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Arte en México

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Historia mínima del arte mexicano en el siglo XX

Capítulo IV

La mayoría de los pintores que iniciaron sus trayectorias profesionales en México durante la primera fase del muralismo se vieron necesariamente inmiscuidos en el gran mosaico que conforma la Escuela Mexicana, ya fuere que entre sí comulgasen, o no, en propósitos. Tiempo después se disgregaron, si bien los siguieron compartiendo las mismas inquietudes políticas se aliaron durante los años treinta con lo fundadores de LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) y con quienes integraron el TGP (Taller de Gráfica Popular). Otros artistas residieron por largo tiempo en el extranjero, sin abandonar del todo sus incursiones en el medio mexicano, como fue el caso de Rufino Tamayo. Hubo también quienes en los años cuarenta se mantuvieron cerca de algunos de los muralistas de la segunda y tercera generación, viajando por varios sitios de la República coadyuvando en la realización de más obras murales. El guatemalteco-mexicano Carlos Mérida —quien por cierto ejerció con sagacidad la crítica de arte— colaboró con el programa nacionalista, aunque en realidad se sentía apasionado por las new tendencies y abandonó el Sindicato, del que era miembro con objeto de viajar a París, expuso en Nueva York en 1926 y a su regreso a México dedicó su vida fundamentalmente a la pintura de caballete. Su geometrismo, inspirado en el textil maya, fue muy de avanzada en los momentos en que se gestó. Roberto Montenegro por su parte reunió una valiosa colección de arte popular, sobre la que escribió un tratado, y a la vez practicó cuanta "vanguardia" le vino en gana. Sus mejores creaciones de caballete están por el lado del Surrealismo. Otros pintores, Agustín Lazo es un ejemplo, se interesaron más en estudiar a sus pintores favoritos -Renoir, Seurat, Max Ernst, De Chirico, Picasso- que en compartir las inquietudes de quienes leían las partituras bajo la batuta de Diego Rivera o de Siqueiros. Los ejemplos que podían mencionarse acerca de trayectorias independientes, amalgamadas sin embargo al contexto de lo que entendemos por Escuela Mexicana, son tantos como los artistas. Buena parte de ellos participaron en las exposiciones que se presentaron en el extranjero, varias de ellas coordinadas por Inés Amor, la dueña de la primera galería independiente de larga trayectoria que se fundó en México. Me refiero a la Galería de Arte Mexicano, que abrió sus puertas al público y a los coleccionistas en 1935 y que hasta la fecha es una de las principales galerías de la Ciudad de México.


Carlos Mérida

Alguno de los pintores que rechazaron la idea de producir arte de mensaje guardaron estrechos vínculos con los herederos de los modernistas, los llamados "Contemporáneos", escritores y poetas que se consideraban a sí mismos "espíritus poseídos de divinidad". Los Contemporáneos integraron un "grupo sin grupo", es decir una comunión de independencias libertinarias de gran injerencia en la vida cultural de México. Entre los escritores estuvieron Carlos Pellicer, José Gorostiza, Salvador Novo, Gilberto Owen, Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, estos dos últimos ejercieron con consistencia la crítica de arte. Los pintores que se les fueron afines forman una especie de "subcorriente" o "contracorriente", según expresión de Jorge Alberto Manrique. También fueron nacionalistas, pero en sordina. No pocos de ellos eran afectos a los realismos fantásticos, a la metafísica chirichiana o al Surrealismo, entre ellos están el ya mencionado Agustín Lazo, Antonio Ruiz "El Corzo", Carlos Orozco Romero, Julio Castellanos, Alfonso Michel, Jesús Guerrero Galván y María Izquierdo. A Frida Kahlo hay que considerarla en el filo de la navaja, pues su matrimonio con Diego Rivera así como su natural idiosincrasia, la colocan entre los defensores del nacionalismo a ultranza, si bien su obra conforma una biografía pictórica de incalculable valor, precisamente porque se mantiene a todo lo que no es ella misma como sujeto.

Octavio Paz fue conociendo paulatinamente tanto a escritores como a pintores y después de 1950 se ocupó de escribir sobre varios de ellos. Paz piensa que los pintores que se aproximaron a los Contemporáneos guardaron una actitud de inteligente independencia frente al arte ideológico de Rivera y Siqueiros, así como ante el expresionismo de Orozco.

