, a mitad del gran refectorio. Eso me hizo llegar a leer realmente bien y aprender a emitir la voz». Fue ahí cuando, dos años después de su llegada, a los dieciocho, el padre Sergio Méndez Arceo le sugirió abandonar la educación religiosa: «me dijo que era conveniente que yo tomara una decisión, pues él veía y entendía que yo no tenía vocación para el sacerdocio, y tenía toda la razón-era hombre inteligentísimo, extraordinario con el que seguí teniendo muchos años después una relación de mucho respeto y amistad-nunca quise ser cura.» Ahandonó entonces el seminario y ya no volvió a Valle de Bravo. En la ciudad de México, estuvo un tiempo como agente de ventas con su tío Refugio Vargas, quien tenía una fábrica de ropa de mezclilla para obreros en la colonia Portales. Casi de inmediato, ingresó al servicio militar y le tocó pasar un año acuartelado: «No sabes cómo disfruté el servicio. Me pude pasear por toda la república; por ejemplo, estuve primero en un cuartel maravilloso en Querétaro, que era un antiguo convento donde estuvo preso Maximiliano; de ahí nos mandaron a estrenar el cuartel La Boticaria en Veracruz, casi a la orilla del mar por Mocambo, que tenía unas instalaciones modernísimas, estilo americano, con barracas de dos aguas, tela de alambre alrededor; vaya, como esos campamentos que se ven en las películas americanas de guerra...» Desde un principio, por su mayor preparación y habilidades, Ignacio sobresalió y pronto obtuvo el grado de cabo de tropa del 11º Batallón de Infantería, Ya en Veracruz, fue ascendido a sargento primero, un grado que, por el nivel de autoridad que le otorgaba sobre sus compañeros-muchos de ellos con años de antigüedad-lo convirtió a su vez en objeto de envidias y celos. «Claro, como yo no tenía que hacer fajina, pues a los demás no les parecía. Además, yo era de los más altos y eso te da también ciertos privilegios porque nuestro grupo era el de ametralladoras y viajábamos en jeep, y aquéllos a pata...» Terminado el año de servicio obligatorio, Ignacio solicitó su permanencia, pero al enterarse de que tendría que ingresar de nuevo desde el grado de soldado, optó por volver a México y vivir «de una casa a otra», a veces con su tío Refugio y otras con su tío Pancho, medio hermano menor de su padre; «en esta época recuerdo haber tenido mi primer contacto consciente con el cine, justamente en el Portales, mis primos y yo íbamos a las funciones dobles y triples». Eran los años de la Segunda Guerra Mundial, y al poco tiempo de haber vuelto, escuchó hablar por primera vez de los braceros, que eran contratados para trabajar en los campos de cultivo de Estados Unidos. Influido por las historias que contabm los amigos de su primo Guillermo, decidió hacerse contratar: «traían dólares y presumían ropa nueva y como no tema yo aquí nada fijo, pues ahí te voy de bracero». 

 


