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Arte en México

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Historia mínima del arte mexicano en el siglo XX

Capítulo X

 

El conjunto más notable de escultura pública ejecutado bajo propuestas contemporáneas es el Espacio Escultórico de Ciudad Universitaria, concluido hacia 1979. La "Tempestad de lava milenaria" que según el poeta y crítico de arte Luis Cardoza y Aragón fue el Pedregal de San Angel se constituyó en centro de una propuesta colectiva producto del grupo que resultó de un certamen dirimido por un jurado universitario. Dicho grupo estuvo integrado por Mathias Goeritz, Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Hersúa, Federico Silva y Sebastián, asesorados por ingenieros, técnicos y filósofos. La obra a la que aludo es un gran anillo de almenas a manera de Crómlech, que limita y preserva las formaciones naturales prolongando el ambiente exterior dentro del círculo. En ubicaciones cercanas a ese anillo "ecológico" hay esculturas particularizadas de cada uno de los integrantes del grupo, de modo que el lugar es al mismo tiempo un espacio natural y un muestrario escultórico que convive estructuralmente con las edificaciones de la zona cultural en Ciudad Universitaria.


Espacio escultórico

La década de los setenta dio un resurgimiento del arte de mensaje mediante una eficaz puesta en práctica de la corriente conceptualista alimentada con presupuestos semióticos. Me refiero al desarrollo de los Grupos de Trabajo Colectivo, uno de cuyos principales propulsores fue Felipe Ehrenberg, quien aparte de artista se considera a sí mismo neólogo. En palabras suyas, tomadas del Expediente Bienal X, publicado por la Editorial Libro Acción Libre, Beau Geste Press en 1980:

Si para designar el surgimiento de los grupos se emplea generalmente la palabra "fenómeno" es porque resulta imposible resumir con un término más significativo manifestaciones artísticas que sólo tienen en común una cierta concepción de la producción visual y el trabajo colectivo que esto implica.

Varios artistas integrados a los grupos encontraron en ellos el cauce adecuado para la maduración teórica de las ideas generadas durante el movimiento estudiantil de 1968 al que siguió el trágico episodio del 2 de octubre y luego la del Jueves de Corpus de 1972. Así se dio la convergencia en los grupos de personalidades tan disímbolas como Gabriel Macotela, Ricardo Rocha, Carlos Aguirre, Oliverio Hinojosa o Arnulfo Aquino. Presumiblemente ninguno de ellos, excepto Ehrenberg, conocía entonces a un artista alemán a quien se le ha rendido verdadero culto, sobre todo después de su muerte ocurrida en 1986: Joseph Beuys. Sin embargo, la conjunción de filosofía, acción simultánea, utilización continua de los mass media, fotografía, graffiti, propaganda y happening fueron en los setenta fenómenos universales. En México tuvieron su representación más característica en los quince grupos de trabajo colectivo integrados todos durante esa década, con un antecedente importante, referido a la enseñanza de arte en vivo propulsada desde la UNAM por el profesor de estética marxista Alberto Híjar.

Las premisas de los grupos fueron muy diversas, pero coincidían en una meta común: el fomentar la intensificación de la conciencia cívica mediante métodos poco convencionales y el mantener un estado de alerta ante el autoritarismo exacerbado y la censura. Durante la década siguiente los grupos se extinguieron, si bien en 1983 la sala ahora denominada "Carlos Pellicer" en el Museo de Arte Moderno presentó un importante panorama de los mismos, durante la gestión de Helen Escobedo como directora, bajo la curaduría de Rita Eder.

La misma década vio el despunte de una vigorosa generación de artistas que ahora ocupan lugar protagónico en el mosaico de tendencias practicadas a partir de la década anterior. Los certámenes nacionales de artistas jóvenes que año con año se celebran en la ciudad de Aguascalientes, así como otras bienales y concursos patrocinados por diversas instancias, el Instituto Nacional de Bellas Artes a la cabeza, permitieron durante esa década y la que le sucedió la posibilidad de decantar las trayectorias de un buen número de creadores plásticos, varios de los cuales fueron asimilándose a prestigiadas galerías, mereciendo la atención de la crítica especializada. Los hay de todas las tendencias: la abstracción y sus derivados es una opción que lejos está de haberse agotado, allí están Irma Palacios y Francisco Castro Leñero como ejemplos prototípicos. Los realismos e hiperrealismos ofrecen en México un abanico amplio: desde la tendencia a la introspección rica en símbolos de un Arturo Rivera hasta el ilusionismo posmoderno de Rafael Cauduro. Y así podrían proponerse muchos más ejemplos que dieran cuenta de la situación actual.

¿Qué aborda el arte mexicano de hoy? En primer término aborda una reflexión sobre el arte mismo: la recuperación de la pintura como gran género, cargada de símbolos y rica en recursos. La pintura que quiere permanecer sin desdecir el momento en que se produce, tal y como quería Francis Bacon, quien ha tenido en México varios admiradores (no me estoy refiriendo a influencias). El más destacado de ellos es Alberto Castro Leñero, cuyo trabajo ha resultado ejemplar para otros artistas más jóvenes, ya que sin prescindir de la figura ni de la idea de reafirmar la primacía de los valores formales cultiva símbolos y alegorías, utiliza recursos que son propios del Expresionismo abstracto y admite materiales extra-pictóricos en sus composiciones.

A esto se añade que el terremoto que el 19 de septiembre de 1985 conmocionó a la capital hizo madurar a una pléyade de artistas reafirmando la Iconografía catastrofista a la que antes he aludido.

Por último, la llamada "condición posmoderna" (Lyotard) que pregona el fin de la historia concebida como progreso, invade una infinita mayoría de las manifestaciones plásticas entre los artistas de las generaciones recientes: desde las composiciones apocalípticas de un Germán Venegas concebidas en esculto-pintura, hasta las figuras arcaizantes en terracota de Adolfo Riestra o las "manieristas" de un escultor como Javier Marín.

Aunque el conceptualismo se ha dado, sobre todo durante los años setenta, a través de los Grupos de Trabajo Colectivo que realizaron obra efímera, los artistas mexicanos buscan la objetivación del concepto. Pareciera que el deseo de hacer se convierte en una prioridad que necesita estar físicamente en las obras y no sólo significarse a través de enunciados. Tal situación habla de una tradición continuamente revitalizada a la que he intentado aludir a lo largo de estas páginas. En 1993 el crítico de arte belga Willie Van den Bussche anotó en un ensayo sobre la actualidad plástica en México que "la realidad de cada día y el pasado histórico están unidos en el convencimiento de que el misterio actúa como elemento unificador". Ahora bien, para un foráneo tan perceptivo como el crítico mencionado, la creatividad artística mexicana puede, efectivamente, adjudicarse a un culto al misterio, a aquello que no puede explicarse en términos concretos. Pese a todo, para las individualidades que protagonizan el actual mosaico de tendencias el misterio viene a ser algo cotidiano y por lo tanto deja de serlo. Puede tratarse del culto a ciertos artistas, como el que ha generado la figura del ya mencionado Joseph Beuys, o bien de la incorporación subvertida de ritos y mitos, o de su contrapartida: la entrega constante a búsquedas estructurales encaminadas a lograr modos congruentes de expresión. El caso es que el arte mexicano de hoy, como el de épocas anteriores, en sus mejores expresiones se respeta a sí mismo en primer término.

 

Teresa del Conde
Agosto, 1994

Teresa del Conde y Enrique Franco Calvo

 

 

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