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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Andrea Enríquez Cañedo Juan García Ponce, adolescente

Una tarde lluviosa invité a tomar un café en Sanborns a mi amiga de la infancia Carmen del Pando, quien ha sido amiga de toda la vida, pero que por cuestiones del destino, la dejé de ver por algunos años, ya que yo me fui a vivir a Venezuela.

No cabe duda de que el café es un estimulante para la conversación y para abrir la memoria del pasado. Así pues decidí contarle a Carmen un episodio de mi vida pasada, acerca del escritor Juan García Ponce, mi eterno enamorado.

Yo tenía quince años y el tendría diecisiete o dieciocho cuando lo conocí. Éramos vecinos en la Colonia Condesa, donde en aquel entonces los muchachos salían a jugar a la calle o al Parque México. Yo lo conocía de vista pero no le daba importancia. Sin embargo, él empezó a hablarme, a seguirme, a molestarme, y su audacia llegó al extremo de empezar a arrojar pequeñas piedras a mi ventana, despertando a mi adorada hermana Stella, quien dormía en el mismo cuarto.

Se convirtió en rutina el que yo saliera temprano de mi casa para ir a la escuela y él estuviera recargado en un árbol, con su sonrisa algo cínica e infantil y su cigarro en la boca. Su pelo era lacio y formaba una onda que caía sobre su frente. No era feo, pero su insistencia cotidiana me ofuscaba y sólo lo veía como un pegote. Sin embargo, ahora lo recuerdo a través de los años; era bien parecido, pero en aquel entonces no podía apreciar nada acerca de su persona.

Apresuraba el paso sin verlo, concentrada en la hora. Tomaba el camión Santa María, que me dejaba cerca del Colegio Oxford a donde yo estudiaba. Por supuesto que él también subía al mismo camión y se sentaba enfrente de mí. Se me quedaba mirando con una mirada burlona y sonrisa sarcástica. Creo que yo lo odiaba profundamente.

Cuando llegábamos a la parada en que me tenía que bajar, lo hacía muerta de miedo, apretaba el paso hasta llegar a mi escuela, entraba y subía rápidamente al salón de clases y me sentaba en mi lugar que, para colmo, era junto a la ventana. Él mientras tanto se acostaba en el pasto del camellón de enfrente de la escuela, cruzando las piernas, y ahí permanecía toda la mañana, mirándome hasta que salía.

En su libro La noche, García Ponce escribe lo siguiente:

Cecilia con el uniforme del colegio y una cinta azul en el pelo. Esperaba todas las mañanas a que ella saliera, siempre con el temor de que fuera demasiado tarde y se hubiera ido ya, y luego la seguía sin atreverme a hablarle hasta que ella se volvía fingiendo sorpresa. La acompañaba hasta la puerta del colegio y me quedaba acostado enfrente, sobre el pasto, con la esperanza de verla asomarse por la ventana, pero primero sólo salían sus amigas, riéndose y empujándose mutuamente, y al final ella aparecía un instante y me hacía señas de que me fuera.

Un día me detuve a hablar con él frente a frente y le reclamé ser el causante de que me hubieran dado ¿billete verde¿. ¡La pena que se sentía al recibir dicho billete de mano de la directora Miss Alice, quien explicaba a todas las alumnas del colegio el por qué de ese castigo! Al tercer billete verde era una expulsión inminente. Esa tarde, al salir de la escuela, él venía tan cerca de mí que podía escuchar su respiración, entonces me volteé y le di un bofetón del que nunca se pudo olvidar.

Años después recordaría yo la descripción que de mí hizo, al leer su cuento Tajimara:

Niña frágil, absurda, tímida y descarada, exasperante, imposible, exigente [...] tan difícil de penetrar y tan desequilibrada, y a veces también tan tonta, empeñada en vivir en una edad irrecuperable y tratando siempre de cambiar el sentido de sus actos, hablando todo el tiempo sin decir nada y con una mirada que de pronto parecía abarcarlo todo, con la pasividad inagotable de la luna.

¿Que todo eso fui yo? No creo que en principio me haya importado, ya que habían pasado muchos años, si acaso fue una remembranza de un pasado tórrido familiar al que puedo perfectamente enfrentar ahora.

Juan asistía al Colegio Cristóbal Colón. Nunca supe por qué me seguía y permanecía toda la mañana cerca de mí, en lugar de irse a su escuela. ¿Cómo fue que resultó tan talentoso? Ya desde aquel entonces me enviaba poemas que yo descuidadamente tiraba a la basura.

Más adelante empezaron las fiestas y los bailes; siempre asistía el mismo grupo. Por un lado mis amigas y por el otro la pandilla que Juan había formado, incluyendo a Fernando, su hermano, que mucho después sería un gran pintor. Durante ese tiempo, yo había conocido a Guillermo, que era todo lo contrario a Juan. Juan era celoso, impetuoso y peleonero. Guillermo fue, desde la primera vez que lo vi, mi gran amor. Las fiestas eran un éxito a pesar de que Juan organizaba unas peleas monumentales, ya que sus celos iban más allá de su control y terminaban dándose de golpes, ya fuera con Guillermo o con cualquier otro que hubiese estado bailando conmigo. Esto no excluía que hiciera lo mismo con su primo hermano, Miguel Barbachano Ponce, que era bastante mayor que él.