Con Clara Aranda, su compañera
 

En vagones de segunda y tercera clase, viajó hasta California. En La Merced, población que le fue asignada, su trabajo consistía en cortar y vender las naranjas del cultivo; sin embargo, también tenía que pagar una cuota por alimentos y hospedaje, cuota que siempre resultaba superior a su salario: «Nos ponían en lugares horribles, malolientes, la comida era poca y mala y la compañía pues no muy agradable, porque yo no tenía nada que ver con los demás; entonces ya no me gustó mucho la cosa, era mucha friega y poco el chiste». Fue entonces que sufrió la fractura de columna que lo obligaría a permanecer inmóvil un año completo. «Me cai de una de las ramas más altas, donde ya no debí haberme subido y caí de espaldas sobre las cajas llenas de naranjas que había abajo. Lo único que recuerdo es el golpe fuerte y que desperté días después sin saber de mí, en un hospital». De inmediato, Ignacio fue enviado por la patrulla fronteriza a Mexico, con veinte dólares para el regreso. Enyesado, adolorido y en un asiento de segunda clase, tardó dos días en regresar a la capital, a la casa de sus padres, que vivían de nuevo en la Villa: «cuando llegué cojeando, estaba yo tan flaco y amolado que no me reconocían. . . » Su padre conservaba su puesto como empleado de Correos por lo que pudo tener acceso a los servicios médicos del Hospital de la Secretaría de Comunicaciones. El doctor Velasco Zimbrón, un prestigiado especialista en problemas de columna del sanatorio de la Secretaría se hizo cargo, por completo, del tratamiento previo y posterior a la operación: «primero, el doctor me tuvo inmóvil durante seis meses, amarrado a la cama durante la noche y a base de medicinas. Luego vino la operación que fue durísima, muy larga-me extrajo una astilla de la tibia que luego me colocó en la columna para que soldara-, y de ahí, seis meses más sobre una tabla sin moverme. Pude haber quedado paralítico, pero gracias al doctor Velasco Zimbrón, me recuperé por completo, fue un tratamiento sensacional, una operación extraordinaria». El largo tiempo de reposo obligado le permitió a lgnacio ampliar su formación-«oía radio todo el tiempo, descubrí la XELA y comencé a gustar más en serio de la música sinfónica, de la ópera»-y entrar en contacto con las lecturas que posteriormente lo llevarían a buscar, de manera definitiva, una educación teatral: «un día alguien me llevó un libro de poemas de Xavier Villaurrutia, y me gustó tanto-sus "Décimas a la muerte", sus sonetos-que pedí algo más y entonces, me llevaron sus textos de teatro». Poco a poco, Ignacio recuperó todos sus movimientos y tan pronto como pudo caminar y reinició su vida cotidiana, decidió buscar a Villaurrutia, entonces maestro de la Academia de Arte Dramático del INBA, quien de inmediato se mostró interesado por aquel joven: Vi en un periódico que él era maestro de la escuela de teatro, entonces un día fui y le llevé su libro. No sólo me lo firmó, sino que me dijo: "Ven si tienes tiempo y si quieres, ves mi clase y luego platicamos" . Así empecé a ir a Bellas Artes».

 


Con su hijo Juan 
Ignacio, antes de una 
representación de
Cyrano de Bergerac
 

A partir de 1950, primero como oyente y después como alumno regular, el filturo actor fue discípulo de Francisco Monterde, Celestino Gorostiza, Clementina Otero, Fernando Torre Laphame y Salvador Novo-entonces director de la Academia-, entre otros. Al ver el entuiasmo y la disciplina del joven estudiante, Villaurrutia no tardó en distinguirlo con una atención especial: « me sugería libros, me estimulaba para que le comentara obras, para que siguiera estudiando; él fue quien decidió mi futuro, pues me ayudó a descubrir realmete el teatro y me abrio las puertas.» Debido a la difícil situación económica de su familia, Ignacio, buscó el apoyo del primo hermano de su padre, José López Bermúdez, entonces secretario general del PRI: «Fui a ver a mi tío José y le conté que quería estudiar y ser actor; él me oyó con mucha atención y me dijo: "A partir de mañana, tú vente a la oficina de ocho a dos de la tarde y eres mi anunciador oficial». Su estancia como empleado en el PRIfue importante, pues aparte de que allí entró en contacto con personajes que después jugarían un papel destacado en la política mexicana como Luis Echeverría y Adolfo López Mateos-«desde esa época tengo credencial como miembro activo, para que luego no digan que fui diputado así nomás, de dedazo»-fue en esas oficinas que lgnacio conoció a Clara Aranda: «me la pre sentó el tío Jose; ella guapísima, era también su pariente lejana y había entrado a trabajar hacía poco al PRl. Empezamos a salir y se dio una relación fuerte,sólida. Nos fuimos pronto a vivir juntos, luego nos casamos y clesde entonces...» Por ese tiempo, decidido ya a seguir la carrera de actor, «un día Villaurrutia me dijo "oye, López López suena fatal, búscate otro nombre". Ya andaba yo de novio con Clara e íbamos en un camión rumbo al centro pensando en eso, y me acordé de una historia que me gustaba mucho, de las que leía en el seminario; era la de Saulo de Tarso-el soldado romano que se convirtió en el apostol San Pablo-que tuvo además una vida muy teatral. Combinamos el nombre, y nos gustó lo de López Tarso, era original y sonaba bien.» Antes de su debut profesional, López Tarso formó parte del grupo Teatro Estudiantil Autónomo (TEA) con quienes montó y llevó de gira las obras "Ahí v0iene Gorgonio Esparza", "El matón de Aguas Calientes" y "La zona intermedia" entre otras. «Hacíamos todos los enseres necesarios: reflectores de latas de leche, teloncitos pintados por nosotros mismos, una cantina por donde entraba Gorgonio Esparza. Entonces yo era Gorgonio ,vestido de charro, y entraba en un caballito de escoba, con la cabecita de cartón y una ruedita en la punta del palito». 

