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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

[Novedad] Alejandro Toledo Un cronopio en la portería

 

Su apariencia física no era precisamente la de un auteur. En la fotografía que aparece en la contraportada deUna violeta de más (Joaquín Mortiz, 1968), el último de sus libros publicados en vida, se le mira musculoso con una camisa ceñida, la cabeza rapada y una gruesa esclava de oro en la muñeca izquierda. En cuanto a los pocos datos biográficos que de él se daban en los años sesenta, podía uno figurárselo tanto en una cancha de futbol (fue arquero del equipo Asturias) como frente a un piano interpretando a Bach o a Schubert, pero no en actividades socioliterarias. Francisco Tario nació en México y pasó largas temporadas en España, en donde murió, afantasmado. “No se trata, no, de un hombre vulgar. Ni mucho menos —lo describió así en 1970 José Luis Chiverto, su único entrevistador —. Acaso sea por esto que tengo la impresión de hallarme ante un ser en posibilidad de fantasmal aparición, si es cierto aquello que él mismo afirma, hablando de que los fantasmas nunca son seres vulgares.”

Esto sin llegar aún a sus cuentos, que podrían ser calificados como extravagantes. Uno de ellos, “Entre tus dedos helados”, circuló en las siguientes décadas en antologías de todo tipo, y dio nombre a una primera recopilación de su obra realizada en 1988 (por el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Autónoma Metropolitana), en cuyo prólogo Esther Seligson contaba: “Cuando lo conocí, en 1970, llevaba años de no fumar, de no escribir y de un pertinaz enclaustramiento fruto de la muerte de su esposa Carmen Farell, ese ‘mágico fantasma’ a quien dedica su último libro. Conversador inteligentísimo y chispeante, era un privilegio comer con él en el mismo y ritual restaurante del Madrid viejo, o cenar en su departamento los guisos mexicanos que preparaba Raquel, tampiqueña enjuta y atemporal. Se chanceaba absolutamente de todo: anécdotas de su vida en México, personajes, incidentes de sus viajes, comentarios sobre viejas películas, libros recientes y no tanto, acontecimientos de la actualidad política. Su jovialidad, su gozo en las observaciones mordaces y oportunas, implacables, su visión del mundo y del hombre —absurda, valleinclanesca—, lo acercan a Cioran, y, aunque nunca se conocieron personalmente, ambos sabían uno del otro, y los dichos, hechos y escritos de uno y de otro salpimentaban nuestras conversaciones (según ocurrieran en Madrid o en París) como si hubiesen sido amigos de siempre”.

La mera exposición de algunos datos sobre su vida va creando puntos de referencia: su naturaleza marginal, las afinidades con el pensador rumano E.M. Cioran, autor del Breviario de podredumbre, y aquellos relatos en que lo mismo dio voz a un perro que a un féretro.

Por todo ello se suele considerar a Francisco Tario como un cronopio clásico ya que, como en todo medio cultural, y según la fórmula cortazariana, hay en el paisaje de la literatura mexicana cronopios y famas.

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De familia española, nació en la ciudad de México en 1911 como Francisco Peláez Vega. Gran parte de su infancia transcurrió en Llanes, un pueblo de la costa atlántica asturiana en donde llueve siete de los doce meses del año, “un sitio cercano a enormes acantilados que descienden verticalmente hacia el mar, un Llanes marcado por su prehistoria, donde aún hay pesados peñascos y fósiles, y es posible sentir la vibración de los druidas”, según apunte de Esther Seligson.

Llanes, en el recuerdo de Tario, era bullicioso y aristocrático: “El casino todavía estaba pintado y en él se bailaban el Charleston y el Black Bottom. En las verbenas, La Bejarana. Se jugaba al tenis y al futbol en El Brao y a los bolos en la Vega de la Portilla. También se servían allí chocolates, bajo los castaños, y se bebía agua fresca con azucarillos. Se daban corridas de toros y conciertos matinales en el Paseo de la Encarnación, entre el griterío de las niñeras y el furor de los aficionados de la buena música. El Sablón tenía su balneario y nosotros nuestra banda local, que tocaba los jueves. Los balcones de los palacios permanecían abiertos de par en par sobre los macizos de hortensias muy bien cuidadas”.