Vale la pena hacer una pausa para analizar brevemente lo que puede entenderse por el expresionismo de José Clemente Orozco, único entre los muralistas unánimemente respetado por las recientes generaciones de artistas mexicanos, al grado que ha influido en varios de ellos. Desde sus acuarelas de Las casas de lágrimas (se trataba de prostíbulos) manifestó su vena expresionista. Es casi imposible que haya conocido siquiera fuese a través de reproducciones a pintores como Emil Nolde o Max Beckmann, de quien fue contemporáneo, sin embargo ofrece similitudes con ambos. Orozco, originario de Jalisco, tuvo una primera y precoz educación plástica en la Academia de San Carlos. Realizando un experimento con dinamita, perdió la mano izquierda cuando tenía 16 años. Desarrolló, a mi parecer, un brutal proceso de sobrecompensación que lo llevó a ocupar uno de los sitiales de la santa trinidad pictórica (como he dicho, integrada por Rivera, por él, por Siqueiros, igual que en el Renacimiento Leonardo, Miguel Angel y Rafael integraron para la posteridad una triada aunque no se haya visto así en la época en la que les tocó vivir). No por ser uno de "los tres grandes" Orozco se abstuvo de polemizar con los otros dos. Incluso puede decirse que en el fondo no comulgaba con ninguno de los demás. Su tendencia a la exaltación de lo grotesco, lo dramático y aún lo siniestro corre pareja con una visión desencantada de la historia, parangonable a la que sostiene Cioran. Orozco era profundamente escéptico, hasta del mismo movimiento que encabezó. Vivió una buena temporada en Nueva York, pero no alcanzó allí la notoriedad que obtuvo Rivera. Su concepto de la historia y sus ideas políticas resultaban ubicadas en las antípodas de la utopía riveriana. Hoy diríamos que en cierto modo era un anarquista que se anticipó a la "posmodernidad" en casi medio siglo. Su emblema positivo es Prometeo, personaje central de su mural en Pomona College, California, resemantizado en el famoso Hombre de fuego, culminación del ciclo realizado en el Hospicio Cabañas de Guadalajara. En la cúpula de la ex-capilla que corona este ciclo el Hombre de fuego ocupa el lugar princeps, actuando como símbolo entre religioso y metafísico dado que el fuego purifica, se regenera y a la vez termina con todo. Orozco fue el primero de los "catastrofistas", modalidad iconográfica que tuvo brotes en todo el mundo durante la década pasada y que en México adquirió matices exorbitados que perduran hoy día.


José Clemente Orozco

José Luis Cuevas admite la influencia del jaliciense en su obra juvenil, lo mismo que abiertamente sucede con varios jóvenes de hoy. Puede ser que esto se deba a que el expresionismo ofrece una constante que en determinados lapsos se intensifica a todo lo largo de la historia del arte mexicano. Eso es análogo a decir que el Barroco, como modalidad mestiza por antonomasia, encuentra en México varias de sus manifestaciones más exacerbadas y que aún hoy en día se amalgama a las formas contemporáneas de expresión. Pero así como hay múltiples modalidades de Barroco, así también el expresionismo adopta variadísimos matices. No obstante, al mencionar el término "barroco", con todo y su inmensa variedad de acepciones con mayor nitidez no es Orozco, sino David Alfaro Siqueiros, cuya proclividad a los escorzos, a las perspectivas acentuadas y a la grandilocuencia no tiene par. Al lado de Orozco y Siqueiros, Diego Rivera es un clásico, comenzando por su etapa cubista. En lo figurativo a veces se encuentra próximo a Ingres, sobre todo en sus dibujos y en algunas pinturas de caballete. Rufino Tamayo también viene a ser un clásico, pero aquí se trataría de un clásico contemporáneo que amalgamó las síntesis de la escultura mexica a las lecciones de Picasso virtiéndolas en un culto a la forma que encuentra su balance en una aptitud colorística extraordinaria. Une la sutileza a la audacia, sin descompensar la paleta. No importa qué combinaciones de colores haya utilizado, Tamayo siempre resulta armónico, jamás llega a la estridencia, condición en la que sí se colocó uno de sus más fervientes admiradores: el zacatecano Pedro Coronel verbalizó su veneración por el maestro oaxaqueño en varias ocasiones, a la vez lo homenajeó con una serie de cuadros a los que tituló Tamayanas, aun y cuando los estilos y la personalidad de uno y otro hayan sido muy distintos entre sí.


Rufino Tamayo

Teresa del Conde y Enrique Franco Calvo

 

 

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