 


Con sus hijas Gabriela y Susana
 

El grupo se presentaba en plazas públicas, en espacios importantes como el Hemiciclo a Juárez, La ALameda, La Avenida Juárez, en Tacuba, La Villa y Azcapotzalco. Xavier Rojas, el director, buscaba presentarse en lugares en donde no hubiera teatros, y el grupo mismo se encargaba de anunciar las funciones: «Allí parados en las esquinas, nomás nos veían como loquitos. Luego, a las dos o tres semanas de acudir a un mismo sitio, la gente se preparaba y llevaba sus sillitas para ver la función». Con el grupo del TEA, López Tarso ganó su primer premio, el trofeo «Xochipilli» al mejor actor, durante dos años consecutivos, en 1950 y 1951 . Sus padres, en un principio decepcionados por la decision de Ignacio de abandonar el seminario, comenzaron poco a poco a interesarse por lo que sucedía en la Escuela de Teatro y, finalmente, a apoyarlo también con su asistencia: «En una de las funciones del TEA, se cerró el telón y nadie aplaudió, se volvió a abrir y nadie aplaudía. Como a la tercera vez que se abre el telón, alguien inició el aplauso y los pocos parroquianos empezaron a aplaudir y a voltear a ver de dónde había salido el primer aplauso: era mi papá, recargado en un árbol.» Antesde morir en 1950, Villaurrutia presentó a López Tarso con el director Rafael Villegas, que entonces preparaba la obra "Nacida ayer", de Garson Kanin obra que marcó su debut en el teatro profesional en 1951. Desde entonces, el actor ha participado en más de 75 puestas en escena de obras de todo tipo, desde teatro clásico hasta comedia musical (ver teatro), recibiendo numerosos premios y reconocimientos. Ha trabajado en los escenarios de toda la república mexicana a lo largo de numerosas giras, y en Estados Unidos, España y Cuba, tanto en teatro como presentando su espectáculo de corridos. Con esta faceta ha grabado inclusive una docena de discos.

En 1951, debuta en televisión: «fui de los pioneros en esto. Empezamos allá en el edificio de la Lotería Nacional, no había entonces apuntador electrónico y para los teleteatros teníamos que memorizar las obras completas casi de un día para otro; tampoco se grababa, era en directo y si te equivocabas, pues no había manera de corregir». A lo largo de su activa trayecto ria artística, Ignacio López Tarso ha participado en más de mil programas de televisión, series, teleteatros y telenovelas como La tormenta, El carruaje, El derecho de nacer y Senda de gloria, entre otras. Pronto empezó a recibir ofertas para cine; a partir de 1954, López Tarso ha actuado en cincuenta películas. Sus experiencias, anécdotas y opiniones en las que conviven y se entrelazan indisolublemente sus demás actividades como actor, son las que este libro recoge.

A través de su actividad profesional, López Tarso se ha interesado por la actividad sindical y política, y a partir de 1974 ocupó puestos y cargos importantes en las distintas organizaciones de trabajadores: presidente del Consejo Directivo de la Asociación Nacional de lntérpretes, secretario general de la ANDA y del STPC. Y coincidentemente, de 1988 a 1991, fue electo diputado federal en la LIV Leigislatura. «Fue desde luego muy importante para mí haber podido desempeñar estos cargos, tuve excelentes colaboradores y de muchos de los retos y problemas que tuvimos que enfrentar durante mi gestión, salieron cosas positivas para cl gremio-como la reunificación de los compañeros en la ANDA, y la aprobación por voto de la no reelección-. Me hubiera gustado hacer más, desde luego, pero todo tiene su momento; la política es muy absorbente, muy pesada, te trae muchos compromisos y cuando se me planteó seguir, preferí no hacerlo, pues mi carrera demanda también mucha dedicación, y ha sido siempre la parte central de mi vida.» Parte importante en el desarrollo de su trayectoria ha sido la estabilidad de su vida familiar: «el vínculo con mi mujer ha sido siempre un apoyo muy fuerte, ella me ha ayudado mucho toda la vida, juntos salimos de las épocas duras y juntos hemos hecho una familia muy padre, muy unida. Tenemos tres hijos, Susana, la mayor que se dedica al cine dando clases y escribiendo y que ahora tiene incluso una escuela de cine; Gabriela, que tiene una guardería estupenda, porque siempre se interesó por la educación y los niños; y el menor, Juan Ignacio, que es el único que decidió seguir la carrera de la actuación.