En ese Llanes casi mitológico nació Antonio, su hermano, que desarrollaría una importante carrera como pintor. Cuando la familia Peláez regresó a México, Antonio se quedó en España e hizo el viaje hasta cumplir los catorce años de edad. Entonces empezó a tratar a Francisco. Supo que había sido portero titular del equipo Asturias, y veía su imagen futbolística impresa en las cajetillas de los cigarrillos Campeones, en donde aparecía suspendido en el aire haciendo una gran parada. En una revista deportiva lo presentaban con esta leyenda: “Paco Peláez, el portero de más clase en México”.

Tenía Francisco una larga melena rojiza, ojos azules y una gran corpulencia. Copiaba al arquero español Ricardo Zamora en cuanto a la forma de vestir en las canchas, sobre todo por sus famosos suéteres. Como futbolista conoció en una fiesta a Carmen Farell Cubillas (hermana de Arsenio Farell, que figuró en los gobiernos priístas e incluso fue secretario de Estado), con quien se casaría dos años después en una ceremonia que tuvo gran resonancia social por la particular belleza de los contrayentes.

Dejó Francisco Peláez el balompié y se dedicó a estudiar piano. Luego cambió la música por la escritura. Su primer proyecto fue Los Vernovov, una novela escrita a la manera de Dostoievsky y de la que llegó a tener en tres años más de seiscientas cuartillas, mismas que tomaron el destino del fuego.

Para cerrar ese camino de transformaciones (del futbol al piano y de éste a la literatura), hizo dos cosas: se rapó la cabeza y tomó el nombre de pluma de “Francisco Tario”.

Según el crítico literario José Luis Martínez, “Tario” es una voz tarasca que significa “lugar de ídolos” y designa una región michoacana. El propio escritor aclaraba, sin embargo, que lo de “Tario” no tenía otra significación que la grata resonancia que produce esa voz metálica al unirla con el común Francisco.

Para Antonio Peláez, la ocurrencia de raparse la cabeza simbolizaba la tensión entre los dos polos que marcaron la vida de su hermano: el deseo de aislamiento y su atrayente presencia física.

Estas metamorfosis ocurrían a principios de los años cuarenta, cuando estaban por aparecer los dos primeros libros de Francisco Tario: una colección de quince relatos llamada La noche, y la novela Aquí abajo, editados en 1943 por la Antigua Librería Robredo.

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Una manera de aproximarse a la entonces no comprendida novedad de La noche es acudir a dos ejemplos contemporáneos.

En 1999 el estadounidense Paul Auster presenta en Tombuctú (1999) las memorias del perro Mister Bones. Es decir, la narración en primera persona corre a cargo del animal, lo que parece ingenioso. Esto lo había hecho ya en 1943 Francisco Tario en el relato “La noche del perro”, que, por otro lado, es en cuanto a su argumento muy similar a la novela de Auster: en ambos textos se habla de la relación entre un poeta miserable que camina hacia la muerte y su mascota canina.

“Mi amo es un poeta enfermo, joven, muy triste, y tan pálido como un cirio”, se lee en el relato de Tario. “Se muere así, como vivió desde que lo conozco: silenciosamente, dulcemente, sin un grito ni una protesta, temblando de frío entre las sábanas rotas. Y lo veo morir y no puedo impedirlo porque soy un perro. Si fuera un hombre, me lanzaría ahora mismo al arroyo, asaltaría al primer transeúnte que pasara, le robaría la cartera e iría corriendo a buscar a un médico. Pero soy perro, y, aunque nuestra alma es infinita, no puedo sino arrimarme al amo, mover la cola o las orejas, y mirarlo con mis ojos estúpidos, repletos de lágrimas.”