Nunca supe apreciar su amor y menos aún su talento innato, ya que como mencioné anteriormente, sus poemas iban a dar al basurero. La juventud es así, ignorante y despiadada, se hace daño y eso no nos quita el sueño.

Acepté escribir este artículo con nostalgia, arrepentimiento e impotencia de no poder remediar el daño que le hice. Así fue pasando la vida, él amándome y yo despreciándolo.

Cuando comencé a comprar sus libros mucho tiempo después, encontraba cierta alegría morbosa de reconocerme en cada uno de sus personajes. Aunque también pensaba que eso era producto de una obsesión del pasado, de algo que nunca alcanzó.

Muchos años después decidí volver a verlo. Yo estaba casada y tenía un hijo adolescente. Juan llevaba años enfermo de esclerosis múltiple, enfermedad que nunca le impidió seguir escribiendo, haciéndolo mejor cada día.

Fue muy fácil encontrar dónde vivía. Su teléfono aparecía en el directorio. Así que me decidí a llamar. Después supe que la persona que me contestó era Patricia, una francesa que en ese momento era su pareja. Le expliqué a Patricia que quería verlo y ella lo consultó con Juan, quien de inmediato me mandó decir que me esperaba al día siguiente.

Mientras manejaba rumbo a su casa en la Calle del Espíritu Santo en Coyoacán, me preguntaba una y otra vez cómo me encontraría, deteriorada quizá por los treinta y cinco años que habían pasado.

Patricia me abrió la puerta y me hizo pasar. Muy circunspecta y bastante seria, murmuró:

―Voy a salir un rato porque Juan quiere estar a solas con usted.

Me quedé parada observando el pasillo frente a mí, caminé lentamente buscándolo hasta llegar a su estudio. Él se encontraba sentado con la misma sonrisa que yo recordaba de muchos años atrás.

Después de un corto silencio murmuré:

―Hola, Juan, ya vine.

Inmediatamente él me contestó:

―Antes que nada sonríe, siempre te parecías a Vivian Leigh cuando lo hacías... Así está mucho mejor. Ayúdame a prender un cigarro porque esta mierda de enfermedad no me lo permite.

Recordé en ese momento lo mucho que Juan había fumado toda su vida. Nos quedamos mirando seriamente sin decir nada. Después me senté enfrente de él.

―Bueno, ¿qué te parece? Aquí estoy, enfermo y medio inútil, pero eso sí, no dejo de escribir. Me levanto a las seis de la mañana pensado en el guión que me toca escribir.

Miré alrededor y alcancé a ver su máquina de escribir vieja y siempre útil. Pues como él me dijo:

―No puedo separarme de ella, es mi compañera.

Permanecí en silencio hasta que empecé a hablarle de nuestros encuentros con la pandilla en el Parque México, incluyendo a su hermano Fernando, quien murió muy joven. También traté de explicarle por qué el tiempo se había pasado tan rápido y yo nunca pude comprenderlo ni disfrutar del cariño que ―hasta ahora comprendía― había sentido por mí. No me lo merecía.

Él movió la cabeza y me dijo tiernamente:

―Tienes razón, yo te he amado toda la vida.

Oí pasos. Patricia acababa de entrar, caminó hasta quedar afuera del estudio de Juan. Él pareció no escuchar nada y continuó:

―¿Ya viste la película Tajimara? Es parte de nuestra vida. Inclusive pedí que Pilar Pellicer hiciera el papel de Cecilia. Nunca tuve el valor de mencionar tu verdadero nombre. La escogí recordando lo amigas que habían sido y lo mucho que ella te conocía.

Yo titubeé.

―Juan, sigues siendo el mismo.

―Ah, pero yo ya maduré, ¿y tú?

―Supongo.

Sentía lágrimas en mis ojos pues él nunca se quejó de su enfermedad. Él me miraba con el mismo amor de antes, como si el tiempo de pronto se hubiera detenido. Le di un beso en la mejilla y salí de su casa muy conmovida.

Caminé largo rato por el camellón de Miguel Ángel de Quevedo. Mis pensamientos se agolparon en mi cabeza y sin darme cuenta pensé que Guillermo había sido un idiota y Juan un idealista.

Hace exactamente dos años vi la entrega del Premio Juan Rulfo, el cual le fue otorgado a Juan García Ponce. Mi emoción y mis sentimientos fueron muy grandes, añorando nuevamente nuestra adolescencia, que se fue en medio de la ignorancia.

Afuera del Sanborns seguía lloviendo. No recuerdo cuántas tazas de café ingerí. Miré de frente a mi amiga Carmen del Pando, a quien rescaté del pasado, compañera de escuela, a quien no dejaré ir de nuevo, porque no hay nada más importante que una gran amistad.

Transcripción: Gabriela Valenzuela Navarrete
 
Fuente: De Nosotros. México, núm. 65, diciembre de 2003. pp. 25-28.

 

 

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