 


Con Gabriel y Antonieta Figueroa
 

Desde chico me acompañaba a los ensayos y luego ya en serio, ha estudiado en Londres y San Diego y lleva una incipiente carrera, pero con muy buenos cimientos. Nuestros nietos son cuatro: Antonio, hijo de la mayor que es un músico excelente, un baterista con una brillante carrera por delante en Estados Unidos donde vive, pues estudia en Boston; Mariana, que es una niña preciosa y buena estudiante que está cursando psicología y las dos chiquitas del clan familiar, la Jimena la Sofía, hijas de Juan lgnacio, que están sensacionales.» Sobre su larga y rica carrera, Ignacio López Tarso dice: «He tenido la enorme fortuna de poder hacer de todo: discos, televisión, cine, teatro de revista y teatro de gran repertorio. Cada una de estas actividades me ha gustado e interesado por diversas razones, que en el fondo son la misma: imaginar e interpretar personajes, que es el trabajo, el quehacer y la razón de ser de un actor. El teatro es la gran escuela, y es vital para el actor; por Io menos para mí así ha sido, por la presencia directa del público. Eso hace que el teatro sea una gran responsabilidad para el actor y un acto efímero e irrepetible. En el teatro, uno puede entrar en el personaje, estudiarlo, prepararlo con el tiempo, con la profalndidad y la intensidad necesarios; sólo el teatro te permite además desarrollar la historia del personaje en una noche, de principio a fin, sin rupturas de continuidad. En el escenario está el actor solo, el tiene el control y de él depende la comunicación con el público.» «El cine y la televisión exigen cosas muy diferentes del actor: allí, la tensión consiste en mantener al personaje, en reconstruirlo para cada toma, en cada interrupción. Como es un trabajo colectivo, en cine se depende de muchos factores externos, puede ser que unos se sienta muy bien en una toma, pero que el sonido haya fallado o al director no le haya gustado el encuadre. Por lo que digo, podría parecer que la forma de acercarse al personje es diferente en cada uno de los medios, pero no, es exactamente igual: mi trabajo como actor se basa en lo mismo, en mi conocimiento lo más cercano y profundo posible del personaje; en construirlo primero de una manera interna y luego en su aspecto exterior, hasta encontrar el detalle-un sombrero, una pipa, una forma de mover la cabeza, un pequeño tic-exacto y preciso.» Sobre su forma y técnica de interpretación, el actor señala: «Yo nunca he creído que el actor debe nulificarse y desaparecer atrás del personaje; al contrario, pienso que lo más importante soy yo como intérprete, como creador. Sea cual sea el tamaño e importancia del personaje, el que le alienta, el que le da vida, el que le da fuerza y sentimiento, el que le da la voz, el movimiento y el cuerpo, soy yo, actor. Toda mi vida he intentado hacer un estilo de ver y sentir los personajes, pero siempre soy yo y siempre estoy presente en ellos.

 


Con Roberto Gavaldón, Mauricio 
Garcés y Emilio Rabasa
 
El actor es siempre más importante que el personaje.» La técnica es importante, la cultura y la información ayudan a enriquecer la interpretación, pero la emoción es tambén absolutamente indispensable. Hay técnicas que te enseñan a impedirla, a controlarla al extremo, pero yo no la evito jamás, es más, la necesito y la busco». Como conclusión, el actor recapitula: «Creo que hay pocos actores en México, incluso considerando a los más grandes de todas las épocas y de todos los medios, que hayan tenido las oportunidades que a mí se me han ofrecido a lo largo de toda la vida. En teatro, por el momento en que empecé, pude hacer lo que ahora sería imposible: los clásicos españoles Lope, Calderón, Manrique, Tragedia Griega, Edipo, La Orestiada, Hipólito, Las grandes obras de Shakespeare, Moliére, autores modernos como Ionesco, Miller, en fin, teatro de gran repertorio que hoy día por desgracia ya no es fácil poner en México, porque es un teatro caro y no hay empresarios que se arriesguen y las instituciones oficiales han dejado de apoyarlo con constancia. El teatro actualmente se hace sólo los fines de semana y lo que se pone es el tipo de obras más fáciles, más comerciales, con menos actores y poca escenografía. Pero el género grande, el de contenido y belleza, es cada ve más difícil.» «En cine, aunque ya no me tocó la mejor época, pude participar en cosas buenas e interesantes, con compañeros directores muy valiosos.» Respecto a su vocación vital, Ignacio López Tarso finaliza: «por todo lo que he pasado y he vivido, pude haberme dedicado a muchas cosas; pude ser cura, agente de ventas, soldado o qué sé yo, pero tuve el gran privilegio de poder ser actor...»

 

 

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