El arranque de cuento y novela es muy parecido. En Tario: “Mi amo se está muriendo. Se está muriendo solo, sobre su catre duro, en esta helada buhardilla, adonde penetra la nieve”. En Auster: “Mister Bones sabía que Willy no iba a durar mucho. Tenía aquella tos desde hacía más de seis meses y ya no había ni puñetera posibilidad de que se le quitara”.

No podría hablarse de plagio, porque es improbable que Paul Auster hubiera sabido de Francisco Tario. Se trata de una coincidencia curiosa que nos lleva a pensar que el mexicano fue, en cierta manera, un adelantado.

El otro ejemplo es la película Los otros (The Others, 2001), del director español —aunque de origen chileno— Alejandro Amenábar, en donde la historia se cuenta desde el punto de vista de los fantasmas, que ignoran acaso su condición de espíritus y se sorprenden, y asombran al espectador, al descubrir que están muertos. Tal es, más o menos, lo que ocurre en “La noche de Margaret Rose”, de Tario, uno de sus relatos más inquietantes.

En otro cuento de La noche, un féretro refiere las circunstancias en que se lleva a cabo su vida; lo que para los humanos es el velorio y el entierro, el féretro lo asume como una ceremonia nupcial en donde espera recibir, como si fuera la novia, a un cadáver femenino. En otra narración un traje gris mata a un hombre en la carretera para “vestirse” con él, y huye luego con los vestidos de dos prostitutas, a quienes arroja el cuerpo del asesinado.

Desconcierta que un libro tan poderoso como La noche haya pasado sin pena ni gloria en el medio literario de los años cuarenta, y que sólo unos cuantos atendieran su originalidad. Uno de esos pocos fue José Luis Martínez, que (en una reseña de febrero de 1943) le supuso maestros tales como el Villiers de L’Isle Adam de los Cuentos crueles, el Barbey D’Aurevilly de Las diabólicas, Schwob, Huysmans y aun del Marqués de Sade, por esa “complacida morbosidad por lo grotesco, esa insistencia sexual tan cruda y obsesionante, esa persecución de lo extravagante y enfermizamente refinado”.

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Ese comentario de José Luis Martínez provocó su acercamiento con Tario, que tuvo también la amistad de Alí Chumacero y trató a Elena Garro y a Octavio Paz porque estos dos últimos fueron sus vecinos en la calle de Etla, en la Ciudad de México. Relataba Paz en corto —pues nunca escribió sobre Tario, aunque sí se ocupó de Antonio Peláez— que él y su esposa por las noches escuchaban en la casa de al lado gritos misteriosos y música fúnebre, y que les entró la curiosidad de saber qué estaba pasando. Se enteraron, luego, de que los Peláez tenían la afición de grabar cuentos de terror en acetatos, según una técnica complicada pero entonces más o menos usual. Existe el testimonio de que el torero Manolete grabó en la casa de Etla algunas canciones (“Ya se murió el burro que llevaba el vinagre, / ya se lo llevó Dios de esta vida miserable”), pero el disco se estropeó en alguna mudanza.

A las tertulias asistía la actriz Rosenda Monteros, quien cuenta: “Luego de cenar las espléndidas viandas que Carmen ofrecía, nos íbamos todos a la sala. Toño se sentaba ante el piano para interpretar tangos o milongas. Y con toda la seriedad debida, Paco bailaba el tango conmigo. Entre la salita y el hall había un arco circundado por pequeñas cortinas. Paco y yo nos colocábamos ahí, antes de que se iniciara la música, para después entrar a escena e iniciar el baile”.

La vida social de los Peláez se diversifica cuando compran una casita en Acapulco, y Francisco invierte en unos cines del puerto. A Tario le gustaba caminar descalzo por la costera, y nadaba sin dificultad de la playa de Caleta a la isla de la Roqueta. Hay una fotografía truqueada de Lola Álvarez Bravo en la que parece estar, con traje gris de calle, sombrero de ala ancha y una maleta, en un barco que naufraga en una marea tempestuosa. 

Mientras tanto, siguen apareciendo los libros de Tario. De 1946 es la escritura fragmentaria de Equinoccio y el relato de corte existencialista La puerta en el muro; de 1950, la plaqueta Yo de amores qué sabía y de 1951 el Breve diario de un amor perdido y Acapulco en el sueño, con su ceñida prosa poética; y de 1952,Tapioca Inn: mansión para fantasmas, segunda colección de relatos, con la que interrumpe abruptamente su constancia escritural.

Mas lo realizado no es poco. El cuentista Humberto Rivas ha calificado a Equinoccio, pensando en Novalis, como las “iluminaciones” de la literatura mexicana de los años cuarenta. En dos o tres líneas, Tario siembra tempestades. La sentencia lo es en su doble acepción, tanto dicho rotundo como enunciación de un castigo. Se pueden seleccionar algunos ejemplos tomados un poco al azar: “No es molesta la traición, ni mucho menos. Lo que exaspera o compunge es que el traidor enrojezca de vergüenza”; “Estado supremo, óptimo, mecido en dulces penumbras: la pereza”; “Triste, triste estatua pueblerina que nadie mira”; “Y el peripatético que, a fuerza de meditar e ir y venir solo por los bosques, cayó en el laborioso, opalino y filosófico vicio del onanismo”.

De los otros títulos, La puerta en el muro brilla por su oscuridad extrema; y Yo de amores y Breve diario se ejercitan en el sobresalto del discurso amoroso. En cuanto al proceso que dio origen a estos libros, circula una historia. Aunque el matrimonio de Carmen y Francisco fue apacible, éste se permitió una sola distracción: una mujer que conoció en Zitácuaro, de cabellos largos y lacios.

—¿No te parece maravillosa? —preguntó a su hermano Antonio.

La relación se mantuvo por un año. El lugar de las citas clandestinas era el Panteón de Dolores, en la Ciudad de México. La pareja paseaba por los senderos entre las tumbas, recogiendo ramitas y trenzándolas.

El paréntesis afectivo, corto viaje sentimental, terminó. Hace unos años Antonio Peláez ofreció, al respecto, el siguiente epílogo: “Si los hombres y las mujeres no se casaran, no habría aventuras; fuera del matrimonio, habría relaciones, pero no aventuras. Esa fue la gran aventura de Paco. La realidad le parecía increíble: esta joven le provocaba una sensación de irrealidad. Eran dos seres alucinados”.

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En uno de sus relatos más inquietantes, el argentino Adolfo Bioy Casares usa a manera de epígrafe este par de versos tomados de una milonga de Juan Ferraris: “En cuanto cruzas la calle / estás del lado de la sombra”. A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, Francisco Tario dio ese paso de la luz a la oscuridad.

Su obra literaria no era desdeñable. Había sabido vagar por diversos registros, para regresar a lo fantástico.Tapioca Inn tiene narraciones asombrosas, sobre todo “La semana escarlata”, en la que cruza las fronteras entre el sueño y la realidad en la personificación de un hombre que cuando duerme comete los crímenes más atroces, y al despertar encuentra en los diarios la crónica de sus pesadillas:

“Entonces abro la portezuela, admitiendo que debo actuar sin demora. Por alguna parte una luz se ha encendido. Penetro en el automóvil —deliciosamente perfumado— y cubro el rostro de la mujer con mi bufanda. Ella grita, grita, forcejea, me golpea en el rostro una, dos veces y por fin, calla. Su brazo abandona al mío. Se desploma. Debo haberla estrangulado.”

Mas Francisco Tario optó por aislarse. “Es que no es mi profesión ser simpático”, solía decir. Los amigos terminaron por poner sus distancias. Uno de sus dos hijos, Sergio, dibuja este panorama: “Tuvo una idea romántica de la libertad. Por eso pasó su vida yendo de un lugar a otro, buscando el lugar en donde desarrollarse sin dependencias, sin imposiciones. Incluso esta condición móvil lo alejó de las relaciones que pudo tener en las diferentes épocas, que lo hubieran llevado a establecerse como figura literaria”.

Luego se llevó a la familia a Madrid, en donde murió Carmen en marzo de 1967. A ella dedica Una violeta de más: “Para ti, mágico fantasma, las que fueron tus últimas lecturas”. Esa pérdida terminó por convertirlo a él también en un fantasma, a la espera de la desaparición final.

“Desde el fallecimiento de Carmen”, ha dicho Esther Seligson, “puede decirse que Francisco Tario trabajó su propia muerte”.

Julio, su segundo hijo (es pintor y firma sus cuadros con el apellido materno, Farell), estuvo con su padre en los últimos días, en diciembre de 1977, y vio en un hospital la serena agonía de ese cazador de espectros que luchaba contra un mal cardiaco. Recuerda que un día el doctor lo presionaba: “¡Respire, coño!”, y Tario reaccionó con un humor grave que dejó al médico desarmado: “¿Cómo, doctor, como si estuviera en el parque?”

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Si Una violeta de más hubiera aparecido bajo el nombre de Julio Cortázar, los lectores no habrían pensado que se trataba de una broma, aunque se le ha relacionado más con un “raro” uruguayo: Felisberto Hernández, autor del volumen de relatos Nadie encendía las lámparas (1947), escritor admirado por Gabriel García Márquez e Italo Calvino.

Ese libro de Tario abre con “El mico”, que podría estar en el Bestiario cortazariano, e incluye además “Un huerto frente al mar”, “El éxodo”, “Ragú de ternera” y “Entre tus dedos helados”, piezas maestras. En el último relato la superposición onírica crea la sensación del laberinto: cada sueño es un umbral hacia otro sueño.

Parecía ser esa la rúbrica, el cierre virtuoso, pero Francisco Tario se reservó para después de su muerte algunas sorpresas, que aparecieron diez años más tarde, cuando se gestó entre el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Autónoma Metropolitana un homenaje tardío.

En aquel tiempo Antonio Peláez vivía un aislamiento similar al de su hermano, complicado por una crisis ocular que lo tenía mirando sombras. Para un pintor, esa enfermedad de la vista era una doble cárcel. Aceptó ser el anfitrión de una cena a la que además asistieron Sergio Peláez, el primer hijo de Tario, y Esther Seligson, con un pequeño grupo de interesados entre los que estaban Guillermo Samperio y Daniel González Dueñas.

El postre se dio muy entrada la noche, cuando Antonio mostró una copia del original mecanográfico (en cuartillas tamaño oficio) de la novela inédita Jardín secreto y habló de tres libretos teatrales que estaban terminados y sin publicar. A dos de ellos, por cierto, se había referido Tario en su conversación con Chiverto. Pero como hasta entonces no había interés por la obra de Tario, la familia no creyó necesario ofrecer a alguna editorial tales manuscritos.

Se publicaron las obras de teatro, y hubo incluso una puesta en escena (de poco mérito) de “El caballo asesinado”. Jardín secreto, editada por Joaquín Mortiz en 1993, siguió siendo un territorio a descubrir para los lectores mayoritarios, y hay quien asegura que parte del tiraje fue a dar a la guillotina. Años más tarde los hijos recuperaron el cuento “Jacinto Merengue”, que su padre escribió para ellos y que ha sido considerado en volúmenes antológicos.

Por último, en el 2004 una editorial mexicana, Lectorum, reunió los cuentos completos de aquel que a principios de los años setenta había dicho: “Propiamente no creo haber hecho nada mejor que amar profundamente la vida y obtener de ella todo cuanto me fue posible. Claro está que no lo logré siempre. Pero el que la vida nos proporcione malos ratos, y hasta catástrofes, no nos autoriza para negarle belleza, misterio y muy embriagadoras sorpresas. Bien visto, la vida es la mejor obra literaria que ha caído en mis manos”.

En las nuevas historias literarias, Francisco Tario tiene ya el prestigio de un mito sólido, un auténtico fantasma que vagó por la segunda mitad del siglo XX en su ardoroso vuelo de aparecido. Un cronopio clásico.

 

 

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